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lunes, 11 de junio de 2018

La empatía es sexy (y feminista)

El #MeToo no ha sido un movimiento, sino un terremoto que ha desplazado los cimientos de la concepción hegemónica del sexo. Gracias a todas las que se atrevieron a levantar su voz contra los depredadores que creían que dentro de su cuota de poder iba incluída la correspondiente cuota de acceso sexual al cuerpo de las mujeres, las demás hemos empezado a repasar mentalmente todos nuestros encuentros sexuales pasados y a verlos a la luz del feminismo. Disipada la oscuridad del miedo y la vergüenza, del sentido del deber y la exigencia de cumplir ciertas expectativas, ¿cuánto del sexo que hemos mantenido ha sido porque nos apetecía a nosotras? ¿Cuánto ha sido realmente voluntario, deseado, libre de chantaje emocional, de desequilibrio de poder, de convenciones sociales, de cualquier tipo de presión? Y entre ese, ¿cuánto ha sido plenamente disfrutado y placentero? ¿Cuántas veces se han tenido en cuenta nuestras preferencias y sugerencias, cuántas se han respetado nuestros límites, cuántas empezaron porque nosotras quisimos y terminaron cuando ya no quisimos? Todas estas son preguntas que desbordan el concepto de “consentimiento”, que cuestionan lo que antes considerábamos como normal o aceptable, y que han enfocado esa zona borrosa en la que el sexo consentido puede conventirse en abuso sexual o incluso violación.
Desde que las mujeres hemos dado un paso más allá de denunciar la violencia sexual penalmente tipificada y hemos recuperado la radical y sana costumbre de hablar de relaciones sexuales como un terreno atravesado como cualquier otro por la desigualdad de género (las camas y las alcobas no quedan fuera del patriarcado, de hecho, casi se podría decir que el patriarcado se fundó en ellas); los hombres han comenzado a responder con una preocupación recurrente: las exigencias de las feministas van a hacer del sexo algo mecánico y burocratizado. Insisten en que tendrán que tramitar certificados para poder follar y en que los polvos pasarán a ser intermitentes y aburridos, pues habrá que pararse cada minuto a preguntar si la otra persona se siente cómoda y si se puede continuar. Los profetas del apocalipsis sexual anuncian que nosotras acabaremos con cualquier elemento de misterio o sorpresa, los futurólogos vaticinan que follaremos como robots o sin tocarnos, a través de cascos como los que utilizaban Sandra Bullock y Sylvester Stallone en Demolition Man. Todo ello solo porque las mujeres hemos empezado a pedir reciprocidad, deseo y satisfacción mutuos, correspondencia en la atención al otro, que las relaciones se desarrollen en un ambiente de confianza y seguridad, observación y escucha activa para evitar lo que nos haga sentir incómodas o violentadas, en una palabra: empatía.
No sé a vosotras, pero a mí me parece muy problemático que haya tantas personas que consideren aburrido y farragoso proporcionar un trato humano a aquellos con quienes se relacionan, sea sexualmente o de cualquier otro modo. El hecho de que los hombres digan que les baja la líbido tener que preocuparse por el bienestar de sus parejas sexuales, prestar atención a las reacciones que sus actos generan en ellas, tener que comunicarse de forma fluída y mostrarse receptivos y dispuestos a consensuar todas las prácticas; da miedo. Sí, mucho miedo, porque eso significa que es posible que no dejen de hacer algo si se lo pedimos, que no se detendrán ni se sentirán mal si nos notan asustadas o doloridas, que no les importará si algo no nos gusta y que incluso les guste y les excite el hecho de que nosotras no estemos excitadas. Cierto que un hombre ensimismado en su propio placer y comodidad no es sinónimo de violador, pero cuando uno está centrado en sí mismo, en satisfacer sus deseos sin atender a lo que la otra persona pueda estar sintiendo, sin tomar en consideración cómo le afecta lo que está haciendo y sin responder en consonancia a ello, es más que probable que acabe cometiendo algún abuso y sí, violando.
Artículo publicado el 11 de junio de 2018 en Kamchatka.es

viernes, 27 de abril de 2018

Condenadas

Muchas mujeres teníamos la fecha de ayer, jueves 26 de abril de 2018, marcada en el calendario. Desde hace semanas se palpaba la inquietud por la tardanza en el veredicto del caso de violación múltiple de Sanfermines, y cuando la Audiencia de Navarra anunció la fecha y hora de su lectura pública comenzamos una cuenta atrás colectiva. Hemos ido a trabajar, a clase, de cañas, a la compra toda la semana con los dedos cruzados y el corazón encogido. Todas éramos conscientes de lo mucho que estaba en juego. El valor de esta sentencia no se iba a medir en el número de años de condena, pues en ella se dirimiría mucho más que el castigo a los acusados: los límites de la libertad de las mujeres. Íbamos a conocer hasta dónde llegan. Eso es de lo que habla realmente la sentencia, de cuán libres somos. Y no ha dejado lugar a dudas: nuestra libertad llega hasta donde quieran los hombres que nos vayamos encontrando, es una cuestión de suerte. 
Nos temíamos mucho la sentencia absolutoria, y finalmente fue condenatoria, pero condenando a la autodenominada Manada a 9 años de cárcel por abuso sexual en lugar de optar por el tipo penal de agresión sexual, por considerar que no se demuestra la existencia de violencia o intimidación, nos han condenado a nosotras junto a ellos.
Al rebajar a un abuso de superioridad un modo tan extremo de violación (perpetrada por un grupo de depredadores organizado para acudir a un evento festivo multitudinario en el que poder cazar a una mujer por medio del uso de las drogas y el engaño para poder llevarla a un lugar apartado y cerrado en el que penetrarla uno tras otro de forma brutal por todos sus orificios y además grabarlo para recrearse y presumir ante sus amigos) la despenalizan en la práctica. Han subido a lo más alto el listón de la violación, y con ello nos condenan a no poder bajar la guardia. 
Artículo publicado el 27 de abril de 2019 en Kamchatka.es 


viernes, 16 de marzo de 2018

Víctimas y combatientes

Este domingo una mujer generosa, en un acto de los más generosos que se han podido ver en un medio como la televisión destinado mayoritariamente a ser espejo narcisista, se desnudó en “prime time” delante de cientos de miles de telespectadores. No como se vio obligada a hacer durante años delante de más de una decena de hombres al día en un prostíbulo de Alicante (sí, ese tipo de hombres dispuestos a “pagar por penetrar mujeres que no les desean”, tal como ella se refiere a ellos). Amelia Tiganus acudió al programa “Salvados” para mirarnos directamente a los ojos y contarnos sin apartar la mirada que vivimos en una sociedad que fabrica y vende esclavas. Y que además fue una de ellas, aunque durante demasiado tiempo no lo supo. Esta vez sí fue un desnudo consciente y voluntario, dejar al descubierto su experiencia en nombre de todas las que no pueden hacerlo.

Todo comenzó cuando tenía 13 años, una tarde en la que al salir del colegio un grupo de hombres la abordó de camino a casa para violarla. Parecería que eso es lo peor que le puede pasar a una niña de su edad, pero lo peor estaba por llegar. Su familia la culpabilizó y su círculo social le hizo creer que algo en ella estaba mal y que por eso había acabado violada. “No vales para buena mujer”, le dijeron. Durante el resto de su adolescencia, cuatro años seguidos, siguió sufriendo violencia física y sexual por parte de hombres de su entorno. Como no tenía forma de escapar de esa espiral de abusos aceptó la solución que le propusieron, dejaría de ser violada si se dejaba violar por dinero. Ya no serían agresiones, sería su trabajo y medio de vida.

En Rumanía, su país de origen, los proxenetas que la captaron la vendieron por 300 euros a otro proxeneta español. Suena horrible, pero ella lo vivió como algo positivo. Estaba convencida de que toda la responsabilidad era de ella y que era su elección. “Creía de verdad que estaba cumpliendo mi sueño. Dentro del trauma me ilusionaba tener el control de los abusos”, rememoraba Amelia. Justamente le habían hecho creer que había nacido víctima, que era defectuosa en sí misma, y  eso no le gustaba, así que esta era su oportunidad de pasar de objeto pasivo a ser sujeto activo. A pesar de asistir a su propia compra - venta no se identificaba como víctima de esclavitud, creía de verdad que había negociado ella misma un trato que le resultaría favorable.

Nadie quiere considerarse a sí misma como una víctima. El ser humano tiende a resistirse a ello. Cuando sufrimos graves traumas nuestra mente recurre a diversos mecanismos de autoengaño, por así decirlo, para evadirse de la realidad, porque la consciencia de sabernos víctimas es demasiado dolorosa. A menudo insoportable. La ilusión de estar al mando en cierto modo o en un mundo paralelo en el que no estamos siendo dañados es cuestión de pura supervivencia. “Me siento muy orgullosa de no haberme suicidado”, dice hoy Amelia, por si queda alguna duda.

Leer artículo completo publicado en Kamchatka:

 

lunes, 29 de enero de 2018

#MeToo o los tres anuncios en las afueras que son de todas

A Mildred Hayes le asesinaron a su hija a pocos metros de su hogar. La violaron repetidas veces y después quemaron su cuerpo. Según la autopsia, murió mientras la violaban. Pocas formas puede haber más horribles de morir. Pocas cosas más dolorosas puede haber que tener que vivir sabiendo que tu hija pequeña murió así, probablemente llamándote a gritos sin que pudieras oírla esta vez, sin que pudieras salvarla de la caída segura como cuando solo era una niña que aprendía a caminar.

Han pasado siete meses y Mildred ya ha asumido que no puede hacer nada que devuelva la vida a su hija. Ha aprendido a cargar con su dolor, pero no está dispuesta a ocultarlo. En Ebbing, Missouri, el pequeño pueblo donde todo ha ocurrido, el día a día transcurre como si nada hubiera pasado. Como si una chica de 17 años no hubiese sido torturada hasta la muerte nada más salir por la puerta de casa, como si no hubiese podido ser su asesino cualquier vecino, como si la víctima no hubiese podido ser cualquier otra vecina. Como si no pudiese volver a pasar. No, Mildred no va a resucitar a Angela, pero va a despertar las conciencias dormidas de toda la gente del pueblo, de todo el Estado y de todo el país, si se lo propone.

Simplemente colocando unos sucintos mensajes en tres vallas publicitarias en las afueras de Ebbing, esta mujer consigue desatar una pequeña gran revolución.  "Violada mientras moría. Aún ningún arresto. ¿Cómo puede ser, jefe Willoughby?”. Con este sencillo gesto, la señora Hayes pasa de tener la compasión unánime de su vecindario a ser la persona más incómoda y odiada. De víctima a verdugo de un día para otro. ¿Por qué? Porque ha roto la ley del silencio. El dolor de una madre debe ser decoroso, abnegado ante todo. Porque se ha atrevido a señalar al sistema. Si las agresiones sexuales contra las mujeres están a la orden del día es porque los responsables de prevenirla y evitarla no están haciendo su trabajo. Resaltar la impunidad endémica de este tipo de crímenes convierte en cómplice a toda una sociedad construida sobre la normalización de determinados niveles de violencia contra la mujer.


Mildred contrata tres vallas a las afueras de su pueblo para reflotar el caso sin resolver de su hija violada y asesinada


Hayes se gana el odio de sus convecinos porque no antepone el bienestar de los demás al suyo propio, como se supone que toda mujer debe hacer. Ese jefe de policía al que señala por no avanzar en la investigación del caso de su hija se está muriendo de cáncer. ¿Qué clase de desalmada criticaría a un moribundo? Y no un moribundo cualquiera, es el hombre más querido y respetado del pueblo, padre amantísimo de dos niñas, mentor y figura paterna de los agentes a su cargo, garante de la seguridad de una comunidad a la que ha servido durante toda su vida. Está enamoradísimo de su esposa y jamás violaría a ninguna mujer, deberíamos admirarle por ello, como a Matt Damon. ¿Por qué se ha atrevido Mildred Hayes a apuntar con su dedo a un hombre decente?  

El dedo de esa madre cabreada se ha hundido hasta el fondo en la llaga del sistema: la mayoría de hombres que jamás matarían o violarían a una mujer no están haciendo lo suficiente para que los que sí lo harían no las maten ni violen. El decente jefe de policía, que lamenta de veras lo que le ha pasado a su hija, también hace chistes machistas en la comisaría, no aplica sanciones disciplinarias a los agentes que torturan negros o humillan a mujeres, no ha priorizado la resolución del que probablemente ha sido el caso más violento de toda la historia de su jurisdicción… No, él no la ha matado, pero es uno más de los hombres con poder que lo utiliza para privilegiar a otros hombres y que conforma una cultura en la que es posible violar mujeres sin sufrir consecuencias.

Este es el argumento de “Tres anuncios en las afueras”, la película de Martin McDonagh protagonizada por una indomable Frances McdDormand, tan aclamada por ser un gran retrato de los prejuicios de la América profunda, el lado oscuro del gran sueño americano que ha hecho posible la victoria de Trump. Quizá ese ha sido el error que ha facilitado el “inesperado” ascenso a la Casa Blanca del republicano más retrógrado y chabacano posible, el creer que esos prejuicios son los de la gente con menos recursos o de las zonas rurales, de los que no han tenido acceso a formación académica, de los “rednecks” y la “white trash”. Sin embargo, tenemos a señores de las élites culturales de todas partes del planeta hablando de “caza de brujas” después de que muchas de las actrices de Hollywood decidiesen poner sus tres anuncios en las afueras de la industria cinematográfica y hablar abiertamente del acoso sexual inherente a la misma e incluso dar los nombres de sus acosadores. Los más selectos cineastas, autores consagrados, directores de filmotecas, actores multipremiados, y no sólo hombres, también mujeres, como las cien artistas del manifiesto de Francia (es decir, “la crème de la crème” del ámbito artístico) se han lanzado a poner el grito en el cielo contra las mujeres que han decidido dejar de callar. No son precisamente un cura de una aldea sureña ex esclavista.

Es justo el mismo proceso de los “paletos” hostigando y presionando a “la loca del pueblo” para que retire esos molestos anuncios y muestre el debido respeto a la máxima autoridad del lugar, su héroe de toda la vida, el que están llevado a cabo esos sofisticados defensores de la libertad artística y de expresión que llaman censura a que ahora las mujeres hablen sin tapujos del abuso sexual sistemático que sufrían en silencio. Ebbing, Missouri es la aldea global del patriarcado en la que todos los señores se han puesto nerviosos porque peligra el cómodo estado de las cosas que les proporcionaba la omertá y la seguridad de un prestigio que les hacía intocables. Se ha abierto la veda contra cualquier hombre, sin importar su status o su talento, sin que todo lo que haya aportado a la sociedad, creado o trabajado sirva como salvoconducto para que no le tengamos en cuenta su comportamiento machista de depredación sexual. Parece que caminamos hacia el fin de la inclusión de la libre disponibilidad del cuerpo de las mujeres  en el “pack” completo del éxito masculino, y les está costando un poquitín aceptarlo. De ahí el cierre de filas, ese corporativismo mafioso (tenemos que defenderle porque es “uno de los nuestros”) como intento desesperado de taponar la sangrante vía de agua abierta en el pacto de silencio.

No es inocente que recurran a la baza del victimismo. Ya no hay forma de defender lo indefendible, el rechazo social hacia los acosadores antes idolatrados crece imparable. Por ello deben buscar la forma de dar la vuelta a las tornas: hay mujeres malvadas que con su exageración y puritanismo están poniendo en peligro preciados patrimonios de la humanidad, desde la galantería y la seducción hasta la filmografía de Polanski o los poemas de Pablo Neruda. Sus reivindicaciones de igualdad de género llevarán a una suerte de estado totalitario en la que no se podrá ligar ni bailar reggaetón. Que pretendemos quemar libros y celuloide, dicen. 

Quieren hacer pasar por censura que la mitad de la población silenciada hasta el momento pueda contar su versión de los hechos, que el público pueda tener toda la información de cualquier creador para decidir con total libertad si quiere financiar con su dinero una obra dirigida por un pederasta o producida por un violador. Sin entrar en el recurrente debate de si debemos separar al autor de su obra (como si eso fuese posible, pues la autoría en sí misma consiste en la traslación artística de la propia subjetividad, al igual que es imposible separarla de su contexto histórico, de las corrientes de pensamiento dominantes y de la relaciones sociopolíticas y económicas por las que se ha visto influida), no hay razón para justificar que la audiencia no deba conocer las circunstancias de quien firma y ejercer su derecho de admisión. Ninguna. ¿Cómo va a ser censura que ahora tengan canales desde los que contar su historia quienes hasta ahora tenían un acceso limitado o directamente vetado en los medios de comunicación tradicionales? ¿Cómo va a ser restrictivo que ahora podamos escuchar más opiniones que las de los líderes de opinión y leer más relatos que los de las vacas sagradas del periodismo, cine o literatura?

Y es que lo que está en juego es la cosmovisión hegemónica y el orden de las cosas sustentado en ella. Que empecemos a preguntarnos sobre la posible misoginia de los guiones, a realizar análisis de género de cualquier obra, que nos preocupe la discriminación o los abusos sufridos por las mujeres que las han protagonizado, que rechacemos apologías del machismo y el racismo, que ya no estemos dispuestos a admirar ni a ser indulgentes con violadores y acosadores… hace tambalearse los mismísimos cimientos de la gran pirámide patriarcal. Saben de buena tinta que no buscamos quemar los archivos de las filmotecas, que no vamos a prohibir a Ford o a Bertolucci, ni a hacer hogueras con novelas de Houellebecq o cuadros de Picasso. Simplemente ya no nos conformamos con un mundo interpretado solo por Platón o Kant, ni relatado solo por Mozart, Shakespeare, Hemingway o The Beatles. Hemos venido para cuestionar esa supuesta objetividad del canon de los clásicos, para democratizar la cultura y reclamar nuestro espacio. Eso por fuerza reduce el suyo, por eso se comportan cual “rednecks” defendiendo con su escopeta las lindes de su parcela.

Si tan convencidos están de su talento y de la calidad de sus obras, no tienen motivo para temer que se facilite el acceso a la creación de toda persona que quiera crear, independientemente de su sexo, clase o condición. La diversidad solo redunda en esa libertad de expresión que dicen proteger, y en la libertad de decisión del público, que tendrá muchas más opciones entre las que elegir.  


Lo que está claro es que movimientos organizados como el #MeToo o el anunciado hoy por un nutrido grupo de artistas españolas bajo el lema #LaCajadePandora, y no tan organizados, como las manifestaciones espontáneas autoconvocadas durante el juicio de la violación múltiple de San Fermines o la proliferación de activistas feministas en las redes sociales y de mujeres anónimas contando sus experiencias de acoso y abuso, ayudándose y avisándose mutuamente entre ellas; son una útil herramienta contra la discriminación y las diferentes formas de violencia machista. Estas redes de apoyo y resistencia que estamos comenzando a tejer son todavía solo tres anuncios en las afueras del sistema, no van a poner fin a la injusticia de por si, al igual que las vallas de Mildred no podían devolverle la vida a su hija ni hacer pagar a su asesino. Pero romper el silencio es el primer (e imprescindible) paso para romper las cadenas.  Un mundo en el que se puede cuestionar a un bonachón sheriff de pueblo que no se pierde la misa de los domingos o en el que peligran fenómenos casi meteorológicos como el estreno anual de la película de Woody Allen, es un mundo que sin lugar a dudas está asistiendo al crepúsculo de sus dioses.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Manual de la correcta violación


Laura está maquillándose frente al espejo. Está muy nerviosa, esta noche tiene una cita con un hombre por primera vez desde que rompió con Tom, su novio de toda la vida. Literalmente de toda la vida, lo conoce desde los 13 años. Se dice pronto… Por eso ha decidido tomarse una copita de vino antes de salir de casa, necesita relajarse. Tiene miedo de no saber hacer que la conversación fluya de forma natural, de no resultar interesante, de que se le quiebre la voz… ¿Será muy exagerado el maquillaje? ¿Mucho escote? ¿Pelo recogido o suelto? Mejor será apurar esa copa de un trago para dejar de pensar tanto. 

A la mañana siguiente Laura se despierta en su cama con un fuerte dolor de cabeza. Tiene un mensaje de Andrew en su móvil, el hombre con el que quedó anoche: “Ha sido una noche maravillosa”. Entonces, ¿por qué ella se siente como si hubiese sido la peor de su vida?

Andrew es un hombre gracioso y amable, de sonrisa tierna y condenadamente atractivo. Es médico, un cirujano brillante, respetado y admirado por sus colegas de profesión, algo envidiado porque todas las trabajadoras del hospital suspiran por él en cuanto se da la espalda. Es un padre soltero desde que enviudó hace años, se preocupa por estar siempre que su hijo adolescente le necesita y no perderse una sola reunión o tutoría del colegio a pesar de las largas operaciones y los turnos de noche en urgencias. Mala suerte, a Laura la ha violado el perfecto caballero, el soltero de oro, un profesional de éxito y ciudadano ejemplar, un prócer de la sociedad.

Sí, lo que comenzó como una cena romántica terminó en una violación. Pero claro, ¿cómo puede ser que te hayan violado si te has maquillado y vestido para agradar y atraer sexualmente a tu agresor, si le has sonreído y te has reído a carcajadas de sus chistes, si incluso le has contado algunas intimidades mientras saboreabais ricos platos a la luz de las velas, si estabas a gusto en su compañía y lo invitaste a tomarse la última en tu casa después de cenar, si no tienes moratones, si no gritaste ni intentaste huir, si fue en tu cama sobre tus sábanas recién cambiadas, si usó tu baño después?

Laura recuerda haber dicho claramente que no, pero bebió demasiado como para poder asegurarlo. Sabe que él la ha violado, su cuerpo lo sabe. Pero la agresión sexual que ha sufrido se rige por el manual de la perfecta violación imperfecta. Sólo tiene su palabra contra él, es casi imposible demostrarlo, pero decide denunciar porque es lo que debe hacer, y es ahí donde comienza su infierno.

Afortunadamente Laura no existe, es un personaje, y la violación que supuestamente ha sufrido es sólo el eje argumental de la serie británica “Liar” que HBO ha incluido recientemente en su catálogo. Desgraciadamente, existen miles de mujeres con el mismo problema que Laura en la vida real. 


 
Escenas del interrogatorio al que es sometida la protagonista de Liar tras denunciar que ha sufrido una violación


Este thriller trepidante muestra a la perfección el cuestionamiento constante al que se ve sometida una víctima de violación una vez decide contar que ha sido violada. Es el único tipo de crimen en la que la principal sospechosa es la denunciante en lugar del denunciado, en el que la víctima tiene que superar un tercer grado tanto o más duro que el presunto agresor, sobre todo si no encaja en el concepto socialmente arraigado de lo que entendemos como típica víctima de una violación típica. Es decir, una mujer con abrasiones genitales, ropa desgarrada y múltiples signos de violencia física que ha sido asaltada por un desconocido.

El quid de la cuestión es que la idea que tenemos de una violación habitual es la menos habitual de todas. Según la Federación de Asociaciones de Asistencia a Víctimas de Violencia Sexual y de Género sólo un 15% aproximadamente de las violaciones que se denuncian se producen por asalto. El perfil de agresor más habitual es un conocido de la víctima, normalmente de su círculo más cercano, sobre todo familiares directos, y, además, el 56% de las agresiones y abusos se producen de forma reiterada. Es este falso imaginario social el que sostiene la cultura de la violación y provoca que se criminalice a las (pocas) mujeres que se atreven a denunciar por no cumplir los estándares que se esperan de una víctima de violencia sexual. Seguramente sea ese el principal motivo por el que solamente llegan a denunciarse una de cada seis violaciones. La víctima desiste de denunciar porque cree que no la han forzado lo suficiente, que no le han pegado o humillado lo necesario, que no se ha resistido lo que debería. En definitiva, que no la han violado como es debido. 

Lo interesante de “Liar” es que pone sobre la mesa la culpabilización de las víctimas de violación y la sistemática puesta en duda de su credibilidad no sólo por parte de la sociedad, sino de las propias instituciones y las autoridades, del protocolo forense y policial en sí mismo que se sigue para abordar este tipo de delito. En gran parte de los casos no se hace otra cosa que revictimizar a las denunciantes, con reconocimientos médicos y exploraciones que ahondan en el trauma psicológico, múltiples interrogatorios demasiado extensos y repetitivos y en general una práctica de diligencias que lo último que tienen en cuenta es su dignidad e integridad. Acordaos de aquella jueza del Juzgado de Violencia de Género número 1 de Vitoria que le preguntó literalmente a una mujer que denunció repetidas violaciones por parte su agresor: “¿Cerró usted bien las piernas? ¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?”.  La realidad supera en este caso con mucho a la ficción.

Por favor, queridos agentes del orden, fiscales y jueces, editen de una vez el manual de la buena víctima para que sepamos de una vez por todas en qué ángulo tenemos que colocar las piernas y con cuánta fuerza tenemos que apretar el coño para conseguir que los violadores sean condenados. Ya procuramos no hablar con desconocidos ni salir solas de noche, pero a pesar de ello una mujer sigue siendo violada cada ocho horas en España. Quizá sea porque el Código Penal tipifica y persigue agresiones sexuales que se parecen más a unicornios rosas que a las violaciones que realmente sufrimos las mujeres.

miércoles, 18 de octubre de 2017

La chica especial

“Nunca he conocido a nadie con tu potencial, con la ayuda adecuada llegarás muy lejos.” “No me había pasado con nadie antes, pero no puedo evitar decirte que tu sonrisa me distrae de nuestro trabajo.” “Me encantaría dirigir tu tesis, tus argumentos son brillantes, casi tanto como tu mirada, no me lo tomes a mal, pero es irresistible.” “No te has dado cuenta de lo mucho que vales y de lo guapa que eres, no me malinterpretes, no intento ligar contigo, simplemente me sabe mal que tu autoestima no vaya acorde a ti.” “Es superior a mis fuerzas, pero además de lista eres preciosa, y lo sabes.” “No creas que les digo esto a otras, contigo es distinto.” “No les hagas caso a las demás, te tienen envidia.” "Tú eres especial, no eres como las demás".

¿Cuántas veces os han dicho frases como estas vuestros profesores, jefes, compañeros de trabajo, monitores, caseros, repartidores, camareros, señores que pasaban por allí? Todas hemos sido alguna vez la alumna favorita, la becaria brillante, la empleada del año, el descubrimiento del siglo, la “chica especial” de algún hombre con el que no manteníamos ningún tipo de relación más allá de la estrictamente profesional o la de haber coincidido en el espacio-tiempo.

Sin embargo, sí somos como todas las demás, no poseemos ningún don extraordinario, o superpoder que obligue a los hombres a olvidar el mínimo civismo y las leyes del decoro ante nuestra presencia, que les fuerce a sentir y expresar un deseo sexual irrefrenable hacia nosotras, a hacer proposiciones fuera de tono y lugar, a emitir comentarios sobre nuestro aspecto, a intentar que mantengamos relaciones sexuales con ellos o a dejarse llevar por el impulso de forzarnos. Somos una más, nada en nuestro físico o personalidad causa que acabemos siendo víctimas de acoso y abuso en nuestro entorno laboral, académico, lúdico, en casa o en el metro; aunque el “mito de la chica especial” sitúe convenientemente en nosotras la causa y de paso, la maldita culpa.

El mito de la "chica especial" sitúa la culpa del abuso en las mujeres víctimas


A pesar de ser personas corrientes, más tarde o más temprano llega siempre ese momento en la vida de toda mujer en la que tiene que pagar el peaje sexual. Es el precio que tenemos que pagar las mujeres por no quedarnos eternamente encerradas en casa, tener un trabajo e interacciones sociales. Lo que se entiende por una vida normal, vaya.  En mayor o menor medida, no hace falta haber sufrido abusos sexuales en la infancia por parte de un familiar o haber sido violada por un famoso productor de Hollywood, todas (sin excepción) hemos tenido como mínimo que sentirnos incómodas por comentarios lascivos que no venían a cuento o por toqueteos y besos abruptos e inesperados.

La cosa va más allá del jefe sátiro que babea tras los culos de sus empleadas o del director de casting que necesita ver más carne y “palpar el género” para seleccionar a la mejor para el papel, esos “bribones” a los que todas (y todos) tenemos identificados e intentamos evitar en la medida de lo posible, que forman parte del folclore y cubren el inevitable porcentaje impúdico y rijoso que se supone que tiene que haber porque en este mundo tiene que haber de todo. No, todo hombre, lo ejerza o no, posee una especie de derecho de pernada por el mero hecho de ser hombre, porque vivimos en un sistema basado en la dominación sexual del hombre sobre la mujer. Existe un orden sexual no escrito (o no escrito de forma explícita pero sí implícita en muchas leyes, normas, contratos…) que establece al hombre como sujeto de la sexualidad (y de lo que sea) y a la mujer como objeto, adorno, recipiente.

La violencia sexual en todas sus formas no consiste en actos criminales aislados, delitos execrables que todo ciudadano decente denunciaría. El problema es que la mayor parte del acoso, abuso y violencia sexual que sufren las mujeres no es visto ni entendido como tal. Que los hombres traten a las mujeres y su cuerpo como parte del patrimonio público, como si de mobiliario urbano se tratase, sometido siempre a su evaluación y sello de aprobación, por ejemplo, es una expresión más de ese impuesto sexual que recae sobre las mujeres. Que nuestros atributos físicos y atractivo sexual forme permanentemente parte del todo entendido como valía profesional, también, sea o no una profesión la que ejerzamos en la que la imagen tenga un componente social preeminente (actriz, modelo, azafata, presentadora…).

El entramado cultural, jurídico, sociopolítico, económico que conforma nuestra sociedad patriarcal y androcéntrica lleva incorporada de serie la violencia sexual como parte de un régimen de control de los hombres sobre las mujeres, o si resulta demasiado duro así expresado, un factor clave que determina las formas en que interactúan socialmente hombres y mujeres, y que también afecta al modo de desear y vivir la sexualidad masculina y femenina. No es la excepción, es la regla. El abuso no es una aberración del sistema, está institucionalizado y es una consecuencia lógica del mismo.

Portada de la revista TIME dedicada al productor Harvey Weinstein tras que se destapase su trayectoria de abuso sexual a actrices


Tras el caso de Harvey Weinstein, calificado en primera instancia de “escándalo sexual”, son muchas las voces que se han alzado para indicar acertadamente que no estamos ante un asunto de “sexo”, es un problema de abuso normalizado y generalizado, una costumbre de dominación masculina, es una cuestión de jerarquía social y de poder. Los hombres en posiciones de autoridad nos acosan o nos violan porque PUEDEN, simplemente, porque hay una ideología que deshumaniza y cosifica a las mujeres que acaba legitimando y justificando su actitud. Y lo peor es que en una parte significativa de los casos ni abusador ni abusada se están dando cuenta de que forman parte de un abuso. Lo consideran la realidad objetiva, si dentro de un sistema jerárquico es posible alguna objetividad. Hasta ese punto hemos aprendido a convivir con ello.

Aquí y ahora, tras esa denuncia casi unánime de la conducta abusiva de uno de los magnates de una de las industrias más poderosas del planeta, no se trata de condenar lo obvio, la comisión de delitos tipificados en el código penal, ni plantearlo como un problema de seguridad y protección de la integridad física de las mujeres. Se trata de aprovechar esta ola de denuncias para cuestionar todo el imaginario social que permite que se sigan reproduciendo en 2017 este tipo de situaciones que impregnan nuestra cotidianeidad, derrumbar los roles y estereotipos de género, negarnos a que nuestra conducta, nuestras decisiones, incluso nuestra personalidad se vea modelada y afectada por esa prerrogativa dominante concedida a los hombres.

El caso de Weinstein es paradigmático, porque no es sólo un hombre con poder, es uno de los hombres con EL PODER de controlar y reproducir el relato cultural misógino y machista. Las películas de Hollywood, la mayor maquinaria de propaganda del sistema dominante, son producidas y realizadas por hombres como él. La élite masculina de la industria cultural (majors, editoriales, medios de comunicación, sellos discográficos) decide cómo se representa públicamente a las mujeres y cómo la sociedad en general las percibe. ¿Cómo se va a representar a las mujeres sino como objetos sexuales con este tipo de depredadores al frente del relato cultural? ¿Y cómo nos van a tratar sino como objetos sexuales si nos representan como tales? Hay que romper la espiral, pinchar la burbuja desde todos los frentes, sin descanso, reclamar cada espacio vetado a las mujeres, contestar cada desprecio, frenar cada mano larga. Que se represente a las mujeres como seres humanos es condición necesaria para acabar con la misoginia y la cultura de la violación. Que nos llamen pesadas, quisquillosas, no dejemos de insistir en la perspectiva de género en todos los ámbitos, también en la crítica cinematográfica y cultural. Les guste o no, el arte es política. Ya no vamos a tragar más con que bajo la excusa de la libertad artística o de expresión se siga apuntalando el privilegio masculino.


Esto no es una caza de brujas, es una “guerra de posiciones”, la lucha política feminista contra las convenciones culturales machistas que sostienen todas y cada una de las injusticias patriarcales. No dejemos de señalar ni denunciar la menor “chorrada inofensiva”, ni una más para que no haya ni una mujer menos. Para que podamos vivir como personas corrientes, y no como “chicas especiales”. 

jueves, 27 de abril de 2017

La industria de la violación

Soy miope de solemnidad. No exagero, llevo nueve dioptrías en cada ojo. La borrosidad de mi visión es directamente proporcional a la nitidez del recuerdo de la primera vez que observé el mundo tras mis gafas graduadas. Fue impactante y desconcertante, infinidad de detalles que antes no existían se agolpaban ante mi vista: pliegues, fisuras, todo tipo de texturas, los poros y el vello, lunares y manchas, la letra pequeña, el carmín en los dientes y el moco rebelde en las cavidades nasales... Podía ver todo aquello que hasta el momento había sido invisible para mí. Una experiencia similar es el descubrimiento del feminismo. Cuando te pones las gafas del feminismo, empiezas a distinguir con claridad todas las situaciones de discriminación que sufres como mujer y que antes identificabas como el estado normal de las cosas. La perspectiva feminista cambia completamente el modo de ver todo: las relaciones familiares y de pareja, las relaciones laborales, el sistema educativo y sus contenidos, las produccciones artísticas y culturales, las tradiciones, la historia, las ciencias... TODO. Porque precisamente nada ha quedado fuera de los preceptos organizativos patriarcales. Y cuando por fin una se ha graduado la visión de género, las imposiciones y coacciones del patriarcado son tan chillonas que hacen doler la vista. Una nunca olvida el día que descubrió que vivía en "Patrix".

Sí, ese abrir los ojos duele: duele descubrir que te han subestimado, acotado, excluído o se han burlado de ti sistemáticamente por el hecho de ser mujer, incluso personas a las que quieres o por las que has sentido admiración o aprecio; darte cuenta de que en muchas ocasiones has aceptado esos límites o te los has autoimpuesto de forma desapercibida. Sí, se te pasa toda tu vida por delante y se te agolpan con rabia todos esos episodios que en su momento no identificaste como una injusticia, abuso o discriminación; situaciones que ya habías olvidado o a las que no les habías dado importancia alguna. Repasas la lista de tu ex novios y ¡oh!, sorpresa, casi todos te han chantajeado emocionalmente, controlado tus decisiones e incluso agredido física o sexualmente. Te indignas por la cantidad de tiempo que has malgastado intentando agradar a los demás, preocupándote obsesivamente por el bienestar ajeno, sintiéndote culpable por no preocuparte lo suficiente. Te cabreas porque has caído tú también, tan formada académicamente y tan liberada que te considerabas, en las trampas del culto a la imagen y del amor romántico. Te atormenta la infinidad de veces que has dicho sí cuando hubieras querido decir no. Te alarma lo difícil que te resulta discernir si has decidido hacer algo, lo que sea, porque era lo que realmente querías/ te gustaba o porque era lo que se esperaba de ti. 

Las gafas hiperrealistas del feminismo producen mareos al evidenciar en un golpe de vista todo el machismo y la misoginia que hasta ahora nos pasaban inadvertidos: la brecha salarial, la feminización de la pobreza, la segregación profesional, el acoso laboral, el paternalismo y el mansplaining, la invisibilización de la mujer en la transmisión de la historia, la represión sexual, los cánones patriarcales de belleza, la imposición de los cuidados y del trabajo doméstico como deber femenino, la cosificación, la violencia de género y el feminicidio, la cultura de la violación, la patologización de las emociones, el gaslighting... Despertamos y vemos que hasta el momento lo que nos parecía LO UNIVERSAL era solo LO MASCULINO, y que nuestra posición está subordinada a la de ellos siempre y en todo lugar.

Por eso me llama poderosamente la atención que haya gafas feministas más eficaces que microscopios ante cualquier viso de dominación patriarcal, diligentes lupas para los micromachismos, que no identifiquen la prostitución como una de las más brutales formas de violencia contra la mujer y como la perpetuación a través de la institucionalización económica de la subordinación sexual al hombre, hasta el punto de que haya voces desde dentro del feminismo que la defienden como "trabajo sexual" y hasta como una vía más de empoderamiento. No sé si estoy usando la graduación adecuada, pero yo veo una contradicción insalvable entre denunciar la cultura patriarcal de la violación y ser indulgentes con la industria de la violación que es la prostitución. Cómo es posible que señalemos que las mujeres sufren a menudo violaciones socialmente aceptadas, como cuando hemos mantenido relaciones sexuales con una pareja por un sentimiento de obligación o por no afectar a su autoimagen de virilidad, o como cuando hemos expresado consentimiento pero bajo algún tipo de coacción en el contexto de una relación de poder o situación de vulnerabilidad; y sin embargo sea tan difícil de hacer entender que el putero (ese al que se insiste en nombrar eufemísticamente como cliente o consumidor de prostitución) no es más que un violador socialmente aceptado y la hipérbole de la masculinidad patriarcal. 

Cuando mantenemos relaciones sexuales en un contexto de obligación, sea el que sea, como el de necesidad económica, nos están violando. Como feministas hemos comprendido que dentro de las estructuras de poder del patriarcado y de sus patrones cutlurales, todo hombre es un violador en potencia. Si hemos entendido esto, ¿por qué somos tan permisivas con la conversión de la violación en modelo de negocio? Un putero no es un violador en potencia, es un violador en serie, la cima del ejercicio de poder patriarcal para acceder sin limitaciones a nuestro cuerpo con fines sexuales. Porque no nos engañemos, un putero no paga por un servicio, ni por disponer de nuestro tiempo, como en cualquier otro trabajo: pagar por interrumpir nuestra autonomía para hacer uso sexual de nuestro cuerpo a su antojo. Paga para obtener nuestra sumisión y teatralizar su poder masculino.



Cuando una feminista ha aprendido qué es la sororidad y la ha aprehendido, le aterra que la acusen de competir con otras mujeres o de discriminarlas igual que haría un machista. Lo último que quiere una feminista es reproducir acríticamente comportamientos machistas. El regulacionismo nada y pesca precisamente en la división del feminismo: sacraliza e idealiza la idea de libertad y acusa a quién no comulgue con él de "putófoba", de estigmatizar a las prostitutas, de desempoderarlas por utilizar el término "prostituídas", de culpabilizar y criminalizar a las mujeres que ejercen las prostitución. En el momento histórico en el que vivimos, en el que el matrimonio de conveniencia entre patriarcado y el capitalismo neoliberal atraviesa sus años dorados, las posturas abolicionistas o simplemente críticas con la prostitución son más impopulares que nunca. Hay mucho dinero en juego y el lobby del proxenetismo, mafias incluidas, y sus industrias adyacentes, como la pornográfica, son conscientes de ello, y no han dudado en gastar todo su arsenal en un lavado de imagen internacional del crimen organizado. Se habla de la libertad de ser prostitutas, de putas autónomas y feministas, se glamouriza la prostitución y se centra el discurso en las escorts/prostitución de lujo, se ahonda en la falacia del dinero fácil, se intenta separar interesadamente la trata ejercida por las mafias de la prostitución y sobre todo, se invisibiliza al putero.

Y es que estoy convencida de que existen mujeres que realmente se consideran feministas capaces de defender la prostitución como un opción laboral y vital más porque en el fondo nadie que no haya estado en ese mundo de primera mano sabe de qué está hablando cuando habla de prostitución. Aunque el discurso regulacionista insiste en que las prostitutas son sujetos libres y no objetos y en que son las abolicionistas las que cosifican y deshumanizan a las mujeres que ejercen la prostitución al asumir que todas están siendo sometidas, y hablan de dar voz a las prostitutas; precisamente el problema reside en la omertá reinante acerca de en qué consiste lo que llaman "trabajo sexual", en que sólo se da representación mediática a un perfil muy concreto y minoritario de prostitutas y en la eliminación absoluta del putero de la ecuación. 

Si se hablase de qué piden los puteros, si los testimonios de las supervivientes de la prostitución tuvieran la misma difusión que los de las prostitutas libres que supuestamente se sienten realizadas, si no se obviasen las consecuencias emocionales/psíquicas y físicas y que gran parte de las prostitutas recurre al alcohol y las drogas para hacer su "trabajo" más llevadero, si no se silenciasen los estudios que evidencian que la mayor parte de las prostitutas han sufrido abusos o agresiones sexuales antes de dedicarse a la prostitución y normalmente en edades tempranas, si nos dejásemos de eufemismos y de esos tabúes sexuales que supuestamente denuncian las feministas liberales y hablásemos clara y meridianamente de lo que puede incluir la jornada laboral de una prostituta (tragar semen, que te eyaculen en la cara, que te hagan vestirte de niña o caminar a cuatro patas imitando a un perro, que te introduzcan objetos en el coño, fisting, que te insulten o te escupan para excitarse, que orina y heces entre en juego... sí, las felaciones y el sexo anal palidecen ante la variedad de demandas del sexo patriarcal), sería más difícil banalizar la prostitución y no definirla como lo que es: violación a cambio de dinero. 

Os animo a entrar en cualquiera de los múltiples foros masculinos de Internet en que, bajo el manto del anonimato, los hombres comparten sin tapujos sus experiencias con prostitutas. Tras unos minutos leyendo, ese imaginario de servicio caritativo en el que los hombres van mayoritariamente a los burdeles a contar sus penas a las prostitutas, o son cervatillos asustados que solo pretenden perder la virginidad o el miedo escénico o maridos que buscan el cariño/atención que sus mujeres no les prestan; y comprenderéis que la inocuidad del concepto cliente no se ajusta a la realidad. Los puteros son intrínsecamente misóginos, muchos de ellos sádicos carentes de empatía y que se excitan con el dolor y la humillación ajena, y todos han aprendido desde la cuna a deshumanizar a las mujeres y se consideran en el ejercicio de un supuesto derecho legítimo: el de que las mujeres les proporcionen placer sexual. Por algo se han socializado en el patriarcado. Ellos son los putófobos, los que estigmatizan y cosifican a las putas, los que les preguntan en tono déspota cuánto cuestan como si fuesen productos, los que a menudo intentan sobrepasar los límites consensuados previamente, los que disfrutan ejerciendo su poder, los que regatean el precio o intentan estirar el tiempo pactado, los que siguen adelante aunque les hayan dicho que no, los que catalogan a las mujeres comparándolas con animales, modelos de coche, tipos de comida.

Quien defiende la regularización de la prostitución con el ánimo de mejorar las condiciones laborales de las prostitutas, centrando el problema en la precariedad laboral, peca de ingenuidad o de cinismo. La regularización no quitará el poder absoluto al putero una vez se cierra la puerta tras la que la prostituta se queda sola, no borra el marco de referencia patriarcal, no deja de ser violación y sometimiento, no deja de reproducirse el patrón de que la mujer está para satisfacer sumisamente los deseos y necesidades masculinas. Incluso en el hipotético (más bien "platónico" en el sentido peyorativo de la palabra) caso de que una prostituta ejerciese de forma totalmente libre sería estadísticamente imposible que ninguna de las relaciones sexuales mantenidas durante la jornada de trabajo no fuese forzada por las circunstancias y, por lo tanto, una violación. Sabemos la huella emocional que deja un abuso sexual de cualquier tipo. Calculad cuántos puede llegar a sufrir una prostituta a lo largo de su "vida laboral". Insisto, legitimar la industria de la violación es lo contrario al feminismo. Un mínimo de honestidad intelectual (u honestidad, a secas) pone de manifiesto que la gran demanda de prostitución no se cubriría con esa minoría de "prostitutas libres", y que la regularización y su legitimación aparejada no haría más que aumentar esa demanda, abocando a más mujeres a ser traficadas y esclavizadas.

Por supuesto que todo trabajo asalariado conlleva explotación, y en muchos las trabajadoras y trabajadores exponen su integridad física y emocional y llegan a sufrir maltrato y violencia. Pero en todo empleo hay una línea definida que separa la tarea a realizar de lo que la excede, que diferencia trabajo de acoso, humillación o abuso. En la prostitución, queramos verlo o no, se compra el abuso y sometimiento sexual. Si la masculinidad es reconocida con una situación privilegiada en cualquier contexto dentro del patriarcado, no puede serlo menos en la prostitución, que es intrínsecamente un privilegio masculino. La prostitución exacerba los roles de género, y ahonda además en la explotación de clase y racial y en la transfobia (las prostitutas pobres e inmigrantes son mayoría aplastante y la prostitutas transgénero viven más a menudo situaciones de vejación e intensa violencia física por parte los puteros).

La ideología patriarcal ve la prostitución como un fenómeno natural y por lo tanto, inevitable. No es así, el sexo patriarcal y sus consecuencias son fruto de esa ideología, otro sexo es posible, basado en la reciprocidad, en el respeto y el placer mutuos, en la autonomía y la equidad entre los implicados. No existe un derecho natural a obtener sexo con otras personas, si no encuentras a nadie que espontáneamente quiera mantener relaciones sexuales contigo, existen alternativas para aliviar el impulso sexual que no pasen por violar o comprar mujeres (mastúrbate y ahorra tu dinero y sufrimiento a la humanidad). Y es que la clave está en hacer volar por los aires esos patrones de actuación y de comportamiento sexual patriarcales, sólo de ese modo la demanda desaparecería. En una sociedad no patriarcal no habría cabida para la industria de la violación. Habrá que empezar por sacar a los puteros de su zona de confort y ponerlos bajo las gafas graduadas del feminismo. Señalémoles sin miedo como lo que son: violadores y criminales.


lunes, 27 de febrero de 2017

Zonas grises (aka American Bitch)

Este domingo se ha emitido el que para mí es ya el mejor capítulo de Girls, la serie de Lena Dunham para la HBO. Se llama elocuentemente "American Bitch", y en él Hannah, la protagonista de esta serie coral de mujeres jóvenes, visita en su casa a uno de sus escritores más admirados porque él la ha citado para discutir sobre un artículo que ella ha escrito sobre él, en el cual lo critica por haber usado su posición de éxito social y autoridad académica para aprovecharse sexualmente de sus alumnas universitarias. La conversación entre los dos ocupa casi todo el metraje del capítulo, y el momento que motiva este texto es cuando él insiste en que "el sexo es una zona gris" (entendiendo como "zona gris" un ámbito o una situación ambigua en el que las normas no están claras o bien definidas) y ella le responde exasperada "¡Estoy harta de zonas grises!". En ese momento yo grité por dentro lo mismo que ella: ¡A la mierda las zonas grises! Esa zona de color gris con el que se quiere pintar el tema del consentimiento en las relaciones sexuales es por la que nos cuelan la mayoría de violaciones o agresiones sexuales como "malentendidos". Es la neblina grisácea la que convierte al violador en la víctima de la falta de claridad.

"American Bitch" es el brillante tercer episodio de la sexta temporada de Girls.

En un delito en el que para ser condenado la intención es literalmente lo único que cuenta (no el resultado: UNA PERSONA VIOLADA, ni el hecho en sí mismo: VIOLAR, SÍ, VIOLAR), en el que además de tener que demostrar que el violador te ha violado tienes que demostrar que REALMENTE QUERÍA VIOLARTE; el gris favorece a los agresores porque nos hace creer que es casi imposible diferenciar el sí (blanco) del no (negro),y eso nos lleva a que la mayoría de las violaciones sean vistas como errores que se han cometido sin querer y por lo tanto, a la absolución masiva de violadores. Eso si llegan a ser denunciados, pues por culpa de ese enfermizo concepto de "la zona gris" gran parte de las mujeres que se han sentido violadas o acosadas, o no se atreven a denunciar por considerarlo inútil, o ni si quiera son capaces de dirimir si realmente han sido violadas, llegando a creerse en demasiadas ocasiones que son imaginaciones suyas o culpables de haber provocado esa situación indeseada. Por haches o por bes llegamos siempre a la misma absurda conclusión: POBRECILLO VIOLADOR, NO SABÍA QUE ME ESTABA VIOLANDO.

De ahí que me parezca tan brillante el título del capítulo- también título no oficial de una novela de Philip Roth -: American Bitch. La zorra siempre es ella, la que seduce y tiende su tela de araña en la que cae atrapado el hombre, la que calienta cruelmente para luego retirarse, la que denuncia en falso. Él es siempre el cordero. Esa "American Bitch" bien podría ser Dylan Farrow, que acusó al talentoso Woody Allen de abusar de ella cuando era niña, poniendo en peligro su brillante carrera con esos maliciosos rumores imposibles de demostrar. Así es como la zona gris le jodió la infancia y la vida a la desafortunadamente hija adoptiva de un director de cine aplaudido en todo el mundo (bueno, qué digo, fue él el cabrón que más que presuntamente se la jodió). Que la realidad no nos estropee una impecable filmografía ni el estreno anual de Woody Allen, ¿no?

A lo que iba. La zona gris es un mito. Para empezar, en el mito de la zona gris es el hombre el guardián y dueño del consentimiento femenino. Se le otorga al hombre la tarea (y por lo tanto, el poder) de decidir si la mujer desea o no desea mantener relaciones sexuales con él. Son ellos lo que deben interpretar un código que ellos mismos se han inventado. Si lleva escote o minifalda, es que quiere follar. Si te dirige la palabra, te saluda amablemente o mantiene una conversación contigo, es que quiere follar. Si establece contacto visual, quiere follar. Si acepta una cita contigo, obviamente también quiere follar. Si se ha casado contigo o tiene una relación estable contigo, por supuesto quiere (y debe) follar contigo todos los días de su vida hasta que la muerte os separe. Si te admira profesionalmente no solo quiere follar contigo, también quiere chuparte la polla en agradecimiento. Si ha salido de noche a la calle o ha bebido demasiado, quiera o no, tengo derecho a follármela. En resumen, si no huyes despavorida ante su sola presencia, lo más probable es que el hombre en cuestión interprete que deseas acostarte con él. Y todo ello es porque en el tema sexual nosotras somos entendidas como un objeto pasivo, no un sujeto con voluntad activa que toma decisiones propias. En el mito de la zona gris no hay lugar para que el consentimiento sea activo. Todo vale, sobre todo eso de "no me ha dicho expresamente que NO QUERÍA". Entonces, tampoco te ha dicho expresamente que quería, pero, que más da, estamos en una zona gris. Así es como la confusión, la ausencia de límites definidos, SIEMPRE SIEMPRE beneficia al depredador. Sin el mito de la zona gris, toda relación sexual en la que una de las dos personas no ha expresado clara e inequívocamente su consentimiento sería (ES) una violación. Qué rollo, ¿no? La ética y el respeto mutuo darían al traste con toda la industria del porno, gran parte del cine comercial, una inmensa cantidad de obras literarias consideradas obras maestras donde lo que realmente se están relatando son asquerosos abusos de poder, y con la diversión sexual eminentemente masculina de los sábados noche, entre otros pilares de la cultura patriarcal. El sexo libre (¿para quién?) es un derecho humano. No nos los jodáis con exageraciones, puritanismo y puntillosidad, PESADAS.

La actitud de la actriz que entrega el Oscar a un actor acusado de acoso sexual por compañeras ha ocupado más espacio en medios que las propias denuncias en su momento


Lo más perturbador de todo el asunto de la zona gris es el hecho de que el estereotipo del depredador sexual sea habitualmente un hombre de éxito. El capitán del equipo, el periodista socialmente comprometido, el amantísimo padre de familia, el profesor enrollado, el escritor experimentado, el director de culto, un truhán y un señor algo bohemio y soñador... En definitiva, hombres que pueden echar mano de su influencia o poder no solo para acceder a la carta al sexo femenino y abusar de su posición privilegiada, sino que además esa posición les hace impunes, también gracias al mito de la zona gris que convierte en injusta caza de brujas cualquier acusación. Sí, ellos se erigen en las auténticas brujas de Salem (como hace el protagonista de este capítulo de Girls), por encima de las mujeres quemadas. Nadie quiere ser el que tire la primera piedra, si a la que se lapida no es a una mujer adúltera, claro. Esa zona gris es la que permite que Casey Affleck gane un Oscar habiendo acosado sexualmente a compañeras de profesión, y que se señale más a la actriz Brie Larson por no aplaudir cuando ha tenido que entregarle el premio. Otra vez la zorra se come al cordero. Y mientras, lo que el lobo feroz hace en el bosque, allí se queda, en la zona gris que hay entre los árboles.