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lunes, 11 de junio de 2018

La empatía es sexy (y feminista)

El #MeToo no ha sido un movimiento, sino un terremoto que ha desplazado los cimientos de la concepción hegemónica del sexo. Gracias a todas las que se atrevieron a levantar su voz contra los depredadores que creían que dentro de su cuota de poder iba incluída la correspondiente cuota de acceso sexual al cuerpo de las mujeres, las demás hemos empezado a repasar mentalmente todos nuestros encuentros sexuales pasados y a verlos a la luz del feminismo. Disipada la oscuridad del miedo y la vergüenza, del sentido del deber y la exigencia de cumplir ciertas expectativas, ¿cuánto del sexo que hemos mantenido ha sido porque nos apetecía a nosotras? ¿Cuánto ha sido realmente voluntario, deseado, libre de chantaje emocional, de desequilibrio de poder, de convenciones sociales, de cualquier tipo de presión? Y entre ese, ¿cuánto ha sido plenamente disfrutado y placentero? ¿Cuántas veces se han tenido en cuenta nuestras preferencias y sugerencias, cuántas se han respetado nuestros límites, cuántas empezaron porque nosotras quisimos y terminaron cuando ya no quisimos? Todas estas son preguntas que desbordan el concepto de “consentimiento”, que cuestionan lo que antes considerábamos como normal o aceptable, y que han enfocado esa zona borrosa en la que el sexo consentido puede conventirse en abuso sexual o incluso violación.
Desde que las mujeres hemos dado un paso más allá de denunciar la violencia sexual penalmente tipificada y hemos recuperado la radical y sana costumbre de hablar de relaciones sexuales como un terreno atravesado como cualquier otro por la desigualdad de género (las camas y las alcobas no quedan fuera del patriarcado, de hecho, casi se podría decir que el patriarcado se fundó en ellas); los hombres han comenzado a responder con una preocupación recurrente: las exigencias de las feministas van a hacer del sexo algo mecánico y burocratizado. Insisten en que tendrán que tramitar certificados para poder follar y en que los polvos pasarán a ser intermitentes y aburridos, pues habrá que pararse cada minuto a preguntar si la otra persona se siente cómoda y si se puede continuar. Los profetas del apocalipsis sexual anuncian que nosotras acabaremos con cualquier elemento de misterio o sorpresa, los futurólogos vaticinan que follaremos como robots o sin tocarnos, a través de cascos como los que utilizaban Sandra Bullock y Sylvester Stallone en Demolition Man. Todo ello solo porque las mujeres hemos empezado a pedir reciprocidad, deseo y satisfacción mutuos, correspondencia en la atención al otro, que las relaciones se desarrollen en un ambiente de confianza y seguridad, observación y escucha activa para evitar lo que nos haga sentir incómodas o violentadas, en una palabra: empatía.
No sé a vosotras, pero a mí me parece muy problemático que haya tantas personas que consideren aburrido y farragoso proporcionar un trato humano a aquellos con quienes se relacionan, sea sexualmente o de cualquier otro modo. El hecho de que los hombres digan que les baja la líbido tener que preocuparse por el bienestar de sus parejas sexuales, prestar atención a las reacciones que sus actos generan en ellas, tener que comunicarse de forma fluída y mostrarse receptivos y dispuestos a consensuar todas las prácticas; da miedo. Sí, mucho miedo, porque eso significa que es posible que no dejen de hacer algo si se lo pedimos, que no se detendrán ni se sentirán mal si nos notan asustadas o doloridas, que no les importará si algo no nos gusta y que incluso les guste y les excite el hecho de que nosotras no estemos excitadas. Cierto que un hombre ensimismado en su propio placer y comodidad no es sinónimo de violador, pero cuando uno está centrado en sí mismo, en satisfacer sus deseos sin atender a lo que la otra persona pueda estar sintiendo, sin tomar en consideración cómo le afecta lo que está haciendo y sin responder en consonancia a ello, es más que probable que acabe cometiendo algún abuso y sí, violando.
Artículo publicado el 11 de junio de 2018 en Kamchatka.es

viernes, 27 de abril de 2018

Condenadas

Muchas mujeres teníamos la fecha de ayer, jueves 26 de abril de 2018, marcada en el calendario. Desde hace semanas se palpaba la inquietud por la tardanza en el veredicto del caso de violación múltiple de Sanfermines, y cuando la Audiencia de Navarra anunció la fecha y hora de su lectura pública comenzamos una cuenta atrás colectiva. Hemos ido a trabajar, a clase, de cañas, a la compra toda la semana con los dedos cruzados y el corazón encogido. Todas éramos conscientes de lo mucho que estaba en juego. El valor de esta sentencia no se iba a medir en el número de años de condena, pues en ella se dirimiría mucho más que el castigo a los acusados: los límites de la libertad de las mujeres. Íbamos a conocer hasta dónde llegan. Eso es de lo que habla realmente la sentencia, de cuán libres somos. Y no ha dejado lugar a dudas: nuestra libertad llega hasta donde quieran los hombres que nos vayamos encontrando, es una cuestión de suerte. 
Nos temíamos mucho la sentencia absolutoria, y finalmente fue condenatoria, pero condenando a la autodenominada Manada a 9 años de cárcel por abuso sexual en lugar de optar por el tipo penal de agresión sexual, por considerar que no se demuestra la existencia de violencia o intimidación, nos han condenado a nosotras junto a ellos.
Al rebajar a un abuso de superioridad un modo tan extremo de violación (perpetrada por un grupo de depredadores organizado para acudir a un evento festivo multitudinario en el que poder cazar a una mujer por medio del uso de las drogas y el engaño para poder llevarla a un lugar apartado y cerrado en el que penetrarla uno tras otro de forma brutal por todos sus orificios y además grabarlo para recrearse y presumir ante sus amigos) la despenalizan en la práctica. Han subido a lo más alto el listón de la violación, y con ello nos condenan a no poder bajar la guardia. 
Artículo publicado el 27 de abril de 2019 en Kamchatka.es 


viernes, 16 de marzo de 2018

Víctimas y combatientes

Este domingo una mujer generosa, en un acto de los más generosos que se han podido ver en un medio como la televisión destinado mayoritariamente a ser espejo narcisista, se desnudó en “prime time” delante de cientos de miles de telespectadores. No como se vio obligada a hacer durante años delante de más de una decena de hombres al día en un prostíbulo de Alicante (sí, ese tipo de hombres dispuestos a “pagar por penetrar mujeres que no les desean”, tal como ella se refiere a ellos). Amelia Tiganus acudió al programa “Salvados” para mirarnos directamente a los ojos y contarnos sin apartar la mirada que vivimos en una sociedad que fabrica y vende esclavas. Y que además fue una de ellas, aunque durante demasiado tiempo no lo supo. Esta vez sí fue un desnudo consciente y voluntario, dejar al descubierto su experiencia en nombre de todas las que no pueden hacerlo.

Todo comenzó cuando tenía 13 años, una tarde en la que al salir del colegio un grupo de hombres la abordó de camino a casa para violarla. Parecería que eso es lo peor que le puede pasar a una niña de su edad, pero lo peor estaba por llegar. Su familia la culpabilizó y su círculo social le hizo creer que algo en ella estaba mal y que por eso había acabado violada. “No vales para buena mujer”, le dijeron. Durante el resto de su adolescencia, cuatro años seguidos, siguió sufriendo violencia física y sexual por parte de hombres de su entorno. Como no tenía forma de escapar de esa espiral de abusos aceptó la solución que le propusieron, dejaría de ser violada si se dejaba violar por dinero. Ya no serían agresiones, sería su trabajo y medio de vida.

En Rumanía, su país de origen, los proxenetas que la captaron la vendieron por 300 euros a otro proxeneta español. Suena horrible, pero ella lo vivió como algo positivo. Estaba convencida de que toda la responsabilidad era de ella y que era su elección. “Creía de verdad que estaba cumpliendo mi sueño. Dentro del trauma me ilusionaba tener el control de los abusos”, rememoraba Amelia. Justamente le habían hecho creer que había nacido víctima, que era defectuosa en sí misma, y  eso no le gustaba, así que esta era su oportunidad de pasar de objeto pasivo a ser sujeto activo. A pesar de asistir a su propia compra - venta no se identificaba como víctima de esclavitud, creía de verdad que había negociado ella misma un trato que le resultaría favorable.

Nadie quiere considerarse a sí misma como una víctima. El ser humano tiende a resistirse a ello. Cuando sufrimos graves traumas nuestra mente recurre a diversos mecanismos de autoengaño, por así decirlo, para evadirse de la realidad, porque la consciencia de sabernos víctimas es demasiado dolorosa. A menudo insoportable. La ilusión de estar al mando en cierto modo o en un mundo paralelo en el que no estamos siendo dañados es cuestión de pura supervivencia. “Me siento muy orgullosa de no haberme suicidado”, dice hoy Amelia, por si queda alguna duda.

Leer artículo completo publicado en Kamchatka:

 

martes, 28 de noviembre de 2017

El patrón patriarcal

"Las mujeres nacen con ese agujerito entre las piernas, donde todo hombre en el planeta quiere clavar algo. Ellas son más débiles que ellos, así que usan estrategias, usan la mente y el sexo y aprenden instintivamente a humillar". Intentad adivinar de dónde he sacado esta cita literal. Es un reto complicado, pues la triste experiencia nos dice que es plausible que pudiera haberla extraído de las conclusiones de un artículo publicado en una revista científica, de una columna dominguera de El País Semanal, de una tertulia de la televisión pública, del monólogo de un humorista, de un tuit viral o de una conversación en la barra de un bar. Sería verosímil cualquiera de las opciones planteadas, pero no es ninguna de ellas. Son las palabras pronunciadas por Ed Kemper, uno de los asesinos en serie que retrata la serie de David Fincher para Netflix "Mindhunter", que mató y descuartizó a una decena de mujeres, incluída su madre, a la que decapitó para después penetrarla por la boca y correrse en su garganta. Es escalofriante pensar que los razonamientos sobre las mujeres esgrimidos por un psicópata capaz de alcanzar el nivel más extremo de violencia y brutalidad sexual no difieren de los de cualquier hombre corriente emitidos en cualquier contexto cotidiano, ¿no?   

La premisa argumental de "Mindhunter" radica precisamente en sacar al exterior la lógica interna de los criminales más sanguinarios y peligrosos. Inspirada en el libro homónimo "Mindhunter: Inside FBI's Elite Serial Crime Unit", cuyo autor es un ex agente del FBI,  relata los primeros intentos de la agencia federal a finales de los años 70 de aplicar la investigación psicológica y conductual para identificar y clasificar los perfiles y patrones de comportamiento de los asesinos, con el objetivo tanto de ayudar en las pesquisas policiales de casos sin resolver como de adquirir conocimientos que permitiesen prevenir futuros crímenes. No hay rastro de morbo o sadismo en el guión de "Mindhunter", que huye de recrear escenas de crimen espectaculares y sangrientas y de la estetización de la violencia como recurso narrativo, de exhibir cuerpos mutilados y desnudos de mujeres; algo sin embargo tan recurrente en otros thrillers televisivos recientes muy aclamados por la crítica, como "True Detective" o "Hannibal". No interesa el sensacionalismo, la casquería, ni siquiera el suspense es lo primordial.  Rompe los moldes habituales del género policial sobre asesinos en serie centrándose en lo discursivo, en el análisis de las causas de la violencia extrema, que presenta como el problema social que es y no como el típico duelo descontextualizado entre el detective gato y el ratón criminal.

El joven e impaciente agente Holden Ford y el experimentado y lacónico agente Bill Tench deben recorrer juntos los módulos de máxima seguridad de las cárceles de EE.UU, para entrevistar a los asesinos más atroces, tanto en cantidad como en calidad. Así escrito el lector se imaginará un catálogo de impactantes monstruos, discursos trufados de aspiraciones megalómanas, referencias bíblicas y filosóficas, delirios paranoides y todo tipo de trastornos psicológicos. Sin embargo, el impacto se produce por el camino contrario: al descubrir que estamos ante tipos que son como otro cualquiera, de aspecto típico y razonamientos tópicos, hombres comunes cuyo pensamiento se basa en lugares comunes, sobre todo en lo que respecta a sus aspiraciones sociales y a sus relaciones con las mujeres y su opinión sobre las mismas.


El equipo de investigadores de "Mindhunter" está formado por dos agentes de FBI y la profesora universitaria Wendy Carr

"Ya sabe como son las mujeres, ¿no?", "No puedes vivir sin ellas...", "Tienes que hacerlo con coñitos jóvenes antes de que se conviertan en mamás", "Un campus universitario es como una tienda enorme de gominolas", "La mujeres siempre quieren saber, ¿verdad?", "A las mujeres les gusta la atención de los hombres", "Todas las mujeres quieren ser modelos", "Ya no podemos llamarlas damas...". ¿A cuántos hombres que conocéis les habéis escuchado decir cosas similares sino exactamente las mismas que estas? ¿Cuántas veces al día? ¿En cuántos contextos sociales distintos? Desde los "chascarrillos" de un grupo de whatsapp de adolescentes, sin necesidad de que estén organizando una violación en grupo, ni mucho menos; a un anciano quejándose de la mujer con la que lleva toda la vida casado. "Mindhunter" hace algo que parece obvio pero que hoy en día, en una sociedad en la que sigue primando el cuestionamiento del comportamiento de las víctimas y cuya idea de prevención se basa en el miedo y la inhibición de la población para que eviten exponerse a riesgos innecesarios, sigue resultando radical: poner el foco en la forma de pensar de los agresores, sus motivaciones, marcos mentales y escalas de valores. Parándonos un rato a escucharles la evidencia es aterradora: la lógica que utilizan no es una desviación de la lógica social en la que viven, sino una aplicación literal y extrema de la misma.

La culpa es de mamá

Todos los individuos entrevistados rehúsan admitir que la iniciativa criminal partió de ellos, todos sin excepción plantean los brutales asesinatos, torturas y violaciones cometidas contra una cantidad significativa de mujeres como una reacción a las provocaciones de ellas. En su imaginario, ellos son siempre las auténticas víctimas. La mayoría sitúan el origen de su agresividad y perversiones sexuales en la edad adulta en el trato recibido en la infancia por parte de sus madres. En su relato ellos son niños heridos e inocentes, y su madre es la auténtica villana sin escrúpulos. Así que no es sorprendente que llamemos "hijos de puta" a esta clase de criminales. 

"Mi madre me condicionó", sentenciaba Ed Kemper, "una madre jamás debería menospreciar a su hijo". Como su madre era muy autoritaria a su parecer, se escapó para vivir con su padre después de que se divorciasen, pero su padre no lo quiso en su casa. Notad que su padre lo rechazó, pero no señala el abandono por parte de su padre como un trauma. Se fija únicamente en la supuesta conducta exigente y "matriarcal" (lo dice exactamente con ese término) de su madre. Otro de los sujetos de la muestra, Monte Risell, que antes de cumplir la mayoría de edad había violado a diez mujeres y asesinado a cinco de ellas, también se apunta al mito de la madre castradora. "Si me hubieran dejado quedarme con mi padre, todo hubiera sido diferente". En su caso sus padres también se divorciaron a una edad temprana y él y sus hermanos se fueron a vivir otro Estado con su madre y su nuevo marido, sin que su padre biológico intentase nunca mantener el contacto con ellos. Se repite el mismo binomio: idealización del padre ausente, al que no se le reprocha el no haber mostrado interés por su prole una vez disuelto el matrimonio y odio profundo hacia la madre, a la que se le achaca ser demasiado exigente y dura con ellos.

La madre de Ed Kemper era una mujer independiente que jamás se volvió a casar y que trabajaba como administrativa en una universidad, cuya "posición acerca de los hombres era demasiado sincera y agresiva", según las propias palabras de él. La madre de Risell no dudó en denunciarle tras cometer varios robos y dos violaciones con 14 años, aunque eso supuso que lo internasen en una "institución juvenil". Los graves delitos cometidos por ellas: ser mujeres fuertes que ejercen su autoridad y que no muestran una actitud abnegada ante sus hijos. Es la ruptura de la supuesta incondicionalidad del amor materno la que ellos no pueden soportar. Que sus madres sean sujetos con criterio propio y capaces de tomar decisiones objetivas, en lugar de siervas sumisas.   

"Mi madre siempre quiso que yo fuera una niña, porque ya tenía a mi hermano mayor. Mi existencia era una decepción para ella", explica Jerome Brudos, un asesino fetichista que mutilaba los pechos y los pies de las mujeres que asesinaba y que coleccionaba cientos de zapatos de tacón. "Que trillado que siempre sea la madre", reponde Debbie, la novia del agente Ford, cuando él le cuenta su encuentro con el asesino. Pues sí, esa excusa freudiana de la madre dominante ya estaba trillada cuando Hitchcock estrenó "Psicosis" en 1960.

¿Derechos o privilegios?

Los hombres crecen en la sociedad patriarcal creyendo que les corresponde un lugar preeminente en la jerarquía social por el mero hecho de ser hombres. Deben alcanzar el éxito profesional, erigirse en cabezas de familia y líderes comunitarios, ser respetados y causar admiración allá por donde van. Como premio por ese esfuerzo competitivo, tendrán acceso más o menos ilimitado a los cuidados y atención femeninas, incluidos, cómo no, los sexuales. Realmente están convencidos de que esto forma parte de su carta de derechos civiles y humanos, porque así se lo ha transmitido la cultura en la que han sido correctamente socializados. Pero una cosa es la teoría, y otra la práctica. Todos los asesinos analizados tienen el mismo problema: no han sabido procesar el baño de realidad. La posibilidad de ser ignorados por las mujeres, de ser rechazados, de no conseguir un empleo de prestigio o ningún empleo en absoluto, que su novia los haya dejado o el simple hecho de que les digan un claro e inequívoco "NO", hace tambalearse la idea que tienen de su rol masculino y por lo tanto pone en entredicho su valía. Lo que no son más que experiencias normales que deberían asumir por entrar dentro del espectro de la libertad de decisión ajena, entre otras circunstancias incontrolables, lo toman como una afrenta directa que les genera una frustración insoportable. Lo consideran de verdad una injusticia que deben reparar. Por eso para ellos sus crímenes son un acto de reposición tanto de la justicia como del orden natural de la cosas, y cómo no, una forma de recuperar su masculinidad amenazada y el control/poder sobre las mujeres que les corresponde ejercer.

"Al principio, las mujeres me ignoraban. No les interesaba. En toda mi vida nadie quería interactuar conmigo, ni siquiera los gatos cuando era niño. La única forma en que podía tener a esas chicas era matarlas, y funcionó. Se convirtieron en mis esposas en espíritu, todavía están conmigo". Otra vez Ed Kemper no se corta en manifestar que como la sociedad no le proveyó de la cuota de mujeres que le pertenecía por derecho, se la procuró él mismo. Estuvo encerrado también en un reformatorio durante su adolescencia: mientras las mujeres vivían libremente su revolución sexual él no era más que un recluso virginal. En su plantemiento lógico, no le quedó más remedio que tomarse la justicia (venganza) por su mano. 

Otro de los sujetos entrevistados, Richard Speck, el más violento y malhablado en su forma de expresarse, es un claro ejemplo del extremo al que puede llevarles la necesidad de proyectar fortaleza y virilidad sin descanso. Era alcohólico y estaba en paro, tras el enésimo rechazo laboral entró a robar en un apartamento en el que vivían ocho enfermeras. Violó a una y las mató a todas. "Pude haberlas violado a todas", se siente en la obligación de remarcar. Tras la matanza intentó suicidarse, pero lo niega. Entra en cólera cuando le preguntan por si se sintió mal tras cometer semejante atrocidad. "Esas putas murieron porque no era su noche". El asesinato es su forma de autoconvencerse de que es un tipo duro, un macho capaz de lo que sea, a pesar de sentirse impotente e incapaz socialmente.

Ellas se lo buscaron

Un momento especialmente revelador es en el que el violador Monte Risell admite que la razón por la que mató a la primera chica después de violarla fue porque respondió con placer a su agresión sexual. "Quería violarla pero no paraba de decir Sí, sigue cariño, estoy muy caliente. Podría haber acabado de otra forma si ella no fuera una maldita puta". Al igual que odian a sus madres porque no pueden soportar a las mujeres en una posición de autoridad, odian a las mujeres que muestran deseo propio, que no cumplen el papel de virgen sacrificada o presa de caza que ellos les han reservado en su escena teatral del crimen. El mero hecho de que actúen como sujetos libres, que vivan sin estar pendientes de ellos, que hablen demasiado o que hagan preguntas incómodas... les ofende y les agrede, y por lo tanto ellas son en realidad las agresoras y ellos siempre están actuando en defensa propia. 

Brudos, el asesino fetichista, raptaba a las mujeres con la excusa de hacerles un reportaje fotográfico para que tuviesen material para presentar en agencias de modelos. "Se lo merecían por querer que las mirasen", suelta ni corto ni perezoso. Sorprende lo habituales que resultan este tipo de argumentos. Hemos podido comprobarlo estas semanas gracias al juicio de la violación grupal en Sanfermines, y no los hemos oído de depravados asesinos psicópatas: esa misoginia que culpabiliza a las mujeres de las reacciones violentas (sexuales o no) de los hombres está a la orden del día entre nuestros compañeros de trabajo, en las comidas familiares, en los programas de televisión. 

Cuestión de orden

Se suele decir que los psicópatas no sienten emociones, pero sí las sienten. El problema es que están convencidos de que los demás no pueden sentirlas, es decir, no consideran seres humanos al resto de las personas, sino que interactúan con ellos como si fuesen objetos e instrumentos que utilizar para la satisfacción de sus objetivos. Es decir, su ausencia de empatía radica en la cosificación del otro. ¿Os suena? Resulta que un comportamiento psicopático no está tan alejado del trato diario dispensado por los hombres a las mujeres dentro del patriarcado. Todos los asesinos entrevistados tratan de dignificar lo que hacen, de presentarlo como una vocación o incluso una virtud o habilidad que los hace excepcionales y les aleja de la vulgaridad, pero no es más que simple misoginia, la continuación al pie de la letra de la lógica machista y simplona de un hombre ordinario. 

Nuestra forma de organización social se basa en la dominación masculina y esta necesita una base ideológica que la legitime, por eso el papel cumplido por el sistema mediático y la industria cultural es clave en la construcción de la imagen hipersexualizada y cosificada de las mujeres. El cine, la publicidad, la pornografía... nos presentan como objetos al servicio de la satisfacción y la contemplación masculina. Que Ed Kemper coleccionase cabezas femeninas como trofeos o que Jerome Brudos jugase con las mujeres como si fuesen muñecas y las matase por detrás para no tener que admitir que eran personas a las que estaba torturando no es más que la hipérbole de esa cosificación de la mujer propugnada socialmente, que nos presenta como complementos y meros indicadores del éxito masculino. Suena chocante, pero llamamos depravados, aberrantes e inmorales a hombres que aplican (demasiado) al pie de la letra la moral imperante en el mundo en el que viven, lo suyo no es más que una interpretación exacta de la ideología patriarcal, y eso es lo que de verdad debería asustarnos. 

Al principio de la serie el agente del FBI Holden Ford se pregunta que si la mutación de los crímenes hacia una mayor brutalidad e irracionalidad es una "respuesta al caos". A medida que avanza su investigación nos vamos dando cuenta de que es al revés, es una respuesta al orden de las cosas. Los asesinatos de mujeres y la violencia contra elllas en general tienen su raíz en el patriarcado, son fruto directo del machismo sembrado. 

Esta misma mañana uno de los abogados de los cinco "chavales" que muy presuntamente  violaron a una chica de 18 años entre cinco en Pamplona durante San Fermín, los definía así: "No son modelo de nada, incluso pueden ser verdaderos imbéciles, con comportamientos patanes y primarios, pero también son buenos hijos, algunos tienen trabajo y están unidos a sus familias y amigos". Sin quererlo, ha dado en el clavo: la banalidad y cotidianeidad de esa misoginia que desencadena la crueldad contra las mujeres. Los asesinos y violadores no tienen que ser taimados estrategas o  "freaks" extraordinarios, son como cualquier otro hombre correctamente socializado. Lo ha dicho él, no nosotras, son los hijos sanos del patriarcado. Y eso es lo que nos sitúa a nosotras en una situación tan vulnerable y lo que convierte el machismo en un problema social de suma gravedad: que nos puede matar y violar cualquiera.

Perspectiva de género

La gran virtud de "Mindhunter" es su exploración de las posibilidades narrativas de aplicar la perspectiva de género al manido mundo ficcional del thriller policial, tal como ya hemos visto aflorar en otros destacables ejemplos, como la serie norirlandesa "The Fall", protagonizada por Gillian Anderson, o la británica "Liar". Parece mentira, pero resulta honesto presentar a hombres en pantalla hablando de forma directa del odio que sienten hacia las mujeres, exponer sus argumentos sin más, sin disfrazarlos de toda la mitología que rodea a las historias sobre asesinos en serie. De hecho, "Mindhunter" es una completa disección de los comportamientos masculinos y las motivaciones tras ellos, no sólo de los criminales incluidos en el estudio, también del resto de hombres que pasan por la historia, principalmente su protagonista, el agente Holden Ford. Su evolución a lo largo de la serie es uno de sus mayores logros, y evidencia a la perfección cómo tras un hombre que es todo ingenuidad, dulzura, amabilidad y curiosidad por aprender se puede encontrar el mismo machismo sin complejos que en un psicópata asesino.



¿Estás seguro de eso, querido Holden?


Por todo lo expuesto se podría deducir que "Mindhunter" es un campo de nabos en el que las mujeres sólo aparecen en las conversaciones entre hombres, sin embargo, la historia no sería la misma sin sus dos personajes femeninos principales, la novia del agente Holden Ford, Deborah Mitford, y la profesora Wendy Carr, que se une a la unidad de investigación del FBI sobre los perfiles criminales. Para empezar, son las dos personas más inteligentes de todas las que aparecen a lo largo de la serie, y con diferencia. Debbie es estudiante de sociología, y es de sus conversaciones con ella de las que Ford extrae las claves para sonsacar información de los delincuentes entrevistados, sobre cómo aplicar una aproximación emocional, cómo generar confianza y estimular que cuenten sin filtros su vida a perfectos desconocidos. Ella le sugiere que realice preguntas personales, que no pregunte directamente lo que quiere saber, que escuche atentamente y cuide su lenguaje corporal. Ella le ayuda a entender que no se trata sólo de la forma en que estos hombres ven el sexo, sino de cómo ven a las mujeres. 

Si de su novia extrae la forma de entrevistar, la doctora en psicología Wendy Carr le regala la formalización de un cuestionario tipo y la sistematización de los datos recogidos en clasificaciones y taxonomías, la idea de grabar las conversaciones y transcribirlas, e incluso es ella la que consigue financiación para su estudio y la que propone la publicación posterior de sus resultados. Es ella la que hace entender a sus compañeros que no se encuentran ante una cuestión de placer sexual, sino de poder y dominación. En definitiva, son las mujeres las que representan aquí el método científico, en contraste con la improvisación y la actitud impulsiva de los agentes masculinos.

Son estos dos excepcionales personajes femeninos los que sacan a los masculinos de su zona de confort y les ayudan a expandir sus horizontes mentales, los que plantean nuevas preguntas e incógnitas. Sin ellas, ni el estudio en cuestión ni la trama narrativa avanzaría del mismo modo. Holden, que se esfuerza en expresar que no se siente intimidado por vivir y trabajar con mujeres más inteligentes que él, y que incluso las adula y parece admirarlas, actúa como un simple vampiro con ellas, instrumentalizando sus aportaciones para conseguir sus metas pero demostrando durante el curso de la investigación que sus opiniones no le interesan cuando contradicen las suyas y que no está dispuesto a tolerar las críticas. En una escena catártica que rompe definitivamente la visión inofensiva y encantadora que el espectador podía tener de él, este ratifica el narcisismo y misoginia, que hasta ahora sólo se intuía, en una discusión con Debbie:

"- No siempre quiero tu opinión. ¿No puedes ser simplemente mi novia?
- ¿Quieres decir que me limite a callarme y adorarte?
- Al menos podrías intentarlo por una vez... "  

Holden es tan megalómano y misógino como los asesinos a los que estudia con auténtica fascinación, pero ellos simplemente se han despojado de su máscara social, se han liberado ya de su necesidad de encajar. "Mindhunter" vuelve a ahondar así en su desasosegante premisa, que no por obvia es menos cierta y molesta: que detrás de cualquier hombre puede haber un depredador que desea degradar a las mujeres, porque les han educado para ello. Y es que el patrón común a todos es lo bien que han interiorizado las enseñanzas del patriarcado.


sábado, 4 de noviembre de 2017

Manual de la correcta violación


Laura está maquillándose frente al espejo. Está muy nerviosa, esta noche tiene una cita con un hombre por primera vez desde que rompió con Tom, su novio de toda la vida. Literalmente de toda la vida, lo conoce desde los 13 años. Se dice pronto… Por eso ha decidido tomarse una copita de vino antes de salir de casa, necesita relajarse. Tiene miedo de no saber hacer que la conversación fluya de forma natural, de no resultar interesante, de que se le quiebre la voz… ¿Será muy exagerado el maquillaje? ¿Mucho escote? ¿Pelo recogido o suelto? Mejor será apurar esa copa de un trago para dejar de pensar tanto. 

A la mañana siguiente Laura se despierta en su cama con un fuerte dolor de cabeza. Tiene un mensaje de Andrew en su móvil, el hombre con el que quedó anoche: “Ha sido una noche maravillosa”. Entonces, ¿por qué ella se siente como si hubiese sido la peor de su vida?

Andrew es un hombre gracioso y amable, de sonrisa tierna y condenadamente atractivo. Es médico, un cirujano brillante, respetado y admirado por sus colegas de profesión, algo envidiado porque todas las trabajadoras del hospital suspiran por él en cuanto se da la espalda. Es un padre soltero desde que enviudó hace años, se preocupa por estar siempre que su hijo adolescente le necesita y no perderse una sola reunión o tutoría del colegio a pesar de las largas operaciones y los turnos de noche en urgencias. Mala suerte, a Laura la ha violado el perfecto caballero, el soltero de oro, un profesional de éxito y ciudadano ejemplar, un prócer de la sociedad.

Sí, lo que comenzó como una cena romántica terminó en una violación. Pero claro, ¿cómo puede ser que te hayan violado si te has maquillado y vestido para agradar y atraer sexualmente a tu agresor, si le has sonreído y te has reído a carcajadas de sus chistes, si incluso le has contado algunas intimidades mientras saboreabais ricos platos a la luz de las velas, si estabas a gusto en su compañía y lo invitaste a tomarse la última en tu casa después de cenar, si no tienes moratones, si no gritaste ni intentaste huir, si fue en tu cama sobre tus sábanas recién cambiadas, si usó tu baño después?

Laura recuerda haber dicho claramente que no, pero bebió demasiado como para poder asegurarlo. Sabe que él la ha violado, su cuerpo lo sabe. Pero la agresión sexual que ha sufrido se rige por el manual de la perfecta violación imperfecta. Sólo tiene su palabra contra él, es casi imposible demostrarlo, pero decide denunciar porque es lo que debe hacer, y es ahí donde comienza su infierno.

Afortunadamente Laura no existe, es un personaje, y la violación que supuestamente ha sufrido es sólo el eje argumental de la serie británica “Liar” que HBO ha incluido recientemente en su catálogo. Desgraciadamente, existen miles de mujeres con el mismo problema que Laura en la vida real. 


 
Escenas del interrogatorio al que es sometida la protagonista de Liar tras denunciar que ha sufrido una violación


Este thriller trepidante muestra a la perfección el cuestionamiento constante al que se ve sometida una víctima de violación una vez decide contar que ha sido violada. Es el único tipo de crimen en la que la principal sospechosa es la denunciante en lugar del denunciado, en el que la víctima tiene que superar un tercer grado tanto o más duro que el presunto agresor, sobre todo si no encaja en el concepto socialmente arraigado de lo que entendemos como típica víctima de una violación típica. Es decir, una mujer con abrasiones genitales, ropa desgarrada y múltiples signos de violencia física que ha sido asaltada por un desconocido.

El quid de la cuestión es que la idea que tenemos de una violación habitual es la menos habitual de todas. Según la Federación de Asociaciones de Asistencia a Víctimas de Violencia Sexual y de Género sólo un 15% aproximadamente de las violaciones que se denuncian se producen por asalto. El perfil de agresor más habitual es un conocido de la víctima, normalmente de su círculo más cercano, sobre todo familiares directos, y, además, el 56% de las agresiones y abusos se producen de forma reiterada. Es este falso imaginario social el que sostiene la cultura de la violación y provoca que se criminalice a las (pocas) mujeres que se atreven a denunciar por no cumplir los estándares que se esperan de una víctima de violencia sexual. Seguramente sea ese el principal motivo por el que solamente llegan a denunciarse una de cada seis violaciones. La víctima desiste de denunciar porque cree que no la han forzado lo suficiente, que no le han pegado o humillado lo necesario, que no se ha resistido lo que debería. En definitiva, que no la han violado como es debido. 

Lo interesante de “Liar” es que pone sobre la mesa la culpabilización de las víctimas de violación y la sistemática puesta en duda de su credibilidad no sólo por parte de la sociedad, sino de las propias instituciones y las autoridades, del protocolo forense y policial en sí mismo que se sigue para abordar este tipo de delito. En gran parte de los casos no se hace otra cosa que revictimizar a las denunciantes, con reconocimientos médicos y exploraciones que ahondan en el trauma psicológico, múltiples interrogatorios demasiado extensos y repetitivos y en general una práctica de diligencias que lo último que tienen en cuenta es su dignidad e integridad. Acordaos de aquella jueza del Juzgado de Violencia de Género número 1 de Vitoria que le preguntó literalmente a una mujer que denunció repetidas violaciones por parte su agresor: “¿Cerró usted bien las piernas? ¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?”.  La realidad supera en este caso con mucho a la ficción.

Por favor, queridos agentes del orden, fiscales y jueces, editen de una vez el manual de la buena víctima para que sepamos de una vez por todas en qué ángulo tenemos que colocar las piernas y con cuánta fuerza tenemos que apretar el coño para conseguir que los violadores sean condenados. Ya procuramos no hablar con desconocidos ni salir solas de noche, pero a pesar de ello una mujer sigue siendo violada cada ocho horas en España. Quizá sea porque el Código Penal tipifica y persigue agresiones sexuales que se parecen más a unicornios rosas que a las violaciones que realmente sufrimos las mujeres.

jueves, 27 de abril de 2017

La industria de la violación

Soy miope de solemnidad. No exagero, llevo nueve dioptrías en cada ojo. La borrosidad de mi visión es directamente proporcional a la nitidez del recuerdo de la primera vez que observé el mundo tras mis gafas graduadas. Fue impactante y desconcertante, infinidad de detalles que antes no existían se agolpaban ante mi vista: pliegues, fisuras, todo tipo de texturas, los poros y el vello, lunares y manchas, la letra pequeña, el carmín en los dientes y el moco rebelde en las cavidades nasales... Podía ver todo aquello que hasta el momento había sido invisible para mí. Una experiencia similar es el descubrimiento del feminismo. Cuando te pones las gafas del feminismo, empiezas a distinguir con claridad todas las situaciones de discriminación que sufres como mujer y que antes identificabas como el estado normal de las cosas. La perspectiva feminista cambia completamente el modo de ver todo: las relaciones familiares y de pareja, las relaciones laborales, el sistema educativo y sus contenidos, las produccciones artísticas y culturales, las tradiciones, la historia, las ciencias... TODO. Porque precisamente nada ha quedado fuera de los preceptos organizativos patriarcales. Y cuando por fin una se ha graduado la visión de género, las imposiciones y coacciones del patriarcado son tan chillonas que hacen doler la vista. Una nunca olvida el día que descubrió que vivía en "Patrix".

Sí, ese abrir los ojos duele: duele descubrir que te han subestimado, acotado, excluído o se han burlado de ti sistemáticamente por el hecho de ser mujer, incluso personas a las que quieres o por las que has sentido admiración o aprecio; darte cuenta de que en muchas ocasiones has aceptado esos límites o te los has autoimpuesto de forma desapercibida. Sí, se te pasa toda tu vida por delante y se te agolpan con rabia todos esos episodios que en su momento no identificaste como una injusticia, abuso o discriminación; situaciones que ya habías olvidado o a las que no les habías dado importancia alguna. Repasas la lista de tu ex novios y ¡oh!, sorpresa, casi todos te han chantajeado emocionalmente, controlado tus decisiones e incluso agredido física o sexualmente. Te indignas por la cantidad de tiempo que has malgastado intentando agradar a los demás, preocupándote obsesivamente por el bienestar ajeno, sintiéndote culpable por no preocuparte lo suficiente. Te cabreas porque has caído tú también, tan formada académicamente y tan liberada que te considerabas, en las trampas del culto a la imagen y del amor romántico. Te atormenta la infinidad de veces que has dicho sí cuando hubieras querido decir no. Te alarma lo difícil que te resulta discernir si has decidido hacer algo, lo que sea, porque era lo que realmente querías/ te gustaba o porque era lo que se esperaba de ti. 

Las gafas hiperrealistas del feminismo producen mareos al evidenciar en un golpe de vista todo el machismo y la misoginia que hasta ahora nos pasaban inadvertidos: la brecha salarial, la feminización de la pobreza, la segregación profesional, el acoso laboral, el paternalismo y el mansplaining, la invisibilización de la mujer en la transmisión de la historia, la represión sexual, los cánones patriarcales de belleza, la imposición de los cuidados y del trabajo doméstico como deber femenino, la cosificación, la violencia de género y el feminicidio, la cultura de la violación, la patologización de las emociones, el gaslighting... Despertamos y vemos que hasta el momento lo que nos parecía LO UNIVERSAL era solo LO MASCULINO, y que nuestra posición está subordinada a la de ellos siempre y en todo lugar.

Por eso me llama poderosamente la atención que haya gafas feministas más eficaces que microscopios ante cualquier viso de dominación patriarcal, diligentes lupas para los micromachismos, que no identifiquen la prostitución como una de las más brutales formas de violencia contra la mujer y como la perpetuación a través de la institucionalización económica de la subordinación sexual al hombre, hasta el punto de que haya voces desde dentro del feminismo que la defienden como "trabajo sexual" y hasta como una vía más de empoderamiento. No sé si estoy usando la graduación adecuada, pero yo veo una contradicción insalvable entre denunciar la cultura patriarcal de la violación y ser indulgentes con la industria de la violación que es la prostitución. Cómo es posible que señalemos que las mujeres sufren a menudo violaciones socialmente aceptadas, como cuando hemos mantenido relaciones sexuales con una pareja por un sentimiento de obligación o por no afectar a su autoimagen de virilidad, o como cuando hemos expresado consentimiento pero bajo algún tipo de coacción en el contexto de una relación de poder o situación de vulnerabilidad; y sin embargo sea tan difícil de hacer entender que el putero (ese al que se insiste en nombrar eufemísticamente como cliente o consumidor de prostitución) no es más que un violador socialmente aceptado y la hipérbole de la masculinidad patriarcal. 

Cuando mantenemos relaciones sexuales en un contexto de obligación, sea el que sea, como el de necesidad económica, nos están violando. Como feministas hemos comprendido que dentro de las estructuras de poder del patriarcado y de sus patrones cutlurales, todo hombre es un violador en potencia. Si hemos entendido esto, ¿por qué somos tan permisivas con la conversión de la violación en modelo de negocio? Un putero no es un violador en potencia, es un violador en serie, la cima del ejercicio de poder patriarcal para acceder sin limitaciones a nuestro cuerpo con fines sexuales. Porque no nos engañemos, un putero no paga por un servicio, ni por disponer de nuestro tiempo, como en cualquier otro trabajo: pagar por interrumpir nuestra autonomía para hacer uso sexual de nuestro cuerpo a su antojo. Paga para obtener nuestra sumisión y teatralizar su poder masculino.



Cuando una feminista ha aprendido qué es la sororidad y la ha aprehendido, le aterra que la acusen de competir con otras mujeres o de discriminarlas igual que haría un machista. Lo último que quiere una feminista es reproducir acríticamente comportamientos machistas. El regulacionismo nada y pesca precisamente en la división del feminismo: sacraliza e idealiza la idea de libertad y acusa a quién no comulgue con él de "putófoba", de estigmatizar a las prostitutas, de desempoderarlas por utilizar el término "prostituídas", de culpabilizar y criminalizar a las mujeres que ejercen las prostitución. En el momento histórico en el que vivimos, en el que el matrimonio de conveniencia entre patriarcado y el capitalismo neoliberal atraviesa sus años dorados, las posturas abolicionistas o simplemente críticas con la prostitución son más impopulares que nunca. Hay mucho dinero en juego y el lobby del proxenetismo, mafias incluidas, y sus industrias adyacentes, como la pornográfica, son conscientes de ello, y no han dudado en gastar todo su arsenal en un lavado de imagen internacional del crimen organizado. Se habla de la libertad de ser prostitutas, de putas autónomas y feministas, se glamouriza la prostitución y se centra el discurso en las escorts/prostitución de lujo, se ahonda en la falacia del dinero fácil, se intenta separar interesadamente la trata ejercida por las mafias de la prostitución y sobre todo, se invisibiliza al putero.

Y es que estoy convencida de que existen mujeres que realmente se consideran feministas capaces de defender la prostitución como un opción laboral y vital más porque en el fondo nadie que no haya estado en ese mundo de primera mano sabe de qué está hablando cuando habla de prostitución. Aunque el discurso regulacionista insiste en que las prostitutas son sujetos libres y no objetos y en que son las abolicionistas las que cosifican y deshumanizan a las mujeres que ejercen la prostitución al asumir que todas están siendo sometidas, y hablan de dar voz a las prostitutas; precisamente el problema reside en la omertá reinante acerca de en qué consiste lo que llaman "trabajo sexual", en que sólo se da representación mediática a un perfil muy concreto y minoritario de prostitutas y en la eliminación absoluta del putero de la ecuación. 

Si se hablase de qué piden los puteros, si los testimonios de las supervivientes de la prostitución tuvieran la misma difusión que los de las prostitutas libres que supuestamente se sienten realizadas, si no se obviasen las consecuencias emocionales/psíquicas y físicas y que gran parte de las prostitutas recurre al alcohol y las drogas para hacer su "trabajo" más llevadero, si no se silenciasen los estudios que evidencian que la mayor parte de las prostitutas han sufrido abusos o agresiones sexuales antes de dedicarse a la prostitución y normalmente en edades tempranas, si nos dejásemos de eufemismos y de esos tabúes sexuales que supuestamente denuncian las feministas liberales y hablásemos clara y meridianamente de lo que puede incluir la jornada laboral de una prostituta (tragar semen, que te eyaculen en la cara, que te hagan vestirte de niña o caminar a cuatro patas imitando a un perro, que te introduzcan objetos en el coño, fisting, que te insulten o te escupan para excitarse, que orina y heces entre en juego... sí, las felaciones y el sexo anal palidecen ante la variedad de demandas del sexo patriarcal), sería más difícil banalizar la prostitución y no definirla como lo que es: violación a cambio de dinero. 

Os animo a entrar en cualquiera de los múltiples foros masculinos de Internet en que, bajo el manto del anonimato, los hombres comparten sin tapujos sus experiencias con prostitutas. Tras unos minutos leyendo, ese imaginario de servicio caritativo en el que los hombres van mayoritariamente a los burdeles a contar sus penas a las prostitutas, o son cervatillos asustados que solo pretenden perder la virginidad o el miedo escénico o maridos que buscan el cariño/atención que sus mujeres no les prestan; y comprenderéis que la inocuidad del concepto cliente no se ajusta a la realidad. Los puteros son intrínsecamente misóginos, muchos de ellos sádicos carentes de empatía y que se excitan con el dolor y la humillación ajena, y todos han aprendido desde la cuna a deshumanizar a las mujeres y se consideran en el ejercicio de un supuesto derecho legítimo: el de que las mujeres les proporcionen placer sexual. Por algo se han socializado en el patriarcado. Ellos son los putófobos, los que estigmatizan y cosifican a las putas, los que les preguntan en tono déspota cuánto cuestan como si fuesen productos, los que a menudo intentan sobrepasar los límites consensuados previamente, los que disfrutan ejerciendo su poder, los que regatean el precio o intentan estirar el tiempo pactado, los que siguen adelante aunque les hayan dicho que no, los que catalogan a las mujeres comparándolas con animales, modelos de coche, tipos de comida.

Quien defiende la regularización de la prostitución con el ánimo de mejorar las condiciones laborales de las prostitutas, centrando el problema en la precariedad laboral, peca de ingenuidad o de cinismo. La regularización no quitará el poder absoluto al putero una vez se cierra la puerta tras la que la prostituta se queda sola, no borra el marco de referencia patriarcal, no deja de ser violación y sometimiento, no deja de reproducirse el patrón de que la mujer está para satisfacer sumisamente los deseos y necesidades masculinas. Incluso en el hipotético (más bien "platónico" en el sentido peyorativo de la palabra) caso de que una prostituta ejerciese de forma totalmente libre sería estadísticamente imposible que ninguna de las relaciones sexuales mantenidas durante la jornada de trabajo no fuese forzada por las circunstancias y, por lo tanto, una violación. Sabemos la huella emocional que deja un abuso sexual de cualquier tipo. Calculad cuántos puede llegar a sufrir una prostituta a lo largo de su "vida laboral". Insisto, legitimar la industria de la violación es lo contrario al feminismo. Un mínimo de honestidad intelectual (u honestidad, a secas) pone de manifiesto que la gran demanda de prostitución no se cubriría con esa minoría de "prostitutas libres", y que la regularización y su legitimación aparejada no haría más que aumentar esa demanda, abocando a más mujeres a ser traficadas y esclavizadas.

Por supuesto que todo trabajo asalariado conlleva explotación, y en muchos las trabajadoras y trabajadores exponen su integridad física y emocional y llegan a sufrir maltrato y violencia. Pero en todo empleo hay una línea definida que separa la tarea a realizar de lo que la excede, que diferencia trabajo de acoso, humillación o abuso. En la prostitución, queramos verlo o no, se compra el abuso y sometimiento sexual. Si la masculinidad es reconocida con una situación privilegiada en cualquier contexto dentro del patriarcado, no puede serlo menos en la prostitución, que es intrínsecamente un privilegio masculino. La prostitución exacerba los roles de género, y ahonda además en la explotación de clase y racial y en la transfobia (las prostitutas pobres e inmigrantes son mayoría aplastante y la prostitutas transgénero viven más a menudo situaciones de vejación e intensa violencia física por parte los puteros).

La ideología patriarcal ve la prostitución como un fenómeno natural y por lo tanto, inevitable. No es así, el sexo patriarcal y sus consecuencias son fruto de esa ideología, otro sexo es posible, basado en la reciprocidad, en el respeto y el placer mutuos, en la autonomía y la equidad entre los implicados. No existe un derecho natural a obtener sexo con otras personas, si no encuentras a nadie que espontáneamente quiera mantener relaciones sexuales contigo, existen alternativas para aliviar el impulso sexual que no pasen por violar o comprar mujeres (mastúrbate y ahorra tu dinero y sufrimiento a la humanidad). Y es que la clave está en hacer volar por los aires esos patrones de actuación y de comportamiento sexual patriarcales, sólo de ese modo la demanda desaparecería. En una sociedad no patriarcal no habría cabida para la industria de la violación. Habrá que empezar por sacar a los puteros de su zona de confort y ponerlos bajo las gafas graduadas del feminismo. Señalémoles sin miedo como lo que son: violadores y criminales.


lunes, 27 de febrero de 2017

Zonas grises (aka American Bitch)

Este domingo se ha emitido el que para mí es ya el mejor capítulo de Girls, la serie de Lena Dunham para la HBO. Se llama elocuentemente "American Bitch", y en él Hannah, la protagonista de esta serie coral de mujeres jóvenes, visita en su casa a uno de sus escritores más admirados porque él la ha citado para discutir sobre un artículo que ella ha escrito sobre él, en el cual lo critica por haber usado su posición de éxito social y autoridad académica para aprovecharse sexualmente de sus alumnas universitarias. La conversación entre los dos ocupa casi todo el metraje del capítulo, y el momento que motiva este texto es cuando él insiste en que "el sexo es una zona gris" (entendiendo como "zona gris" un ámbito o una situación ambigua en el que las normas no están claras o bien definidas) y ella le responde exasperada "¡Estoy harta de zonas grises!". En ese momento yo grité por dentro lo mismo que ella: ¡A la mierda las zonas grises! Esa zona de color gris con el que se quiere pintar el tema del consentimiento en las relaciones sexuales es por la que nos cuelan la mayoría de violaciones o agresiones sexuales como "malentendidos". Es la neblina grisácea la que convierte al violador en la víctima de la falta de claridad.

"American Bitch" es el brillante tercer episodio de la sexta temporada de Girls.

En un delito en el que para ser condenado la intención es literalmente lo único que cuenta (no el resultado: UNA PERSONA VIOLADA, ni el hecho en sí mismo: VIOLAR, SÍ, VIOLAR), en el que además de tener que demostrar que el violador te ha violado tienes que demostrar que REALMENTE QUERÍA VIOLARTE; el gris favorece a los agresores porque nos hace creer que es casi imposible diferenciar el sí (blanco) del no (negro),y eso nos lleva a que la mayoría de las violaciones sean vistas como errores que se han cometido sin querer y por lo tanto, a la absolución masiva de violadores. Eso si llegan a ser denunciados, pues por culpa de ese enfermizo concepto de "la zona gris" gran parte de las mujeres que se han sentido violadas o acosadas, o no se atreven a denunciar por considerarlo inútil, o ni si quiera son capaces de dirimir si realmente han sido violadas, llegando a creerse en demasiadas ocasiones que son imaginaciones suyas o culpables de haber provocado esa situación indeseada. Por haches o por bes llegamos siempre a la misma absurda conclusión: POBRECILLO VIOLADOR, NO SABÍA QUE ME ESTABA VIOLANDO.

De ahí que me parezca tan brillante el título del capítulo- también título no oficial de una novela de Philip Roth -: American Bitch. La zorra siempre es ella, la que seduce y tiende su tela de araña en la que cae atrapado el hombre, la que calienta cruelmente para luego retirarse, la que denuncia en falso. Él es siempre el cordero. Esa "American Bitch" bien podría ser Dylan Farrow, que acusó al talentoso Woody Allen de abusar de ella cuando era niña, poniendo en peligro su brillante carrera con esos maliciosos rumores imposibles de demostrar. Así es como la zona gris le jodió la infancia y la vida a la desafortunadamente hija adoptiva de un director de cine aplaudido en todo el mundo (bueno, qué digo, fue él el cabrón que más que presuntamente se la jodió). Que la realidad no nos estropee una impecable filmografía ni el estreno anual de Woody Allen, ¿no?

A lo que iba. La zona gris es un mito. Para empezar, en el mito de la zona gris es el hombre el guardián y dueño del consentimiento femenino. Se le otorga al hombre la tarea (y por lo tanto, el poder) de decidir si la mujer desea o no desea mantener relaciones sexuales con él. Son ellos lo que deben interpretar un código que ellos mismos se han inventado. Si lleva escote o minifalda, es que quiere follar. Si te dirige la palabra, te saluda amablemente o mantiene una conversación contigo, es que quiere follar. Si establece contacto visual, quiere follar. Si acepta una cita contigo, obviamente también quiere follar. Si se ha casado contigo o tiene una relación estable contigo, por supuesto quiere (y debe) follar contigo todos los días de su vida hasta que la muerte os separe. Si te admira profesionalmente no solo quiere follar contigo, también quiere chuparte la polla en agradecimiento. Si ha salido de noche a la calle o ha bebido demasiado, quiera o no, tengo derecho a follármela. En resumen, si no huyes despavorida ante su sola presencia, lo más probable es que el hombre en cuestión interprete que deseas acostarte con él. Y todo ello es porque en el tema sexual nosotras somos entendidas como un objeto pasivo, no un sujeto con voluntad activa que toma decisiones propias. En el mito de la zona gris no hay lugar para que el consentimiento sea activo. Todo vale, sobre todo eso de "no me ha dicho expresamente que NO QUERÍA". Entonces, tampoco te ha dicho expresamente que quería, pero, que más da, estamos en una zona gris. Así es como la confusión, la ausencia de límites definidos, SIEMPRE SIEMPRE beneficia al depredador. Sin el mito de la zona gris, toda relación sexual en la que una de las dos personas no ha expresado clara e inequívocamente su consentimiento sería (ES) una violación. Qué rollo, ¿no? La ética y el respeto mutuo darían al traste con toda la industria del porno, gran parte del cine comercial, una inmensa cantidad de obras literarias consideradas obras maestras donde lo que realmente se están relatando son asquerosos abusos de poder, y con la diversión sexual eminentemente masculina de los sábados noche, entre otros pilares de la cultura patriarcal. El sexo libre (¿para quién?) es un derecho humano. No nos los jodáis con exageraciones, puritanismo y puntillosidad, PESADAS.

La actitud de la actriz que entrega el Oscar a un actor acusado de acoso sexual por compañeras ha ocupado más espacio en medios que las propias denuncias en su momento


Lo más perturbador de todo el asunto de la zona gris es el hecho de que el estereotipo del depredador sexual sea habitualmente un hombre de éxito. El capitán del equipo, el periodista socialmente comprometido, el amantísimo padre de familia, el profesor enrollado, el escritor experimentado, el director de culto, un truhán y un señor algo bohemio y soñador... En definitiva, hombres que pueden echar mano de su influencia o poder no solo para acceder a la carta al sexo femenino y abusar de su posición privilegiada, sino que además esa posición les hace impunes, también gracias al mito de la zona gris que convierte en injusta caza de brujas cualquier acusación. Sí, ellos se erigen en las auténticas brujas de Salem (como hace el protagonista de este capítulo de Girls), por encima de las mujeres quemadas. Nadie quiere ser el que tire la primera piedra, si a la que se lapida no es a una mujer adúltera, claro. Esa zona gris es la que permite que Casey Affleck gane un Oscar habiendo acosado sexualmente a compañeras de profesión, y que se señale más a la actriz Brie Larson por no aplaudir cuando ha tenido que entregarle el premio. Otra vez la zorra se come al cordero. Y mientras, lo que el lobo feroz hace en el bosque, allí se queda, en la zona gris que hay entre los árboles.