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martes, 18 de diciembre de 2018

No todos los hombres, sí todas las mujeres

Para contaros lo acertado que es el documental "Tódalas mulleres que coñezo" ("Todas las mujeres que conozco"), de la directora luguesa Xiana do Teixeiro, tengo que empezar por justo después de que hubiese terminado. Sí, tengo que comenzar esta reseña por el momento en que la amiga con la que fui a ver la proyección y yo salimos del auditorio. Era la una de la madrugada de un martes y volvimos las dos caminado a casa. Antes de que se leyese la palabra FIN en la pantalla de cine yo ya tenía un mensaje de mi marido en la pantalla de mi móvil: "Por favor, no vuelvas sola. Que te acerquen en coche o ven con más gente. Dame una perdida cuando salgas, te espero despierto". Mi amiga también recibió la llamada de su pareja, ella tenía que recorrer un trecho sola desde mi casa a la suya, que estaba más lejos, así que él le pidió que le llamase en cuanto yo llegase a mi portal, para que fuesen hablando por teléfono durante el kilómetro que ella debía transitar sin compañía. Cogimos juntas un atajo por calles más estrechas en lugar de atravesar toda la Avenida de A Coruña, una de las más largas y principales de la ciudad de Lugo, para acortar camino y llegar diez minutos antes. Ninguna hubiera optado por el camino más corto, pero más oscuro y menos frecuentado, de no haber ido acompañada por la otra esa noche. En Lugo ha habido recientemente tres intentos de violación muy seguidos en plena calle denunciados por mujeres que caminaban solas de vuelta a sus casas de noche. El miedo a sufrir agresiones sexuales condiciona el uso que las mujeres hacemos del espacio público, vamos por unos itinerarios u otros según la percepción que tengamos para nuestra seguridad, descartamos rutas si están poco iluminadas o transitadas o si hay demasiados recovecos tras los que puedan acechar potenciales agresores, de noche siempre vamos apuradas, con el móvil y las llaves en la mano, pensando en cómo defendernos o avisar a alguien si pasa algo. Ese miedo también limita nuestra agenda y nuestro ocio, descartamos planes muchas veces si acaban tarde y no tenemos quien nos acompañe para volver, viajar solas es para unas un suplicio y para otras una quimera.


Un momento de la primera conversación entre mujeres que aparece en el documental, y que da lugar al resto de conversaciones


Este documental es una bella conversación entre conversaciones de mujeres, que narran experiencias en las que se han sentido amenazadas o experimentado miedo por el hecho de ser mujeres. La primera conversación de un pequeño grupo de amigas, que no puede ser más natural y a flor de piel, es una piedra lanzada al lago que da lugar a una estela de reflexiones de mujeres de todas las edades que van desde lo más íntimo y personal a lo más social y político. Las tres elocuentes conversaciones que contiene esta película son solamente el inicio de la conversación, pues es imposible terminar de verla sin que se encadenen conversaciones entre los espectadores de las anteriores conversaciones hasta el infinito. Es literalmente una documental que no tiene fin, con vida eterna más allá de la pantalla.

"Tódalas mulleres que coñezo" tiene su valor en haber logrado captar a mujeres hablando sin miedo ni límites del miedo y los límites con el que tienen que convivir como mujeres. Hay un momento especialmente revelador, en el que una de las protagonistas cuenta un viaje que hizo sola en invierno a un pequeño pueblo apartado para hacer senderismo y que cuando volvió al trabajo y un compañero le preguntó si no había pasado mucho miedo por la nieve y los lobos duarente sus vacaciones, ella se dio cuenta de que esos peligros ni se le habían pasado por la cabeza, pues todas las luces mentales de alerta se le habían encendido al encontrarse con hombres en un entorno aislado. "Vivimos noutro mundo (vivimos en otro mundo)", subraya esta chica, y esta es una de las grandes conclusiones de este filme, que hombres y mujeres transitamos por realidades paralelas, y para comprobarlo solo hay que pensar en cómo se siente un hombre que camina solo por la calle de noche encontrándose de frente a un grupo de mujeres y cómo se siente una mujer encontrándose en las mismas circunstancias con un grupo de hombres. Si como dice Nina Simone en una cita visual incluida al principio de la película, "ser libre es no tener miedo", nosotras somos menos libres porque el miedo se nos inculca de forma estructural y va aparejado a la desigualdad social entre hombres y mujeres.


La película se estrena comercialmente este mes de diciembre en los cines Numax de Santiago de Compostela


Este documental muestra mujeres expresando libremente su miedo, y por lo tanto su falta de libertad, pero no pretende con ello amedrentar a las demás mujeres. Al contrario, busca poner de relieve ese discurso del miedo como mandato de la feminidad y romperlo a base de señalarlo. En otro momento trascendental, la autora de "Tódalas mulleres que coñezo", Xiana do Teixeiro, que también es co-protagonista, cuenta cómo marcó su infancia y adolescencia el caso de las niñas de Alcásser, asesinadas después de ser brutalmente violadas y torturadas, y reflexiona sobre cómo el sensacionalismo mediático y su relato aterrador influye de forma paralizante en la vida diaria de las mujeres. Con este apunte da en el clavo, pues como analiza la politóloga Nerea Barjola en su libro "Microfísica sexista del poder", el llamado "caso Alcásser" es un paradigma de cómo se construye socialmente el peligro sexual que corren las mujeres para que funcione como aviso y castigo aleccionador por traspasar unas fronteras que las mujeres no deben cruzar y ocupar espacios que no les pertenecen.

Escribo estas líneas horas después de que se haya encontrado el cadáver de Laura Luelmo, una joven de 26 años que se había mudado desde Zamora a Huelva para hacer una sustitución como profesora. Los medios no dejan de resaltar su juventud, que se había ido a vivir lejos de su familia y amistades por trabajo, que lo último que se sabe de ella es que había salido a correr sola por el campo. Alcásser vuelve a repetirse otra vez, y las mujeres no paramos de recibir mensajes que nos disuaden de ser independientes, nuestra autonomía como ciudadanas de pleno derecho es un factor de riesgo. Aceptar un trabajo en otra comunidad autónoma o adentrarse sola en un bosque aunque sean las cuatro de las tarde es para una mujer el equivalente a lanzarse de un avión sin paracaídas, al menos así lo trasladan las tertulias de los magacines matinales y los diarios amarillistas. Una vez más la realidad nos demuestra, como apunta Xiana do Teixeiro en su película, que los discursos sociales y mediáticos diseminados al calor de los crímenes violentos contra las mujeres siguen operando como una contraofensiva patriarcal ante la conquista de derechos y espacios públicos de las mujeres. Gracias a autoras como ella, que enfocan las narrativas sobre el acoso y la violencia sexual desde una perspectiva feminista, podemos entender el miedo de las mujeres en términos políticos y darnos cuenta de que aunque no es infundado, tampoco es espontáneo, sino que es consecuencia de un terrorismo sistémico que se nos inculca desde la sociedad patriarcal, algo que tenemos que combatir y resistir desde el movimiento feminista. Conciencia y prudencia, sí. Pánico y parálisis, no.

La llave que abre la puerta hacia una sociedad libre del miedo por ser mujer la tiene una de las mujeres mayores de este documental, madre de dos adolescentes, que habla sobre la necesidad de educar más o los hombres para no agredir que a las mujeres para no ser agredidas. Aunque las protagonistas, las que hablan, son mujeres, son los hombres los que más deben escuchar estas conversaciones y sentirse interpelados. Escuchad con atención a todas las mujeres que conocéis, a las más cercanas. ¿Queréis vivir en un mundo en el que esas mujeres se asusten al veros? Por supuesto que no todos los hombres que conoces son peligrosos, claro que la mayoría no son agresores ni acosadores, pero sí todas las mujeres que conoces se han encontrado alguna vez con algún hombre peligroso, todas sienten miedo en determinadas situaciones y se han inhibido de hacer cosas por ese miedo, algo que a ti jamás te ha ocurrido como hombre. Le ha pasado a TODAS LAS MUJERES que conoces. Ese es el tema de conversación de este documental y de la lucha feminista contra la violencia sexual. Iniciemos otra ahora que sigue pendiente: qué pueden hacer todos los hombres y la sociedad en general para que todas las mujeres puedan vivir sin miedo, puedan ser libres.

martes, 27 de febrero de 2018

El sexo debe ser divertido

En una cultura tan hipersexualizada como la occidental, en la que la religión ha perdido mucha de su capacidad de control sobre la sexualidad de las personas, con cantidades ingentes de todo tipo de pornografía gratuita al alcance de un clic, multitud de aplicaciones móviles de ligue, métodos anticonceptivos accesibles, en la que se practica habitualmente el sexo esporádico fuera de las relaciones de pareja… las violaciones siguen estando a la orden del día. En España se denuncian cada año 1.200 violaciones, y si tenemos en cuenta que se estima que solo el 5% de las mujeres agredidas se atreven a denunciar, la calculadora salta por los aires. Solo en la UE en el año 2015 se registraron 215.000 delitos de agresión sexual. Atribuir un problema social de tal magnitud a una supuesta represión moralista o a la fogosidad insatisfecha por falta de sexo sería como mínimo intelectualmente deshonesto. Tampoco el discurso de que quienes violan son monstruos excepcionales, unos cuantos perturbados, es suficiente para abarcar un fenómeno de depredación sexual tan extendido. 

Sin necesidad de mentar a la bicha (SÍ, EL PATRIARCADO), cualquier observador algo atento puede advertir una tendencia, un patrón que se repite, una cuestión estructural. Las circunstancias fortuitas de una noche de fiesta que se desmadró o la mala suerte de tener un delincuente sexual recurrente en el vecindario no sirven para explicar un grave problema de índole social. Dados los alarmantes datos, y a la luz del hartazgo generalizado de las mujeres, que se están organizando a nivel internacional para la jornada de huelga feminista del día 8 de marzo, y que se ha visibilizado hasta en los estamentos más privilegiados y cercanos al establishment, como es la industria cinematográfica de Hollywood; deberíamos tener a profesionales de todas las disciplinas y a los cargos públicos investigando frenéticamente sus causas y analizando la forma política de atajarlo. A la opinión pública y su reflejo mediático presionando para ello. Sin embargo, ¿qué tenemos? Un incesante goteo de manifiestos, columnas y declaraciones hablando de “puritanismo”, “moral victoriana”, “galantería”, “seducción”, “derecho a importunar”, de que el “deseo sexual”, “la libertad sexual” o el “sexo divertido” están bajo amenaza. 

La conversación en los medios de comunicación gira en torno al sexo aunque la violación no es una relación sexual, es una imposición de poder. No tienen nada que ver las conductas de acoso y las violaciones con un impulso sexual incontrolable o una necesidad de sexo que no ha podido satisfacerse por otra vía que la de forzar a una mujer. Esta es una de las enseñanzas más valiosas del feminismo y del análisis de la realidad con perspectiva histórica de género. Cuando un hombre viola a una mujer, no es porque se sienta atraído por ella, no es ella la que le provoca excitación sexual, es el hecho de ejercer su poder sobre ella, de someterla y humillarla, lo que le excita. Por eso carece de relevancia el aspecto de la víctima, qué decía, cómo vestía, cómo actuaba, si se había mostrado amable o cortante con el agresor, si le había sonreído, susurrado o acariciado un brazo. El acoso y la violencia sexual no operan en el campo de la seducción, el deseo o el placer sexual, sino que se mueven en la esfera de la dominación masculina, del ejercicio de poder. Fue a ella, pero podría haber sido a otra, cualquiera.

  • El falso dilema pro-sexo vs anti-sexo
En una actitud similar a la de las sectas religiosas antiabortistas, que ante la lucha feminista por el aborto libre y legal se empeñaban en situar el debate en términos de “pro-vida” o “anti-vida”, la reacción al movimiento feminista en contra del acoso y la violencia sexual se esfuerza en crear un falso dilema entre partidarios del sexo y contrarias a él. La lucha por la autonomía reproductiva de las mujeres se convertía en aquel marco en una guerra contra la reproducción en sí misma y la vida de bebés imaginarios (recordad, un feto NO es un bebé), y ahora la lucha por la autonomía sexual de las mujeres se convierte en una guerra contra el sexo y las relaciones sexuales también imaginarias (recordad, una violación NO es una relación sexual). 

Leer artículo completo publicado en Kamchatka:

lunes, 29 de enero de 2018

#MeToo o los tres anuncios en las afueras que son de todas

A Mildred Hayes le asesinaron a su hija a pocos metros de su hogar. La violaron repetidas veces y después quemaron su cuerpo. Según la autopsia, murió mientras la violaban. Pocas formas puede haber más horribles de morir. Pocas cosas más dolorosas puede haber que tener que vivir sabiendo que tu hija pequeña murió así, probablemente llamándote a gritos sin que pudieras oírla esta vez, sin que pudieras salvarla de la caída segura como cuando solo era una niña que aprendía a caminar.

Han pasado siete meses y Mildred ya ha asumido que no puede hacer nada que devuelva la vida a su hija. Ha aprendido a cargar con su dolor, pero no está dispuesta a ocultarlo. En Ebbing, Missouri, el pequeño pueblo donde todo ha ocurrido, el día a día transcurre como si nada hubiera pasado. Como si una chica de 17 años no hubiese sido torturada hasta la muerte nada más salir por la puerta de casa, como si no hubiese podido ser su asesino cualquier vecino, como si la víctima no hubiese podido ser cualquier otra vecina. Como si no pudiese volver a pasar. No, Mildred no va a resucitar a Angela, pero va a despertar las conciencias dormidas de toda la gente del pueblo, de todo el Estado y de todo el país, si se lo propone.

Simplemente colocando unos sucintos mensajes en tres vallas publicitarias en las afueras de Ebbing, esta mujer consigue desatar una pequeña gran revolución.  "Violada mientras moría. Aún ningún arresto. ¿Cómo puede ser, jefe Willoughby?”. Con este sencillo gesto, la señora Hayes pasa de tener la compasión unánime de su vecindario a ser la persona más incómoda y odiada. De víctima a verdugo de un día para otro. ¿Por qué? Porque ha roto la ley del silencio. El dolor de una madre debe ser decoroso, abnegado ante todo. Porque se ha atrevido a señalar al sistema. Si las agresiones sexuales contra las mujeres están a la orden del día es porque los responsables de prevenirla y evitarla no están haciendo su trabajo. Resaltar la impunidad endémica de este tipo de crímenes convierte en cómplice a toda una sociedad construida sobre la normalización de determinados niveles de violencia contra la mujer.


Mildred contrata tres vallas a las afueras de su pueblo para reflotar el caso sin resolver de su hija violada y asesinada


Hayes se gana el odio de sus convecinos porque no antepone el bienestar de los demás al suyo propio, como se supone que toda mujer debe hacer. Ese jefe de policía al que señala por no avanzar en la investigación del caso de su hija se está muriendo de cáncer. ¿Qué clase de desalmada criticaría a un moribundo? Y no un moribundo cualquiera, es el hombre más querido y respetado del pueblo, padre amantísimo de dos niñas, mentor y figura paterna de los agentes a su cargo, garante de la seguridad de una comunidad a la que ha servido durante toda su vida. Está enamoradísimo de su esposa y jamás violaría a ninguna mujer, deberíamos admirarle por ello, como a Matt Damon. ¿Por qué se ha atrevido Mildred Hayes a apuntar con su dedo a un hombre decente?  

El dedo de esa madre cabreada se ha hundido hasta el fondo en la llaga del sistema: la mayoría de hombres que jamás matarían o violarían a una mujer no están haciendo lo suficiente para que los que sí lo harían no las maten ni violen. El decente jefe de policía, que lamenta de veras lo que le ha pasado a su hija, también hace chistes machistas en la comisaría, no aplica sanciones disciplinarias a los agentes que torturan negros o humillan a mujeres, no ha priorizado la resolución del que probablemente ha sido el caso más violento de toda la historia de su jurisdicción… No, él no la ha matado, pero es uno más de los hombres con poder que lo utiliza para privilegiar a otros hombres y que conforma una cultura en la que es posible violar mujeres sin sufrir consecuencias.

Este es el argumento de “Tres anuncios en las afueras”, la película de Martin McDonagh protagonizada por una indomable Frances McdDormand, tan aclamada por ser un gran retrato de los prejuicios de la América profunda, el lado oscuro del gran sueño americano que ha hecho posible la victoria de Trump. Quizá ese ha sido el error que ha facilitado el “inesperado” ascenso a la Casa Blanca del republicano más retrógrado y chabacano posible, el creer que esos prejuicios son los de la gente con menos recursos o de las zonas rurales, de los que no han tenido acceso a formación académica, de los “rednecks” y la “white trash”. Sin embargo, tenemos a señores de las élites culturales de todas partes del planeta hablando de “caza de brujas” después de que muchas de las actrices de Hollywood decidiesen poner sus tres anuncios en las afueras de la industria cinematográfica y hablar abiertamente del acoso sexual inherente a la misma e incluso dar los nombres de sus acosadores. Los más selectos cineastas, autores consagrados, directores de filmotecas, actores multipremiados, y no sólo hombres, también mujeres, como las cien artistas del manifiesto de Francia (es decir, “la crème de la crème” del ámbito artístico) se han lanzado a poner el grito en el cielo contra las mujeres que han decidido dejar de callar. No son precisamente un cura de una aldea sureña ex esclavista.

Es justo el mismo proceso de los “paletos” hostigando y presionando a “la loca del pueblo” para que retire esos molestos anuncios y muestre el debido respeto a la máxima autoridad del lugar, su héroe de toda la vida, el que están llevado a cabo esos sofisticados defensores de la libertad artística y de expresión que llaman censura a que ahora las mujeres hablen sin tapujos del abuso sexual sistemático que sufrían en silencio. Ebbing, Missouri es la aldea global del patriarcado en la que todos los señores se han puesto nerviosos porque peligra el cómodo estado de las cosas que les proporcionaba la omertá y la seguridad de un prestigio que les hacía intocables. Se ha abierto la veda contra cualquier hombre, sin importar su status o su talento, sin que todo lo que haya aportado a la sociedad, creado o trabajado sirva como salvoconducto para que no le tengamos en cuenta su comportamiento machista de depredación sexual. Parece que caminamos hacia el fin de la inclusión de la libre disponibilidad del cuerpo de las mujeres  en el “pack” completo del éxito masculino, y les está costando un poquitín aceptarlo. De ahí el cierre de filas, ese corporativismo mafioso (tenemos que defenderle porque es “uno de los nuestros”) como intento desesperado de taponar la sangrante vía de agua abierta en el pacto de silencio.

No es inocente que recurran a la baza del victimismo. Ya no hay forma de defender lo indefendible, el rechazo social hacia los acosadores antes idolatrados crece imparable. Por ello deben buscar la forma de dar la vuelta a las tornas: hay mujeres malvadas que con su exageración y puritanismo están poniendo en peligro preciados patrimonios de la humanidad, desde la galantería y la seducción hasta la filmografía de Polanski o los poemas de Pablo Neruda. Sus reivindicaciones de igualdad de género llevarán a una suerte de estado totalitario en la que no se podrá ligar ni bailar reggaetón. Que pretendemos quemar libros y celuloide, dicen. 

Quieren hacer pasar por censura que la mitad de la población silenciada hasta el momento pueda contar su versión de los hechos, que el público pueda tener toda la información de cualquier creador para decidir con total libertad si quiere financiar con su dinero una obra dirigida por un pederasta o producida por un violador. Sin entrar en el recurrente debate de si debemos separar al autor de su obra (como si eso fuese posible, pues la autoría en sí misma consiste en la traslación artística de la propia subjetividad, al igual que es imposible separarla de su contexto histórico, de las corrientes de pensamiento dominantes y de la relaciones sociopolíticas y económicas por las que se ha visto influida), no hay razón para justificar que la audiencia no deba conocer las circunstancias de quien firma y ejercer su derecho de admisión. Ninguna. ¿Cómo va a ser censura que ahora tengan canales desde los que contar su historia quienes hasta ahora tenían un acceso limitado o directamente vetado en los medios de comunicación tradicionales? ¿Cómo va a ser restrictivo que ahora podamos escuchar más opiniones que las de los líderes de opinión y leer más relatos que los de las vacas sagradas del periodismo, cine o literatura?

Y es que lo que está en juego es la cosmovisión hegemónica y el orden de las cosas sustentado en ella. Que empecemos a preguntarnos sobre la posible misoginia de los guiones, a realizar análisis de género de cualquier obra, que nos preocupe la discriminación o los abusos sufridos por las mujeres que las han protagonizado, que rechacemos apologías del machismo y el racismo, que ya no estemos dispuestos a admirar ni a ser indulgentes con violadores y acosadores… hace tambalearse los mismísimos cimientos de la gran pirámide patriarcal. Saben de buena tinta que no buscamos quemar los archivos de las filmotecas, que no vamos a prohibir a Ford o a Bertolucci, ni a hacer hogueras con novelas de Houellebecq o cuadros de Picasso. Simplemente ya no nos conformamos con un mundo interpretado solo por Platón o Kant, ni relatado solo por Mozart, Shakespeare, Hemingway o The Beatles. Hemos venido para cuestionar esa supuesta objetividad del canon de los clásicos, para democratizar la cultura y reclamar nuestro espacio. Eso por fuerza reduce el suyo, por eso se comportan cual “rednecks” defendiendo con su escopeta las lindes de su parcela.

Si tan convencidos están de su talento y de la calidad de sus obras, no tienen motivo para temer que se facilite el acceso a la creación de toda persona que quiera crear, independientemente de su sexo, clase o condición. La diversidad solo redunda en esa libertad de expresión que dicen proteger, y en la libertad de decisión del público, que tendrá muchas más opciones entre las que elegir.  


Lo que está claro es que movimientos organizados como el #MeToo o el anunciado hoy por un nutrido grupo de artistas españolas bajo el lema #LaCajadePandora, y no tan organizados, como las manifestaciones espontáneas autoconvocadas durante el juicio de la violación múltiple de San Fermines o la proliferación de activistas feministas en las redes sociales y de mujeres anónimas contando sus experiencias de acoso y abuso, ayudándose y avisándose mutuamente entre ellas; son una útil herramienta contra la discriminación y las diferentes formas de violencia machista. Estas redes de apoyo y resistencia que estamos comenzando a tejer son todavía solo tres anuncios en las afueras del sistema, no van a poner fin a la injusticia de por si, al igual que las vallas de Mildred no podían devolverle la vida a su hija ni hacer pagar a su asesino. Pero romper el silencio es el primer (e imprescindible) paso para romper las cadenas.  Un mundo en el que se puede cuestionar a un bonachón sheriff de pueblo que no se pierde la misa de los domingos o en el que peligran fenómenos casi meteorológicos como el estreno anual de la película de Woody Allen, es un mundo que sin lugar a dudas está asistiendo al crepúsculo de sus dioses.

miércoles, 18 de octubre de 2017

La chica especial

“Nunca he conocido a nadie con tu potencial, con la ayuda adecuada llegarás muy lejos.” “No me había pasado con nadie antes, pero no puedo evitar decirte que tu sonrisa me distrae de nuestro trabajo.” “Me encantaría dirigir tu tesis, tus argumentos son brillantes, casi tanto como tu mirada, no me lo tomes a mal, pero es irresistible.” “No te has dado cuenta de lo mucho que vales y de lo guapa que eres, no me malinterpretes, no intento ligar contigo, simplemente me sabe mal que tu autoestima no vaya acorde a ti.” “Es superior a mis fuerzas, pero además de lista eres preciosa, y lo sabes.” “No creas que les digo esto a otras, contigo es distinto.” “No les hagas caso a las demás, te tienen envidia.” "Tú eres especial, no eres como las demás".

¿Cuántas veces os han dicho frases como estas vuestros profesores, jefes, compañeros de trabajo, monitores, caseros, repartidores, camareros, señores que pasaban por allí? Todas hemos sido alguna vez la alumna favorita, la becaria brillante, la empleada del año, el descubrimiento del siglo, la “chica especial” de algún hombre con el que no manteníamos ningún tipo de relación más allá de la estrictamente profesional o la de haber coincidido en el espacio-tiempo.

Sin embargo, sí somos como todas las demás, no poseemos ningún don extraordinario, o superpoder que obligue a los hombres a olvidar el mínimo civismo y las leyes del decoro ante nuestra presencia, que les fuerce a sentir y expresar un deseo sexual irrefrenable hacia nosotras, a hacer proposiciones fuera de tono y lugar, a emitir comentarios sobre nuestro aspecto, a intentar que mantengamos relaciones sexuales con ellos o a dejarse llevar por el impulso de forzarnos. Somos una más, nada en nuestro físico o personalidad causa que acabemos siendo víctimas de acoso y abuso en nuestro entorno laboral, académico, lúdico, en casa o en el metro; aunque el “mito de la chica especial” sitúe convenientemente en nosotras la causa y de paso, la maldita culpa.

El mito de la "chica especial" sitúa la culpa del abuso en las mujeres víctimas


A pesar de ser personas corrientes, más tarde o más temprano llega siempre ese momento en la vida de toda mujer en la que tiene que pagar el peaje sexual. Es el precio que tenemos que pagar las mujeres por no quedarnos eternamente encerradas en casa, tener un trabajo e interacciones sociales. Lo que se entiende por una vida normal, vaya.  En mayor o menor medida, no hace falta haber sufrido abusos sexuales en la infancia por parte de un familiar o haber sido violada por un famoso productor de Hollywood, todas (sin excepción) hemos tenido como mínimo que sentirnos incómodas por comentarios lascivos que no venían a cuento o por toqueteos y besos abruptos e inesperados.

La cosa va más allá del jefe sátiro que babea tras los culos de sus empleadas o del director de casting que necesita ver más carne y “palpar el género” para seleccionar a la mejor para el papel, esos “bribones” a los que todas (y todos) tenemos identificados e intentamos evitar en la medida de lo posible, que forman parte del folclore y cubren el inevitable porcentaje impúdico y rijoso que se supone que tiene que haber porque en este mundo tiene que haber de todo. No, todo hombre, lo ejerza o no, posee una especie de derecho de pernada por el mero hecho de ser hombre, porque vivimos en un sistema basado en la dominación sexual del hombre sobre la mujer. Existe un orden sexual no escrito (o no escrito de forma explícita pero sí implícita en muchas leyes, normas, contratos…) que establece al hombre como sujeto de la sexualidad (y de lo que sea) y a la mujer como objeto, adorno, recipiente.

La violencia sexual en todas sus formas no consiste en actos criminales aislados, delitos execrables que todo ciudadano decente denunciaría. El problema es que la mayor parte del acoso, abuso y violencia sexual que sufren las mujeres no es visto ni entendido como tal. Que los hombres traten a las mujeres y su cuerpo como parte del patrimonio público, como si de mobiliario urbano se tratase, sometido siempre a su evaluación y sello de aprobación, por ejemplo, es una expresión más de ese impuesto sexual que recae sobre las mujeres. Que nuestros atributos físicos y atractivo sexual forme permanentemente parte del todo entendido como valía profesional, también, sea o no una profesión la que ejerzamos en la que la imagen tenga un componente social preeminente (actriz, modelo, azafata, presentadora…).

El entramado cultural, jurídico, sociopolítico, económico que conforma nuestra sociedad patriarcal y androcéntrica lleva incorporada de serie la violencia sexual como parte de un régimen de control de los hombres sobre las mujeres, o si resulta demasiado duro así expresado, un factor clave que determina las formas en que interactúan socialmente hombres y mujeres, y que también afecta al modo de desear y vivir la sexualidad masculina y femenina. No es la excepción, es la regla. El abuso no es una aberración del sistema, está institucionalizado y es una consecuencia lógica del mismo.

Portada de la revista TIME dedicada al productor Harvey Weinstein tras que se destapase su trayectoria de abuso sexual a actrices


Tras el caso de Harvey Weinstein, calificado en primera instancia de “escándalo sexual”, son muchas las voces que se han alzado para indicar acertadamente que no estamos ante un asunto de “sexo”, es un problema de abuso normalizado y generalizado, una costumbre de dominación masculina, es una cuestión de jerarquía social y de poder. Los hombres en posiciones de autoridad nos acosan o nos violan porque PUEDEN, simplemente, porque hay una ideología que deshumaniza y cosifica a las mujeres que acaba legitimando y justificando su actitud. Y lo peor es que en una parte significativa de los casos ni abusador ni abusada se están dando cuenta de que forman parte de un abuso. Lo consideran la realidad objetiva, si dentro de un sistema jerárquico es posible alguna objetividad. Hasta ese punto hemos aprendido a convivir con ello.

Aquí y ahora, tras esa denuncia casi unánime de la conducta abusiva de uno de los magnates de una de las industrias más poderosas del planeta, no se trata de condenar lo obvio, la comisión de delitos tipificados en el código penal, ni plantearlo como un problema de seguridad y protección de la integridad física de las mujeres. Se trata de aprovechar esta ola de denuncias para cuestionar todo el imaginario social que permite que se sigan reproduciendo en 2017 este tipo de situaciones que impregnan nuestra cotidianeidad, derrumbar los roles y estereotipos de género, negarnos a que nuestra conducta, nuestras decisiones, incluso nuestra personalidad se vea modelada y afectada por esa prerrogativa dominante concedida a los hombres.

El caso de Weinstein es paradigmático, porque no es sólo un hombre con poder, es uno de los hombres con EL PODER de controlar y reproducir el relato cultural misógino y machista. Las películas de Hollywood, la mayor maquinaria de propaganda del sistema dominante, son producidas y realizadas por hombres como él. La élite masculina de la industria cultural (majors, editoriales, medios de comunicación, sellos discográficos) decide cómo se representa públicamente a las mujeres y cómo la sociedad en general las percibe. ¿Cómo se va a representar a las mujeres sino como objetos sexuales con este tipo de depredadores al frente del relato cultural? ¿Y cómo nos van a tratar sino como objetos sexuales si nos representan como tales? Hay que romper la espiral, pinchar la burbuja desde todos los frentes, sin descanso, reclamar cada espacio vetado a las mujeres, contestar cada desprecio, frenar cada mano larga. Que se represente a las mujeres como seres humanos es condición necesaria para acabar con la misoginia y la cultura de la violación. Que nos llamen pesadas, quisquillosas, no dejemos de insistir en la perspectiva de género en todos los ámbitos, también en la crítica cinematográfica y cultural. Les guste o no, el arte es política. Ya no vamos a tragar más con que bajo la excusa de la libertad artística o de expresión se siga apuntalando el privilegio masculino.


Esto no es una caza de brujas, es una “guerra de posiciones”, la lucha política feminista contra las convenciones culturales machistas que sostienen todas y cada una de las injusticias patriarcales. No dejemos de señalar ni denunciar la menor “chorrada inofensiva”, ni una más para que no haya ni una mujer menos. Para que podamos vivir como personas corrientes, y no como “chicas especiales”. 

lunes, 27 de febrero de 2017

Zonas grises (aka American Bitch)

Este domingo se ha emitido el que para mí es ya el mejor capítulo de Girls, la serie de Lena Dunham para la HBO. Se llama elocuentemente "American Bitch", y en él Hannah, la protagonista de esta serie coral de mujeres jóvenes, visita en su casa a uno de sus escritores más admirados porque él la ha citado para discutir sobre un artículo que ella ha escrito sobre él, en el cual lo critica por haber usado su posición de éxito social y autoridad académica para aprovecharse sexualmente de sus alumnas universitarias. La conversación entre los dos ocupa casi todo el metraje del capítulo, y el momento que motiva este texto es cuando él insiste en que "el sexo es una zona gris" (entendiendo como "zona gris" un ámbito o una situación ambigua en el que las normas no están claras o bien definidas) y ella le responde exasperada "¡Estoy harta de zonas grises!". En ese momento yo grité por dentro lo mismo que ella: ¡A la mierda las zonas grises! Esa zona de color gris con el que se quiere pintar el tema del consentimiento en las relaciones sexuales es por la que nos cuelan la mayoría de violaciones o agresiones sexuales como "malentendidos". Es la neblina grisácea la que convierte al violador en la víctima de la falta de claridad.

"American Bitch" es el brillante tercer episodio de la sexta temporada de Girls.

En un delito en el que para ser condenado la intención es literalmente lo único que cuenta (no el resultado: UNA PERSONA VIOLADA, ni el hecho en sí mismo: VIOLAR, SÍ, VIOLAR), en el que además de tener que demostrar que el violador te ha violado tienes que demostrar que REALMENTE QUERÍA VIOLARTE; el gris favorece a los agresores porque nos hace creer que es casi imposible diferenciar el sí (blanco) del no (negro),y eso nos lleva a que la mayoría de las violaciones sean vistas como errores que se han cometido sin querer y por lo tanto, a la absolución masiva de violadores. Eso si llegan a ser denunciados, pues por culpa de ese enfermizo concepto de "la zona gris" gran parte de las mujeres que se han sentido violadas o acosadas, o no se atreven a denunciar por considerarlo inútil, o ni si quiera son capaces de dirimir si realmente han sido violadas, llegando a creerse en demasiadas ocasiones que son imaginaciones suyas o culpables de haber provocado esa situación indeseada. Por haches o por bes llegamos siempre a la misma absurda conclusión: POBRECILLO VIOLADOR, NO SABÍA QUE ME ESTABA VIOLANDO.

De ahí que me parezca tan brillante el título del capítulo- también título no oficial de una novela de Philip Roth -: American Bitch. La zorra siempre es ella, la que seduce y tiende su tela de araña en la que cae atrapado el hombre, la que calienta cruelmente para luego retirarse, la que denuncia en falso. Él es siempre el cordero. Esa "American Bitch" bien podría ser Dylan Farrow, que acusó al talentoso Woody Allen de abusar de ella cuando era niña, poniendo en peligro su brillante carrera con esos maliciosos rumores imposibles de demostrar. Así es como la zona gris le jodió la infancia y la vida a la desafortunadamente hija adoptiva de un director de cine aplaudido en todo el mundo (bueno, qué digo, fue él el cabrón que más que presuntamente se la jodió). Que la realidad no nos estropee una impecable filmografía ni el estreno anual de Woody Allen, ¿no?

A lo que iba. La zona gris es un mito. Para empezar, en el mito de la zona gris es el hombre el guardián y dueño del consentimiento femenino. Se le otorga al hombre la tarea (y por lo tanto, el poder) de decidir si la mujer desea o no desea mantener relaciones sexuales con él. Son ellos lo que deben interpretar un código que ellos mismos se han inventado. Si lleva escote o minifalda, es que quiere follar. Si te dirige la palabra, te saluda amablemente o mantiene una conversación contigo, es que quiere follar. Si establece contacto visual, quiere follar. Si acepta una cita contigo, obviamente también quiere follar. Si se ha casado contigo o tiene una relación estable contigo, por supuesto quiere (y debe) follar contigo todos los días de su vida hasta que la muerte os separe. Si te admira profesionalmente no solo quiere follar contigo, también quiere chuparte la polla en agradecimiento. Si ha salido de noche a la calle o ha bebido demasiado, quiera o no, tengo derecho a follármela. En resumen, si no huyes despavorida ante su sola presencia, lo más probable es que el hombre en cuestión interprete que deseas acostarte con él. Y todo ello es porque en el tema sexual nosotras somos entendidas como un objeto pasivo, no un sujeto con voluntad activa que toma decisiones propias. En el mito de la zona gris no hay lugar para que el consentimiento sea activo. Todo vale, sobre todo eso de "no me ha dicho expresamente que NO QUERÍA". Entonces, tampoco te ha dicho expresamente que quería, pero, que más da, estamos en una zona gris. Así es como la confusión, la ausencia de límites definidos, SIEMPRE SIEMPRE beneficia al depredador. Sin el mito de la zona gris, toda relación sexual en la que una de las dos personas no ha expresado clara e inequívocamente su consentimiento sería (ES) una violación. Qué rollo, ¿no? La ética y el respeto mutuo darían al traste con toda la industria del porno, gran parte del cine comercial, una inmensa cantidad de obras literarias consideradas obras maestras donde lo que realmente se están relatando son asquerosos abusos de poder, y con la diversión sexual eminentemente masculina de los sábados noche, entre otros pilares de la cultura patriarcal. El sexo libre (¿para quién?) es un derecho humano. No nos los jodáis con exageraciones, puritanismo y puntillosidad, PESADAS.

La actitud de la actriz que entrega el Oscar a un actor acusado de acoso sexual por compañeras ha ocupado más espacio en medios que las propias denuncias en su momento


Lo más perturbador de todo el asunto de la zona gris es el hecho de que el estereotipo del depredador sexual sea habitualmente un hombre de éxito. El capitán del equipo, el periodista socialmente comprometido, el amantísimo padre de familia, el profesor enrollado, el escritor experimentado, el director de culto, un truhán y un señor algo bohemio y soñador... En definitiva, hombres que pueden echar mano de su influencia o poder no solo para acceder a la carta al sexo femenino y abusar de su posición privilegiada, sino que además esa posición les hace impunes, también gracias al mito de la zona gris que convierte en injusta caza de brujas cualquier acusación. Sí, ellos se erigen en las auténticas brujas de Salem (como hace el protagonista de este capítulo de Girls), por encima de las mujeres quemadas. Nadie quiere ser el que tire la primera piedra, si a la que se lapida no es a una mujer adúltera, claro. Esa zona gris es la que permite que Casey Affleck gane un Oscar habiendo acosado sexualmente a compañeras de profesión, y que se señale más a la actriz Brie Larson por no aplaudir cuando ha tenido que entregarle el premio. Otra vez la zorra se come al cordero. Y mientras, lo que el lobo feroz hace en el bosque, allí se queda, en la zona gris que hay entre los árboles.