martes, 31 de diciembre de 2013

Los niños inocentes

Hola, niños y niñas, soy Coco, sí, ese peluche azul parlante tan majo que os ha enseñado tantas cosas que a simple vista parecen evidentes, pero que por lo que se puede deducir del comportamiento de esas extrañas personas altas que conocemos como “adultos”, en realidad no lo son tanto, como la diferencia entre subir y bajar o entre izquierda y derecha.

Hoy vengo a hablaros de la vida, sin más, en concreto de la vuestra, la de los niños y las niñas. Habréis notado que últimamente se habla de ello en todas partes, desde que un tal Gallardón, un señor muy feo que aunque lo parezca os juro que no es un Teleñeco (y que tampoco ha resultado ser un corderito aunque antes a todos se lo pareciera), presentó una cosa muy rara que se conoce como “Ley Orgánica de Protección de la Vida del Concebido”. Este superhéroe con superpoblación cejil se ha dado cuenta de que la vida de los niños y niñas inocentes corre un serio peligro, y se ha autoproclamado su salvador.

Razón no le falta, diréis. Muchos de vosotros sois uno de esos 3 niños y niñas de cada 10 que viven por debajo del umbral de la pobreza en España. En 2011 ya habíais superado los 2 millones 200 mil y seguís aumentando al triple del ritmo de incremento de la pobreza infantil de toda la Unión Europea. Un 27% de vosotros, niños y niñas de España menores de 16 años, sois pobres. Habéis visto como vuestros padres tuvieron que dejar de apuntaros a actividades extraescolares, de compraros libros y ropa nueva para el colegio, incluso de daros de comer fruta, carne y pescado. Eso los que todavía podéis comer e ir a clase todos los días. Mejor de lo que os ha traído Papa Noel este año ni hablamos, ¿no? Y eso que seguramente os habéis portado muy bien durante todo 2013.

Por lo menos, la mayoría de vosotros todavía no tenéis que trabajar. Seguramente Gallardón, creeréis, también se ha acordado de todos los niños y niñas que en lugar de ir al cole tienen que trabajar de sol a sol para que ellos y sus familias puedan sobrevivir. Posiblemente haya pensado, por ejemplo, en los miles de niñas indias que trabajan sin contrato, privadas de libertad y en condiciones insalubres durante más de 72 horas a la semana por un salario de 0,88 euros al día. Sí, esas pobres niñitas que cosen para oscuras (literal y figuradamente) fábricas textiles que después suministran sus productos a muchas firmas españolas, como Inditex, El Corte Inglés o Cortefiel. Lo más probable es que justamente nuestro justo Ministro de Justicia haya leído el exhaustivo y bien documentado informe sobre la explotación infantil elaborado por el Centre for Research on Multinational Corporation (una organización independiente holandesa sin ánimo de lucro que escruta la actividad de las grandes multinacionales) que nos habla sobre esas niñas esclavas, titulado Captured by Cotton (Capturadas por el Algodón).

Seguro que Gallardón es consciente de la existencia de 215 millones de pequeños y pequeñas que según la Organización Internacional del Trabajo, están siendo explotados laboralmente en todo el mundo. Aunque no está claro si se considera oficialmente trabajo infantil el de los menores de 16 años que después de clase en vez de hacer los deberes deben ayudar en el negocio familiar, o los que de vez en cuando deben faltar a la escuela porque es época de siembra o de cosecha en el campo, o porque simplemente deben salir a pedir limosna a la calle. Por si algunos de los que me leéis tenéis que trabajar para ayudar a que vuestra familia llegue a fin de mes, os aclaro que en España los únicos menores de 16 años que pueden trabajar, debido a un real decreto, son los que se dedican al ámbito artístico. Si no sois actores precoces o modelos de anuncio, debéis saber que os están explotando ilegalmente.

Lo que es indudable es que el Ministro habrá tenido en cuenta los datos de Inspección de Trabajo y la Seguridad Social, que ha detectado en los últimos años una media de 50 infracciones anuales en empresas por tener trabajando a menores. O un estudio de UNICEF que a principios de la década ya señalaba que había 172.000 niños y niñas españolas que trabajaban con sus familias en la agricultura y la ganadería, o los múltiples informes de ONGs que avisan de los cada vez más habituales casos de niños y niñas obligados a delinquir o a prostituirse por organizaciones criminales. El señor Gallardón, que ha demostrado mostrarse seriamente preocupado por la persecución más estricta del crimen con su reciente reforma del Código Penal, el endurecimiento de las penas y su otro famoso proyecto de ley, el de Seguridad Ciudadana, seguramente no podrá dormir hasta que no haya ni un sólo niño explotado en España o víctima de cualquier ilegalidad, por más ínfima que sea.

Por otra parte, puede que haya hecho caso también de las advertencias de la Asociación Española de Pediatría y su encuesta “La crisis, los niños y los pediatras”, que muestra que el 71% de los pediatras considera que los recortes del gobierno al que pertenece el señor Gallardón perjudicarán el cuidado de los niños enfermos, dificultando su acceso a los medicamentos y el seguimiento debido de sus tratamientos. O de las Asociaciones de enfermos y organizaciones como la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer y Médicos del Mundo, que hace poco han denunciado que el nuevo copago hospitalario impuesto por el Ministerio de Sanidad para enfermos graves que reciben tratamientos ambulatorios arrojará a muchas familias a la caridad como única salida a situaciones provocadas por los permanentes recortes y el alto índice de paro. Es evidente que Gallardón no puede dejar de pensar en los muchos niños con leucemia y otras patologías cuyo acceso a la cura se verá impedido por las medidas adoptadas por sus colegas del ejecutivo, pues ante un diagnóstico de cáncer de un menor, el aumento de los gastos familiares es de 400 a 600 euros mensuales, importe que las familias hace mucho que ya no se pueden permitir (como si las enfermedades fuesen un lujo...). Su conciencia ha despertado por fin, pensaréis aliviados los que tenéis la mala suerte de leer esto desde un hospital.

Pues más vale tarde que nunca, responderéis los que os habéis visto forzados a mudaros con vuestros abuelos o a un centro de acogida porque vuestros padres han sido desahuciados de su casa. Puede que Pepito Grillo le haya hablado por fin a Gallardón de vosotros, y no sólo de los hijos de los políticos a cuya puerta vuestros padres en paro desesperados y sin un hogar propio han ido a reclamar una solución. Y quizá le haya recriminado algo sobre muchos otros de vosotros, los que os encontráis entre las 200.000 personas dependientes, con alguna discapacidad mental o física, que estáis todavía esperando a cobrar una prestación económica que ya hace tiempo que os ha sido asignada. A lo mejor Gallardón y sus compañeros han decidido por fin desbloquear los presupuestos para la Ley de Dependencia para que vuestros padres puedan compraros pronto la silla de ruedas que necesitáis, adaptar la casa en la que vivís o contratar a alguien para que les ayude a cuidaros y así poder volver a trabajar; o que llegue ya a vuestro colegio el tutor especial que necesitáis.

A juzgar por lo que habéis visto en televisión y leído en prensa estos días, por fin todos los niños en riesgo de exclusión o que realmente padecéis algún tipo de merma de vuestra calidad de vida veréis solucionados en breve todos vuestros problemas gracias al último (hasta que llegue el próximo) proyecto de ley de Gallardón. En especial todos los niños con Síndrome de Down o con algún tipo de minusvalía, a los que hacíamos antes referencia, a los que por fin los periódicos os han dedicado altruistamente su portada.


La gente de a pie también se ha acordado de vosotros. Personas de todas partes de España y de Europa llenaron este fin de semana la Plaza de Colón de Madrid con motivo de la “Fiesta de las Familias”, que organizan todos los años esos señores de sonrisa espeluznante que hablan susurrando y llevan ese vestido al que llaman sotana por encima del pantalón, y a los que no debéis acercaros si os ofrecen caramelos. Esa “fiesta” se organiza supuestamente en vuestro honor, los niños inocentes, para celebrar y defender vuestro derecho a la vida, que según dice el jefe en España de los señores sonriente-susurrantes, un tal Rouco Varela, debe ser inviolable. De si está permitido o no violar a vuestras madres o a vosotros mismos, niños y niñas, extrañamente, no ha dicho nada. También se acordó de vosotros Juan Cotino, presidente de las Cortes Valencianas (otro señor de los que da miedito), precisamente el Día de los Santos Inocentes, y prometió defenderos de todos los Herodes que quieran matar niños, aunque tampoco, extrañamente también, ha dicho nada, que se sepa, de protegeros de los accidentes de metro en los que eventualmente podáis morir vosotros y vuestras familias.

Sin embargo, siento tener que deciros, que una vez más, los adultos vuelven a no tener clara una de esas cosas evidentes que siempre me toca explicar. Resulta que esos niños a los que quieren proteger y de los que tanto hablan Gallardón, sus compañeros de gobierno y los amigos de sus compañeros de gobierno, son única y exclusivamente los que todavía no han nacido. La ley “salvavidas” que propone el Ministro de Justicia no es más que la mera coartación de la libertad de vuestras madres y del resto de mujeres. No podrán decidir si quieren teneros o no. A los únicos niños con Síndrome de Down o alguna enfermedad grave a los que este gobierno quiere cuidar es a los que todavía no han salido de la barriga de mamá, y es sólo allí, dentro de esa barriga, donde tendréis asegurado el alimento y el refugio necesario. Una vez nacéis, dejáis de ser niños inocentes, para convertiros en ciudadanos molestos y parásitos que exigen derechos que no les corresponden.

Gallardón y compañía no saben que los únicos niños inocentes a los que hay que proteger que existen son precisamente los que ya existen. Así que si a partir del año que mañana empieza tenéis un hermanito o hermanita que en algún momento acabe pasando hambre o frío, si ni él ni vosotros conseguís tener acceso a una educación digna que os permita ser personas libres y conscientes en el futuro, si vuestro nuevo hermano o hermana tiene que vivir condenado en una cama de hospital, si vuestros padres os abandonan porque no  pueden permitirse manteneros o si os quedáis huérfanos porque vuestra madre haya muerto dando a luz, dadle las gracias a Gallardón y al resto de salvadores del PP. A ellos le deberéis la vida, aunque sea una llena de miseria.

Elocuente esquela que llegaron a publicar en 2009 periódicos como ABC, La (difunta también) Gaceta, La Razón o El Correo Gallego

jueves, 14 de noviembre de 2013

"Canis" y conciencia de clase

   El sentido del humor es un reflejo del ingenio y la capacidad intelectual tanto de las sociedades como de los individuos que las forman, pero también puede reflejar sus prejuicios y estereotipos más arraigados. Analizando sobre qué se hacen más habitualmente chistes en cada época o población podemos obtener una nítida radiografía de cuáles son sus colectivos discriminados o peor vistos socialmente. El repertorio ha sido (y es) amplio a lo largo de la historia: chistes de negros, de judíos, de mujeres, de leprosos, de gitanos, de gente de Lepe o de andaluces en general, de gallegos, catalanes y vascos, de homosexuales... En España, un nuevo colectivo ha subido en los últimos años al primer puesto de la lista de chistes recurrentes: los "canis" y "chonis" en cualquiera de sus denominaciones (si los esquimales son conocidos en el mundo entero por los múltiples nombres que tienen para la nieve, los españoles quizá pasemos a la posteridad por la cantidad de nombres que tenemos para referirnos a lo que entendemos por "cani": poqueros, poligoneros, malotes, gañanes... Aquellos que queráis ampliar vuestro vocabulario podéis dirigiros a la mayor fuente de "sabiduría" popular, La Frikipedia, para buscar sinónimos  de "cani" y para encontrar todas las connotaciones peyorativas que conlleva esta palabra ).


   Como comentaba, cada corriente de chistes de estereotipos corresponde a un tipo de odio, fobia o discriminación social: machismo / misoginia, xenofobia y homofobia son las tres principales fuentes de las que beben sus autores (la mayoría anónimos). Entonces, los chistes de "canis" no parecen encajar en este esquema, os diréis a vosotros mismos. Sin embargo, yo creo que sí. Pueden englobarse perfectamente dentro de lo que entendemos por clasismo ("actitud de los que defienden la discriminación por motivos de pertenencia a otra clase social", según la RAE) o prejuicios de clase. Qué tendrán que ver los chascarrillos sobre los "canis" con las clases sociales, si también nos metemos con otras tribus urbanas (góticos y "emos", "hipsters", "indies" o modernos; "heavies", "punks", "rockeros" o "rastafaris"...), si para todas tenemos al menos un par de buenos chistes, os preguntaréis. Pues bien, las diferencias están claras. La calificación de "cani" no se limita a la estética de la persona y al estilo de música que prefiere. Responde, nos guste admitirlo o no, a una pertenencia a determinado sector de la población y a una determinada clase. Por supuesto, lo primero que llama la atención es la superficie (las marcas de ropa que escogen, los grupos musicales que escuchan, los complementos que utilizan, los tipos de coche o mascotas que se compran...). Pero si ahora os preguntase en qué zonas viven o dónde soléis encontraros a los "canis" cerca de vuestro lugar de residencia, me señalaríais sin dudar barrios enteros concretos. Y esto es porque aquellos a los que calificáis de "cani" son en su inmensa mayoría (por no decir su totalidad) de origen humilde, vienen de familias obreras, o lo que es lo mismo que decir la clase trabajadora o proletaria. Si hay algún "cani" burgués (véase Cristiano Ronaldo o David Bisbal), es porque se ha convertido en uno con el tiempo, haciendo fortuna debido a algún tipo de talento (artístico, deportivo...) o a su trabajo. Eso que llamamos "nuevos ricos". Pero su origen sigue siendo el mismo. Obrero. Y los obreros suelen vivir, valga la redundancia, en barrios obreros, que conocemos como periféricos o el extrarradio, sin más. El resto de las tribus urbanas pueden pertenecer a cualquier clase social y vivir en cualquier barrio. 

   Por otra parte, al "cani" se le presupone una forma de ser que no se le supone al resto de tribus urbanas. Cuando decís "cani" también queréis decir persona con poca o ninguna cultura general, en ocasiones incluso analfabeta, que ha experimentado el fracaso escolar y que además no muestra interés en trabajar, es vaga en sí misma. No sabemos si los góticos o los "hipsters" son muy trabajadores o poco, ni conocemos su nivel medio de formación. Pero en cuanto a los "canis" lo tenemos clarísimo. Son parásitos, chusma inactiva. Lo que hemos dado en llamar "Ni-Nis" (ni estudian, ni trabajan). Ojo, no todos los "Ni-Nis" son "canis", cualquier joven de cualquier procedencia puede haber abandonado sus estudios y no estar buscando un empleo, pero en nuestra concepción general, TODOS los "canis" son "Ni-Nis". Y si no lo son, tienen un trabajo de "cani". Con esto nos referimos a trabajos poco cualificados: camareros, peluqueras, reponedores o cajeras de supermercado... Ojo otra vez, no consideramos "canis" a todos los que desempeñan este tipo de labores, pero no se nos pasa por la cabeza que un "cani" pueda querer acceder siquiera a otra clase de profesión. ¿Un abogado con peinado "cenicero"? ¿Un médico con chandal y "oros"? ¡Ni de coña! 

   No hay duda de que la palabra es de por sí despectiva. Y es que los "canis" no le gustan a nadie, por lo visto. Ninguna otra tribu urbana despierta un odio tan unánime y pasional, excepto los "perroflautas" entre las personas mayores y conservadoras, y resulta que estos también son en su mayoría pobres. Pero de los de pedir, y esto, claro está, resulta mucho más molesto. Puede que nos riamos de los pijos por sus mocasines de colores y sus jerseys por los hombros (está quizá sea la tribu que después de "canis" y "perroflautas" despierta más resquemores, y justamente es por otro enfrentamiento de clase, ya que los "pijos" suelen ser todos de clase "media-alta", pues para pagar los "cocodrilos" y los "jugadores de polo a caballo" hace falta "parné"), o de los "emos" por su tendencia a dramatizar, o del "postureo" de los hipsters; pero si hay un colectivo que TODOS rechazamos de antemano, independientemente de nuestro origen, gustos o estética, son los "canis". Una buena forma de comprobar si estoy en lo cierto o no, es echar un vistazo a las redes sociales. Me he permitido buscar en Twitter palabras como "cani", "choni" y "poquero" y mirad lo que me he encontrado. 



    Una elocuente muestra de que sí, se les asocia a barrios concretos, se hace incluso distinción entre ellos y las personas normales, se les considera "vagos y maleantes" (sacando a relucir la ley franquista) y maleducados (no saben hablar ni escribir con corrección) y se llega a desear su muerte o exterminio (aludiendo a la selección natural cuál brillantes darwinistas sociales en la línea del nazismo). No sólo son las prendas que se ponen o los géneros musicales que escuchan aquello de lo que hacemos burla. Porque hay que dejar claro que todo esto se suele decir en broma, ¿o no?

   Pero no he venido aquí hoy a redactar un J'acusse en defensa de los "canis" como hizo Zola en su día en defensa de los judíos. No se encarcela a nadie por ser "cani". Lo que quiero es determinar la causa de esta estigmatización y a qué se debe este creciente rechazo y focalización de la mofa y befa de nuestro país en este grupo social.


   Si echamos un vistazo a la televisión, podemos encontrar este estereotipo copando gran parte de la programación de los canales generalistas. Lo primero que se nos viene a la cabeza son los reality shows, desde los clásicos como Gran Hermano hasta los híbridos más modernos como Mujeres, Hombres y Viceversa; Hermano Mayor o Gandía Shore. Están plagados de "canis", y no sabemos si es porque son ellos los que más se presentan como participantes o porque es un requisito de selección. Pero en los magacines y programas de reportajes también encontramos nuestra buena dosis de "canis": Belén Esteban, "la princesa del pueblo", en Sálvame, es su máximo exponente; junto a los retratos esperpénticos de barriadas y polígonos con los que les gusta regalarnos a los de Callejeros. La ficción tampoco está exenta de su ración de "canismo": la Juani de Médico de Familia fue la precursora de Manos a la obra (¡Manolo y Benito Corporeison!), Los Serrano, Yo soy Bea, Aquí no hay quien viva / La que se avecina... pero, sin duda, la joya de la corona es Aída. Lo tiene todo. Cualquier estereotipo peyorativo sobre la clase trabajadora de los barrios periféricos (representados por este Macondo de viviendas sociales conocido como Esperanza Sur) lo encontraréis en esta serie de televisión. Cualquiera. A saber:


- Aída: Madre divorciada y desdoblada entre las labores del hogar y las labores de los hogares de los demás, porque, como no podía ser de otra manera, trabaja como limpiadora (como "chacha", si nos atenemos a la nomenclatura despectiva que se exhibe en la serie). Para más inri es inculta y simplona y siempre está en celo porque no encuentra varón para un "apaño".


- La Lore: hija adolescente "choni", ligera de cascos y muy corta de luces que abandona sus estudios para participar en Gran Hermano. Sólo piensa en sexo y diversión (sinónimo de discotecas, alcohol y...claro, sexo otra vez). 


- El Jonathan: El hijo delincuente juvenil/ pandillero. Lo que entendemos por gamberro.


- El Luisma: El hermano (ex)yonqui descerebrado y sus amigos (ex)yonquis descerebrados. No piensa buscarse un trabajo ni falta que le hace. Lo que entendemos por vividor. De poca monta, eso sí.


- La madre de Aída: ex-actriz de variedades, obesa por pura insatisfacción, comedora compulsiva que hace gala de una total falta de autocontrol y de un egoísmo y mezquindad sin límites.


- Paz: Una vecina prostituta.


- Macu: La paleta que llega del pueblo a vivir a la ciudad, por supuesto, "más bruta que un arado". Igual de "facilona" que la Lore.


- Mauricio: el dueño del bar más concurrido del barrio y "facha" mayor del reino (machista, racista, franquista...). También es lo más parecido a un capitalista que se puede encontrar en Esperanza Sur, porque tiene un mísero bar, lo que le faculta para considerarse "empresario" e intentar explotar y sacar beneficio de todo el que se le ponga por delante.


- Machupichu (¿alguien sabe como se llama?): el inmigrante sumiso.


- Fidel: el único personaje de Aída con inteligencia y amplia cultura general. Por eso mismo aparece estigmatizado como pedante, pomposo e insoportable. Querer saber en un barrio de clase baja es pecado. Además es gay, otro pecado. "Puritita" carne de "bullying".


- Aidita: nieta rechoncha y "chapona" de Aída. Otra "sabionda" como Fidel. Más carne de "bulliyng" para el asador.


  En general, lo que sacamos en conclusión de una de las series de mayor audiencia emitidas en España es que la clase trabajadora de los barrios humildes tiende a guiarse sólo por sus instintos, no sólo de supervivencia (llegar a fin de mes como sea, alimentar a su familia), sino también sexuales (no es casualidad que el único personaje femenino de la serie que no está "salido" se dedique precisamente a la prostitución) y otros vicios (gula, drogas...). El proletariado lleva asociándose así desde 2005 en el prime-time de los domingos directamente a la marginalidad y a la picaresca, cuando no a la delincuencia, y a la ausencia de formación y un empleo digno y de interés por los mismos. Lo que es lo mismo que decir que si no prosperan es porque o no están capacitados para ello, o no les da la gana. O lo que es lo mismo que decir que se aprovechan de los subsidios y la caridad y que no son en absoluto productivos para el Estado. Escoria, en una palabra. Lastre que soltar. Por algo "barriobajero" es un insulto.


   Claro que este cargar las tintas en las clases más bajas de la sociedad no es sólo cosa de los medios de comunicación y el "entertainment". Y no proviene de ellos. Preguntémonos a quién señalan los políticos y empresarios cuando dicen que hemos vivido por encima de "nuestras posibilidades", que el dinero de las pensiones y prestaciones sociales "se gastan en pantallas de plasma", que hay que recuperar la "cultura del esfuerzo", que debemos pensar más en nuestros deberes que en nuestros derechos y trabajar como "chinos en un bazar" si queremos salir de la crisis algún día. Se refieren a aquellos que con un trabajo de asalariados osaron viajar en sus vacaciones, comprarse casa y coche, disfrutar de la cultura y las nuevas tecnologías o conseguir que sus hijos accediesen a estudios universitarios. La percepción de que tenían más de lo que se merecían, acorde a su papel social, es la excusa perfecta para todos los recortes en servicios públicos y derechos del trabajador que permitan al sector privado campar a sus anchas. Su justificación sociopolítica e incluso moral: hay que frenar la plaga de parásitos irresponsables que nos ha llevado a la situación económica en la que nos encontramos.


   Este fenómeno lo describe de maravilla el que debería ser ya un libro de cabecera para todo el que quiera entender lo que está pasando: "Chavs, la demonización de la clase obrera", escrito por el británico Owen Jones y publicado en España por la editorial Capitán Swing. Para que os hagáis una idea, los "chavs" ("chavettes" en femenino) serían los "canis" en Gran Bretaña. Es la palabra que usan coloquialmente para referirse a los jóvenes de las viviendas de protección oficial, que tienen un acento y apariencia concretas. Como aquí, son objeto de escarnio en la televisión y en Internet, con el mismo estereotipo de desempleados y pensionistas crónicos, de baja catadura moral y también bajo coeficiente intelectual, potenciales delincuentes y adolescentes embarazadas que salen de familias desestructuradas y/o disfuncionales. Owen explica cómo "este concepto es en realidad una manera oblicua de definir al conjunto de la clase trabajadora y responsabilizar a los pobres de ser pobres". Como apuntábamos antes, en plena crisis económica mundial, la justificación cae del cielo. La pobreza no se debe a los problemas macroeconómicos y estructurales, a las limitaciones del "sacrosanto" libre mercado o a las decisiones y comportamientos de las clases poderosas, sino a los defectos de los ciudadanos que la sufren: a sus hogares dislocados, a su falta de ambición y sacrificio y a su escasa capacidad intelectual.  


   También nos cuenta cómo en Gran Bretaña el término “chavs” se aplica como si de un concepto sociológico se tratase, aunque que nadie puede decir con exactitud qué significa. El diccionario de Oxford por Internet define al “chav” como “un joven de clase baja, de conducta estridente que viste ropa de marca, auténtica o de imitación”. Otro diccionario de 2005 los define como “joven de clase trabajadora que se viste con ropa deportiva”. Extraoficialmente, a modo de chasquarrillo, se dice que es un acrónimo de “Council Housed and Violent” (Habitante de Casas Municipales y Violento). En un libro satírico que fue best-seller en el Reino Unido, "The Little book of Chavs", se llegan a identificar los que se consideran como típicos trabajos “chavs”. La “chavette” es una aprendiz de peluquería, limpiadora o camarera mientras que los hombres son guardias de seguridad o mecánicos. Según el libro, “chavs” de ambos sexos suelen ser cajeros en los supermercados o empleados de hamburgueserías. ¿Os suena de algo?


   Pero lo interesante del libro de Owen es que nos cuenta paso a paso cómo se ha llegado hasta aquí. La era del neoliberalismo, inaugurada por Margaret Thatcher con una drástica desindustrialización en los años 80, marcaron el triunfo de un individualismo que hundió el sistema de valores solidarios de la clase trabajadora. Los ataques de Thatcher a los sindicatos y a la industria asestaron un duro golpe a la vieja clase obrera industrial. Los trabajos bien pagados, seguros y cualificados de los que la gente estaba orgullosa, y que habían significado el eje identitario de la clase obrera, fueron erradicados. Apelando a la falacia de la responsabilidad individual como ascensor en la escala social, sentó las bases de la actual "ley del más fuerte". “El objetivo era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica en la sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que compiten entre sí por su propio interés”, escribe Jones. El libro analiza y muestra, de este modo, como el odio a los "chavs" no es un fenómeno aislado. Es, en gran parte, producto de una sociedad con profundas desigualdades.

   Owen pone de manifiesto cómo el estereotipo ha contribuído a justificar el ajuste fiscal de la coalición entre conservadores y liberales que lidera el primer ministro David Cameron, que en uno de sus discursos pronunció lo siguiente: “¿Por qué esta rota nuestra sociedad? Porque el Estado creció demasiado, hizo demasiado y minó la responsabilidad personal” (alumno aventajado del thatcherismo, "isn't it?"). Este tipo de cosmovisión ha servido de trampolín también para absurdas propuestas reaccionarias de limpieza social. En 2008, un concejal "torie", John Ward, propuso la esterilización obligatoria de las personas que tuvieran un segundo o tercer hijo mientras cobraban beneficios sociales, medida apoyada con entusiasmo por los lectores del periódico del ala derecha Daily Mail, horrorizados ante los "aprovechados y sinvergüenzas que están hundiendo el país”.

   Supongo que en estos momentos los chistes sobre "canis" o las series como Aída ya no os parecerán tan graciosos. Al menos a mí no me lo parecen. Y si antes me lo parecían es debido a otro de los mitos del capitalismo salvaje, ese del que tanto habéis oído hablar, el de que "todos somos clase media" (todos los que no llegamos a ser directores de una gran multinacional y a poseer un yate de más de ocho metros de eslora, pero que tampoco somos pobres de solemnidad). Es decir, desde profesores, enfermeros, funcionarios, periodistas, farmacéuticos, autónomos, taxistas... a las profesiones más propiamente asimiladas a la clase obrera (operarios, mineros, albañiles...). Precisamente, el hecho de que se asimile la clase más baja al grupo social de los "canis" y que nos riamos de ellos por verlos tan ajenos a nuestras circunstancias y comportamientos, contribuye a que nos traguemos el cuento de que somos clase media. ¡Cómo vamos a ser del proletariado, si vestimos con gusto y tenemos una gran sensibilidad cultural e incluso artística! Pues lo somos, porque el trabajo de las profesiones liberales y/o cualificado es hoy tan precario como el menos cualificado, lo somos porque casi todos tenemos contratos temporales con sueldos irrisorios, si tenemos alguno. Si un periodista o un comercial tiene las mismas condiciones laborales y productivas que un camarero o una peluquera, significa que pertenece a su mismo extracto social, es un obrero, un asalariado, clase trabajadora en definitiva, esté sentado frente a un ordenador Mac o lleve traje durante su jornada. 

   Cada vez que nos reímos de esos chistes o discurrimos otros nuevos, cada vez que caemos en el estereotipo de clase y utilizamos palabras como "verdulera" o expresiones como "es de pobres" para menospreciar, actuamos como cómplices de aquellos interesados en convertir el trabajo digno en esclavitud. Es este cinismo el que explica fenómenos como que las clases más pobres voten a la derecha. Que un hijo de obrero que ha estudiado ingeniería, que tú, o que yo, despreciemos y nos sintamos superiores a un albañil o a una peluquera, y que estos a su vez se quejen, por ejemplo, de que los barrenderos se hayan puesto en huelga o de que los funcionarios cobran demasiado para "lo poco que hacen" es la gran victoria del capitalismo: los trabajadores odiándose entre ellos y olvidando su trascendencia y poder social si se unen, es decir, el caldo de cultivo perfecto para reducirlos a simples instrumentos del capital sin ningún margen de acción reivindicativa. Porque si tenemos (o tuvimos) fines de semana, vacaciones, derecho a huelga, a organizarnos, a cobrar una baja si nos ponemos enfermos, días de asuntos propios, salarios, subsidio de desempleo y pensiones de jubilación, es porque esas personas con mono y carné de sindicato que ahora ninguneamos consiguieron todas esas cosas a base de protestar y resistir. Y si ahora las estamos perdiendo es en gran parte porque consideramos que la clase trabajadora no vale nada o que directamente está desapareciendo. Que hayamos perdido la conciencia de clase no significa que las clases ya no existan. Por algo fue el magnate norteamericano Warren Buffett el que dijo: "Por supuesto que existe la lucha de clases, y somos los ricos los que vamos ganando".

P.D.: Cuando estaba en primero de Bachillerato mi profesor de Historia del Mundo Contemporáneo, sorprendido por mi alto nivel de conocimientos históricos y por los libros que me veía leer, me preguntó a qué se dedicaban mis padres, esperando, supongo, que le dijese que eran profesores universitarios o algo por el estilo. Cuando le dije que mi padre era marinero y mi madre ama de casa, abrió mucho los ojos y sólo me dijo, "Pues vaya mérito tienes". Creo que fue ese día en el que empecé a rumiar todo esto que he escrito hoy.

viernes, 8 de noviembre de 2013

No soy una lata de Coca-Cola

   La última campaña de Coca-Cola ha causado furor. Sus creativos han tenido la brillante idea de imprimir nombres propios de persona en las latas. Pero eso ya lo sabéis, porque la mayoría de vosotros ya habéis fotografíado la lata con vuestro nombre o la de alguno de vuestros conocidos, y por supuesto la habéis compartido en Twitter o Facebook o se la habéis enviado a alguien por Whatsapp. Algunos hasta la habéis guardado para la posteridad (espero que previa desinfección bacteriana). Lo sabéis porque muchos ya no compráis Coca-Cola sin escoger primero la que lleve el nombre que queréis. Incluso ha trascendido en los medios de comunicación que ha habido problemas con los reponedores de los supermercados porque muchas personas se dedican a romper los packs de plástico y a desbaratar las estanterías en busca del ansiado nombre. Y si no habéis hecho nada de esto, lo sabéis porque no os ha quedado más remedio que ver vuestro muro de Facebook o el timeline de vuestra cuenta de Twitter salpicado de dedicatorias con foto de lata de Coca-Cola. Vamos, que nadie se ha librado de que le den la lata.

   Aunque Coca-Cola se ha limitado a buscar en los datos del Instituto Nacional de Estadística los 122 nombres más comunes puestos en España, ha logrado crear la sensación entre sus consumidores de que las latas están personalizadas. Llevan TU nombre. Sí, el tuyo y el de miles de personas más. Lo sentimos, no eres especial ni único. Además, bebes Coca-Cola, al igual que el 70% de la población. Enhorabuena.

   La cuestión es que esta campaña me ha llevado a reflexionar sobre el hecho de que estamos tan acostumbrados a que nos cosifiquen, a que nos cataloguen simplemente como potenciales consumidores, productores o simples productos, que no sólo lo vemos normal, sino hasta positivo. El entusiasmo generalizado que ha levantado esta estrategia publicitaria es sólo una prueba de ello. Que Coca-Cola "bautice" sus latas con tu nombre no es sinónimo de que se preocupe por ti o tu bienestar, si lo hiciese, quizá comercializaría bebidas más sanas o mejoraría sus prácticas ambientales. Sin embargo, llevamos décadas adoptando de forma acrítica a las marcas como una parte de nuestra identidad. ¿Cuántas veces habéis oído eso de "Yo soy de Coca-Cola" o "Yo soy de Pepsi", "Yo soy de Colacao" o "Yo soy de Nesquik" o incluso discusiones acaloradas sobre cuál de ellos sabe mejor? Lo mismo pasa con otros binomios como McDonalds y Burguer King o Apple y Microsoft. De hecho, Apple es el mejor ejemplo de lo que podríamos llamar "patriotismo o hooliganismo de marca" (no confundir con el hooliganismo de Marca, el periódico deportivo :P). 

   Alrededor de los productos de la empresa fundada por Steve Jobs se ha creado todo un culto, y sus usuarios son mucho más que eso, son "applemaníacos", verdaderos adeptos que no se pierden ninguno de sus gadgets ni de los nuevos modelos de los mismos, por muy caros que resulten o por muy pronto que salga a la venta su siguiente versión. Son capaces de hacer religiosamente colas de días por comprarse un iPhone y gastan gran parte de su energía en pontificar sobre las bondades y ventajas de todos los productos de la manzanita, tanto a sus amigos en persona como a través de la red, y sin necesidad de que se les pregunte siquiera. Para comprobar el fanatismo similar al religioso que provoca Apple, sólo tenéis que pasaros por los múltiples foros dedicados a la empresa que pueblan Internet, o acudir a la presentación de uno de sus nuevos, mágicos y secretísimos productos (imagínaos una gran masa de gente empujándose para intentar fotografiar con su iPad o iPhone un reluciente MacBook alojado en una vitrina... una escena tan extraña como cotidiana hoy en día). La identificación con la marca es total y absoluta, "son de Apple" como son de su equipo de fútbol o de su lugar de nacimiento. Para toda la vida. Como si de una religión se tratase. La única diferencia es que su profeta, Steve Jobs, trasunto de Jesucristo o Mahoma, no ha resucitado al tercer día ni realizado ningún milagro (aunque haber logrado convencer a millones de personas en todo el mundo y de todas las clases sociales de que deben gastarse varios cientos de euros en un teléfono móvil podría considerarse milagroso).

   La publicidad es el arma perfecta que utiliza el capitalismo para lograr que nos identifiquemos con sus productos. No es ningún secreto que desde que el negocio publicitario existe, este ha logrado ir apropiándose incluso de todos los elementos subversivos, contraculturales o abiertamente anticapitalistas, para construir un discurso comercial que se considerase no sólo aceptable, sino admirable. De este modo, los lemas revolucionarios se convierten en eslóganes, y los iconos revolucionarios en iconos pop. Por eso las zapatillas de Nike se han promocionado con palabras del escritor de la Generación Beat William Burroughs, por eso consideramos hippies las furgonetas de Volkswagen, o por eso podemos comprar camisetas del Che, del festival de Woodstock o de cualquier banda contestataria de punk-rock en Zara y H&M. No hace falta remontarse a la época de los 60, década de explosión contracultural, para encontrar claros ejemplos de este método publicitario. Está la "Era Acuario" de Aquarius, la "República Independiente de Tu Casa" de Ikea o aquella desafortunada campaña de MoviStar (Telefónica) con el slogan "Compartida la vida es más", que imitaba el movimiento asambleario del 15-M para presentar sus servicios como democráticos y hacer ver que sus nuevas tarifas estaban "hechas entre todos". Es tan habitual que el mundo corporativo y empresarial usurpe el ideario político y sus reivindicaciones que en el mayoría de ocasiones ni nos percatamos de ello. (En el caso concreto de la campaña de MoviStar, el 15-M sí se dio cuenta de la manipulación perpetrada sobre su espíritu asambleario, y le devolvió el golpe a Telefónica "mejorando" su anuncio sobre SMS gratuitos: http://www.youtube.com/watch?v=Z9fagh8RA70).

   Pero la relación de las personas y la sociedad con las marcas y las empresas es un viaje de dos direcciones. No sólo es que las multinacionales se apropien de nuestros nombres, nuestro lenguaje o nuestros ideales, es que han conseguido que las personas adoptemos sus nombres, su lenguajes y sus ideales (en este caso más bien objetivos comerciales cuantificados) como propios. Y esto va mucho más allá de ponernos siempre la misma marca de vaqueros o tomar siempre la misma marca de bebida. Nos han convertido a nosotros en productos con marca. No sé si habéis oído hablar del branding personal o marketing personal. Según esta nueva "disciplina" comercial, cada individuo como profesional es una empresa unipersonal que debe proyectar una imagen positiva de sus cualidades y capacidades a través de una estrategia de comunicación de las mismas, para posicionarse así de forma preferente en el mercado laboral. Lo que los gurús del coaching llaman marca personal sustituye a nuestra personalidad o a nuestra reputación, nuestro trabajo deja de ser un derecho para pasar a ser un producto que ofrecemos para satisfacer las necesidades de otros, y dejamos de expresarnos o dialogar para llevar a cabo estrategias comunicativas. En definitiva, debemos diferenciarnos y ponernos en valor a través de nuestra marca personal para sobrevivir en la jungla de la competitividad extrema y la precariedad laboral, al igual que cualquier producto o servicio en un mercado saturado de oferta. Vendernos a nosotros mismos, hablando en plata. Tan cosificados estamos que las expresiones más habituales que utilizamos todos para referirnos al conjunto de trabajadores de una empresa son recursos humanos o capital humano. Y tan anchos nos quedamos.

   No hay duda de que el lenguaje corporativo y comercial ha invadido todos los ámbitos de nuestro comportamiento, hasta el punto de que gestionamos emociones y conflictos, hacemos balance del año en términos de beneficios y pérdidas, invertimos en nuestro futuro o en nuestra salud y más que ser felices lo que buscamos es mejorar nuestra calidad de vida.

   Esta asimilación de las personas con los productos no se da sólo a nivel individual. El súmmun de este fenónemo es la creación de la Marca España por parte del actual Gobierno del PP como política de Estado dependiente del Ministerio de Exteriores. De hecho, se creó un cargo y órgano especial para dirigir esta política, el Alto Comisionado para la Marca España. Sí, oficialmente España, y con ella todos sus ciudadanos, es un producto con marca que hay que vender dentro y fuera de nuestras fronteras. La Marca España se ha creado en base a que "una buena imagen de país es un activo que sirve para respaldar la posición internacional de un Estado" y a que "el planteamiento de la Marca debe primar los términos económicos, coadyuvando a la recuperación del crecimiento y el empleo". Hablando "como Dios manda" (como tanto le gusta a Mariano Rajoy) de lo que se trata es de promocionar España para atraer inversión extranjera y turistas. Quizá si se invirtiera más en I+D y en educación y ciencia, no habría que gastar tanto en publicidad y relaciones públicas para proyectar una imagen positiva de nuestro país. Esta imagen de España se quiere imponer sobre la realidad de España, y nuestros propios gobernantes han llegado a increparnos porque nuestras manifestaciones y reivindicaciones contra los recortes y medidas injustas adoptadas por el Ejecutivo afectan negativamente a la marca del país. De este modo, la idea de un país presentado como producto que hay que vender choca frontalmente con la idea de democracia. 

   En general, la cosificación de las personas y la personalización de las cosas, así como la intrusión de la estrategia empresarial en el ámbito sociopolítico, son incompatibles con un sistema democrático, donde las decisiones no las toma un directivo y donde el bien común no se puede medir con un libro de contabilidad. Porque las latas de Coca-Cola no tienen derecho a voto, ni libertad de expresión, no se organizan ni se reúnen, ni protestan, yo no soy ni quiero ser una lata de Coca-Cola.

martes, 29 de octubre de 2013

Ojos que no ven, explotación que no se siente

   Ayer murieron seis hombres a 694 metros de profundidad. Seis mineros que fueron arrasados por un escape devastador de gas grisú, conocido por eliminar el oxígeno a su paso. Seis familias que han visto hacerse realidad su peor pesadilla, el miedo con el que conviven cada día, que su padre, su marido, su hermano, su novio, su hijo, no vuelva a salir con vida del oscuro agujero en el que trabaja. Porque esta posibilidad es real, existe, palpita, no se puede ocultar bajo tierra. Por muy profundo que se excave.

   La tragedia de estos trabajadores y sus familiares ha despertado en mí viejas sensaciones. Mi padre es marinero de alta mar (tiene 57 años y está jubilado), y sé lo que es aprender a convivir con el miedo, al igual que la hija de un minero. Y es que veo muchas similitudes entre estas dos profesiones, que yo siento como hermanas. Porque son igual de peligrosas, el riesgo está siempre presente, a pesar de que a lo largo de los años haya mejorado la tecnología o las condiciones de seguridad (que en muchos casos nos sorprenderíamos de lo poco que se han aplicado estas mejoras, en realidad), y porque son dos profesiones que se llevan a cabo lejos de la vista de todos. Una a cientos de metros bajo la superficie, otra a miles de kilómetros de tierra. Y creo que está condición de "ocultas" es la que ha permitido que en muchos casos a muchos de estos trabajadores se les haya tratado como verdaderos esclavos. Sólo un marinero y su familia conocen la verdadera duración de las jornadas interminables, las temporadas eternas fuera de casa (conocidas en Galicia como "campañas" o "mareas", de entre 4 y 8 meses la mayoría), lo reducido que puede llegar a ser un camarote, lo resbaladiza que puede llegar a ser una cubierta de noche y en plena tormenta, lo asfixiante que puede llegar a ser la incertidumbre de no saber durante semanas si la persona a la que más quieres está bien.


    Por eso me gustaría contaros mi experiencia, y sobre todo la de mi madre, pues aunque mucha gente sabe que los marineros son héroes, se olvidan de que sus mujeres también lo son. Para que la gente que desprecia a los mineros por atreverse a reclamar sus derechos, para que la gente que considera que se jubilan demasiado pronto o que cobran demasiado (y digo gente porque dudo de su condición de personas) pueda imaginarse siquiera una ínfima parte de cómo es la vida cotidiana de una de estas familias.


   Desde pequeña, mi madre tenía muy claro que no quería casarse con un marinero. Nació en Aldán, una pequeña aldea marinera de la villa de Cangas do Morrazo (Pontevedra), y conocía muy bien los peligros y las ausencias prolongadas. Su propio padre hacía "mareas" de siete meses en Holanda. Estaba acostumbrada a la angustia de los ojos de su madre. Sin embargo, a los 17 años se enamoró de un marinero, mi padre, y a los 20 años se casó con él. Fue una boda modesta, y sin luna de miel, pues en pocos días mi padre tenía que embarcar de nuevo. El trabajo del mar no entiende de recién casados, tampoco de recién nacidos (mi padre no me conoció hasta que yo tenía ya dos semanas).


   La seguridad es una de las palabras que más obsesiona a la mujer de un marinero. Viento, lluvia, olas, temporal... las que más la asustan. El tiempo atmosférico deja de ser un tema anodino con el que rellenar conversaciones en un ascensor, para convertirse en el tema central de cada día si tu marido trabaja en Canadá, las Malvinas o el Gran Sol (caladero del Atlántico Norte, al oeste de las islas británicas). Mi padre, que sabía lo mucho que el tiempo le preocupaba a mi madre, siempre le decía que todo estaba tranquilo. Omitía las tormentas, y tampoco le contaba que hacía poco habían tenido que buscar infructuosamente el cuerpo de un compañero que se había caído al mar en una maniobra peligrosa, o que habían tenido que ayudar a buscar a los hombres desaparecidos de otros barcos. También omitía el frío, el dolor continuo de las manos y de todo el cuerpo, el cansancio de trabajar más de catorce horas seguidas, los golpes que se daba o las heridas que se hacía. Las pocas veces que podían hablar por teléfono, todo estaba bien, pero al llegar a casa las marcas del mar hablaban por sí solas. Las cicatrices de mi padre se grababan también en la memoria de mi madre, como si de piel se tratase. De este modo, el miedo se convierte en un miembro más de la familia.


   Pero la mujer de un marinero tiene demasiadas cosas de las que ocuparse como para dejarse vencer por el miedo. Si la mujer zozobra, la casa se hunde. Mi madre fue madre y padre a la vez, como se suele decir, de dos hijas. La administración doméstica estaba por completo a su cargo, por razones evidentes, y también tenía que trabajar fuera limpiando casas de otros y cuidando hijos ajenos, pues el sueldo de mi padre no era suficiente para pagar una hipoteca al 18% de interés (hoy en día impensable, imagináoslo. También es cierto que a día de hoy tampoco las conceden...). Mi madre llevaba el timón de la familia y gobernaba mejor que cualquier capitán de barco :).


   Mi madre lo decidía todo, lo que era más bien una desventaja que una ventaja, porque no tenía a nadie con quien sopesar sus decisiones. En qué colegio matricularnos, los problemas diarios en nuestra educación, a qué decirnos que no y qué permitirnos, las cosas necesarias para el hogar, los equilibrios para llegar a fin de mes, qué hacer cuando nos poníamos enfermas. Todas estas cosas que parecen triviales pueden ser pequeñas grandes odiseas cuando tienes que ocuparte de ellas estando sola la mayor parte del tiempo. A efectos cotidianos, eres madre soltera.


   Antes os hablé de lo que mi padre le ocultaba a mi madre para no preocuparla. Mi madre tampoco podía preocupar a mi padre, que arriesgaba su vida a diario, con las "tonterías" de casa. No le hablaba en sus cartas o llamadas ni de los problemas económicos ni de ninguna dificultad familiar que se presentase. Y cuando mi padre volvía del mar, todo estaba solucionado: la casa reluciente, cualquier avería que pudiese haber estaba arreglada, las posibles deudas pagadas o debidamente ocultadas, y mi madre recibía a mi padre con un peinado de peluquería y una amplia sonrisa. Sin ningún tipo de queja. Y es que sin saberlo los dos tenían la misma filosofía: evitar en lo posible hacerse daño mutuamente. La felicidad del otro por encima de cualquier obstáculo. Sin duda, su forma de quererse ha marcado mi educación sentimental, y la valentía de los dos será siempre su legado más valioso.


   (De hecho, uno de los recuerdos más bonitos que guardo de mi infancia es el de mi madre cantando por toda la casa durante toda la semana antes de que llegase mi padre. Es la otra cara de la moneda del recuerdo más triste que guardo, su silencio durante toda la semana posterior al día que se marchaba.)


   Mi madre tampoco podía compartir con mi padre gran parte de las cosas buenas que ocurrían. Como os comentaba, mi padre no estaba cuando nació su primogénita (que tengo el orgullo de ser yo), y la siguiente vez que le tocó volver a casa después de conocerme, ya me estaban saliendo los primeros dientes. No pudo escuchar mis primeras palabras, ni ver mis primeros pasos, ni llevarme de la mano el primer día de cole. Tuvo que perderse muchos de mis cumpleaños, muchas de las obras escolares de teatro en las que participé y casi todas las reuniones de mi madre con mis tutores. Por eso cuando estaba era tan especial. Por eso era tan importante para mí que viera mis notas, que escuchara de mi profesora lo buena alumna que era, ver los partidos del Barça con él (es un culé irredento) o que me llevase al parque. Esos días eran gloria para mí, porque casi siempre mi madre, mi hermana y yo soplábamos las velas, íbamos a bodas y bautizos y abríamos los regalos de Navidad sin él. Y no os hacéis una idea de lo que eso duele. Nunca te acostumbras del todo a tener que conformarte con tener que contar por teléfono los mejores momentos. Nuestra voz era lo que conectaba a mi padre con la vida de la familia, el ancla que lo mantenía agarrado a tierra firme.


   A lo largo de los casi treinta años que mi padre fue marinero, estuvo en veinte barcos diferentes, y tanto sus condiciones económicas como de trabajo nunca mejoraron de verdad. Siempre fue difícil , y lo más duro para nosotros era ser conscientes de que la mayoría de las veces estábamos viviendo injusticias (de repente le pagaban menos de lo que le correspondía, de repente no tenía vacaciones, de repente te encuentras conque no están cotizando por tu trabajo...). En la nómina de un marinero nunca se llega a reflejar todo el sufrimiento que ese trabajo provoca.


   Un accidente separó a mi padre de la vida del mar. En 2005 una red lo enganchó por un pie cuando el carretel (es un aparejo con forma de cilindro gigante) la estaba recogiendo. Llegó a introducirse en él hasta la cintura. El patrón de pesca, encargado único de detener las maniobras, tardó minutos en poder reaccionar, porque en el puente de mando no tenían la cámara necesaria para ver bien lo que pasa en cubierta. Ese barco tampoco tenía instalado el mecanismo de cubierta para que los propios marineros pudiesen interrumpir el funcionamiento del carretel en caso de emergencia. Fueron los gritos incesantes de sus compañeros y el casco que llevaba puesto los que lo salvaron de una muerte tan dolorosa como segura. El patrón los escuchó en el último momento y detuvo el aparejo, y mi padre cayó vivo al suelo.


   Lo llevaron al puerto más próximo, en Groenlandia. El barco se marchó para continuar con el trabajo en cuanto subieron a mi padre en la ambulancia. El patrón, el único que sabía inglés, ni siquiera esperó para explicarles a los médicos la gravedad del accidente. Al no conocer los hechos, sólo le hicieron una radiografía, y enseguida mandaron a mi padre a un hotel porque era capaz de caminar. Mientras, mi padre estaba completamente sólo con la clavícula fuera del esternón (por favor, intentad imaginar el dolor que esto le ocasionaba, no es una lesión nada habitual) y varias costillas rotas. Tuvo que quedarse allí durante una semana, esperando el vuelo que le llevase al continente (los vuelos a Dinamarca son escasos desde el pueblo groenlandés en el que se encontraba). Cuando llegó a casa supo que jamás recuperaría la fuerza en su brazo derecho necesaria para volver al trabajo. También se encontró con que la empresa armadora no admitía que tuviesen nada que ver con el accidente laboral, y que pretendían desentenderse de su suerte ahora que no podría volver a embarcar. No hubo más remedio que denunciarlos. Los inspectores confirmaron que el barco no cumplía los requisitos mínimos de seguridad y multaron a la armadora, que también ha sido obligada a pagar parte de la pensión de jubilación que cobraba mi padre por incapacidad y ahora por jubilación. El asunto se ha llevado varias veces a juicio, ya que la empresa no deja de recurrir, pero mis padres no están dispuestos a dejar de defender su dignidad, aunque tengan que seguir dejándose en abogados una parte importante de la pensión de mi padre.


   Las secuelas de este accidente no sólo fueron físicas y materiales. Tanto mi padre como mi madre han estado años sumidos en sendas depresiones. Pero no piensan rendirse. Por eso me recuerdan también a los mineros, que han tenido tanto que ver con la lucha obrera en este país, y de cuya labor reivindicativa podemos sentirnos orgullosos todos los trabajadores. Yo tengo mucho que agradecer al ejemplo de lucha que han sido mis padres para mí, y la sociedad española en general tiene mucho que agradecer al ejemplo de lucha que han sido los mineros, desde los tiempos más oscuros.


   Es cierto que aquel accidente pudo haberle costado la vida a mi padre, y que tuvo muchas consecuencias negativas que todavía estamos padeciendo. Pero en cierto sentido, valió la pena. Aprendí la lección más valiosa, sólo eres débil y esclavo si actúas como tal. En lo que le ocurrió a mi padre adquirí la pura y esencial conciencia de clase. Y no hemos tenido que volver a despedirlo desde un puerto, duerme en casa todos los días, y eso lo compensa todo. Y mi madre ya no está casada con un marinero, tal como ella quería de pequeña.



 

domingo, 27 de octubre de 2013

Las mujeres que no amaban a las mujeres

   Soy una mujer de 27 años. He podido estudiar una carrera universitaria. Elegir la carrera que he querido. Nunca he tenido un novio que me pegase. Tampoco me han violado. No me han lapidado en plena calle por adúltera. Ni quemado por bruja. No he tenido que conservar mi virginidad hasta el matrimonio ni casarme por la Iglesia. Mis padres me han educado para ser una persona independiente en todos los sentidos. Jamás he tenido que luchar con ellos para que me dejasen vestir a mi gusto. Mi madre no me ha preparado para ser una gran ama de casa, esposa amantísima y obediente y madre abnegada. Ni siquiera me compraron una Barbie siendo niña, ni me han regalado nunca por Navidad o mi cumpleaños algún juguete que sugiriese que mi lugar en la vida estaba entre fogones y fregonas. En mi casa me han enseñado a decir que no a todo lo que pudiese resultar un menoscabo de mi dignidad ya no sólo como mujer, sino como persona. Y, a pesar de todo, de que soy una mujer joven en pleno S.XXI, sé que el machismo existe todavía, y que ha llegado vivo hasta 2013 con la connivencia de las mujeres. Con la mía incluida, a pesar de considerarme absolutamente feminista y de izquierdas.

   Seamos conscientes o no, la mayor parte de las mujeres participamos o hemos participado alguna vez en la transmisión y el mantenimiento del patriarcado y la discriminación sexual. Desde las formas más evidentes y censurables, como las madres que educan a sus hijos de modo claramente distinto al de sus hijas (cuántas niñas les han tenido que hacer la cama a sus hermanos...) o las madames que se enriquecen en el negocio de la prostitución; hasta las más sutiles y casi invisibles, como cuando se finge un orgasmo para no herir la sensibilidad masculina o cuando dejamos que una revista nos dicte "qué pasos debes seguir para conseguir ser una diosa del sexo sin parecer demasiado zorrón". 

   En este fenómeno de contribución de la mujer a la perpetuación y transmisión de las actitudes machistas, la famosa rivalidad entre mujeres tiene un papel primordial. Todas sabéis a qué me refiero. Esas frases que habéis oído mil veces del estilo "las mujeres somos unas arpías entre nosotras"o "tengo más amigos que amigas porque ellos son más nobles, las mujeres son unas envidiosas". No podemos negar que esa competencia, a veces encarnizada, existe. Para comprobarlo, basta que nos respondamos a las siguientes preguntas:

¿Cómo soléis referiros a una chica más guapa o delgada que vosotras? Zorra, puta, guarra. ¿Y a una más gorda que vosotras? Pobrecita. ¿O a una mujer que ha llegado a lo más alto en su carrera profesional? Chupapollas. Trepa. Seguro que se ha acostado con el jefe. Zorra, puta, guarra. ¿Y a una mujer que se ha emparejado con un hombre maravilloso que la quiere y se preocupa por ella? Cornuda. Quizás también zorra, puta, guarra si ese hombre es justamente el que quisierais para vosotras. Y si en concreto vosotras jamás habéis utilizado alguno de estos calificativos (permitidme que lo dude), se lo habéis escuchado utilizar a alguna (y más de una) de las mujeres que conocéis.

   Después de reconocer la existencia de la rivalidad femenina, conviene hacer un alto en el camino para entender porqué existe. Por supuesto, no creo que exista por naturaleza. No creo que las mujeres sean unas brujas envidiosas desde que nacen, y, por supuesto, no creo que todas las mujeres odien (más o menos secretamente) al resto de las mujeres. Para empezar, tengo cinco amigas. Sí, sólo cinco, pero es que soy una firme defensora de la calidad frente a la cantidad. Y precisamente lo son, con todas sus diferencias entre ellas, por tener algo en común: me quieren tal como soy y desean lo mejor para mí, al igual que yo para ellas, incondicionalmente, sin considerarme una rival o alguien con el que compararse. He tenido "amigas" que se ha comportado conmigo como si mis logros fuesen en menoscabo de los suyos, o que han criticado sistemáticamente mi aspecto y mis decisiones por no comulgar con el suyo/las suyas, y tarde o temprano han dejado de serlo. Esas mujeres actúan como si la vida fuese un cásting o concurso de belleza continuo, pero no lo hacen porque lo lleven en su ADN, sino porque se lo han inculcado. Si la mujer se preocupa exageradamente por su aspecto físico, es porque este sigue siendo, nos guste admitirlo o no, el principal factor para ponderar su valía. Y si las mujeres siguen peleándose por un hombre con el que emparejarse es porque su consideración pública sigue dependiendo en gran parte de que lo consigan.

   Si en estos momentos estáis negando con la cabeza y diciendo que estoy exagerando, y que hoy en día una mujer puede estar perfectamente gorda o soltera sin que se la juzgue por el mero hecho de estar gorda o soltera, acordaos de los cientos de revistas y programas de televisión que dedican páginas y horas a criticar el aspecto físico de las mujeres y sus relaciones de pareja (sí, esas que muchas compráis - más o menos secretamente- y con las que os encanta reíros de las demás por el mero placer de ver que a Christina Aguilera le ha engordado el culo o que a Victoria Beckham o Sienna Miller sus maridos las engañan con la niñera). Listas de las peores vestidas, fotografías en las que a una famosa se le aprecia la celulitis o alguna zona de su cuerpo sin depilar, rumores de cuernos y rupturas... Hay toda una industria montada alrededor de fomentar que las mujeres se critiquen entre ellas por motivos de apariencia o de "mal de amores". El simple hecho de que le concedamos nosotras mismas tanta importancia a que a una cantante le sobren kilos o le falte un marido, habla de que el machismo no se ha superado. Porque a pesar de que Jennifer Aniston sea multimillonaria y tenga éxito como empresaria y actriz (nos gusten o no sus películas), siempre será la pobre chica a la que Brad Pitt abandonó. Y al revés, por muchos logros y dinero que acumule Angelina Jolie, aunque hubiese ganado un Oscar con apenas 25 años, su mayor éxito siempre habrá sido casarse con Brad Pitt y ser la madre de sus hijos (biológicos o no). 

   Si una mujer tiene éxito profesional pero no éxito en el amor, tendemos a sentir lástima por ella e incluso a despreciarla. Fijaos en que a los hombres se les suele llamar "señor" independientemente de si están casados o no, y una mujer sólo es "señora" si tiene un marido que lo refrende, si no sólo es "señorita". Este simple detalle evidencia ni más ni menos que nuestro estatus todavía depende de nuestro estado civil. Por algo un hombre sin pareja de más de 35 años es "un soltero de oro que quiere disfrutar de la vida" y una mujer en las mismas circunstancias es una "solterona que no encuentra quien la quiera y a la que se le está pasando el arroz". Igual de intransigentes nos mostramos con nuestro físico y el de las demás: está gorda, está anoréxica, es un palo, es amorfa, es peluda, es calva, tiene el pelo de estropajo, está operada, viste como una zorra, viste como una monja, es hortera, no tiene gusto...

   Ni que decir tiene que esta competencia está arraigada en siglos de dominancia patriarcal, y que no pertenece a ninguna forma de ser intrínsecamente femenina. Cuando la prosperidad e incluso la supervivencia dependían exclusivamente de conseguir un buen matrimonio, no quedaba más remedio que competir por él. Hoy en día, dicha rivalidad debería haber disminuido drásticamente o haber desaparecido sin más, si realmente el machismo y la supremacía del hombre sobre la mujer también lo hubiesen hecho, pero no es así. Y esa competencia es una prueba fehaciente de ello, así como el hecho de que la industria de la moda, cosmética, etcétera, beben directamente de la fuente de la rivalidad femenina y de nuestra lucha porque los hombres nos vean guapas y poder así seducirlos. Por ello dicha rivalidad y la cosificación sexual de la mujer se siguen fomentando desde la publicidad y la cultura popular en general (series y programas de televisión, pornografía, canciones y vídeos musicales...). 

   El capitalismo ha extendido la hipercompetitividad a todos los ámbitos: el modelo educativo, el modelo laboral... Todo es un concurso de méritos constante para poder sobrevivir dentro de la ley de la oferta y la demanda. Por supuesto, los hombres deben competir también entre ellos, pero la mujer lo tiene más difícil porque se sigue considerando que las cargas familiares le pertenecen en exclusiva. Por ello, se da otro fenómeno que contribuye a la perpetuación del machismo, llevado a cabo por las mujeres: las mujeres que en un mundo machista se sirven del machismo para medrar. Estas mujeres adoptan actitudes machistas, consideran que comportarse como hombres y menospreciar al resto de mujeres como si no fuesen una de ellas les dará más facilidades a la hora de conseguir sus objetivos. Muchas de estas mujeres renuncian a la conciliación familiar y a exigir sus derechos, y son las que suelen acusar a las mujeres que sí luchan por obtener la igualdad de exageradas, histéricas e incluso "feminazis". Son esas mujeres que niegan la existencia del machismo, pero que actúan de forma mimética a un hombre para que la traten como tal, aunque justo ese hecho evidencia que realmente no existe un trato igualitario entre hombres y mujeres. Acusan a las feministas de odiar a los hombres, inventándose incluso un término para ello (el manido y absurdo "hembrismo") y ellas se comportan como si efectivamente odiasen a las mujeres.

   Y es que yo estoy convencida de que la mejor forma de feminismo es quererse a una misma y al resto de mujeres tal como son. Ante el machismo cotidiano de la actualidad, más difícil de combatir por estar encubierto y precisamente por ser negada su existencia por muchas mujeres, lo mejor que podemos hacer para resistirnos a él es ser sinceras con nosotras mismas y entre nosotras. Salir del rebaño para decir bien alto: "No, no puedo andar ni bailar con tacones, son incómodos y me machacan los pies y la columna vertebral", "No, no pienso volver a dejar mi vagina totalmente desprotegida ante candidiasis y cistitis sólo porque a los tíos les gusten los "chochitos" sin pelo, porque además un coño imberbe es un coño de niña, no de mujer, malditos pedófilos", o "No, no tengo instinto maternal y no pienso ser madre sin desearlo, porque no hay peor cosa que se le pueda hacer a un niño indefenso que convertirlo en un hijo no deseado", o "No, no puedo permitirme bolsos de Louis Vuitton ni zapatos de Manolo Blahnik y, la verdad, tengo mejores cosas para las que ahorrar", o "No, no me he corrido, porque te has dedicado a follarme pensando sólo en tu pito y te has olvidado de estimular mi deseo, puto egoísta" o "Sí, ya no tengo 25 años, por eso no pienso ponerme morros ni estirarme el cuello, porque tengo derecho a envejecer sin que se me menosprecie por ello" o "Sí, me sobran kilos, pero también me gusta comer, de hecho disfruto tanto con un buen vino y un buen secreto ibérico que esta hermosa chicha me compensa". 

   Ser feminista consiste en primera instancia en dejar de complacer a los demás, no sólo a los hombres, sino a la sociedad en general, y dejar de tomar decisiones pensando en lo que "se espera" oficialmente de nosotras. Se trata de hacer lo que una quiera, basándose en lo que una necesita o en lo que es mejor para una. Y esto no significa dejarse llevar por el egoísmo, sino tomar las riendas de tu destino. Es absurdo y muy triste ver como muchas mujeres se pasan la vida siguiendo los consejos de las revistas que se hacen llamar a sí mismas "femeninas" o "para mujeres", buscando en una especie de modo "en espera" o actitud pasiva la dieta mágica que las convierta en la modelo de lencería que no son, un "look" y un perfume que defina su personalidad y consiga hacerlas irresistibles ante cualquiera, el príncipe azul que las rescate de su vida anodina para después planificar la boda que las convierta en "princesa por un día". Todo ello en lugar de simplemente aceptarse a sí mismas, desarrollar su personalidad propia, con la que intentar conseguir los objetivos vitales y profesionales que se propongan y casarse simplemente por amor si este surge o no casarse jamás si no les da la real gana.

   En resumen, el principal mandamiento de la ley del feminismo debe ser "Ámate a ti misma sobre todas las cosas y al resto de mujeres como a ti misma". Porque nuestra falta de autoestima es la que le acaba concediendo el poder por defecto al hombre y porque no, la culpa de todo no la tiene Yoko Ono.

martes, 8 de octubre de 2013

No pienses en una gaviota

No hay duda de que los eufemismos facilitan la vida cotidiana y las relaciones humanas en muchas ocasiones. Que levante la mano el que no tiene unos cuántos ex novios o ex novias por ahí todavía esperando a que termine de pasar ese "tiempo" que os ibais a dar; o aquel al que sus padres no le dijeron más de una tarde que se iban tomar la "siesta" (que no a dormir la siesta...). Sin eufemismos como la "gestión de residuos", Los Soprano jamás hubiesen existido. Su uso moderado es tan conveniente como necesario, pero su abuso nos conduce a la madre de todos los eufemismos, es decir, a FALTAR A LA VERDAD. Vamos, a mentir como bellacos.

De todos es conocida la neolengua de eufemismos que se ha sacado el Gobierno de la manga en los últimos años cual distopía orwelliana, para disfrazar la política de capitalismo salvaje (sí, salvaje, de salvaje oeste porque aquí se dispara antes de preguntar e impera la ley del más fuerte) que están llevando a cabo con la excusa de la crisis (porque a estas alturas del juego "crisis" ya no es la palabra maldita que hay que tapar con "desaceleraciones" o "crecimientos negativos", es un eufemismo más, utilizado como coartada para borrar los logros tras décadas y décadas de lucha por los derechos del trabajador).   


En ese mundo de color azul en el que el café tiene efectos relajantes y las pegatinas contra los desahucios son armas de terrorismo, la emigración forzosa no es más que "movilidad exterior" para aprender idiomas y ampliar las miras de la juventud, facilitar el despido es solamente "flexibilizar" el mercado laboral y cortar por lo sano los servicios públicos no son más que "reformas estructurales". La "austeridad" es la llave que abre las puertas de la privatización de educación y sanidad, así como los recortes de derechos y prestaciones sociales. Todo esto presentado como una obligación ante la cual no hay alternativa debido a la situación económica, con expresiones como "hacer los deberes". No hay que fijarse mucho para percatarse de que el Gobierno del PP ha adoptado la estrategia del maltratador: hacer ver a la víctima que no le queda más remedio que pegarle ("me duele más a mí que a ti") y, sobre todo, hacerle creer que es por su culpa ("hemos vivido por encima de nuestras posibilidades"). Y si no os creéis que estáis sufriendo un síndrome similar al de Estocolmo o al de una mujer maltratada, preguntaos cuántas veces os habéis dicho a vosotros mismos aquello de "soy un privilegiado porque tengo trabajo" o mi favorita (eufemismo de más odiada) "no nos podemos quejar con la que está cayendo". Nos han secuestrado y convertido en la "mayoría silenciosa" que otorga porque calla.


No penséis que se trata de una mera dulcificación para presentar medidas políticas impopulares. Esto es mucho más que simple vaselina para metérnosla doblada sin dolor. Está claro que todas estas expresiones responden a una estrategia premeditada, tanto comunicativa como política. Y es que el lenguaje no es más que la expresión del pensamiento, y manipular las palabras y su significado es la forma más eficaz de cambiar el pensamiento dominante. No hace falta buscar en literatura de ciencia fícción como 1984. En su cortito pero lúcido libro "No pienses en un elefante" el lingüista norteamericano George Lakoff explicaba como el partido republicano (conservador, cuyo emblema es un elefante, de ahí el título del libro) se apropió del marco político y moral de referencia a través de la apropiación del lenguaje. De este modo, instauró conceptos como PROVIDA para referirse a su lucha anti abortista (como si estar a favor del derecho de la mujer a decidir fuese sinónimo de muerte, pues lo contrario de provida es ANTIVIDA), GUERRA CONTRA EL TERROR para englobar todas las invasiones imperialistas americanas; o definieron la idea de FAMILIA y MATRIMONIO únicamente como la unión entre un hombre y una mujer para tener hijos juntos. De este modo, si el republicano es el partido a favor de la familia y en contra del terror, ¿qué será el partido demócrata sino el partido que está en contra de la familia y favor de los terroristas? Lakoff establecía que para que los demócratas pudiesen recuperar el espacio perdido, debían recuperar el lenguaje, crear su propio marco referencial de significados y revertir el bombardeo comunicativo (y no sólo comunicativo) que los republicanos habían llevado a cabo durante décadas. Es decir, dejar de pensar en los términos del elefante.


(Este libro se escribió antes de la victoria de Obama, y casi podría decirse que los expertos de la campaña electoral demócrata siguieron sus enseñanzas a pues juntillas, al renovar el concepto de familia equiparándolo al de la nación norteamericana y, por lo tanto, elevando a fraternidad las relaciones ciudadanas, y, de este modo, convirtiendo al propio Obama en el padre protector de esa gran familia. Padre que por cierto también utiliza eufemismos como "ataques quirúrgicos" o "intervenciones humanitarias" siempre que le convienen, para acabar haciendo lo mismo que sus contrincantes: bombardear).


Algo similar está pasando en España con el PP. Tanto es así, que la manipulación lingüística no se limita al ámbito socioeconómico. Más allá de los famosos "hilillosh de plastilina", los integrantes del Partido Popular se han acostumbrado a tapar con eufemismos y circunloquios sus negligencias e incluso su corrupción, con el NO ME CONSTA, los SOBRESUELDOS y la INDEMNIZACIÓN EN DIFERIDO a la cabeza. Es más, han llegando al nivel de utilizarlos para esconder la apología del fascismo y la violencia. Los actos de exaltación del fascismo, los ataques de grupos neonazis, los puños levantados cara el sol de alcaldes del PP o de miembros de Nuevas Generaciones no son más que "chiquilladas" o "incidentes aislados" según la versión oficial, y las banderas franquistas son ni más ni menos que banderas "preconstitucionales". No es inocente este calificativo, que equipara así a la bandera republicana (perteneciente a un sistema democrático y legal) con la del "aguilucho" (insignia de una dictadura genocida impuesta por golpistas sanguinarios), por ser ambas anteriores a la Constitución de 1978. ¿Cuáles podrían ser los "daños colaterales" de institucionalizar estos eufemismos? Pensad en ello, porque da miedo. Sólo tenéis que acordaros de que hace poco más de medio siglo en un lugar no muy lejano a los campos de exterminio se les llamaba CAMPOS DE TRABAJO y al genocidio de millones de personas se le dio el alegre y positivo nombre de SOLUCIÓN FINAL. 


Lo peor es que la mayoría de dichas expresiones han calado en nuestro lenguaje diario y en las redacciones de los medios, que con su afán de encontrar sinónimos para no repetirse adoptan el que sea de forma acrítica (cuando no de forma intencionada). Llamar a las cosas por su nombre es esencial para conocer la realidad y poder cambiarla. Es la forma básica de disidencia en un país en el que nos han robado hasta las palabras, que es lo mismo que decir que nos han robado nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos. No lo olvidéis, no penséis en una gaviota. 


domingo, 29 de septiembre de 2013

La espiral del honor perdido

   Heinrich Böll ya nos advirtió en 1974 desde su novela El honor perdido de Katharina Blum hasta qué punto podía ser peligroso el sensacionalismo periodístico para la vida de cualquier persona corriente. Una mañana te levantas y sales de casa y puedes volver convertido en estadística, gran titular en letras de molde, portada acusatoria, hazmerreír, héroe, víctima o villano, o leyenda urbana global. El sueño de la razón en el siglo de la "high tech" produce monstruos, o más bien esperpentos, como Belén Esteban y otros personajes del circo mediático cotidiano. No vivimos en la sociedad del conocimiento, sino en la sociedad del honor perdido (sea robado o cedido previo pago). Hoy atendemos embobados a toda Katharina Blum postmoderna y compulsiva que ofrezca su carne y su vida privada al mejor postor.
   
   Porque, eso sí, mientras que la heroína creada por el escritor (y Premio Nobel) alemán era una víctima indefensa y arrastrada a la fuerza al epicentro del mercadeo mediático, muchas y muchos de sus replicantes actuales de carne y hueso hacen lo que haga falta por conquistar su minuto de gloria warholiano. De mediocres con afán de protagonismo y sobre todo de dinero (la necesidad agudiza el ingenio y la telegenia) están los platós, las revistas y ahora la red, llenos.

   Pero sobre lo que yo me pregunto es por la responsabilidad del periodismo actual en el pérdida del honor de los protagonistas de sus titulares. En el libro estaba claro. Testigo del affaire que una joven anónima mantiene con un hombre que resulta ser un prófugo, un periodista sin escrúpulos difama a la mujer hasta dinamitar su reputación. El honor de K. Blum muere a manos de los redactores que aporreaban su vida en las máquinas de escribir de los periódicos. Después de hacer de su vida un infierno, el paparazzi morirá también a manos de su víctima mediática, incapaz de reconstruir una intimidad ultrajada y sobreexpuesta. Así de actual resulta este relato contado en los años setenta, que nos permite hablar de hoy a través de una historia del ayer.

   Y los trabajadores de los medios asisten al espectáculo, unos avergonzados y en silencio porque no les queda más remedio (no hace falta que nos extendamos ahora hablando de sueldos irrisorios, jornadas interminables, falta de recursos para completar las informaciones o plazos de publicación imposibles), otros como comparsa o palmeros, otros justificándolo, y los peores, cobrando más que controladores aéreos, tesoreros de partidos políticos o asesores de alcaldesas que no saben hablar inglés por chillar en un gallinero. 


   No hace falta irse a la todopoderosa y millonaria Oprah Winfrey para encontrar ejemplos representativos de ello. Si saliesen a la luz los emolumentos de la mayoría de presentadores, tertulianos y colaboradores de los magacines contenedores (o mejor vertedero, por aquello de la acumulación infinita de basura) que saborean la carroña como si fuese "chateaubriand" de buey, véase el de la santurrona Ana Rosa Quintana (ella jamás caería tan bajo como los del Sálvame, ¡oh, wait!... ¿quién descubrió el filón de Belén Esteban?), quizá empezaríamos a entender porqué a las cadenas no "les queda más remedio con la que está cayendo" que hacer ERES cada dos por tres y pagar sueldos indignos a redactores, cámaras, reporteros y otros trabajadores sobre explotados. Claro, se lo gastan todo en lo que nos encanta llamar estrellas de la televisión.


   No sé si alguna vez os habéis preguntado qué pasa con esas personas normales que, por circunstancias del destino, se ven inmersas en alguna situación comprometida que las convierte en el blanco de todas las informaciones periodísticas; una vez dejan de ser de interés para encabezar portadas y titulares. Y no me refiero precisamente a las ya mencionadas que frecuentan, voluntariamente o no, las revistas del corazón, aunque el ejemplo también es válido. El periodismo puede destruir la vida de una persona, sí. Por lo menos, habrá que pararse un segundo para ponerse en la piel del otro antes de dar el visto bueno a un artículo, porque una vez publicado, y por mucho que se rectifique (si se rectifica, porque es asombroso el poco uso que se hace en los medios españoles de este estupendo instrumento de higiene profesional) el daño ya está hecho. Si en un titular te tachan de asesino, violador o ladrón, te conviertes en ello sea cierto o no. Haced la prueba e intentad recordad quién mató a Rocío Wanninkhof.


   Quizá muchos todavía penséis que fue Dolores Vázquez, condenada por asesinato tanto por sentencia judicial como por la sentencia del juicio mediático paralelo que se montó alrededor del caso. Pero a pesar de todo lo que se dio por hecho (no señores, las hipótesis y especulaciones, por muy verosímiles que puedan parecer, no son sinómino de hecho) fue finalmente absuelta y en su lugar se declaró culpable a Tony Alexander King, que recordaréis también como el culpable de otro famoso asesinato, el de Sonia Carabantes. No trato de esclarecer quién cometió un crimen (no soy investigadora de la policía, ni fiscal, ni jueza, cosa que muchos periodistas parecen no tener clara), sólo de hacer ver que cuando a uno lo relacionan con un delito de tal magnitud, su identidad queda para siempre marcada por ello. Dolores Vázquez será para siempre ante la opinión pública general la bruja lesbiana que pudo haber matado a una chica inocente por el simple hecho de ser la hija de su pareja, según el retrato que se pintó en los medios, sobre todo en ciertos programas televisivos.


   No hace falta que nos remontemos en el tiempo (ni que nos vayamos a los magacines más amarillos) para encontrar ejemplos en los que se eleva a la categoría de noticia o hecho consumado una hipótesis, indicio o simple especulación. Todos estamos pensando ahora en el caso que ocupa estos días las páginas de sucesos de la prensa: el asesinato de la niña compostelana Asunta, ocurrido hace poco más de una semana, y del que su madre es a día de hoy la principal sospechosa. Esta misma mañana, se podían leer en las portadas de algunos periódicos titulares de este tipo: 


<Los padres de Asunta se confabularon para matarla> - ABC

<Asunta sobre su madre: "Sé que me engaña"> - LA RAZÓN
<Asunta pudo ser drogada el día de su muerte en una comida en casa de su padre> - LA VOZ DE GALICIA
   
   En el primer ejemplo se da por hecho que hubo un asesinato premeditado llevado a cabo por dos personas, cuando todavía no está claro a día de hoy cuál ha sido el papel de cada una de ellas en la muerte de la niña (ya no hablo de una sentencia en firme, sino de los cargos definitivos que le serán imputados a cada uno antes de que se celebre un juicio). 

   En el segundo ejemplo se entrecomilla directamente la frase de una fuente (la víctima) a la que jamás se pudo entrevistar porque precisamente está muerta. A menos que el titular haya sido redactado por Ann Germain u otro gurú capaz de comunicarse con los difuntos, esta forma de redactar un titular que además va en portada, no tiene sentido, ni ético ni de ningún tipo. Vayamos al texto de la noticia para saber a qué se refiere el titular (no encontraremos la referencia hasta nada menos que el sexto párrafo):

   "Según la directora y una de las profesoras de la escuela de música a la que asistía Asunta, el pasado mes de julio, la niña llegó a clase con la boca pastosa, los párpados caídos, con una enorme dificultad de movimientos. Llegó a confesarles que su madre le daba pastillas. «Sé que me engaña», les confesó. Ahora ambas se culpan, injustamente, de no haber presionado más a la niña para que hablara, para que les contara qué había ocurrido."

   Creo que queda claro que si algo había que entrecomillar, es la declaración de una de las profesoras, la que fuese que haya contado ese hecho. Algo así: <Una profesora de Asunta: "La niña nos confesó que su madre la engañaba para suministrarle pastillas">. 
   

   El tercer ejemplo lo he escogido simplemente porque algo que "pudo ser" no es lo mismo que algo que fue con certeza, y por lo tanto, no me parece digno de abrir la portada de un periódico. Aunque pueda parecer sólo una cuestión de estilo de redacción, sabemos que la forma de escribir afecta al fondo de lo que se escribe. Por eso existe ese documento engorroso que todos los periódicos deben tener, el Libro de Estilo.
   

   Lo que está en juego no es sólo el derecho a la presunción de inocencia de dichas personas (hay que tener en cuenta que la investigación avanza y cada vez son más las pruebas que las incriminan según las informaciones aportadas por la policía, y las decisiones del juez del caso apuntan también en esa dirección, ya que supongo que no se ordena prisión preventiva si no es por una buena razón), sino la credibilidad de los medios y de la labor periodística en general. Cada vez que se publica un dato antes de que sea confirmado oficialmente o que resulta ser erróneo o inexacto, se menoscaba todo el valor de esta profesión, cuya misión es aportar información veraz ante todo. Por muy ínfimo que sea ese dato. 

   Cualquiera ha podido leer esta semana en la prensa u oído en la radio o la TV que Asunta era la principal beneficiaria de la herencia de sus abuelos, cuando el único testamento del que se tiene conocimiento hasta el momento es uno redactado en 1975, muchos años antes de que la niña naciese. Todavía no se ha esclarecido si dicho testamento sufrió alguna modificación, aunque se ha sabido que la víctima recibió algunas donaciones en vida por parte de sus abuelos (lo que no es lo mismo, ni parecido, que ser su heredera universal, tal como se publicó en casi todos los medios). Este fallo puede parecer una tontería en medio de un crimen así, pero es clave para que el lector o espectador establezca si puede confiar o no en lo que le cuentan los medios y los profesionales de los mismos. 


   Parece mentira que en 2013 prevalezca todavía la lucha para ser el primero en publicar algo, y no por ser el que lo ha publicado con más calidad. Además, el valor de la dignidad humana va más allá de la obligación profesional de citar fuentes, poner comillas o anteponer el manido adjetivo "presunto/a". Se trata de una obligación intelectual, no una mera cuestión técnica. Cuando no se informa con el rigor debido, no son sólo las personas afectadas por la noticia las que pueden perder el honor. El honor que se destroza inmediatamente es el del periodismo en sí mismo.