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miércoles, 21 de marzo de 2018

Nuevas inclusiones


"En este escondrijo cambian las muchachas sus vestidos de calle por los uniformes de labor. En estos clavos cuelgan las empleadas cada mañana su personalidad para recogerla cinco horas después.”

“Las muchachas de hoy conocemos muy bien a M.F. M.F. nos cede el asiento en el Metro y nos tiende el sueldo desde la altura de su caja cada mes y nos mira oblicuamente al escote cada vez que nos dicta una carta”.

Estas dos citas literarias están entre mis preferidas de todas las que subrayé (y fueron muchas, lo admito) en la novela “Tea Rooms. Mujeres obreras” de la escritora Luisa Carnés. Son mis favoritas porque en dos pinceladas consiguen retratar toda la deshumanización y cosificación sexual que sufren las mujeres trabajadoras durante su jornada, que además de producir deben agradar y “hacer bonito”. Les va en la nómina. Esta novela de 1934, publicada en la Segunda República, está escrita con un lenguaje y estilo inusitadamente modernos, casi cinematográfico, por la importancia de los diálogos y la coralidad de los personajes, adelantándose dos décadas a “La Colmena” (chúpate esa, Camilo José Cela). Además de en el forma, esta novela también destaca para la época en su contenido, que se centra tanto en los conflictos laborales como en las inquietudes y aspiraciones personales de un grupo de mujeres de diferentes edades, extracto social y situación familiar, cuyo punto en común es que trabajan todas en el mismo salón de té, siendo capaz de trazar un retrato perfecto del nuevo papel social de la mujer con su reciente incorporación al trabajo asalariado, y de todas las contradicciones y convulsiones que trajo a sus vidas la incipiente fusión de capitalismo y patriarcado. La brecha salarial, el acoso sexual, el aborto, la resistencia al matrimonio, la doble jornada laboral y doméstica, la violencia de género… son cuestiones de rabiosa actualidad tras la Huelga del 8M que ya aparecen recogidas en esta brillante novela. Es evidente que se trata de una obra digna de estudio, que enseguida llama la atención entre sus contemporáneas, y sin embargo cayó en el olvido, ignorada por el mundo académico y desconocida por los grandes expertos de la literatura española.

Luisa Carnés era una escritora adelantada incluso a los escritores adelantados a su tiempo, y ni eso salvó su obra del ostracismo. No solo era mujer, también era militante comunista, no vamos a extrañarnos de que fuese aplastada por la apisonadora de 40 años de dictadura franquista, como tantos otros autores y autoras, como ocurrió con Las Sin Sombrero. Sin embargo, la democracia no parece haber podido con el arraigado machismo del estudio de la producción literaria patria, a juzgar por los compendios bibliográficos de los currículos escolares (¿cuándo caerán autoras en Selectividad?) o por el mero hecho de que una novela tan importante como la de Luisa Carnés haya tenido que ser redescubierta hace apenas año y medio por una pequeña editorial (¡nunca terminaremos de agradecérselo a Hoja de Lata!).  

“Tea Rooms” se encuentra con dos resistencias a su inclusión como bien podría merecer en nuestro canon literario: ha sido escrita por una mujer y además es una novela social y claramente política, en ella se respira la ideología de su autora, expresada a través de los pensamientos de su personaje principal. Era inevitable que no superase la nueva inquisición (está si auténtica) del franquismo, y parece que será difícil que supere el rechazo visceral que los intelectuales e insignes literatos como Vargas Llosa o Javier Marías sienten ante todo atisbo de revisión feminista, criterio social o sensibilidad de tipo “ideológico” en el ámbito de la crítica y la producción literaria y cultural.

“El más resuelto enemigo de la literatura es el feminismo”, es la última (que no definitiva) frase lapidaria que nos ha regalado la casi tradicional columna dominical antifeminista (el domingo ya no es domingo sin que un insigne “señoro” se queje desde su tribuna en la prensa escrita de un feminismo censor y victimista). Esta vez es Vargas Llosa el que advierte desde un descarado libelo a la escritora Laura Freixas titulado “Nuevas Inquisiciones”  de las graves consecuencias de hacer caso a las reivindicaciones feministas: “Juzgar la literatura desde un punto de vista ideológico nos traería controles y censuras que acabarían con la literatura. Con este tipo de aproximación a una obra literaria, no hay novela de la literatura occidental que se libre de la incineración”. Va a ser verdad que volvemos a la Edad Media, pero más que porque las feministas hayamos rescatado las antorchas y la quema de libros, porque nos están saliendo profetas flagelándose y anunciando el Apocalipsis de debajo de las piedras. ¡Arrepentíos, histéricas!

Me niego a rebatir algo tan absurdo e irreal como que las feministas estamos exigiendo que se prohíban libros o se retiren obras de arte. No vale la pena entrar al trapo de tamaña ridiculez. Pero sí creo útil y muy necesario explicar por qué el feminismo es, al contrario de lo que el Nobel peruano cree, un buen amigo de la literatura y de todo el arte en general.

A menudo nos dicen que si los manuales de Literatura, Historia del Arte o Filosofía apenas recogen autoras es porque hay muy pocas o porque las que hay no son lo suficientemente relevantes como para ser incluidas en ellos. Desde luego, a lo largo de la historia ha habido muchísimas menos autoras que autores. Es un hecho indiscutible. Sin embargo, sí existen muchísimas más de las que se nombran (volvamos al caso de Luisa Carnés) y  la menor relevancia de sus obras está muy lejos de ser un hecho indiscutible. Es en realidad una interpretación muy discutible y me atrevo a decir además que una gran enemiga de la literatura.

LA editorial Hoja de Lata rescató la novela de la autora Luisa Carnés, olvidada entre las escritoras olvidadas de la Generación del 27


Como nos descubrió la historiadora Gerda Lerner en “La Creación del Patriarcado”, obra que debería ser “vademécum” de cualquier feminista y de cualquier persona mínimamente interesada en la Historia de la humanidad, la exclusión de las aportaciones de las mujeres del reconocimiento histórico ha sido el impedimento más importante al desarrollo tanto de una conciencia colectiva de las mujeres como de la independencia y autonomía propia que les permitiese desempeñar carreras profesionales o artísticas similares a los hombres. “La ignorancia de su propia historia de luchas y logros ha sido una de las principales formas de mantener subordinadas a las mujeres”, afirma Lerner. “Las mujeres no tenían historia, eso se les dijo y eso se creyeron, que nunca ha habido personas como ellas que hubieran hecho algo importante por sí mismas”, algo digno de ser recogido históricamente. Por una simple cuestión numérica (sí qué pesadas nos ponemos con eso de que somos LA MITAD de la población mundial, pero más pesa el empeño en tratarnos como una minoría) es inconcebible que hubiese ocurrido ningún hecho histórico en todo el mundo sin que hubiese mujeres activamente involucradas en él, pero siempre hemos sido y hoy en día seguimos siendo las grandes ausentes en los libros de Historia. Gerda Lerner da con una de las claves del mantenimiento a lo largo de tantos siglos de la posición de desventaja de las mujeres con respecto a los hombres: la hegemonía masculina en el sistema de símbolos. La carencia de referentes femeninos del pasado que hayan vivido sin protección masculina o trascendido fuera del hogar nos ha lastrado a la hora de imaginar y construir nuestras alternativas de futuro y ha contribuido a naturalizar nuestra inferioridad como agentes históricos. ¿Cómo vamos a liderar una revolución si ninguna mujer la ha liderado? Si ninguna mujer ha escrito ningún tratado o novela que pueda considerarse gran clásico universal de la filosofía o literatura, será por algo, ¿no?

La negación a las mujeres de su propia historia, y su continua exclusión de la Historia con mayúscula, ha reforzado que aceptasen la ideología del patriarcado, y ha minado su autoestima. Esto ha tenido un claro efecto en el campo de la creación artística: las mujeres creativas siguen teniendo que enfrentarse a una realidad cercenada y que atreverse a crear viéndose a sí mismas como intrusas en un mundo de hombres. De este modo, sigue siendo más difícil para nosotras decidirnos a ser escritoras, pintoras, cineastas, fotógrafas…El canon oficial de toda disciplina artística ocupado por hombres a excepción por regla general de un par de mujeres nos obliga a ser eso, EXCEPCIONALES. Debemos poseer unas capacidades extraordinarias para poder entrar en el club privado masculino que es la creación simbólica y la explicación del mundo: ciencias, artes, filosofía… en fin, todo eso que en teoría nos distingue como seres humanos del resto de seres vivos. Esto significa que el patriarcado ha funcionado como una auténtica trituradora de autoras, con el consiguiente daño para la literatura.

¿Cuántas grandes novelistas, poetas, ensayistas… nos hemos perdido y nos seguimos perdiendo por culpa de un canon literario definido a partir de los textos bíblicos, los clásicos grecorromanos y Shakespeare? Eso no parece importarle a los que se preocupan tanto por preservar la riqueza y crecimiento constante del corpus literario. Todos parecen obsesionados por el hecho (totalmente inventado) de que en 2018 sería muy difícil que ninguna editorial se atreviese a publicar Lolita (Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas y parece que único faro que guía la literatura contemporánea) mientras les da absolutamente igual el torrente de libros que jamás han sido escritos por culpa de un orden social injusto.

Es evidente que no solo la construcción simbólica de una Historia sin mujeres nos ha impedido el acceso a la creación. Además de las prohibiciones y represión directa que las mujeres hemos sufrido durante siglos, nuestro rol social de madres y cuidadoras nos ha mantenido y mantiene apartadas de la empresa de crear pensamiento abstracto. Ellos han podido dedicarse a tiempo completo a elaborar hipótesis y cosmovisiones y a escribir novelas de varios tomos porque nosotras nos ocupábamos de sus necesidades físicas y emocionales y de las de su prole. Hoy, la mayoría de mujeres con inclinaciones artísticas (o de cualquier tipo fuera del trabajo doméstico y reproductivo) continuamos luchando contra un tiempo fraccionado, abocadas a la creación intermitente. Creedme, no es fácil inspirarse entre pilas de ropa sin planchar y berrinches de criaturas. “Ya no estamos en la Edad Media”, enseguida me responderán los mismos que para lo que les conviene recurren a un supuesto “revival” medieval. Cierto, ahora las mujeres somos “libres” para crear, pero seguimos lastradas por el síndrome de Cenicienta, solo podemos ir al baile si conseguimos terminar a tiempo todas aquellas tareas con las que la sociedad nos sigue sobrecargando. La realidad refuta esa supuesta libertad creativa.

Por lo tanto, el feminismo en su vertiente más reivindicativa, demandando el reparto igualitario de los cuidados, visibilizando ese trabajo reproductivo oculto y no remunerado con iniciativas como la Huelga del 8 de marzo, también se alía con la literatura. Una sociedad más igualitaria democratizará el acceso a la creación y duplicará por fuerza el número de artistas y por lo tanto de obras. Pone fin a la genialidad desperdiciada sirviendo a los genios.

Ninguna feminista ha pedido jamás que se alteren o eliminen obras, simplemente hemos decidido abordarlas y estudiarlas desde más puntos de vista que el de los valores estéticos, ahora que sabemos que dichos valores que supuestamente determinan la calidad literaria no son objetivos, porque han sido definidos exclusivamente por hombres con el privilegio de pertenecer a la “academia”, que no será otra cosa que una institución jerárquica y patriarcal mientras no se democratice de verdad tanto la creación artística como el estudio de la misma. La insistencia de Vargas Llosa de mantener separada la estética de la ideología o de cualquier valor social o ético no es nueva, y tampoco los repetidos vaticinios de la muerte de la literatura a manos de nuevas perspectivas críticas como la de género, la marxista, la decolonial o la semiótica. Uno de los críticos literarios más influyentes de nuestro tiempo, Harold Bloom, ya hablaba en los 90 exactamente en los mismos términos utilizados por Vargas Llosa, en su obra “El canon occidental”, conocida por su listado de 26 autores imprescindibles (23 hombres y 3 mujeres, cómo no) y cuya tesis podría resumirse en que la evolución de la creación literaria consiste en señores midiéndose las plumas con Shakespeare (cuya obra es para Bloom cima absoluta e irrepetible de la literatura). Este crítico y teórico literario estadounidense etiquetó como “Escuela del Resentimiento” a todas las corrientes de crítica literaria que no se limitaban a los preceptos de la calidad estética (maestría del lenguaje figurado, originalidad, exuberancia de la dicción…). Lo que Bloom identifica como común a todas esas teorías perniciosas que pretender adocenar la escritura y la libertad creadora, entre las que se encuentra la feminista, es su tendencia a utilizar criterios sociales o históricos a la hora de evaluar tanto las obras como a los autores merecedores de conformar el estándar rector de la creación literaria al que se supone que todo escritor busca parecerse. Venga, no seamos resentidas y agradezcámosle que incluyese a Jane Austen, Virginia Woolf y Emily Dickinson en su lista VIP.

Desde el momento en que quien decide qué tiene valor estético y qué no lo tiene es quien tiene el poder para hacerlo, y que a lo largo de la historia solo lo ha tenido una élite cultural formada por hombres ricos y blancos, la objetividad de esos valores no existe. La estética responde además siempre a la subjetividad, está afectada por el contexto histórico, la moral y la ideología dominante en cada época. El sesgo es inevitable, por lo tanto no solo es imposible separar la estética de la política, de la historia o de la ideología, sino que es deshonesto. Las nuevas corrientes críticas, como las que tienen en cuenta la perspectiva de género o la de clase, vienen a aportar honestidad: a reconocer que toda creación es ideológica en sí misma porque responde a una concepción específica del mundo y a señalar qué atributos de la forma y el fondo responden a dicha ideología concreta. Además, dejan al descubierto que se ha utilizado el canon y su falsa objetividad como arma de justificación de una supremacía literaria, para legitimar una posición privilegiada en el mundo literario. Si peligra el canon peligra el statu quo, de ahí el rechazo a reconsiderar y revisar sus criterios críticos y de clasificación y estudio de la literatura. Que la medida de calidad deje de ser en exclusiva esa entelequia estética que pretenden los Llosas y Marías no traerá el fin de la literatura, sino el fin de la jerarquía y la endogamia del mundo literario y artístico, confunden el fin del mundo con el fin de SU mundo, ese que creen que es de su propiedad, que les pertenece solo a ellos por derecho.

“Demasiadas abstracciones literarias que pretenden ser universales han descrito solo percepciones, experiencias y opciones masculinas y han falsificado los contextos sociales y personales en los que la literatura es producida y consumida”, nos recuerda Elaine Showalter, una de las pioneras de la crítica literaria feminista. Las obras consideradas como “clásicos” son aquellas que se elevan de la narración concreta a los grandes temas universales de la humanidad, como el Amor o la Muerte, pero esos grandes temas no han significado lo mismo para las mujeres que para los hombres, por ejemplo (sin ir más lejos el amor para nosotras ha sido un trabajo y una carga, para ellos liberación e inspiración). Nos enfrentamos de manera diferente a lo que se consideran los grandes retos vitales porque nuestra subjetividad está mediatizada por nuestras funciones sociales, que han sido divididas y repartidas por sexo, género, origen. El feminismo, el marxismo, el antirracismo… ponen en duda la existencia de algo como literatura universal, porque ha sido literatura escrita por seres humanos liberados de toda carga cuyos personajes protagonistas son mayoritariamente otros seres humanos liberados de toda carga; con tiempo, dinero, poder o autonomía suficiente para declarar guerras, sentir angustia existencial, buscar tesoros, emprender aventuras, vivir amores imposibles o “desfacer entuertos”.

Solo facilitar el acceso a la creación y mejorar la representatividad de las ficciones, no como imposición sino como consecuencia lógica de un cambio de mentalidad que supere los prejuicios patriarcales (entre otros) universalizará de verdad la literatura, que no conocerá límites y será precisamente como quiere Vargas Llosa: “genuina, subversiva, incontrolable”. Es ahora cuando es “políticamente correcta”, al seguir reproduciendo consciente o inconscientemente los automatismos de la ideología política del sistema en el que está inserta (el patriarcado en la versión 4.0 del capitalismo neoliberal). Contra las viejas dominaciones, explotaciones, discriminaciones e inquisiciones; simplemente traemos nuevas inclusiones. Empezando por recuperar a las autoras “perdidas” (más bien borradas) como Luisa Carnés. Escribimos nuestra Historia para que seamos cada vez más escribiendo historias.


viernes, 16 de marzo de 2018

Víctimas y combatientes

Este domingo una mujer generosa, en un acto de los más generosos que se han podido ver en un medio como la televisión destinado mayoritariamente a ser espejo narcisista, se desnudó en “prime time” delante de cientos de miles de telespectadores. No como se vio obligada a hacer durante años delante de más de una decena de hombres al día en un prostíbulo de Alicante (sí, ese tipo de hombres dispuestos a “pagar por penetrar mujeres que no les desean”, tal como ella se refiere a ellos). Amelia Tiganus acudió al programa “Salvados” para mirarnos directamente a los ojos y contarnos sin apartar la mirada que vivimos en una sociedad que fabrica y vende esclavas. Y que además fue una de ellas, aunque durante demasiado tiempo no lo supo. Esta vez sí fue un desnudo consciente y voluntario, dejar al descubierto su experiencia en nombre de todas las que no pueden hacerlo.

Todo comenzó cuando tenía 13 años, una tarde en la que al salir del colegio un grupo de hombres la abordó de camino a casa para violarla. Parecería que eso es lo peor que le puede pasar a una niña de su edad, pero lo peor estaba por llegar. Su familia la culpabilizó y su círculo social le hizo creer que algo en ella estaba mal y que por eso había acabado violada. “No vales para buena mujer”, le dijeron. Durante el resto de su adolescencia, cuatro años seguidos, siguió sufriendo violencia física y sexual por parte de hombres de su entorno. Como no tenía forma de escapar de esa espiral de abusos aceptó la solución que le propusieron, dejaría de ser violada si se dejaba violar por dinero. Ya no serían agresiones, sería su trabajo y medio de vida.

En Rumanía, su país de origen, los proxenetas que la captaron la vendieron por 300 euros a otro proxeneta español. Suena horrible, pero ella lo vivió como algo positivo. Estaba convencida de que toda la responsabilidad era de ella y que era su elección. “Creía de verdad que estaba cumpliendo mi sueño. Dentro del trauma me ilusionaba tener el control de los abusos”, rememoraba Amelia. Justamente le habían hecho creer que había nacido víctima, que era defectuosa en sí misma, y  eso no le gustaba, así que esta era su oportunidad de pasar de objeto pasivo a ser sujeto activo. A pesar de asistir a su propia compra - venta no se identificaba como víctima de esclavitud, creía de verdad que había negociado ella misma un trato que le resultaría favorable.

Nadie quiere considerarse a sí misma como una víctima. El ser humano tiende a resistirse a ello. Cuando sufrimos graves traumas nuestra mente recurre a diversos mecanismos de autoengaño, por así decirlo, para evadirse de la realidad, porque la consciencia de sabernos víctimas es demasiado dolorosa. A menudo insoportable. La ilusión de estar al mando en cierto modo o en un mundo paralelo en el que no estamos siendo dañados es cuestión de pura supervivencia. “Me siento muy orgullosa de no haberme suicidado”, dice hoy Amelia, por si queda alguna duda.

Leer artículo completo publicado en Kamchatka:

 

miércoles, 7 de marzo de 2018

El fin del puritanismo

Dicen que un fantasma de puritanismo feminista recorre el mundo artístico por culpa del movimiento #MeToo. Artistas de distintas disciplinas han dado un paso al frente para defender la libertad sexual en peligro. Pero… ¿y si, sin saberlo, los puritanos fuesen en realidad quienes han salido a combatir ese supuesto renacimiento de la moral puritana?

Puritanismo es la palabra de moda desde hace semanas en los medios de comunicación, concretamente en el ámbito de las artes y la cultura. Hay muchos escritores, periodistas, guionistas… proclamando su preocupación por lo que consideran una “ola purificadora” contra la libertad de creación y expresión y un ambiente de “sociedad totalitaria” que persigue la libertad sexual e impone un modelo de buen comportamiento sexual similar al de la moral victoriana. Un centenar de mujeres, artistas francesas, capitaneadas por la escritora y marchante de arte Catherine Millet, abrieron la espita publicando un manifiesto contrario al movimiento #MeToo (que denuncia el acoso sexual sufrido por las mujeres en el ámbito profesional), surgido a raíz del caso del productor de Hollywood Harvey Weinstein. En él afirmaban que las feministas exageran confundiendo la seducción y la galantería con los ataques sexuales, y defendían el derecho de los hombres a “importunar” y el de las mujeres a disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre si se les antoja.

La señora Millet, en una tribuna titulada “La mujer no es solo un cuerpo”, ha seguido ahondando en su cruzada contra el fantasma del puritanismo feminista que supuestamente recorre el mundo artístico, y lo ha hecho de una manera que resulta paradójicamente muy puritana, destacando la supuesta capacidad innata de las mujeres para soportar las relaciones sexuales que les desagradan a través de la abstracción mental, y apelando a la doctrina cristiana de la distinción entre cuerpo y alma y la prevalencia de ésta sobre la materia corpórea. Si esto no es puritanismo, se le parece mucho, aunque por haber “perdido la cuenta de las pollas de desconocidos que atrapó al vuelo por las calles de París”, tal y como la propia Catherine Millet relataba en un libro autobiográfico sobre su vida sexual, ella se considere en las antípodas de la moral puritana. Millet reivindica la condición de mujer objeto, y ¿qué es si no un objeto la mujer en la concepción puritana de la sexualidad? Un simple recipiente de fluidos y herederos, sin derecho a decir que no.  

Leer artículo completo publicado en CTXT (Público):

lunes, 19 de febrero de 2018

La huelga de todas las trabajadoras

La última empresa en la que trabajé era una muy pequeña, en realidad como todas en las que he trabajado*. La plantilla la formábamos cuatro mujeres menores de 30 años. No cuento entre el personal laboral a nuestro jefe de 60 años, porque aunque se pagaba a sí mismo un salario como gerente, como buen “empresaurio” español medio, no hacía nada más que entorpecer el trabajo de sus asalariadas, a las que cómo no, llamaba “sus niñas”. 

No procederé a elaborar un catálogo descriptivo de los agravios sexistas que sufrimos por parte de aquel típico ejemplar del actual empresariado patrio, porque no dispongo del espacio suficiente y porque sé que escribo para una audiencia capaz de imaginar con mucha precisión cuán agradable podría resultar la jornada de cuatro mujeres profesionales jóvenes con este patrón al mando. Sin embargo, creo necesario compartir un par de momentos álgidos de mi relación contractual con dicho espécimen: las presiones recibidas para reducir mi nómina después de que conoció la profesión de mi marido porque según él “tú no necesitas cobrar tanto” y la insistencia durante mi embarazo en que debería trabajar desde casa en mi baja de maternidad, invitándome a un fraude a la Seguridad Social en nombre del “ya sabes que tal como están las cosas las empresas no pueden permitirse trabajadoras embarazadas”.

Esa relación no duró mucho más allá de cuando di a luz, porque debido al (más que esperado) trato recibido durante el permiso maternal cursé la debida denuncia por discriminación tras la correspondiente consulta con mi sindicato y todo acabó a las pocas semanas en indemnización por despido improcedente. 

Mi experiencia en anteriores empresas ya me había enseñado lo que significa ser, además de asalariada, mujer: partimos de una educación en la que el ideal del comportamiento femenino consiste en agradar y cumplir las expectativas ajenas; si opinamos con vehemencia se nos cuelga el “sambenito” de conflictivas; no se incentiva precisamente que seamos más eficientes que nuestros compañeros de trabajo varones o que desarrollemos mejores dotes de liderazgo; sufrimos las dinámicas de funcionamiento de estilo familiar que se vive en las PyME y que se traduce en un trato paternalista y de continuo chantaje emocional hacia las mujeres; pende sobre nosotras el riesgo laboral añadido del acoso sexual. 

No obstante, esta última empresa fue la mejor escuela, salí de ella con un Master en Conciencia de Clase y de Género. Comprobé de primera mano que nosotras no somos consideradas sujetos económicos autónomos, sino una extensión del hombre asalariado a través del núcleo familiar. Fue en ella donde padecí por primera vez la locura de una sociedad patriarcal que sigue sacralizando la maternidad y el cuidado de la familia inserta en un modelo de producción que penaliza y excluye a las mujeres que son madres.

Leer artículo completo publicado en La Marea:




martes, 28 de noviembre de 2017

El patrón patriarcal

"Las mujeres nacen con ese agujerito entre las piernas, donde todo hombre en el planeta quiere clavar algo. Ellas son más débiles que ellos, así que usan estrategias, usan la mente y el sexo y aprenden instintivamente a humillar". Intentad adivinar de dónde he sacado esta cita literal. Es un reto complicado, pues la triste experiencia nos dice que es plausible que pudiera haberla extraído de las conclusiones de un artículo publicado en una revista científica, de una columna dominguera de El País Semanal, de una tertulia de la televisión pública, del monólogo de un humorista, de un tuit viral o de una conversación en la barra de un bar. Sería verosímil cualquiera de las opciones planteadas, pero no es ninguna de ellas. Son las palabras pronunciadas por Ed Kemper, uno de los asesinos en serie que retrata la serie de David Fincher para Netflix "Mindhunter", que mató y descuartizó a una decena de mujeres, incluída su madre, a la que decapitó para después penetrarla por la boca y correrse en su garganta. Es escalofriante pensar que los razonamientos sobre las mujeres esgrimidos por un psicópata capaz de alcanzar el nivel más extremo de violencia y brutalidad sexual no difieren de los de cualquier hombre corriente emitidos en cualquier contexto cotidiano, ¿no?   

La premisa argumental de "Mindhunter" radica precisamente en sacar al exterior la lógica interna de los criminales más sanguinarios y peligrosos. Inspirada en el libro homónimo "Mindhunter: Inside FBI's Elite Serial Crime Unit", cuyo autor es un ex agente del FBI,  relata los primeros intentos de la agencia federal a finales de los años 70 de aplicar la investigación psicológica y conductual para identificar y clasificar los perfiles y patrones de comportamiento de los asesinos, con el objetivo tanto de ayudar en las pesquisas policiales de casos sin resolver como de adquirir conocimientos que permitiesen prevenir futuros crímenes. No hay rastro de morbo o sadismo en el guión de "Mindhunter", que huye de recrear escenas de crimen espectaculares y sangrientas y de la estetización de la violencia como recurso narrativo, de exhibir cuerpos mutilados y desnudos de mujeres; algo sin embargo tan recurrente en otros thrillers televisivos recientes muy aclamados por la crítica, como "True Detective" o "Hannibal". No interesa el sensacionalismo, la casquería, ni siquiera el suspense es lo primordial.  Rompe los moldes habituales del género policial sobre asesinos en serie centrándose en lo discursivo, en el análisis de las causas de la violencia extrema, que presenta como el problema social que es y no como el típico duelo descontextualizado entre el detective gato y el ratón criminal.

El joven e impaciente agente Holden Ford y el experimentado y lacónico agente Bill Tench deben recorrer juntos los módulos de máxima seguridad de las cárceles de EE.UU, para entrevistar a los asesinos más atroces, tanto en cantidad como en calidad. Así escrito el lector se imaginará un catálogo de impactantes monstruos, discursos trufados de aspiraciones megalómanas, referencias bíblicas y filosóficas, delirios paranoides y todo tipo de trastornos psicológicos. Sin embargo, el impacto se produce por el camino contrario: al descubrir que estamos ante tipos que son como otro cualquiera, de aspecto típico y razonamientos tópicos, hombres comunes cuyo pensamiento se basa en lugares comunes, sobre todo en lo que respecta a sus aspiraciones sociales y a sus relaciones con las mujeres y su opinión sobre las mismas.


El equipo de investigadores de "Mindhunter" está formado por dos agentes de FBI y la profesora universitaria Wendy Carr

"Ya sabe como son las mujeres, ¿no?", "No puedes vivir sin ellas...", "Tienes que hacerlo con coñitos jóvenes antes de que se conviertan en mamás", "Un campus universitario es como una tienda enorme de gominolas", "La mujeres siempre quieren saber, ¿verdad?", "A las mujeres les gusta la atención de los hombres", "Todas las mujeres quieren ser modelos", "Ya no podemos llamarlas damas...". ¿A cuántos hombres que conocéis les habéis escuchado decir cosas similares sino exactamente las mismas que estas? ¿Cuántas veces al día? ¿En cuántos contextos sociales distintos? Desde los "chascarrillos" de un grupo de whatsapp de adolescentes, sin necesidad de que estén organizando una violación en grupo, ni mucho menos; a un anciano quejándose de la mujer con la que lleva toda la vida casado. "Mindhunter" hace algo que parece obvio pero que hoy en día, en una sociedad en la que sigue primando el cuestionamiento del comportamiento de las víctimas y cuya idea de prevención se basa en el miedo y la inhibición de la población para que eviten exponerse a riesgos innecesarios, sigue resultando radical: poner el foco en la forma de pensar de los agresores, sus motivaciones, marcos mentales y escalas de valores. Parándonos un rato a escucharles la evidencia es aterradora: la lógica que utilizan no es una desviación de la lógica social en la que viven, sino una aplicación literal y extrema de la misma.

La culpa es de mamá

Todos los individuos entrevistados rehúsan admitir que la iniciativa criminal partió de ellos, todos sin excepción plantean los brutales asesinatos, torturas y violaciones cometidas contra una cantidad significativa de mujeres como una reacción a las provocaciones de ellas. En su imaginario, ellos son siempre las auténticas víctimas. La mayoría sitúan el origen de su agresividad y perversiones sexuales en la edad adulta en el trato recibido en la infancia por parte de sus madres. En su relato ellos son niños heridos e inocentes, y su madre es la auténtica villana sin escrúpulos. Así que no es sorprendente que llamemos "hijos de puta" a esta clase de criminales. 

"Mi madre me condicionó", sentenciaba Ed Kemper, "una madre jamás debería menospreciar a su hijo". Como su madre era muy autoritaria a su parecer, se escapó para vivir con su padre después de que se divorciasen, pero su padre no lo quiso en su casa. Notad que su padre lo rechazó, pero no señala el abandono por parte de su padre como un trauma. Se fija únicamente en la supuesta conducta exigente y "matriarcal" (lo dice exactamente con ese término) de su madre. Otro de los sujetos de la muestra, Monte Risell, que antes de cumplir la mayoría de edad había violado a diez mujeres y asesinado a cinco de ellas, también se apunta al mito de la madre castradora. "Si me hubieran dejado quedarme con mi padre, todo hubiera sido diferente". En su caso sus padres también se divorciaron a una edad temprana y él y sus hermanos se fueron a vivir otro Estado con su madre y su nuevo marido, sin que su padre biológico intentase nunca mantener el contacto con ellos. Se repite el mismo binomio: idealización del padre ausente, al que no se le reprocha el no haber mostrado interés por su prole una vez disuelto el matrimonio y odio profundo hacia la madre, a la que se le achaca ser demasiado exigente y dura con ellos.

La madre de Ed Kemper era una mujer independiente que jamás se volvió a casar y que trabajaba como administrativa en una universidad, cuya "posición acerca de los hombres era demasiado sincera y agresiva", según las propias palabras de él. La madre de Risell no dudó en denunciarle tras cometer varios robos y dos violaciones con 14 años, aunque eso supuso que lo internasen en una "institución juvenil". Los graves delitos cometidos por ellas: ser mujeres fuertes que ejercen su autoridad y que no muestran una actitud abnegada ante sus hijos. Es la ruptura de la supuesta incondicionalidad del amor materno la que ellos no pueden soportar. Que sus madres sean sujetos con criterio propio y capaces de tomar decisiones objetivas, en lugar de siervas sumisas.   

"Mi madre siempre quiso que yo fuera una niña, porque ya tenía a mi hermano mayor. Mi existencia era una decepción para ella", explica Jerome Brudos, un asesino fetichista que mutilaba los pechos y los pies de las mujeres que asesinaba y que coleccionaba cientos de zapatos de tacón. "Que trillado que siempre sea la madre", reponde Debbie, la novia del agente Ford, cuando él le cuenta su encuentro con el asesino. Pues sí, esa excusa freudiana de la madre dominante ya estaba trillada cuando Hitchcock estrenó "Psicosis" en 1960.

¿Derechos o privilegios?

Los hombres crecen en la sociedad patriarcal creyendo que les corresponde un lugar preeminente en la jerarquía social por el mero hecho de ser hombres. Deben alcanzar el éxito profesional, erigirse en cabezas de familia y líderes comunitarios, ser respetados y causar admiración allá por donde van. Como premio por ese esfuerzo competitivo, tendrán acceso más o menos ilimitado a los cuidados y atención femeninas, incluidos, cómo no, los sexuales. Realmente están convencidos de que esto forma parte de su carta de derechos civiles y humanos, porque así se lo ha transmitido la cultura en la que han sido correctamente socializados. Pero una cosa es la teoría, y otra la práctica. Todos los asesinos analizados tienen el mismo problema: no han sabido procesar el baño de realidad. La posibilidad de ser ignorados por las mujeres, de ser rechazados, de no conseguir un empleo de prestigio o ningún empleo en absoluto, que su novia los haya dejado o el simple hecho de que les digan un claro e inequívoco "NO", hace tambalearse la idea que tienen de su rol masculino y por lo tanto pone en entredicho su valía. Lo que no son más que experiencias normales que deberían asumir por entrar dentro del espectro de la libertad de decisión ajena, entre otras circunstancias incontrolables, lo toman como una afrenta directa que les genera una frustración insoportable. Lo consideran de verdad una injusticia que deben reparar. Por eso para ellos sus crímenes son un acto de reposición tanto de la justicia como del orden natural de la cosas, y cómo no, una forma de recuperar su masculinidad amenazada y el control/poder sobre las mujeres que les corresponde ejercer.

"Al principio, las mujeres me ignoraban. No les interesaba. En toda mi vida nadie quería interactuar conmigo, ni siquiera los gatos cuando era niño. La única forma en que podía tener a esas chicas era matarlas, y funcionó. Se convirtieron en mis esposas en espíritu, todavía están conmigo". Otra vez Ed Kemper no se corta en manifestar que como la sociedad no le proveyó de la cuota de mujeres que le pertenecía por derecho, se la procuró él mismo. Estuvo encerrado también en un reformatorio durante su adolescencia: mientras las mujeres vivían libremente su revolución sexual él no era más que un recluso virginal. En su plantemiento lógico, no le quedó más remedio que tomarse la justicia (venganza) por su mano. 

Otro de los sujetos entrevistados, Richard Speck, el más violento y malhablado en su forma de expresarse, es un claro ejemplo del extremo al que puede llevarles la necesidad de proyectar fortaleza y virilidad sin descanso. Era alcohólico y estaba en paro, tras el enésimo rechazo laboral entró a robar en un apartamento en el que vivían ocho enfermeras. Violó a una y las mató a todas. "Pude haberlas violado a todas", se siente en la obligación de remarcar. Tras la matanza intentó suicidarse, pero lo niega. Entra en cólera cuando le preguntan por si se sintió mal tras cometer semejante atrocidad. "Esas putas murieron porque no era su noche". El asesinato es su forma de autoconvencerse de que es un tipo duro, un macho capaz de lo que sea, a pesar de sentirse impotente e incapaz socialmente.

Ellas se lo buscaron

Un momento especialmente revelador es en el que el violador Monte Risell admite que la razón por la que mató a la primera chica después de violarla fue porque respondió con placer a su agresión sexual. "Quería violarla pero no paraba de decir Sí, sigue cariño, estoy muy caliente. Podría haber acabado de otra forma si ella no fuera una maldita puta". Al igual que odian a sus madres porque no pueden soportar a las mujeres en una posición de autoridad, odian a las mujeres que muestran deseo propio, que no cumplen el papel de virgen sacrificada o presa de caza que ellos les han reservado en su escena teatral del crimen. El mero hecho de que actúen como sujetos libres, que vivan sin estar pendientes de ellos, que hablen demasiado o que hagan preguntas incómodas... les ofende y les agrede, y por lo tanto ellas son en realidad las agresoras y ellos siempre están actuando en defensa propia. 

Brudos, el asesino fetichista, raptaba a las mujeres con la excusa de hacerles un reportaje fotográfico para que tuviesen material para presentar en agencias de modelos. "Se lo merecían por querer que las mirasen", suelta ni corto ni perezoso. Sorprende lo habituales que resultan este tipo de argumentos. Hemos podido comprobarlo estas semanas gracias al juicio de la violación grupal en Sanfermines, y no los hemos oído de depravados asesinos psicópatas: esa misoginia que culpabiliza a las mujeres de las reacciones violentas (sexuales o no) de los hombres está a la orden del día entre nuestros compañeros de trabajo, en las comidas familiares, en los programas de televisión. 

Cuestión de orden

Se suele decir que los psicópatas no sienten emociones, pero sí las sienten. El problema es que están convencidos de que los demás no pueden sentirlas, es decir, no consideran seres humanos al resto de las personas, sino que interactúan con ellos como si fuesen objetos e instrumentos que utilizar para la satisfacción de sus objetivos. Es decir, su ausencia de empatía radica en la cosificación del otro. ¿Os suena? Resulta que un comportamiento psicopático no está tan alejado del trato diario dispensado por los hombres a las mujeres dentro del patriarcado. Todos los asesinos entrevistados tratan de dignificar lo que hacen, de presentarlo como una vocación o incluso una virtud o habilidad que los hace excepcionales y les aleja de la vulgaridad, pero no es más que simple misoginia, la continuación al pie de la letra de la lógica machista y simplona de un hombre ordinario. 

Nuestra forma de organización social se basa en la dominación masculina y esta necesita una base ideológica que la legitime, por eso el papel cumplido por el sistema mediático y la industria cultural es clave en la construcción de la imagen hipersexualizada y cosificada de las mujeres. El cine, la publicidad, la pornografía... nos presentan como objetos al servicio de la satisfacción y la contemplación masculina. Que Ed Kemper coleccionase cabezas femeninas como trofeos o que Jerome Brudos jugase con las mujeres como si fuesen muñecas y las matase por detrás para no tener que admitir que eran personas a las que estaba torturando no es más que la hipérbole de esa cosificación de la mujer propugnada socialmente, que nos presenta como complementos y meros indicadores del éxito masculino. Suena chocante, pero llamamos depravados, aberrantes e inmorales a hombres que aplican (demasiado) al pie de la letra la moral imperante en el mundo en el que viven, lo suyo no es más que una interpretación exacta de la ideología patriarcal, y eso es lo que de verdad debería asustarnos. 

Al principio de la serie el agente del FBI Holden Ford se pregunta que si la mutación de los crímenes hacia una mayor brutalidad e irracionalidad es una "respuesta al caos". A medida que avanza su investigación nos vamos dando cuenta de que es al revés, es una respuesta al orden de las cosas. Los asesinatos de mujeres y la violencia contra elllas en general tienen su raíz en el patriarcado, son fruto directo del machismo sembrado. 

Esta misma mañana uno de los abogados de los cinco "chavales" que muy presuntamente  violaron a una chica de 18 años entre cinco en Pamplona durante San Fermín, los definía así: "No son modelo de nada, incluso pueden ser verdaderos imbéciles, con comportamientos patanes y primarios, pero también son buenos hijos, algunos tienen trabajo y están unidos a sus familias y amigos". Sin quererlo, ha dado en el clavo: la banalidad y cotidianeidad de esa misoginia que desencadena la crueldad contra las mujeres. Los asesinos y violadores no tienen que ser taimados estrategas o  "freaks" extraordinarios, son como cualquier otro hombre correctamente socializado. Lo ha dicho él, no nosotras, son los hijos sanos del patriarcado. Y eso es lo que nos sitúa a nosotras en una situación tan vulnerable y lo que convierte el machismo en un problema social de suma gravedad: que nos puede matar y violar cualquiera.

Perspectiva de género

La gran virtud de "Mindhunter" es su exploración de las posibilidades narrativas de aplicar la perspectiva de género al manido mundo ficcional del thriller policial, tal como ya hemos visto aflorar en otros destacables ejemplos, como la serie norirlandesa "The Fall", protagonizada por Gillian Anderson, o la británica "Liar". Parece mentira, pero resulta honesto presentar a hombres en pantalla hablando de forma directa del odio que sienten hacia las mujeres, exponer sus argumentos sin más, sin disfrazarlos de toda la mitología que rodea a las historias sobre asesinos en serie. De hecho, "Mindhunter" es una completa disección de los comportamientos masculinos y las motivaciones tras ellos, no sólo de los criminales incluidos en el estudio, también del resto de hombres que pasan por la historia, principalmente su protagonista, el agente Holden Ford. Su evolución a lo largo de la serie es uno de sus mayores logros, y evidencia a la perfección cómo tras un hombre que es todo ingenuidad, dulzura, amabilidad y curiosidad por aprender se puede encontrar el mismo machismo sin complejos que en un psicópata asesino.



¿Estás seguro de eso, querido Holden?


Por todo lo expuesto se podría deducir que "Mindhunter" es un campo de nabos en el que las mujeres sólo aparecen en las conversaciones entre hombres, sin embargo, la historia no sería la misma sin sus dos personajes femeninos principales, la novia del agente Holden Ford, Deborah Mitford, y la profesora Wendy Carr, que se une a la unidad de investigación del FBI sobre los perfiles criminales. Para empezar, son las dos personas más inteligentes de todas las que aparecen a lo largo de la serie, y con diferencia. Debbie es estudiante de sociología, y es de sus conversaciones con ella de las que Ford extrae las claves para sonsacar información de los delincuentes entrevistados, sobre cómo aplicar una aproximación emocional, cómo generar confianza y estimular que cuenten sin filtros su vida a perfectos desconocidos. Ella le sugiere que realice preguntas personales, que no pregunte directamente lo que quiere saber, que escuche atentamente y cuide su lenguaje corporal. Ella le ayuda a entender que no se trata sólo de la forma en que estos hombres ven el sexo, sino de cómo ven a las mujeres. 

Si de su novia extrae la forma de entrevistar, la doctora en psicología Wendy Carr le regala la formalización de un cuestionario tipo y la sistematización de los datos recogidos en clasificaciones y taxonomías, la idea de grabar las conversaciones y transcribirlas, e incluso es ella la que consigue financiación para su estudio y la que propone la publicación posterior de sus resultados. Es ella la que hace entender a sus compañeros que no se encuentran ante una cuestión de placer sexual, sino de poder y dominación. En definitiva, son las mujeres las que representan aquí el método científico, en contraste con la improvisación y la actitud impulsiva de los agentes masculinos.

Son estos dos excepcionales personajes femeninos los que sacan a los masculinos de su zona de confort y les ayudan a expandir sus horizontes mentales, los que plantean nuevas preguntas e incógnitas. Sin ellas, ni el estudio en cuestión ni la trama narrativa avanzaría del mismo modo. Holden, que se esfuerza en expresar que no se siente intimidado por vivir y trabajar con mujeres más inteligentes que él, y que incluso las adula y parece admirarlas, actúa como un simple vampiro con ellas, instrumentalizando sus aportaciones para conseguir sus metas pero demostrando durante el curso de la investigación que sus opiniones no le interesan cuando contradicen las suyas y que no está dispuesto a tolerar las críticas. En una escena catártica que rompe definitivamente la visión inofensiva y encantadora que el espectador podía tener de él, este ratifica el narcisismo y misoginia, que hasta ahora sólo se intuía, en una discusión con Debbie:

"- No siempre quiero tu opinión. ¿No puedes ser simplemente mi novia?
- ¿Quieres decir que me limite a callarme y adorarte?
- Al menos podrías intentarlo por una vez... "  

Holden es tan megalómano y misógino como los asesinos a los que estudia con auténtica fascinación, pero ellos simplemente se han despojado de su máscara social, se han liberado ya de su necesidad de encajar. "Mindhunter" vuelve a ahondar así en su desasosegante premisa, que no por obvia es menos cierta y molesta: que detrás de cualquier hombre puede haber un depredador que desea degradar a las mujeres, porque les han educado para ello. Y es que el patrón común a todos es lo bien que han interiorizado las enseñanzas del patriarcado.


lunes, 7 de agosto de 2017

I love Dick me o la revolución del deseo



Creo que empecé a masturbarme con doce años, un poco antes de mi primera regla. Sin haber cumplido los once años ya tenía los pechos completamente desarrollados, casi los mismos que ahora (no exactamente porque la maternidad no ha pasado inadvertida por ellos) y mi mata de vello púbico ya había brotado en todo su esplendor. Fue la conciencia de los cambios de mi cuerpo lo que despertó en mí el deseo sexual. No podía dejar de mirar y tocar mis tetas ni de atusar la hermosa barba que me había crecido entre las piernas. Ansiaba que llegase el momento de ducharme para tener la coartada perfecta para desnudarme y frotarme todo el cuerpo sin remordimientos. 


Fue una noche como otra cualquiera antes de dormir cuando por fin me atreví a tocarme por primera vez bajo las mantas. Quería saber qué se sentía, pero no fui más allá de “reconocer el terreno”. Recuerdo que estuve meses simplemente hurgando entre mis labios vaginales antes de quedarme dormida, disfrutando de una sensación agradable, pero con miedo de ir más allá, de tocar una tecla que desatase algo irreversible o de mover una pieza que estropease todo mi engranaje genital. Me asustaba estar haciendo algo malo, ser una pervertida o una rara, y me asustaba todavía más hacerme daño. Tenía la firme convicción de que si se me iba la mano demasiado, acabaría provocándome a mí misma un dolor horrible. Pero finalmente llegó el día en que los dedos ganaron a “la razón”, y me corrí por primera vez casi por sorpresa. Yo había sido una niña muy miedosa, me aterraba la oscuridad, y había atesorado unos cuantos rituales maniáticos para tranquilizarme antes de irme a la cama. El orgasmo me liberó de todos ellos, podéis creerme.


No recuerdo en qué solía pensar cuando aquella nueva costumbre pasó a ser masturbación, pero no tenía fantasías sexuales. Por aquella época me “ponía” Vegeta de Dragon Ball, Jake el malote de California Dreams, el hoyuelo de la barbilla de Dany Zuco y de la de Pep Guardiola, el baile sucio de Patrick Swayze y el repetidor de turno de mi clase. Pero no me imaginaba ni por asomo teniendo sexo con ninguno de ellos. Ver y acariciar mi cuerpo, escuchar mis propios gemidos me bastaba. No se me pasaba por la cabeza ningún hombre ni ninguna otra persona. Mi deseo era sólo mío, era más bien autoexploración y autoconocimiento, una forma de cuidarme y regalarme placer y relajación al final del día. 


Mirando hacia atrás me doy cuenta de que la preadolescente que fui estaba más empoderada que las siguientes versiones de mí misma que la sucedieron. A partir del primer enamoramiento aquella autonomía sexual fue interrumpida y mi deseo empezó a situarse fuera de mí y a depender de ser deseada por otros. Cuando llegó el primer “novio” serio masturbarme se convirtió en una traición. ¿Acaso no te gusta cómo te lo hago yo? ¿Es que piensas en otro? ¿No ha sido suficiente? 


Tranquis, no he decidido escribir una autobiografía erótica, afortunadamente no soy Henry Miller y desafortunadamente no tengo el talento de Marguerite Duras. Esta regresión a mi primer contacto con mi sexualidad viene provocada por “I love Dick”, la nueva serie para Amazon de Jill Soloway, guionista y productora conocida por “Transparent”, serie con la que ya había apuntado la ruptura de los roles patriarcales de la ficción televisiva como declaración de intenciones. Esa intención se cumple con creces en esta nueva historia, que adapta la novela homónima de la escritora Chris Kraus. 


La protagonista es la propia Chris, una directora de cine independiente que acompaña a su marido a una comunidad de artistas en Texas, en la que está becado para escribir un ensayo de investigación sobre el Holocausto. Esa institución está dirigida por el Dick del título, un escultor y profesor de arte híbrido entre cowboy lacónico al más puro estilo de Clint Eastwood y artista posmoderno, que enseguida se convertirá en el oscuro objeto de deseo de Chris y destinatario de arrebatadas e incendiarias cartas que ella comienza a escribirle compulsivamente.

Katryn Hahn interpreta magistralmente a Chris Kraus, protagonista de "I love Dick"



La odisea epistolar de Chris Kraus se desata tras una cena junto a su marido y el susodicho Dick. Los tres comían conejo mientras respiraban la misoginia que Dick rezumaba por sus poros (Sí, Dick es un nombre descriptivo y literal, por algo significa “polla” e “imbécil” en inglés). Los dos hombres conversan sobre la mujer como si ella no estuviese presente. Esa cita a tres bandas acaba abruptamente, cuando Dick le espeta a Chris que si no ha tenido éxito como directora de cine es porque no lo desea realmente con convicción, y que por esa misma razón no existen directoras capaces de hacer buen cine. El suelo desaparece bajo los pies de ella en ese momento, y aunque acierta a citar a grandes directoras como Jane Campion a modo de réplica, acaba abandonando la mesa presa de la rabia. Pero el desprecio de ese cretino machista además de hacerle echar espumarajos por la boca también le ha hecho echarlos por el coño.  


Cuando vuelve a casa con su marido, esa misma noche se despierta con la necesidad imperiosa de escribir. Del insomnio surge la primera de un aluvión de cartas que, sin siquiera saberlo, se convierten en la venganza y refutación perfecta contra la falacia argumental de su némesis artística masculina. De un plumazo, o más bien de un tecleo, y sin más vehículo que ese deseo ferviente que Dick le había recriminado que le faltaba, lo convierte a él en musa de su obra maestra de arte. Quiera o no él funciona como su fetiche, el motor de su deseo y de su creación artística, el objeto que la convertirá en sujeto creador. Gracias a que él le negó la capacidad de la autoría, ella se lanzó febrilmente y sin complejos a atreverse a ser autora. 


Por eso esta serie es revolucionaria, como lo fue la novela publicada en los 90 en la que se basa, porque, además de subvertir el rol patriarcal de hombre-autor y mujer-musa, pone en primer plano el deseo de una mujer, no sólo como vía de autoafirmación sexual y personal, sino como fuente de creación artística. Retrata a una mujer como sujeto deseante y dueña absoluta de ese deseo, y no objeto deseado, como así ha sido mayoritariamente a lo largo de la historia de todas las representaciones artísticas, desde la primera mitología hasta la ficción audiovisual actual.


“Estoy en una misión, la de destruir los muros que rodean mi deseo”, escribe la autora. Esos muros se derrumban cuando hace públicas las cartas, que cuelga por todo el pueblo para que cualquier viandante pueda leerlas. Ahí es cuando Dick la acusa oficialmente de padecer un trastorno mental. Cómo no, una mujer que manifiesta su deseo sexual libre y públicamente tiene por fuerza que estar loca. Sólo ellos tienen legitimidad para hablar en voz alta de lo dura que se la pone una mujer, para pintar cuadros y esculpir desnudas a las beldades con las que mantienen relaciones sexuales, para dedicar epístolas y poemas con afán de conquista y cantar serenatas bajo nuestros balcones.


Es en ese momento en el que traspasa la barrera de la intimidad en el que ese deseo se convierte tanto en deseo puro como en obra de arte. Es un deseo independizado de la necesidad impuesta de agradar, al que no le importa la opinión ajena ni busca reciprocidad. A ella ya no le importa lo que él piense de ella, ni lo que puedan pensar los demás. Su deseo y su sexualidad han alcanzado la autodeterminación.


“I love Dick” roza la perfección en su capítulo cinco, una sucesión de “flashbacks” a la infancia y primera adolescencia de todos los personajes femeninos de la serie, en los que cada una cuenta cómo descubrió el deseo sexual, tal como yo os lo acabo de contar. Todas tenían ensoñaciones propias que nada tenían que ver con las relaciones sentimentales, los mitos del amor romántico o las representaciones normativas de la sexualidad. Todas tenían un deseo libre y subjetivo, que a medida que se iba amoldando a la socialización adulta, se iba convirtiendo en un deseo dependiente de la aprobación tanto masculina como social. Eso se refleja muy bien en la historia de la propia Chris, que cuando en la universidad comienza su primera relación con un chico (“por fin alguien a quien deseaba me deseaba a mí también”), pierde el estado salvaje y natural de su sexualidad, que pasa a tener el centro de rotación en el otro: “Yo quería saber qué partes de mí le parecían bonitas. Él decía: tus labios, tus ojos, tu pelo… Mientras le escuchaba enumerar, mi mente comenzaba a fijarse en las partes que no eran mencionadas: mi nariz, mi vello público, mis tetas…” ¿Os suena de algo?


Es la ideología patriarcal que nos niega como sujetos válidos en sí mismos y que nos supone complementos de la subjetividad masculina, esa que define a las mujeres como esencialmente altruistas, al servicio de los demás por naturaleza, la que nos niega una sexualidad propia e independiente del hombre. Nuestra misión es excitarles, agradarles y satisfacerles. Es ese mismo discurso el que celebra el deseo masculino y silencia el femenino, el que demoniza la masturbación y el autoplacer o la limita a un “consuelo” o sustitutivo en ausencia de un amante (no en vano se ha llamado coloquialmente “consoladores” a los vibradores y otros artilugios masturbatorios). El deseo y la masturbación masculina se sobrerrepresenta en la vida real y en la ficción (en el cine se ha hablado siempre abiertamente de pajas, también y sobre todo en las películas “generacionales” o para adolescentes), mientras que la femenina ha sido históricamente censurada y negada en mayor o menor medida (con extremos como la ablación) y actualmente sigue siendo infrarrepresentada e incluso tabú.


Citando a Mary Wollstonecraft, “yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”, precisamente porque lo que ha otorgado todo el poder público a los hombres es la ausencia de poder de la mujer sobre sí misma. No es una cuestión de placer privado, es una cuestión política. Ese negar la existencia de nuestro yo, ese invalidar nuestra autonomía desde el ámbito más íntimo y personal, es la “piedra rosetta” para negarnos la capacidad de proyección sociopolítica. Sin autonomía ni autosuficiencia sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestro placer, nuestro bienestar, nuestras decisiones vitales; no es posible que accedamos ni a la autoría ni a la autoridad. Tal como se pregunta la protagonista de “I love Dick”: “¿cómo va a haber buenas directoras de cine si hemos sido criadas para ser invisibles?”. Así es como se nos impide y dificulta el acceso a la creación y a la participación en el poder: si no somos sujetos, si sólo somos objetos que posan y sirven de inspiración, ¿cómo vamos a cumplir papeles que dependen de la subjetividad, como el de un artista o un líder?


Dando la vuelta a los roles tradicionalmente masculino y femenino esta serie también sirve como método de denuncia. El deseo masculino ha sido jaleado hasta la permisividad absoluta con el acoso y la violación, que forman parte de nuestro acervo cultural y lo impregnan todo. Al igual que Dick, puede que la mayoría de los espectadores hombres hayan podido experimentar y comprender qué se siente al ser utilizado como objeto fuente de creatividad, que entiendan de una vez por todas qué significa “cosificar” y “sexualizar”. Es triste que tenga que sufrirlo un hombre para apelar a su empatía, pero me temo que este es el método más eficaz. BIENVENIDOS A UN PORCENTAJE MÍNIMO DE LA HUMILLACIÓN DIARIA QUE NOS TOCA VIVIR A LAS MUJERES. 


Una de mis frases favoritas de las cartas de Chris de entre las muchas que se citan en la serie es en la que escribe “nací en un mundo que presume que hay algo grotesco e inefable en el deseo femenino. Pero ahora todo lo que quiero es ser indigna, degradarme. Quiero ser una mujer monstruo” (“I want to be a female monster”, no me digáis que no es una frase digna de elevarse a leiv motiv). Y es que “I love Dick” también es un manifiesto contra la mitifación y sacralización de la mujer como santa y víctima, pues esa ideología que nos sitúa supuestamente en un nivel místico y divino es la misma que se utiliza para discriminarnos y esclavizarnos. Es una pena que a estas alturas sea también revolucionario que se nos represente como personas con defectos, capaces de ser depredadoras y narcisistas, y no sólo como símbolos de una perfección dictada por el patriarcado.


En ese sentido “I love Dick” no está sóla en el panorama televisivo, y es un alivio. Creo que ya ha pasado el tiempo suficiente para que se pueda celebrar bien alto (y cruzo los dedos para que no se chafe) que una nueva ola de ficción feminista (en el sentido de ficción creada por mujeres y que nos representa de forma realista y equitativa, con tramas propias que parten de ellas y en las que no somos meros adornos o comparsa masculina) llena de antiheroínas (A.K.A. personajes femeninos realistas y verosímiles) ha llegado para quedarse. Desde que en 2009 comenzó a emitirse "Miranda", la comedia británica escrita y protagonizada por la cómica Miranda Hart, se abrió la espita. Sí, aunque parece que Lena Dunham con "Girls" fue la feminista pionera de la televisión posmoderna, es justo reconocer que unos cuantos años antes ya había sido estrenada con gran éxito una serie sobre la vida de una mujer con físico no normativo (una chica de 35 años que mide 1'85, miope, grandota, desgarbada, fea y agorafóbica) y que desafiaba los esquemas patriarcales del guión corriente. Como la propia Miranda Hart dijo, tuvo que escribir su propio “show” porque sabía que ningún productor la iba a llamar jamás para protagonizar alguno. 

Pero también es cierto que el éxito mundial de "Girls" ha contribuído a que las historias escritas y protagonizadas por mujeres con afán realista y desmitificador sean cada vez más: "Orange is the New Black", "My Mad Fat Diary", "Broad City", "Fleabag", "Better Things", "One Mississipi", "Insecure"… son sólo algunos ejemplos. En la pequeña pantalla se ha abierto un espacio más allá de mujeres jóvenes, delgadas, blancas y guapas, heterosexuales y de clase media-alta. Mujeres gordas, bajitas, narigonas, flacas, negras, latinas, calvas, pobres, de barrios marginales o con dificultades económicas y en riesgo de exclusión social; con trastornos mentales y otro tipo de enfermedades silenciadas, mujeres imperfectas, que cometen errores o delitos; también lesbianas, bisexuales o transgénero; mujeres que se masturban, mujeres que no buscan tener una relación en exclusividad y que no sueñan con un príncipe azul; mujeres de ambición desmesurada o que no quieren hacer más que la “o” con un canuto de marihuana. Así es como la degradación de la que hablaba Chris en sus cartas se convierte en un arma de emancipación y autodeterminación: es la idea radical de que las mujeres somos ni más ni menos que seres humanos, con todo lo que ello implica.


Hemos perdido el miedo a la imperfección, a ser retratadas con nuestros defectos y nuestros deseos y necesidades. Reivindicamos nuestro derecho a una porción de egoísmo, de escatología, a nuestra cuota de “slapstick”, de “superheroínas” y “supervillanas”. Si hemos aguantado durante siglos los chistes masculinos de “caca, culo, pedo, pis” de los hombres en “prime time”, que sus fantasías sexuales y delirios megalómanos se eleven a categoría de arte y filosofía universal; es hora de poner en el centro del relato todo lo que se ha invisibilizado de la mujer, sí, también la regla y los hongos vaginales, la cistitis y la menopausia, el cáncer de mama o nuestro despertar sexual, nuestros abortos, nuestras maternidades, nuestras frustraciones, nuestros oficios, nuestros fracasos y nuestras obsesiones. Lo que sea que queramos contar sobre nosotras mismas tiene valor artístico y es digno de ser publicado, así como lo han sido los voluminosos tomos de “En busca del tiempo perdido” en los que Marcel Proust nos contó su vida y sus atribulaciones existenciales o los más recientes del compendio autoficcional algo engreídamente titulado “Mi Lucha” de Karl Ove Knausgard; o en un ámbito más mundano los monólogos autobiográficos de cómicos como Louis C.K. 

Lo que admiramos en ellos no puede ser criticado en nosotras, pues de la cotidianidad y de la experiencia vital de las mujeres también se pueden extraer obras de arte, tanto con la finalidad del entretenimiento como de generar debate y reflexiones filosóficas y de categoría universal. Simple y llanamente porque, quieran o no, somos parte del universo y sujetos activos de la historia de la humanidad. No hay cosmovisión posible que no nos tenga en cuenta. Todo lo que se haga con pretensiones de universalidad dando por sentado que las mujeres no somos personas completas o sujetos autónomos no vale, es una mentira. Es, de hecho, la mentira más grande jamás contada y la prueba de que una repetida hasta la saciedad puede convertirse en la verdad más inamovible. 

Las transiciones con citas de las cartas de Chris Kraus en letra blanca sobre fondo rojo son una de las señas de identidad de esta serie

“Dear Dick: Every letter is a love letter”, dice la protagonista al principio de la serie, y, a pesar de su título, ese “amor” no va dirigido a otro, sino a sí misma. Con esas cartas esta directora frustrada vuelve a recuperar su autoestima pasados los 40 años, vuelve a desear, no a un hombre, si no a desear(se) salvaje y libre. Sí, autoestima es la palabra clave del resto de los "autos" que al contrario de lo que se suele creer, nos llevan a salir del ensimismamiento y de nosotras mismas para decidirnos a trascender públicamente y a dejar nuestra huella, por pequeña que sea, en el curso de la historia. Sin autoestima y autonomía no es posible ni la autoría ni la autoridad. Aprendamos a querernos, disfrutemos de y con nosotras mismas, démonos el valor que nos han quitado y que nos pertenece. Si tomamos el poder en nosotras mismas, nada estará fuera de nuestro alcance. Por eso la masturbación y la vanidad femeninas, que pensemos en satisfacer nuestro deseos y necesidades y no sólo en sacrificarnos por los de los demás, pueden ser revolucionarios. En 2017 nuestro cuerpo sigue siendo el campo de batalla feminista. Seguirán haciendo todo lo posible para que no lo conquistemos, pues si lo hacemos nada nos impedirá conquistar el mundo.