miércoles, 19 de julio de 2017

Colossal o el poder de salvarse a una misma

Pocas cosas hay más reconocibles que una comedia romántica. La narrativa de este género cinematográfico es uno de los grandes bastiones con los que el cine comercial norteamericano ha conquistado el mundo. Sus tramas y personajes siguen unos códigos narrativos muy característicos, tanto que forman parte del imaginario colectivo de forma casi automática. Si una chica vuelve a su pueblo natal después de años viviendo en Nueva York empujada por un "fracaso amoroso" y se encuentra de sopetón con un amigo de la infancia que además fue el primer chico que le gustó, indudablemente TENEMOS QUE ESTAR ANTE UNA COMEDIA ROMÁNTICA, ¿NO?

Así precisamente comienza la historia que nos cuenta el director Nacho Vigalondo en "Colossal", una película en que la apariencia de comedia romántica no es más que un trampantojo que sirve para intensificar lo que el autor realmente nos quiere contar. La idea de que las apariencias engañan no es sólo un artificio técnico del guión (en el que se mezclan los géneros de forma muy inteligente: comedia, ciencia ficción con monstruo, thriller psicológico, drama...), sino que es casi el leiv motiv de la obra. 

OJO, CONTIENE SPOILERS (mayoritariamente sobre las relaciones sentimentales en la vida real).


"Colossal" está dirigida por Nacho Vigalondo y protagonizada por Anne Hathaway


Gloria, el personaje principal brillantemente interpretado por Anne Hathaway, es una chica cuyo novio acaba de echarla del piso que comparten debido a su consumo excesivo de alcohol y afición a la juerga nocturna. Tras quedarse sin casa y sin trabajo, ella decide volver desde la gran ciudad a su pueblo de origen en busca de refugio. El primer género que rompe Nacho Vigalondo es el género femenino, es decir, todos los estereotipos con los que se construyen habitualmente los personajes protagonizados por mujeres. Ella es la juerguista, la que tiene siempre una cerveza en la mano, a la que su pareja espera en casa con gesto de reproche. Una mujer sin aspiraciones familiares ni de ningún tipo de compromiso, despeinada y sin ponerse tacones en todo el metraje. Es decir, todo un animal mitológico. 


La vida de esta chica es un desastre. Ella es un desastre. Bueno, así se lo ha manifestado su airado ex novio y así se cataloga en términos sociales una vida y una persona sin "oficio ni beneficio" en nuestra sociedad. Parece que Gloria no sabe valerse por sí misma. Nada más llegar a su casa familiar, se da de bruces con Oscar, el que parece su mejor amigo de la infancia, que le ofrece un trabajo en el bar que regenta y la provee del mobiliario que le falta a su antiguo hogar (televisión, sofá-cama, etc.). Sin haber superado la dependencia emocional y económica de su ex pareja, pasa a depender de otro hombre sin haberse dado cuenta y sin mantener ningún tipo de relación con él más que la nostalgia.

Oscar, al igual que Tim, el ex novio de Gloria, es el prototipo de hombre amable (lo que se conoce actualmente con el anglicismo de "nice guy") que despierta la misma empatía que un oso de peluche: es huérfano, no ha tenido suerte en el amor, se esfuerza por ser gracioso y se preocupa desinteresadamente por el bienestar de Gloria. Vaya, ¡le ha salvado la vida! Tanto Gloria como el espectador están convencidos de que ella necesita ser salvada de sí misma. Todo le sale mal, rompe todo lo que toca. Tanto, que cuando esta de resaca se convierte sin saberlo en un monstruo que destruye la ciudad de Seúl. Parece que esta chica debe luchar contra su monstruo interior, pero como sóla no puede, ahí está el solícito Oscar para ayudarle. Ella es a la vez el monstruo y la damisela en apuros, él es el héroe al rescate. ¿Seguro?

Es aquí donde Nacho Vigalondo da un triple salto mortal hacia delante y revienta desde dentro tanto los códigos de la comedia romántica como los esquemas mentales del espectador. No, Gloria no va a acabar tras una epifanía fijándose por fin en el hombre que ha tenido al lado toda su vida y en el que no ha sabido ver eso tan especial que estaba oculto y que no se le ha rebelado hasta el momento. Claro que va a descubrir al auténtico Oscar, que no es más que una persona cruel y mezquina que paga sus frustraciones con los demás, con un ego narcisista dañado por el ostracismo de ser una persona corriente en una aldea como otra cualquiera. El mensaje que lanza Vigalondo es potente: la mayoría de hombres mitificados por los romances de película que aparecen para rescatar a la mujer no hacen más que reproducir las actitudes agresivas y de control de una masculinidad impuesta por la ideología patriarcal. 

El imperativo universal de triunfar y destacar es más fuerte para el hombre (la mujer debe dejarse proteger y adoptar un rol pasivo, sus triunfos son los de su pareja- la gran mujer detrás del gran hombre). Oscar no ha tenido la oportunidad de hacer algo extraordinario hasta que Gloria vuelve a aparecer en su vida, necesita que ella le necesite, ayudarla se convierte en su misión, da sentido a su existencia. Con su actitud, no hace más que reforzar los problemas de autoestima y complejos de Gloria, y se alimenta de ellos cual vampiro para mantenerla cerca y establecer una relación de dependencia. Para ello no tiene reparo en utilizar su adicción al alcohol, en remarcarle sus limitaciones, en hacerle chantaje emocional, e incluso llegar a la agresión. Lo que en realidad está contando el autor sin que muchos se percaten, y con una asombrosa precisión, es la espiral del maltrato machista. Y cobra mayor importancia porque es un maltrato que no lo parece, el más peligroso de todos, el que hace engordar las estadísticas de feminicidios precisamente porque es difícil de detectar e invisible a ojos del gran público y de la propia mujer maltratada. Quería lo mejor para ella, era un buen amigo, contaba buenos chistes, siempre saludaba... sí, pero acabó agrediendo a una mujer que le dijo NO, y eso nunca es algo repentino. 

"Colossal" es un bofetón de proporciones monstruosas en nuestra cara. Una perfecta y original deconstrucción de lo que el propio Vigalondo ha calificado de "masculinidad tóxica", y que no sólo suele pasar inadvertida, sino que acostumbra a ser disculpada y admirada. Nos deja en evidencia, ¿cómo hemos podido creer que estábamos ante la historia sui generis de un romance? Esa es la pregunta clave y su respuesta es la tesis que este valiente director consigue demostrar: nuestra idea de amor es profundamente discriminatoria con la mujer y tiene demasiados rasgos en común con patrones de acoso y abuso. Por eso, también es un manual de autodefensa feminista, un revulsivo para las mujeres y contra el patriarcado. Primero, porque deja claro que no tenemos que ser perfectas ni querer serlo. Segundo, porque explica que el hecho de que tengamos defectos y nuestra autoestima esté dañada no es excusa para que ningún hombre nos diga cómo vivir nuestra vida y mucho menos acabe viviéndola por nosotros. Tercero, porque demuestra que una mujer puede serlo todo, igual que un hombre, monstruo/villano y héroe, que no tiene que quedar relegada al papel de víctima. No necesitamos que nadie nos salve, podemos y debemos salvarnos nosotras mismas. 

En el fondo creo que "Colossal", y de ahí su título, trata de no permitir que ningún hombre nos haga sentir pequeñas. Va sobre una mujer que por fin se atreve a ser grande, que descubre que su parte "monstruosa" lo era simplemente porque le hacía sombra a otro hombre. Debemos enfrentarnos a quien nos achica y nos impide crecer. Todas hemos sido Gloria alguna vez, y en mayor o menor medida hemos creído que le necesitábamos a él para ser felices/funcionales/especiales/maravillosas. No es así, nos bastamos a nosotras mismas. Reconciliémonos con nuestro monstruo interior, da miedo porque es enorme y pisa fuerte, y estamos acostumbradas a ser insignificantes para el mundo y para la historia. Ese monstruo no es más que tú misma, la imagen deformada que la misoginia de nuesta sociedad nos devuelve. Si aprendemos a verlo como lo que es, la persona que somos con todas sus capacidades y posibilidades, además de aceptar sus defectos, seremos invencibles.

jueves, 27 de abril de 2017

La industria de la violación

Soy miope de solemnidad. No exagero, llevo nueve dioptrías en cada ojo. La borrosidad de mi visión es directamente proporcional a la nitidez del recuerdo de la primera vez que observé el mundo tras mis gafas graduadas. Fue impactante y desconcertante, infinidad de detalles que antes no existían se agolpaban ante mi vista: pliegues, fisuras, todo tipo de texturas, los poros y el vello, lunares y manchas, la letra pequeña, el carmín en los dientes y el moco rebelde en las cavidades nasales... Podía ver todo aquello que hasta el momento había sido invisible para mí. Una experiencia similar es el descubrimiento del feminismo. Cuando te pones las gafas del feminismo, empiezas a distinguir con claridad todas las situaciones de discriminación que sufres como mujer y que antes identificabas como el estado normal de las cosas. La perspectiva feminista cambia completamente el modo de ver todo: las relaciones familiares y de pareja, las relaciones laborales, el sistema educativo y sus contenidos, las produccciones artísticas y culturales, las tradiciones, la historia, las ciencias... TODO. Porque precisamente nada ha quedado fuera de los preceptos organizativos patriarcales. Y cuando por fin una se ha graduado la visión de género, las imposiciones y coacciones del patriarcado son tan chillonas que hacen doler la vista. Una nunca olvida el día que descubrió que vivía en "Patrix".

Sí, ese abrir los ojos duele: duele descubrir que te han subestimado, acotado, excluído o se han burlado de ti sistemáticamente por el hecho de ser mujer, incluso personas a las que quieres o por las que has sentido admiración o aprecio; darte cuenta de que en muchas ocasiones has aceptado esos límites o te los has autoimpuesto de forma desapercibida. Sí, se te pasa toda tu vida por delante y se te agolpan con rabia todos esos episodios que en su momento no identificaste como una injusticia, abuso o discriminación; situaciones que ya habías olvidado o a las que no les habías dado importancia alguna. Repasas la lista de tu ex novios y ¡oh!, sorpresa, casi todos te han chantajeado emocionalmente, controlado tus decisiones e incluso agredido física o sexualmente. Te indignas por la cantidad de tiempo que has malgastado intentando agradar a los demás, preocupándote obsesivamente por el bienestar ajeno, sintiéndote culpable por no preocuparte lo suficiente. Te cabreas porque has caído tú también, tan formada académicamente y tan liberada que te considerabas, en las trampas del culto a la imagen y del amor romántico. Te atormenta la infinidad de veces que has dicho sí cuando hubieras querido decir no. Te alarma lo difícil que te resulta discernir si has decidido hacer algo, lo que sea, porque era lo que realmente querías/ te gustaba o porque era lo que se esperaba de ti. 

Las gafas hiperrealistas del feminismo producen mareos al evidenciar en un golpe de vista todo el machismo y la misoginia que hasta ahora nos pasaban inadvertidos: la brecha salarial, la feminización de la pobreza, la segregación profesional, el acoso laboral, el paternalismo y el mansplaining, la invisibilización de la mujer en la transmisión de la historia, la represión sexual, los cánones patriarcales de belleza, la imposición de los cuidados y del trabajo doméstico como deber femenino, la cosificación, la violencia de género y el feminicidio, la cultura de la violación, la patologización de las emociones, el gaslighting... Despertamos y vemos que hasta el momento lo que nos parecía LO UNIVERSAL era solo LO MASCULINO, y que nuestra posición está subordinada a la de ellos siempre y en todo lugar.

Por eso me llama poderosamente la atención que haya gafas feministas más eficaces que microscopios ante cualquier viso de dominación patriarcal, diligentes lupas para los micromachismos, que no identifiquen la prostitución como una de las más brutales formas de violencia contra la mujer y como la perpetuación a través de la institucionalización económica de la subordinación sexual al hombre, hasta el punto de que haya voces desde dentro del feminismo que la defienden como "trabajo sexual" y hasta como una vía más de empoderamiento. No sé si estoy usando la graduación adecuada, pero yo veo una contradicción insalvable entre denunciar la cultura patriarcal de la violación y ser indulgentes con la industria de la violación que es la prostitución. Cómo es posible que señalemos que las mujeres sufren a menudo violaciones socialmente aceptadas, como cuando hemos mantenido relaciones sexuales con una pareja por un sentimiento de obligación o por no afectar a su autoimagen de virilidad, o como cuando hemos expresado consentimiento pero bajo algún tipo de coacción en el contexto de una relación de poder o situación de vulnerabilidad; y sin embargo sea tan difícil de hacer entender que el putero (ese al que se insiste en nombrar eufemísticamente como cliente o consumidor de prostitución) no es más que un violador socialmente aceptado y la hipérbole de la masculinidad patriarcal. 

Cuando mantenemos relaciones sexuales en un contexto de obligación, sea el que sea, como el de necesidad económica, nos están violando. Como feministas hemos comprendido que dentro de las estructuras de poder del patriarcado y de sus patrones cutlurales, todo hombre es un violador en potencia. Si hemos entendido esto, ¿por qué somos tan permisivas con la conversión de la violación en modelo de negocio? Un putero no es un violador en potencia, es un violador en serie, la cima del ejercicio de poder patriarcal para acceder sin limitaciones a nuestro cuerpo con fines sexuales. Porque no nos engañemos, un putero no paga por un servicio, ni por disponer de nuestro tiempo, como en cualquier otro trabajo: pagar por interrumpir nuestra autonomía para hacer uso sexual de nuestro cuerpo a su antojo. Paga para obtener nuestra sumisión y teatralizar su poder masculino.



Cuando una feminista ha aprendido qué es la sororidad y la ha aprehendido, le aterra que la acusen de competir con otras mujeres o de discriminarlas igual que haría un machista. Lo último que quiere una feminista es reproducir acríticamente comportamientos machistas. El regulacionismo nada y pesca precisamente en la división del feminismo: sacraliza e idealiza la idea de libertad y acusa a quién no comulgue con él de "putófoba", de estigmatizar a las prostitutas, de desempoderarlas por utilizar el término "prostituídas", de culpabilizar y criminalizar a las mujeres que ejercen las prostitución. En el momento histórico en el que vivimos, en el que el matrimonio de conveniencia entre patriarcado y el capitalismo neoliberal atraviesa sus años dorados, las posturas abolicionistas o simplemente críticas con la prostitución son más impopulares que nunca. Hay mucho dinero en juego y el lobby del proxenetismo, mafias incluidas, y sus industrias adyacentes, como la pornográfica, son conscientes de ello, y no han dudado en gastar todo su arsenal en un lavado de imagen internacional del crimen organizado. Se habla de la libertad de ser prostitutas, de putas autónomas y feministas, se glamouriza la prostitución y se centra el discurso en las escorts/prostitución de lujo, se ahonda en la falacia del dinero fácil, se intenta separar interesadamente la trata ejercida por las mafias de la prostitución y sobre todo, se invisibiliza al putero.

Y es que estoy convencida de que existen mujeres que realmente se consideran feministas capaces de defender la prostitución como un opción laboral y vital más porque en el fondo nadie que no haya estado en ese mundo de primera mano sabe de qué está hablando cuando habla de prostitución. Aunque el discurso regulacionista insiste en que las prostitutas son sujetos libres y no objetos y en que son las abolicionistas las que cosifican y deshumanizan a las mujeres que ejercen la prostitución al asumir que todas están siendo sometidas, y hablan de dar voz a las prostitutas; precisamente el problema reside en la omertá reinante acerca de en qué consiste lo que llaman "trabajo sexual", en que sólo se da representación mediática a un perfil muy concreto y minoritario de prostitutas y en la eliminación absoluta del putero de la ecuación. 

Si se hablase de qué piden los puteros, si los testimonios de las supervivientes de la prostitución tuvieran la misma difusión que los de las prostitutas libres que supuestamente se sienten realizadas, si no se obviasen las consecuencias emocionales/psíquicas y físicas y que gran parte de las prostitutas recurre al alcohol y las drogas para hacer su "trabajo" más llevadero, si no se silenciasen los estudios que evidencian que la mayor parte de las prostitutas han sufrido abusos o agresiones sexuales antes de dedicarse a la prostitución y normalmente en edades tempranas, si nos dejásemos de eufemismos y de esos tabúes sexuales que supuestamente denuncian las feministas liberales y hablásemos clara y meridianamente de lo que puede incluir la jornada laboral de una prostituta (tragar semen, que te eyaculen en la cara, que te hagan vestirte de niña o caminar a cuatro patas imitando a un perro, que te introduzcan objetos en el coño, fisting, que te insulten o te escupan para excitarse, que orina y heces entre en juego... sí, las felaciones y el sexo anal palidecen ante la variedad de demandas del sexo patriarcal), sería más difícil banalizar la prostitución y no definirla como lo que es: violación a cambio de dinero. 

Os animo a entrar en cualquiera de los múltiples foros masculinos de Internet en que, bajo el manto del anonimato, los hombres comparten sin tapujos sus experiencias con prostitutas. Tras unos minutos leyendo, ese imaginario de servicio caritativo en el que los hombres van mayoritariamente a los burdeles a contar sus penas a las prostitutas, o son cervatillos asustados que solo pretenden perder la virginidad o el miedo escénico o maridos que buscan el cariño/atención que sus mujeres no les prestan; y comprenderéis que la inocuidad del concepto cliente no se ajusta a la realidad. Los puteros son intrínsecamente misóginos, muchos de ellos sádicos carentes de empatía y que se excitan con el dolor y la humillación ajena, y todos han aprendido desde la cuna a deshumanizar a las mujeres y se consideran en el ejercicio de un supuesto derecho legítimo: el de que las mujeres les proporcionen placer sexual. Por algo se han socializado en el patriarcado. Ellos son los putófobos, los que estigmatizan y cosifican a las putas, los que les preguntan en tono déspota cuánto cuestan como si fuesen productos, los que a menudo intentan sobrepasar los límites consensuados previamente, los que disfrutan ejerciendo su poder, los que regatean el precio o intentan estirar el tiempo pactado, los que siguen adelante aunque les hayan dicho que no, los que catalogan a las mujeres comparándolas con animales, modelos de coche, tipos de comida.

Quien defiende la regularización de la prostitución con el ánimo de mejorar las condiciones laborales de las prostitutas, centrando el problema en la precariedad laboral, peca de ingenuidad o de cinismo. La regularización no quitará el poder absoluto al putero una vez se cierra la puerta tras la que la prostituta se queda sola, no borra el marco de referencia patriarcal, no deja de ser violación y sometimiento, no deja de reproducirse el patrón de que la mujer está para satisfacer sumisamente los deseos y necesidades masculinas. Incluso en el hipotético (más bien "platónico" en el sentido peyorativo de la palabra) caso de que una prostituta ejerciese de forma totalmente libre sería estadísticamente imposible que ninguna de las relaciones sexuales mantenidas durante la jornada de trabajo no fuese forzada por las circunstancias y, por lo tanto, una violación. Sabemos la huella emocional que deja un abuso sexual de cualquier tipo. Calculad cuántos puede llegar a sufrir una prostituta a lo largo de su "vida laboral". Insisto, legitimar la industria de la violación es lo contrario al feminismo. Un mínimo de honestidad intelectual (u honestidad, a secas) pone de manifiesto que la gran demanda de prostitución no se cubriría con esa minoría de "prostitutas libres", y que la regularización y su legitimación aparejada no haría más que aumentar esa demanda, abocando a más mujeres a ser traficadas y esclavizadas.

Por supuesto que todo trabajo asalariado conlleva explotación, y en muchos las trabajadoras y trabajadores exponen su integridad física y emocional y llegan a sufrir maltrato y violencia. Pero en todo empleo hay una línea definida que separa la tarea a realizar de lo que la excede, que diferencia trabajo de acoso, humillación o abuso. En la prostitución, queramos verlo o no, se compra el abuso y sometimiento sexual. Si la masculinidad es reconocida con una situación privilegiada en cualquier contexto dentro del patriarcado, no puede serlo menos en la prostitución, que es intrínsecamente un privilegio masculino. La prostitución exacerba los roles de género, y ahonda además en la explotación de clase y racial y en la transfobia (las prostitutas pobres e inmigrantes son mayoría aplastante y la prostitutas transgénero viven más a menudo situaciones de vejación e intensa violencia física por parte los puteros).

La ideología patriarcal ve la prostitución como un fenómeno natural y por lo tanto, inevitable. No es así, el sexo patriarcal y sus consecuencias son fruto de esa ideología, otro sexo es posible, basado en la reciprocidad, en el respeto y el placer mutuos, en la autonomía y la equidad entre los implicados. No existe un derecho natural a obtener sexo con otras personas, si no encuentras a nadie que espontáneamente quiera mantener relaciones sexuales contigo, existen alternativas para aliviar el impulso sexual que no pasen por violar o comprar mujeres (mastúrbate y ahorra tu dinero y sufrimiento a la humanidad). Y es que la clave está en hacer volar por los aires esos patrones de actuación y de comportamiento sexual patriarcales, sólo de ese modo la demanda desaparecería. En una sociedad no patriarcal no habría cabida para la industria de la violación. Habrá que empezar por sacar a los puteros de su zona de confort y ponerlos bajo las gafas graduadas del feminismo. Señalémoles sin miedo como lo que son: violadores y criminales.


martes, 18 de abril de 2017

Mamá es una mujer

"¡Déjame en paz, pesada!" Seguramente no me equivoque si me atrevo a afirmar que esta es la frase que más escucha una madre a lo largo de toda la etapa de crianza de sus retoños desde que estos tienen uso de razón. Yo se la he dicho mucho a mi madre y todavía se me escapa hoy en día. El concepto patriarcal de maternidad nos hace ver automáticamente a nuestras madres como seres desnaturalizados cuya única razón de existir es precisamente nuestra existencia: son proveedoras oficiales de comida caliente y ropa limpia, máquinas expendedoras de cariño y comprensión a la carta, cuyo botón de encendido apretamos cuando necesitamos que nos escuchen, y que por supuesto deben permanecer hibernando u ocupadas en tareas domésticas a la espera de nuestro próximo requerimiento. 

El modelo de maternidad impuesto por el patriarcado consiste en superponer la condición de madre al resto de las condiciones que conforman nuestra identidad: eres madre antes que mujer o persona, por supuesto antes que ser pensante y sintiente con sus propios deseos y necesidades. Esta idea viene reforzada por el mito del "amor de madre", ese cuento chino que promete que el amor de nuestra "mami" será incondicional hagamos lo que hagamos y la tratemos como la tratemos, que somos y seremos siempre lo que más quiere por encima de sí misma, de su salud tanto física como mental. Nos ha costado, pero muchas y muchos hemos conseguido entender el concepto de violencia machista en toda su complejidad y darnos cuenta de que gran parte de lo que identificábamos anteriormente como "amor romántico  o " amor verdadero" en el ámbito de las relaciones de pareja no era otra cosa que maltrato. Sin embargo, nos cuesta más identificar ese maltrato basado en la falacia del "amor eterno e incondicional" (eminentemente psicológico) en las relaciones materno- filiales. Pero sí, en muchas ocasiones estamos maltratando a nuestras madres y anulándolas como mujeres y como personas sin saberlo. 

Cuando esperamos que nuestra madre lo deje todo en cualquier momento e interrumpa el curso de su vida porque necesitamos su ayuda, cuando exigimos que su paciencia y su ternura sean infinitas, cuando convertirmos nuestros problemas en los suyos, cuando le mandamos callar porque ella no ha leído los mismos libros reveladores ni ha vivido las mismas experiencias liberadoras que nosotras, cuando la tratamos con condescendencia, cuando damos por hecho que ocuparse de las comidas y celebraciones familiares son su responsabilidad hasta que la muerte nos separe, o que nuestros hijos son los suyos, siempre que olvidamos darle las gracias, cuando jamás le preguntamos que es lo que quiere/desea/necesita ella realmente, cuando la llamamos histérica porque nos ha chillado, cuando la juzgamos sin tener en cuenta las circunstancias que haya vivido o sufrido más allá de lo que conocemos de ella, cuando le hacemos chantaje emocional, cuando vemos como una ley natural el "hotel mamá" y la recepción vitalicia de "tuppers"; sí, estamos tratando mal a nuestra madre y estamos siendo machistas.

Una no es del todo feminista hasta que no se da cuenta de que su madre es otra mujer más, que sufre las opresiones y discriminaciones del patriarcado como nosotras, que tiene o le gustaría tener una vida independiente de la nuestra. No somos feministas hasta que no aplicamos el concepto de sororidad que tan bien hemos aprendido a nuestra madre, hasta que no "revisamos nuestros privilegios" con respecto a ella. Tenemos tan interiorizada la maternidad patriarcal que eso nos impide ver a una madre como sujeto del feminismo.


Lorelai y Rory, madre e hija en Las Chicas Gilmore


Es más, tendemos a considerar la maternidad como algo directamente anti-feminista. Sólo existen imágenes maníqueas de las madres: santas sufridoras como la Virgen María que renuncian a todo por su familia o viles suegras culpables de haber reproducido el machismo por malcriar a sus hijos y haber obligado a sus hijas en exclusiva a aprender las tareas del hogar, bellas horneadoras de repostería que trajinan en la cocina maquilladas o fregonas iletradas y desaliñadas, ejecutivas agresivas que externalizan cruelmente la crianza de su prole o fanáticas de la lactancia materna y el colecho hasta la adolescencia. Nadie se para a pensar en la complejidad de la situación personal de cada una y el contexto que la rodea: quizá esa madre que dejó su puesto de trabajo para criar a su bebé no lo hubiese hecho si ese empleo la satisficiera realmente, quizá esa otra que trabaja de sol a sol y no puede ver crecer a su pequeño lo hace porque económicamente no le queda más remedio, quizá la madre que ha optado por el biberón sea capaz de criar a sus hijos con apego y quizá la que da pecho a su hija hasta los dos años sea capaz de establecer límites de espacio y tiempo propio para sí misma. La maternidad es cambiante, está llena de aristas y si es fruto de una decisión completamente libre, puede (y debe) formar parte del activismo feminista.


Betty y Sally Draper, madre e hija en Mad Men

Hay que poner el foco en la corresponsabilidad del trabajo reproductivo (tanto cuidado de hijas/os u otros familiares como las tareas domésticas) y en la clamorosa ausencia de LOS PADRES (SÍ EXISTEN) en el debate social sobre los modelos de crianza. Debe cuestionarse el concepto de "conciliación familiar" por reduccionista y patriarcal y exigirse una conciliación vital: una jornada laboral de menos horas para todas y todos sin rebaja salarial para hacer compatible el desarrollo profesional - si se desea- con la vida privada - la que se desee, sea la que sea. Deben reclamarse cambios que de verdad hagan efectiva la igualdad entre hombres y mujeres, como la ampliación y equiparación de los permisos de maternidad y paternidad o el aborto libre y gratuito. Esa es la forma correcta de luchar contra el modelo de maternidad patriarcal, la presión social que sufren las mujeres para reproducirse y la discriminación que sufren las mujeres por el hecho de ser mujeres y además madres; en lugar de etiquetar y definir a las mujeres con respecto a la maternidad, dividiéndolas y enfrentándolas entre "madres" y "no madres" y entre "buenas madres" y "malas madres".

Empecemos por descubrir que nuestra madre es mujer y persona antes que madre, por tratarla como a una compañera de lucha, por corresponsabilizarnos del hogar si todavía lo compartimos con ella y por responsabilizarnos de nosotras/os mismos/as, por cuidarla también a ella, perdonar sus errores y no juzgarla de antemano. Que deje de ser la última de filipinas, la tonta del bote, esa a la que todo el mundo sin excepción se siente en la obligación de emendar la plana y explicar cómo debe realmente hacer las cosas. Escuchemos qué tiene que decirnos, preocupémonos por saber qué siente y sobre todo, dejemos de desautorizarlas constantemente. Las madres son el gran blanco de la desautorización universal, cualquiera sabe hacer LO QUE SEA mejor que ellas. Pontifiquemos menos y pongámonos más en su lugar. De hecho, algún día podremos ocuparlo, si queremos, no esperemos a ello para darnos cuenta de que nuestra madre quizá prefiera estar haciendo cualquier otra cosa más agradable para ella que "darnos la chapa".

lunes, 27 de febrero de 2017

Zonas grises (aka American Bitch)

Este domingo se ha emitido el que para mí es ya el mejor capítulo de Girls, la serie de Lena Dunham para la HBO. Se llama elocuentemente "American Bitch", y en él Hannah, la protagonista de esta serie coral de mujeres jóvenes, visita en su casa a uno de sus escritores más admirados porque él la ha citado para discutir sobre un artículo que ella ha escrito sobre él, en el cual lo critica por haber usado su posición de éxito social y autoridad académica para aprovecharse sexualmente de sus alumnas universitarias. La conversación entre los dos ocupa casi todo el metraje del capítulo, y el momento que motiva este texto es cuando él insiste en que "el sexo es una zona gris" (entendiendo como "zona gris" un ámbito o una situación ambigua en el que las normas no están claras o bien definidas) y ella le responde exasperada "¡Estoy harta de zonas grises!". En ese momento yo grité por dentro lo mismo que ella: ¡A la mierda las zonas grises! Esa zona de color gris con el que se quiere pintar el tema del consentimiento en las relaciones sexuales es por la que nos cuelan la mayoría de violaciones o agresiones sexuales como "malentendidos". Es la neblina grisácea la que convierte al violador en la víctima de la falta de claridad.

"American Bitch" es el brillante tercer episodio de la sexta temporada de Girls.

En un delito en el que para ser condenado la intención es literalmente lo único que cuenta (no el resultado: UNA PERSONA VIOLADA, ni el hecho en sí mismo: VIOLAR, SÍ, VIOLAR), en el que además de tener que demostrar que el violador te ha violado tienes que demostrar que REALMENTE QUERÍA VIOLARTE; el gris favorece a los agresores porque nos hace creer que es casi imposible diferenciar el sí (blanco) del no (negro),y eso nos lleva a que la mayoría de las violaciones sean vistas como errores que se han cometido sin querer y por lo tanto, a la absolución masiva de violadores. Eso si llegan a ser denunciados, pues por culpa de ese enfermizo concepto de "la zona gris" gran parte de las mujeres que se han sentido violadas o acosadas, o no se atreven a denunciar por considerarlo inútil, o ni si quiera son capaces de dirimir si realmente han sido violadas, llegando a creerse en demasiadas ocasiones que son imaginaciones suyas o culpables de haber provocado esa situación indeseada. Por haches o por bes llegamos siempre a la misma absurda conclusión: POBRECILLO VIOLADOR, NO SABÍA QUE ME ESTABA VIOLANDO.

De ahí que me parezca tan brillante el título del capítulo- también título no oficial de una novela de Philip Roth -: American Bitch. La zorra siempre es ella, la que seduce y tiende su tela de araña en la que cae atrapado el hombre, la que calienta cruelmente para luego retirarse, la que denuncia en falso. Él es siempre el cordero. Esa "American Bitch" bien podría ser Dylan Farrow, que acusó al talentoso Woody Allen de abusar de ella cuando era niña, poniendo en peligro su brillante carrera con esos maliciosos rumores imposibles de demostrar. Así es como la zona gris le jodió la infancia y la vida a la desafortunadamente hija adoptiva de un director de cine aplaudido en todo el mundo (bueno, qué digo, fue él el cabrón que más que presuntamente se la jodió). Que la realidad no nos estropee una impecable filmografía ni el estreno anual de Woody Allen, ¿no?

A lo que iba. La zona gris es un mito. Para empezar, en el mito de la zona gris es el hombre el guardián y dueño del consentimiento femenino. Se le otorga al hombre la tarea (y por lo tanto, el poder) de decidir si la mujer desea o no desea mantener relaciones sexuales con él. Son ellos lo que deben interpretar un código que ellos mismos se han inventado. Si lleva escote o minifalda, es que quiere follar. Si te dirige la palabra, te saluda amablemente o mantiene una conversación contigo, es que quiere follar. Si establece contacto visual, quiere follar. Si acepta una cita contigo, obviamente también quiere follar. Si se ha casado contigo o tiene una relación estable contigo, por supuesto quiere (y debe) follar contigo todos los días de su vida hasta que la muerte os separe. Si te admira profesionalmente no solo quiere follar contigo, también quiere chuparte la polla en agradecimiento. Si ha salido de noche a la calle o ha bebido demasiado, quiera o no, tengo derecho a follármela. En resumen, si no huyes despavorida ante su sola presencia, lo más probable es que el hombre en cuestión interprete que deseas acostarte con él. Y todo ello es porque en el tema sexual nosotras somos entendidas como un objeto pasivo, no un sujeto con voluntad activa que toma decisiones propias. En el mito de la zona gris no hay lugar para que el consentimiento sea activo. Todo vale, sobre todo eso de "no me ha dicho expresamente que NO QUERÍA". Entonces, tampoco te ha dicho expresamente que quería, pero, que más da, estamos en una zona gris. Así es como la confusión, la ausencia de límites definidos, SIEMPRE SIEMPRE beneficia al depredador. Sin el mito de la zona gris, toda relación sexual en la que una de las dos personas no ha expresado clara e inequívocamente su consentimiento sería (ES) una violación. Qué rollo, ¿no? La ética y el respeto mutuo darían al traste con toda la industria del porno, gran parte del cine comercial, una inmensa cantidad de obras literarias consideradas obras maestras donde lo que realmente se están relatando son asquerosos abusos de poder, y con la diversión sexual eminentemente masculina de los sábados noche, entre otros pilares de la cultura patriarcal. El sexo libre (¿para quién?) es un derecho humano. No nos los jodáis con exageraciones, puritanismo y puntillosidad, PESADAS.

La actitud de la actriz que entrega el Oscar a un actor acusado de acoso sexual por compañeras ha ocupado más espacio en medios que las propias denuncias en su momento


Lo más perturbador de todo el asunto de la zona gris es el hecho de que el estereotipo del depredador sexual sea habitualmente un hombre de éxito. El capitán del equipo, el periodista socialmente comprometido, el amantísimo padre de familia, el profesor enrollado, el escritor experimentado, el director de culto, un truhán y un señor algo bohemio y soñador... En definitiva, hombres que pueden echar mano de su influencia o poder no solo para acceder a la carta al sexo femenino y abusar de su posición privilegiada, sino que además esa posición les hace impunes, también gracias al mito de la zona gris que convierte en injusta caza de brujas cualquier acusación. Sí, ellos se erigen en las auténticas brujas de Salem (como hace el protagonista de este capítulo de Girls), por encima de las mujeres quemadas. Nadie quiere ser el que tire la primera piedra, si a la que se lapida no es a una mujer adúltera, claro. Esa zona gris es la que permite que Casey Affleck gane un Oscar habiendo acosado sexualmente a compañeras de profesión, y que se señale más a la actriz Brie Larson por no aplaudir cuando ha tenido que entregarle el premio. Otra vez la zorra se come al cordero. Y mientras, lo que el lobo feroz hace en el bosque, allí se queda, en la zona gris que hay entre los árboles.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Más María (y menos los demás)

"María (y los demás)" es una película que tiene por protagonista a una mujer que no protagoniza su vida. En su día a día, María ha quedado relegada a actriz secundaria, de reparto, incluso en ocasiones a mera figurante. Trabaja colocando, leyendo, admirando, editando y promocionando libros de otros y otras autoras en lugar de dedicar tiempo a escribir el suyo, que es lo que realmente le gustaría. Cuida de su padre enfermo de cáncer sin ayuda de sus dos hermanos varones, vigila que su dieta sea la adecuada, controla su medicación, se ocupa de todas las tareas domésticas e incluso se preocupa por cocinarle platos elaborados y hacerle reír; pero se ha olvidado de sí misma. Sueña con enamorarse mientras organiza la boda de otros, se ofrece para colaborar en los proyectos creativos de sus amigos mientras ha dejado aparcada su creatividad. Incluso cuando hace mucho tiempo que no tiene relaciones sexuales y tiene unas ganas locas de follar, acaba olvidando la necesidad apremiante que tiene de correrse para satisfacer la de su pareja. 

María no es el personaje principal de su propia historia, pero sí juega un papel decisivo en las vidas de los que le rodean (los demás), pues sin su trabajo dedicado y delicado, casi invisible, entre bambalinas, la historia de los otros no podría ser la misma: sus hermanos no hubiesen tenido la libertad de marcharse a otro país a perseguir sus sueños o de formar una familia propia si hubiesen tenido que quedarse en la casa familiar a cuidar de su padre, su propio padre quizá ni siquiera seguiría vivo de no ser por la atención de María.  

"María (y los demás)", ahora en cines, está dirigida por Nely Reguera y protagonizada por Bárbara Lennie

La pequeña historia de la familia de María es la historia de la humanidad, que ha progresado y avanzado gracias a las renuncias de las mujeres, al rol que se nos ha impuesto de cuidadoras de las vidas ajenas, al trabajo femenino oculto, no reconocido socialmente ni remunerado económicamente. Es la historia del cuidado de (los demás) como deber de género (femenino). A pesar del valor económico real de esos cuidados, en el patriarcado capitalista en el que vivimos, nadie (pero sobre todo los hombres) considera valioso cuidar de los otros, porque acaba equivaliendo a descuidarse a uno mismo: dedicar tu tiempo y tus recursos al bienestar ajeno no tiene sentido en una sociedad esencialmente competitiva, dejar de ser el centro de tu vida y ceder ese espacio a otras personas es lo contrario a rentable, se considera un altruismo ingenuo que te convierte en inferior. Eres un sujeto incompleto, que por algún motivo no se atreve a dar el paso de hacer lo que supuestamente hemos venido a hacer a este mundo: TRIUNFAR, DESTACAR POR ENCIMA DE LOS DEMÁS, GANAR, VENCER, DERROTAR RIVALES, BATIR AUDIENCIAS, RÓMPER RÉCORDS, ALCANZAR LA CIMA (ESTAR EN ALGÚN TOP TEN O LISTA DE LO MEJOR DEL AÑO; AUNQUE SEA SER UNA ESTRELLA EN TWITTER, YOUTUBE O INSTAGRAM). 

Se trata de ser competitivo en el sentido más puramente mercantil, al fin y al cabo, "generar valor añadido". Si no lo consigues solo puede ser por dos razones: por cobardía o porque no vales. O porque eres mujer, claro, en ese caso ES TU OBLIGACIÓN, ESTÁ EN LA ESENCIA DE LO CONSIDERADO FEMENINO pensar siempre en (los demás) antes que en ti misma. Se supone que tu satisfacción vital proviene subsidiariamente de la de (los demás), de que los invitados disfruten de los platos que has preparado durante horas, de sentirte orgullosa por ver a tus hijos licenciados, de ponerte guapa para tu hombre. 

María no sabe que su vida tiene valor en sí misma. Que no tiene que demostrar nada ni acumular nada (logros, amantes, capital, best-sellers, lo que sea pero acumular) para ser feliz. Que simplemente trabajar en la librería de una editorial y cenar charlando con tu círculo de amigos puede ser en sí mismo maravilloso. Vivir cerca de la playa, poder comer queso y otras cosas deliciosas y con grasa, sentarse a escribir porque le gusta hacerlo, tocar un instrumento. María tiene muchas cosas de las que disfrutar pero no es consciente de ello, porque no están relacionadas con lo que se conoce como éxito ni con la posición social. Por eso tampoco tiene autoestima. Nadie de su entorno inmediato ha alcanzado tampoco el concepto normativo de éxito (su hermano es pinche cuando quiere ser chef, su otro hemano es un niñato caprichoso y malcriado casado con una pija insustancial, su padre necesita siempre de una mujer para valerse por sí mismo, su pareja es un divorciado con dos hijas pequeñas que todavía sueña con ser estrella de rock... todos eternos peterpanes a cargo del sacrificio constante de Wendy) y sin embargo María se siente inferior a todos ellos. La extremada presión social a la que nos vemos sometidas (la nuestra siempre es doble a la de un hombre en nuestras mismas circunstancias) nos hace sentirnos deficientes, defectuosas, y pendientes en todo momento de la opinión de (los demás).

María tiene una belleza que no sabe que tiene, un enorme talento en el que no cree y que no se atreve a explorar ni explotar, una generosidad que ancla a la dependencia emocional. Un fenómeno que habitualmente sufrimos las mujeres. Así, María acaba comparándose continuamente con otros y envidiándolos: envidia a las parejas enamoradas, a las mujeres embarazadas, a los escritores noveles con su primera obra recientemente publicada; aunque ni esas relaciones sean tan idílicas como parecen, ni la maternidad algo que realmente haya deseado, ni esas novelas le resulten tan buenas como a la crítica literaria. Como siempre, una mujer excepcional sintiéndose casi todo el tiempo insegura y desubicada, que quiere lo que tienen las otras personas sin cuestionarse porqué. ¿Por qué pasados los treinta hay que emparejarse, reproducirse, tener casa propia y experimentar lo que se conoce como éxito laboral? ¿Por qué si eres una mujer de 35 todos te miran con lástima dando a entender que no atesoras esos "logros" porque algo falla, tienes una tara que te impide avanzar y madurar, mientras es que si eres hombre se da por sentado que eres un "espíritu libre" por decisión propia, valiente y digno de admiración? Una vez más hemos topado con el patriarcado capitalista.

A María (y las demás Marías del mundo) solo nos queda rebelarnos. Esa rebeldía no consiste en dejar de cuidar para pasar a competir, en no dedicar tiempo a otros para dedicarlo a alcanzar esa infame idea de éxito. Consiste en empezar por cuidarse a una misma (que significa pararnos a pensar en nuestros deseos y necesidades, en satisfacerlos sin sentimiento de culpa) y poner los cuidados en el lugar que les corresponde: son el pilar de la vida y la sociedad, quien cuida debería ser venerado y causar admiración, y debidamente recompensado por ello. Pensad que nuestra especie no sobrevivirá si no cuidamos el medio ambiente, por ejemplo. 

Consiste también en redescubrir el feminismo como única vía para la sostenibilidad de la vida, no solo como supervivencia, sino como una vida digna para todos y todas que merezca la pena ser vivida (como explica Amaia Pérez Orozco en "Subversión feminista de la economía", un libro imprescindible). Para ello es necesario cambiar la mentalidad para entender que los cuidados son cosa de todos y todas (algo público y no privado), una responsabilidad como sociedad, es decir, socializar los medios de atención (Marx nos sirve para todo). Últimamente se habla mucho de feminizar la política, algo que seguirá siendo una utopía si no se humaniza previamente la economía: reparto equitativo de lo doméstico y corresposabilidad en los cuidados, reducción drástica de jornadas laborales, ampliación e igualación de bajas por maternidad/paternidad, sistema público sanitario y educativo de calidad, salarios considerablemente más altos... todos factores imprescindibles para permitir la conciliación vital de todos y todas. No habrá muchas mujeres presentándose a alcaldesas o llegando a ministras si tienen que asumir solas la tarea de cuidar de niños, ancianos y dependientes; si les toca siempre estar en el ANPA e ir a las tutorías, si todo trabajo consiste en renunciar por completo a la vida social, familiar, emocional y vegetal (sí, también tenemos derecho a holgazanear, a no hacer nada en absoluto productivo, a vegetar sin más). 

Poner al ser humano y su calidad de vida en el centro es feminista en sí mismo, posibilitaría un acceso igualitario de mujeres y hombres en todos los ámbitos, incluidos los puestos de poder político y económico. Así tendremos tiempo para escribir discursos, dar mítines, ser secretarias generales o presidentas SI ES ESO LO QUE QUEREMOS, pues también podemos querer sencillamente rascarnos la barriga o a lo mejor, fíjate tú, cuidar y mimar a otros, pues la realización personal no tiene porqué equivaler siempre a una carrera profesional ascendente, sino que debería consistir en elegir libremente qué hacer con tu tiempo. Ese derecho a decidir sobre ti misma y tu cuerpo no será real si no se extiende a tu tiempo (el verdadero patrón oro del capitalismo).

Realmente a María, que se cree tan falta de todo, solo le falta eso, tiempo. María necesita tiempo para conocer a María, querer a María, cuidar de María, simplemente ser María y no buscar ser otra, y disfrutar de María (y los demás). Y después, solo si realmente lo desea, escribir un libro, enamorarse, ser madre, conocer el resto del mundo, liderarlo.

martes, 13 de octubre de 2015

Aprende idiomas y sé sumisa

Desde que sé que es posible que por culpa de la enésima reforma educativa de la "demogracia" (porque tiene que ser una broma) española a partir del año que viene haya jóvenes que jamás vayan a estudiar filosofía no dejo de pensar en mis años de instituto y de darle vueltas a una misma pregunta: ¿cómo habría sido mi adolescencia sin filosofía?

Recuerdo que empecé a estudiar la asignatura de Filosofía precisamente en medio de las huelgas contra otro polémico intento de reforma de la enseñanza, la Ley de Calidad, uno de los últimos coletazos de la oscura y llena de terrores noche del gobierno de Aznar, justo un año después de los atentados del 11-S y pocos meses antes del hundimiento del petrolero Prestige frente a la costa gallega y de la participación de España en la invasión de Irak. Es decir, la filosofía llegó a mi vida justo a tiempo. Llegó a la vez que el desastre, para ayudarme a entenderlo y protegerme de él. La filosofía fue mi tabla de salvación entre la marea negra y mi escudo contra la guerra petrolífera. El amor al saber me impidió odiar y temer lo desconocido y diferente cuando más le convenía al poder establecido que lo hiciera.

Platón vino para ayudarme a distinguir el mundo de las ideas (los hilillos de plastilina y las armas de destrucción masiva) de la realidad (el aluvión de chapapote y el imperialismo) y gracias a Aristóteles entendí que la operación "Libertad Iraquí" de George W. Bush incumplía el principio de no contradicción. Descartes me despertó del sueño de la razón y me animó a dudar de todo lo que antes daba por hecho, Maquiavelo me preparó para no caer en las astutas trampas de los zorros y para defenderme ante la fuerza represiva de los leones y, sobre todo, para comprobar que no hay fines suficientemente elevados para justificar ciertos vomitivos medios. Nietzsche mató a los restos que quedaban en mí del Dios y la culpa que me habían inoculado en el cole de las monjas. Marx me descubrió las fuerzas que mueven el mundo y me proporcionó los instrumentos para avanzar en sentido contrario. Los susurros de la voz de aquella pazguata conciencia cristiana dieron paso a los gritos de protesta de la conciencia crítica y de clase.

Toda esa revolución en mi pensamiento en tan sólo dos cursos de Bachillerato. Sin filosofía no solo no hubiese aprendido a detectar falacias ni habría germinado en mí la semilla del inconformismo, también me habría perdido un montón de diversión. Una LOMCE hubiese borrado de un plumazo la lista de lectura de novelas distópicas que nos entregó mi maravillosa primera "profe de filo" (Hola, Isabel Armesto, del IES María Soliño, si me estás leyendo ahora todo lo que tengo que decirte se resume en una palabra: GRACIAS): adiós a La Metamorfosis, a El Señor de las Moscas, a 1984, a Un Mundo Feliz, a La Naranja Mecánica... Debates intensos y palabras tan chulas como "demiurgo" y "silogismo" quedarían desterradas. Se cargaría también mis efusivos amores platónicos, mi creativa angustia existencial, mi transitorio nihilismo y mi arrogancia sofista adolescente. Y es que la adolescencia es el momento perfecto para abrazar la filosofía, cuando atraviesas esa primera crisis de identidad y te ahogas en un vaso de preguntas sin respuesta.

           



Por eso no es baladí que las políticas neoliberales quieran dificultar lo más posible el descubrimiento de la filosofía durante la etapa de la vida más naturalmente contestataria y rebelde. La más predispuesta a buscar respuestas a preguntas incómodas. Prefieren mantener ocupados a los alumnos y alumnas compitiendo entre ellos y preparándolos para ser (más si cabe) competitivos cuando terminen los estudios. Quieren reducir los años de aprendizaje a la confección de productos que cubran la demanda del mercado laboral. No es casualidad que hoy en día aprender consista en "adquirir competencias".

El mayor enemigo de la filosofía, del espíritu crítico, de las artes y la creatividad, es la concepción tecnocrática de la enseñanza como estadio primario de una futura profesión. Solo es útil lo que posteriormente nos ayudará a superar entrevistas de trabajo. La filosofía es inútil porque nos invita a cuestionarnos el propio modelo educativo que nos convierte en una pieza más del engranaje, por lo tanto no es productiva, no "tiene salidas". No quieren escuelas que formen personas como unidades mínimas de pensamiento, sino escuelas que formen profesionales como unidades mínimas de producción. La reflexión no sale rentable. Lo que sí es rentable al parecer es invertir una cantidad inusitada de dinero en aprender todos los idiomas posibles (por lo menos así podrás ser explotado en un amplio abanico de países) y en matricularse en aberraciones como las Escuelas de Negocios para cursar un todopoderoso MBA. Porque eso sí, la correlación directa entre los estudios y un puesto de trabajo se obtiene normalmente previo pago. Si quieres ser becario de una gran multinacional, olvídate de la filosofía. Practica inglés y alemán y, sobre todo, sé sumiso/a.

Imaginaos como serán los años de instituto tras la involución reaccionaria de las reformas laborales, de la ley del aborto, de los desahucios y las leyes mordaza, y sin una clase de filosofía para cuestionársela... Adolescentes del mundo, usad siempre condón y leed a los clásicos de la filosofía.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Personas

Hace algo más de diez meses que soy madre. Hace casi 29 años que soy persona. Y hace unos días que estoy afectada por el artículo Hijos que Purificació Mascarell publicó en www.elestadomental.com. No soy la única, pues, que yo sepa, ha recibido ya tres réplicas, a cada cuál más maravillosa. Felicidades, Bárbara, Sergio y Jenn. Me encanta leer textos sobre la experiencia maternal/paternal (sea biológica o no) tan naturales, tan "de verdad" y "desde dentro", sin intentar venderlo ni pontificar sobre ello, simplemente describiendo qué ocurre, qué se siente, cómo se maneja y se vive. Gracias, porque hace falta.

Todos estos artículos tratan sobre la dicotomía entre tener hijos o no, sobre las diferencias entre ser madre/padre o no serlo, y, sin embargo, creo que esta cuestión es la menos relevante de la conversación mantenida entre los dintintos escritos. Intentaré explicarlo.

Mi primera reacción ante lo expuesto por Purificació fue la estupefacción. Sí, me dejó estupefacta que alguien pudiese escribir algo tan drástico y arbitrario como esto (y que no fuese en un diario de uso privado): 

"Creo que, actualmente, la gente que tiene hijos se atonta y se amuerma, se vuelve prosaica y gris, envilece su mente y estanca su intelecto"

O algo tan aventurado y poco fundamentado como esto:

"La mayoría de la gente tiene hijos porque llega un punto en que te haces adulto y la vida pasa a ser bastante aburrida —con respecto a cuando eras más joven, o con respecto a la manera en que la habías proyectado—, y hay que llenarla con algo que absorba y no te deje sentir la velocidad del tiempo que corre hacia la muerte."

O algo tan injusto y mezquino como esto:

"Lo cierto es que pocas veces me interesan los comentarios de las mujeres que tienen bebés. Me interesarían si escuchara “ayer se despertó de la siesta y me miró a los ojos y parecía que entendía mi tristeza”, “voy a empezar a leerle poesía de Bécquer por las noches, quiero que aprenda palabras nuevas: pensil, fulgor, madreselva, cadencia, celosía…” o “¿crees que seremos amigos?, ¿crees que algún día me secará la baba con un pañuelo como ahora se la seco a él?”. El jamón o la lactancia me inducen a la desconexión mental, no puedo evitarlo."

Después de releer un par de veces el artículo pasé de la sorpresa al enfado. Sentí la tentación de ridiculizar el estilo de vida que describe Purificació, de cuestionar la importancia de congresos, tesis, zapatillas chulas, clases de pilates e incluso del teatro clásico (con lo que me gusta); de burlarme del hecho de que esté convencida de que ninguna pareja es tan feliz como lo son ella y su novio (cuando esa burbuja de felicidad que creemos incomparable es una de las mejores cosas que le pueden pasar a uno, lo digo por experiencia); de dar por hecho que es una persona materialista y vacía porque cuando quiere poner ejemplos de "cosas guapas" lo primero que se le ocurre es "un ático de lujo" o "un viaje de Moscú a Pekín durante dos meses a todo tren". En definitiva, estuve muy tentada de cometer el mismo error que ella: escribir por encima del hombro, desde la soberbia.

Lo siguiente que sentí fue la necesidad de dar explicaciones. De contar que desde que nació mi hija, Manuela, siento más ganas de cambiar el mundo que nunca; que quiero esforzarme por ser un ejemplo a seguir, que quiero que se enamore de los libros viéndome leer, como yo lo hice al ver a mi madre; que me siento más feminista, más comunista y más luchadora porque más que para mí quiero una sociedad más justa para ella; y que tengo más miedo de morir que antes porque no quiero abandonarla, y más miedo de no estar a la altura que antes porque lo último que quiero en esta vida es encontrar decepción en su mirada. Que precisamente estoy más lejos que nunca de acomodarme, de aburguesarme, de adocenarme o conformarme. Manuela es un aliciente, no un obstáculo. Es un camino, no una meta. En definitiva, que la vorágine de pañales y comida triturada no me impide ver el bosque.

Educar a Manuela e intentar mejorar un poquito el mundo (ciudad/ barrio/ calle) en la que va a vivir es la tarea más difícil e importante que llevaré a cabo en toda mi vida. La más ingrata y gratificante a la vez, lo sé. Y con ello no quiero decir que las tareas que tú llevas o vayas a llevar a cabo sean menos complicadas o valiosas. Simplemente muy distintas. Nada de lo que he hecho hasta ahora se parece ni un poquito a tener toda la responsabilidad sobre el desarrollo vital de otra persona. Ni mejores ni peores, pero sí incomparables.

Y casi creo que incluso puede ser que vivamos en planetas diferentes. Cuando hablas de esa arrolladora presión social que supuestamente nos arrastra a todos a procrear pienso en las jornadas laborales interminables, en las exiguas bajas maternales, en las contadas guarderías públicas, en los elevados precios de todo lo que sea que le quieras comprar a un bebé, en la creciente pobreza infantil, en la absoluta falta de coincidencia del curso escolar con el calendario laboral, los salarios irrisorios cuando existen... y no sé si reír o llorar. Me acuerdo de que me despidieron por quedarme embarazada, de que en las entrevistas de trabajo te preguntan con aire circunspecto si "tienes pensado tener hijos", de que la conciliación familiar es mi animal mitológico favorito. No, en esta sociedad que encumbra la productividad y la rentabilidad, cada vez hay menos sitio para la maternidad/paternidad. En general, para querer y cuidar y ser querido y cuidado.

Si te soy sincera, no siento que mi hija sea la que más me robe el tiempo para leer, cultivarme o simplemente para estar tirada en el sofá. El tiempo que pierdo en trabajar y consumir para que la rueda de la economía siga girando es lo que realmente envilece mi mente y estanca mi intelecto. Lo que de verdad me agota tanto que adormece mi pensamiento crítico. Si trabajásemos menos horas y en mejores condiciones quizá la decisión entre tener hijos o no no sería tan crucial. Seguramente habría que renunciar a mucho menos. No se puede negar, ciñéndonos estrictamente a términos cuantitativos, que la mayoría de los padres y madres están obligados a pasar más horas en sus puestos de trabajo que con sus hijos e hijas. Y, sin embargo, pocas veces oigo demonizar el sacrificado y absorbente trabajo asalariado como oigo hacerlo con el sacrificado y absorbente trabajo de tener prole.  

Claro que existe gente tonta que te preguntará si no vas a tener hijos si todavía no los tienes pasados los 30. Al igual que existe gente que te preguntará si estás entregando muchos currículums si no tienes trabajo o que te dirá que deberías pisar el freno si trabajas demasiado; si estás buscando pareja estable si no tienes pareja, o si no sientes que has caído en la rutina si llevas muchos años con la misma; o simplemente si de verdad no te vas a comer el resto del bocata que has dejado en el plato o si de verdad te vas a quedar en casa este fin de semana. Gente que si te ve fumar a cierta edad te dirá si no has pensado en dejarlo, que te insinuará que deberías cuidarte más si te sobran algunos kilos o que deberías comer más si estás demasiado delgada. Hay gente a la que le gusta meterse en la vida de otra gente. Para ese tipo de gente supondrá el mismo problema que no tengas hijos como que tengas tres. Siempre encuentran la forma de criticar tu estilo de vida. De decirte que lo que debes hacer es lo contrario a lo que estás haciendo. Eso lo sufrimos todos. 

Pero si realmente te sientes presionada para cambiar tu modo de vivir por el hecho de que la mayoría de las chicas de tu antigua "pandi" tengan ya bebés, quizá el problema esté más dentro de ti que fuera. Cuando me casé a los 26 años me dio exactamente igual que a la mayoría de mis amigas no se les hubiese ni siquiera pasado por la cabeza la idea del matrimonio. Ahora que falta poquito para que mi hija cumpla un año no me siento agobiada porque mis amigas sin hijos puedan trasnochar o viajar por todo el mundo haciendo autostop si se les antoja. Lo que ejerce verdadera presión sobre uno es la realidad, no los eventuales comentarios de fulanito o menganita, y la realidad es muy cruda, y casi antagónica al hecho de tener hijos y disfrutar de tenerlos.    

Tras la sorpresa, el enfado y la lastimera necesidad de tener que justificar que en mi cerebro de madre todavía hay vida inteligente, ahora me encuentro en otra fase, la tristeza. Sí, estoy triste porque parece que para sentirnos felices y satisfechos con las decisiones vitales que tomamos, necesitamos que los demás se sientan infelices e insatisfechos con las suyas. Tu vida desordenada y aventurera de no madre solo brilla comparada con el gris plomizo de una maternidad impuesta, no deseada realmente, que corta las alas del pensamiento y priva de las cosas buenas de la vida. Y también pasa al revés, la vida agotadora y con intimidad reducida de muchas madres parece que solo es aceptable comparada con el egoísmo y la vacuidad de una vida que no ha creado ni cuidado otra.  Me rompe el corazón que sea necesario a estas alturas decir algo tan de perogrullo como "vive y deja vivir". 

Pero sí, hay gente que para reafirmarse necesita negarte a ti. Y así en cada opción vital existen bandos enfrentados (y no sólo para organizar partidos de fútbol): lactancia materna contra artificial, solteros contra casados, promiscuos contra monógamos, "conhijos" contra "sinhijos", jóvenes contra viejos, hasta vegetarianos contra carnívoros. Invertimos una cantidad de energía inusitada en convencer a los demás de que han escogido el camino equivocado y lo que es más penoso, en autoconvencernos de que nosotros hemos escogido el correcto. Nos sentimos atacados cuando otra persona decide vivir de forma distinta a la nuestra. Por eso al inicio de este texto he creído necesario recordarle a Purificació y a todos los que por casualidad me estén leyendo que antes que madre (y que el resto de cosas que soy), soy persona, igual que ella, desde que nací. Porque quiero creer (ingenua yo) que para ser capaz de decir ciertas cosas de los demás es necesario olvidarse momentáneamente de que todos somos personas.