A Mildred Hayes le asesinaron a su
hija a pocos metros de su hogar. La violaron repetidas veces y después quemaron
su cuerpo. Según la autopsia, murió mientras la violaban. Pocas formas puede
haber más horribles de morir. Pocas cosas más dolorosas puede haber que tener
que vivir sabiendo que tu hija pequeña murió así, probablemente llamándote a
gritos sin que pudieras oírla esta vez, sin que pudieras salvarla de la caída
segura como cuando solo era una niña que aprendía a caminar.
Han pasado siete meses y Mildred
ya ha asumido que no puede hacer nada que devuelva la vida a su hija. Ha
aprendido a cargar con su dolor, pero no está dispuesta a ocultarlo. En Ebbing,
Missouri, el pequeño pueblo donde todo ha ocurrido, el día a día transcurre
como si nada hubiera pasado. Como si una chica de 17 años no hubiese sido
torturada hasta la muerte nada más salir por la puerta de casa, como si no
hubiese podido ser su asesino cualquier vecino, como si la víctima no hubiese
podido ser cualquier otra vecina. Como si no pudiese volver a pasar. No, Mildred
no va a resucitar a Angela, pero va a despertar las conciencias dormidas de
toda la gente del pueblo, de todo el Estado y de todo el país, si se lo
propone.
Simplemente colocando unos
sucintos mensajes en tres vallas publicitarias en las afueras de Ebbing, esta
mujer consigue desatar una pequeña gran revolución. "Violada mientras moría. Aún ningún
arresto. ¿Cómo puede ser, jefe Willoughby?”. Con este sencillo gesto, la señora
Hayes pasa de tener la compasión unánime de su vecindario a ser la persona más
incómoda y odiada. De víctima a verdugo de un día para otro. ¿Por qué? Porque
ha roto la ley del silencio. El dolor de una madre debe ser decoroso, abnegado
ante todo. Porque se ha atrevido a señalar al sistema. Si las agresiones
sexuales contra las mujeres están a la orden del día es porque los responsables
de prevenirla y evitarla no están haciendo su trabajo. Resaltar la impunidad
endémica de este tipo de crímenes convierte en cómplice a toda una sociedad
construida sobre la normalización de determinados niveles de violencia contra
la mujer.
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Mildred contrata tres vallas a las afueras de su pueblo para reflotar el caso sin resolver de su hija violada y asesinada |
Hayes se gana el odio de sus
convecinos porque no antepone el bienestar de los demás al suyo propio, como se
supone que toda mujer debe hacer. Ese jefe de policía al que señala por no
avanzar en la investigación del caso de su hija se está muriendo de cáncer.
¿Qué clase de desalmada criticaría a un moribundo? Y no un moribundo
cualquiera, es el hombre más querido y respetado del pueblo, padre amantísimo
de dos niñas, mentor y figura paterna de los agentes a su cargo, garante de la
seguridad de una comunidad a la que ha servido durante toda su vida. Está
enamoradísimo de su esposa y jamás violaría a ninguna mujer, deberíamos
admirarle por ello, como a Matt Damon. ¿Por qué se ha atrevido Mildred Hayes a
apuntar con su dedo a un hombre decente?
El dedo de esa madre cabreada se
ha hundido hasta el fondo en la llaga del sistema: la mayoría de hombres que
jamás matarían o violarían a una mujer no están haciendo lo suficiente para que
los que sí lo harían no las maten ni violen. El decente jefe de policía, que lamenta
de veras lo que le ha pasado a su hija, también hace chistes machistas en la
comisaría, no aplica sanciones disciplinarias a los agentes que torturan negros
o humillan a mujeres, no ha priorizado la resolución del que probablemente ha
sido el caso más violento de toda la historia de su jurisdicción… No, él no la
ha matado, pero es uno más de los hombres con poder que lo utiliza para
privilegiar a otros hombres y que conforma una cultura en la que es posible
violar mujeres sin sufrir consecuencias.
Este es el argumento de “Tres
anuncios en las afueras”, la película de Martin McDonagh protagonizada por una indomable Frances McdDormand, tan aclamada por ser
un gran retrato de los prejuicios de la América profunda, el lado oscuro del
gran sueño americano que ha hecho posible la victoria de Trump. Quizá ese ha
sido el error que ha facilitado el “inesperado” ascenso a la Casa Blanca del
republicano más retrógrado y chabacano posible, el creer que esos prejuicios
son los de la gente con menos recursos o de las zonas rurales, de los que no
han tenido acceso a formación académica, de los “rednecks” y la “white trash”. Sin
embargo, tenemos a señores de las élites culturales de todas partes del planeta hablando de “caza de brujas” después de que muchas de las actrices de Hollywood
decidiesen poner sus tres anuncios en las afueras de la industria cinematográfica y hablar abiertamente del acoso
sexual inherente a la misma e incluso dar los nombres de sus
acosadores. Los más selectos cineastas, autores consagrados, directores de
filmotecas, actores multipremiados, y no sólo hombres, también mujeres, como
las cien artistas del manifiesto de Francia (es decir, “la crème de la crème”
del ámbito artístico) se han lanzado a poner el grito en el cielo contra las
mujeres que han decidido dejar de callar. No son precisamente un cura de una
aldea sureña ex esclavista.
Es justo el mismo proceso
de los “paletos” hostigando y presionando a “la loca del pueblo” para que
retire esos molestos anuncios y muestre el debido respeto a la máxima autoridad
del lugar, su héroe de toda la vida, el que están llevado a cabo esos sofisticados
defensores de la libertad artística y de expresión que llaman censura a que
ahora las mujeres hablen sin tapujos del abuso sexual sistemático que sufrían
en silencio. Ebbing, Missouri es la aldea global del patriarcado en la que todos
los señores se han puesto nerviosos porque peligra el cómodo estado de las
cosas que les proporcionaba la omertá y la seguridad de un prestigio que les hacía intocables. Se
ha abierto la veda contra cualquier hombre, sin importar su status o su
talento, sin que todo lo que haya aportado a la sociedad, creado o trabajado sirva como
salvoconducto para que no le tengamos en cuenta su comportamiento machista de
depredación sexual. Parece que caminamos hacia el fin de la inclusión de la
libre disponibilidad del cuerpo de las mujeres en el “pack” completo del éxito masculino, y les
está costando un poquitín aceptarlo. De ahí el cierre de filas, ese corporativismo
mafioso (tenemos que defenderle porque es “uno de los nuestros”) como intento desesperado de taponar la sangrante vía de agua abierta en el pacto de silencio.
No es inocente que recurran a la
baza del victimismo. Ya no hay forma de defender lo indefendible, el rechazo
social hacia los acosadores antes idolatrados crece imparable. Por ello deben
buscar la forma de dar la vuelta a las tornas: hay mujeres malvadas que con su
exageración y puritanismo están poniendo en peligro preciados patrimonios de la
humanidad, desde la galantería y la seducción hasta la filmografía de Polanski
o los poemas de Pablo Neruda. Sus reivindicaciones de igualdad de género llevarán
a una suerte de estado totalitario en la que no se podrá ligar ni bailar reggaetón.
Que pretendemos quemar libros y celuloide, dicen.
Quieren hacer pasar por censura que la mitad de la población silenciada hasta el momento pueda contar su versión de los hechos, que el público pueda tener toda la información de cualquier creador para decidir con total libertad si quiere financiar con su dinero una obra dirigida por un pederasta o producida por un violador. Sin entrar en el recurrente debate de si debemos separar al autor de su obra (como si eso fuese posible, pues la autoría en sí misma consiste en la traslación artística de la propia subjetividad, al igual que es imposible separarla de su contexto histórico, de las corrientes de pensamiento dominantes y de la relaciones sociopolíticas y económicas por las que se ha visto influida), no hay razón para justificar que la audiencia no deba conocer las circunstancias de quien firma y ejercer su derecho de admisión. Ninguna. ¿Cómo va a ser censura que ahora tengan canales desde los que contar su historia quienes hasta ahora tenían un acceso limitado o directamente vetado en los medios de comunicación tradicionales? ¿Cómo va a ser restrictivo que ahora podamos escuchar más opiniones que las de los líderes de opinión y leer más relatos que los de las vacas sagradas del periodismo, cine o literatura?
Quieren hacer pasar por censura que la mitad de la población silenciada hasta el momento pueda contar su versión de los hechos, que el público pueda tener toda la información de cualquier creador para decidir con total libertad si quiere financiar con su dinero una obra dirigida por un pederasta o producida por un violador. Sin entrar en el recurrente debate de si debemos separar al autor de su obra (como si eso fuese posible, pues la autoría en sí misma consiste en la traslación artística de la propia subjetividad, al igual que es imposible separarla de su contexto histórico, de las corrientes de pensamiento dominantes y de la relaciones sociopolíticas y económicas por las que se ha visto influida), no hay razón para justificar que la audiencia no deba conocer las circunstancias de quien firma y ejercer su derecho de admisión. Ninguna. ¿Cómo va a ser censura que ahora tengan canales desde los que contar su historia quienes hasta ahora tenían un acceso limitado o directamente vetado en los medios de comunicación tradicionales? ¿Cómo va a ser restrictivo que ahora podamos escuchar más opiniones que las de los líderes de opinión y leer más relatos que los de las vacas sagradas del periodismo, cine o literatura?
Y es que lo que está en juego es la cosmovisión hegemónica y el orden de las cosas sustentado en ella. Que
empecemos a preguntarnos sobre la posible misoginia de los guiones, a realizar análisis
de género de cualquier obra, que nos preocupe la discriminación o los abusos
sufridos por las mujeres que las han protagonizado, que rechacemos apologías
del machismo y el racismo, que ya no estemos dispuestos a admirar ni a ser
indulgentes con violadores y acosadores… hace tambalearse los mismísimos
cimientos de la gran pirámide patriarcal. Saben de buena tinta que no buscamos
quemar los archivos de las filmotecas, que no vamos a prohibir a Ford o a
Bertolucci, ni a hacer hogueras con novelas de Houellebecq o cuadros de
Picasso. Simplemente ya no nos conformamos con un mundo interpretado solo por
Platón o Kant, ni relatado solo por Mozart, Shakespeare, Hemingway o The
Beatles. Hemos venido para cuestionar esa supuesta objetividad del canon de los
clásicos, para democratizar la cultura y reclamar nuestro espacio. Eso por
fuerza reduce el suyo, por eso se comportan cual “rednecks” defendiendo con su
escopeta las lindes de su parcela.
Si tan convencidos están de su
talento y de la calidad de sus obras, no tienen motivo para temer que se
facilite el acceso a la creación de toda persona que quiera crear,
independientemente de su sexo, clase o condición. La diversidad solo redunda en
esa libertad de expresión que dicen proteger, y en la libertad de decisión del
público, que tendrá muchas más opciones entre las que elegir.
Lo que está claro es que
movimientos organizados como el #MeToo o el anunciado hoy por un nutrido grupo
de artistas españolas bajo el lema #LaCajadePandora, y no tan organizados, como
las manifestaciones espontáneas autoconvocadas durante el juicio de la
violación múltiple de San Fermines o la proliferación de activistas feministas
en las redes sociales y de mujeres anónimas contando sus experiencias de acoso
y abuso, ayudándose y avisándose mutuamente entre ellas; son una útil
herramienta contra la discriminación y las diferentes formas de violencia machista. Estas redes de
apoyo y resistencia que estamos comenzando a tejer son todavía solo tres anuncios
en las afueras del sistema, no van a poner fin a la injusticia de por si, al
igual que las vallas de Mildred no podían devolverle la vida a
su hija ni hacer pagar a su asesino. Pero romper el silencio es el primer (e
imprescindible) paso para romper las cadenas. Un mundo en el que se puede cuestionar a un
bonachón sheriff de pueblo que no se pierde la misa de los domingos o en el que
peligran fenómenos casi meteorológicos como el estreno anual de la película de
Woody Allen, es un mundo que sin lugar a dudas está asistiendo al crepúsculo de
sus dioses.