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jueves, 7 de diciembre de 2017

Y si era muy ligona, ¿¿qué??

¿Qué va a pensar mi madre? Esta es la duda que me atormenta mientras estoy intentando poner por escrito lo que quiero contaros. No puedo dejar de pensar en ella. En si le daré un gran disgusto. En si se enfadará mucho conmigo. En si voy a decepcionarla. Es curioso, me siento como una niña pequeña que haya roto o estropeado algo valioso, con miedo a ser descubierta. Pero necesito, no, más bien debo hacerlo, es el momento de hablar de esto.

El juicio de la violación múltiple de Sanfermines ha devuelto a la actualidad el caso de  Nagore Laffage, la chica que fue asesinada por Diego Yllanes hace nueve años durante las mismas fiestas, por resistirse y negarse claramente a tener sexo con él. Si no hubiese opuesto resistencia quizá hoy estuviese viva y “sólo” habría sido violada y humillada por la opinión pública y la defensa de su violador por no haber expresado su rechazo sin equívocos y haber subido con él voluntariamente hasta su casa de madrugada. Su familia tendría que soportar el sensacionalismo de los magacines televisivos, se realizarían encuestas en las redes sociales sobre si ella consintió o no, la llamarían “guarra” y “calienta braguetas” en las sobremesas de muchos hogares, se discutiría en muchos centros de trabajo sobre si esa fatídica noche le causó un auténtico trauma y probablemente un detective privado habría seguido sus pasos de cerca. Pero lo más seguro es que su cuerpo no hubiese acabado tirado dentro de una bolsa en un monte a las afueras de Pamplona.

Sin embargo, su no rotundo, su amenaza de denunciar a su agresor, no sirvió siquiera para librarla de las sospechas del jurado popular designado para su juicio: ¿”Nagore era muy ligona?” fue la única pregunta que se les ocurrió formular en todo el proceso. Una chica de veinte años asesinada de una brutal paliza, con un dedo amputado por un hombre que llamó a un amigo para pedirle que le ayudase a deshacerse del cadáver, y lo más importante siguió siendo a ojos del público la actitud previa de la víctima. Es esa pregunta la que no deja de retumbar en mi cabeza. Porque yo sí era muy “ligona”. ¿Quiere decir eso que si sufro una violación y la denunció mi agresor será absuelto? ¿Significa que lo habré merecido? 


Preguntaron "ligona" pero todas sabemos en qué palabra estaban pensando
   

Seré sincera, yo era más que “ligona”. Según los estándares de la rediviva inquisición sexual a la que nos siguen sometiendo a las mujeres, yo era una “zorra” en toda regla. Aunque no mantuve relaciones sexuales con nadie hasta que llegué a la universidad, me despaché a gusto durante mis años de carrera. Ni siquiera me acuerdo de con quién perdí ese invento llamado virginidad. A pesar de que había llegado a la facultad con un novio de los oficialísimos, mi primera vez fue con un desconocido un jueves de esos de obligatoria fiesta nocturna con borrachera. Un chico cualquiera de los que te encuentras en el pub de última hora y se ofrecen amablemente a acompañarte durante la larga caminata de vuelta a la “resi”. Ni siquiera me acuerdo de su nombre, aunque llevo más de una década intentando recordarlo. Lo siento, Comotellames.

Así que mi primera vez no fue una experiencia religiosa ya no con el hombre de mi vida, ni siquiera con alguien especial al que decidiese entregarle eso que se considera el mayor tesoro de una mujer. No me reservé para nadie. Mal empezamos. Lo que vino después puede resumirse en las siguientes cifras: dos relaciones estables, una de ellas con cero orgasmos, más infidelidades de las que me gustaría reconocer, innumerables gilipollas de una noche, contadísimas agradables sorpresas que me hubiera gustado repetir pero se quedaron en irrepetibles y un par de píldoras del día después. Ningún embarazo no deseado ni ETS reseñable si obviamos las malditas cistitis y alguna candidiasis. Pues tampoco es para tanto, ¿no?

Con ese “historial” que no se diferencia demasiado de cualquier estudiante corriente, el veredicto está claro: puta y reputa. Siendo tan casquivana y sobre todo, tan poco prudente, diréis que he tenido suerte de no haber sido violada o algo peor. Creedme, tal como están las cosas yo misma me digo a veces que de buena me libré. Que con los riesgos que tenemos que correr las mujeres no vale la pena ejercer la libertad sexual que en teoría nos pertenece. ¿En qué estaba pensado?

Tampoco creáis que me fui de rositas. Viví unas cuantas situaciones de acoso durante aquellos años de “inconsciencia”. Mi primer novio no se tomó bien que lo dejase y estuvo llamando a mis amigas y siguiéndome durante muchos meses. Uno de esos chicos de una noche se obsesionó conmigo y llegó a amenazarme abiertamente en varias ocasiones por no responder a sus mensajes. Una vez me llevé el susto de mi vida porque un chico con el que quedaba de vez en cuando me dejó tras una discusión encerrada con llave en su piso hasta que volvió de trabajar. También mantuve mucho sexo consentido pero no realmente deseado. Es el precio que todas tenemos que pagar por no comportarnos como lo que todavía demasiada gente llama “damas”. Sí, me gustaba tontear, me encantaba esa adrenalina de la seducción, me divertía conocer chicos diferentes, coquetear, interpretar distintas versiones de mí, sentirme deseada. Tanta frivolidad en una mujer no puede salir gratis, claro. Un chico en exactamente mi misma posición sería considerado un máquina. ¡Bien hecho, campeón, así es como se aprovechan los años de estudio! Yo, sin embargo, no soy más que un juguete roto. ¡Qué lástima de chica, vaya forma de echarse a perder…!        

Pero todavía no os he contado lo que realmente me quema por dentro, algo que todas estas semanas de juicio de “La Manada” me ha removido. Algo que había olvidado y hasta ahora me había parecido una anécdota más. Hubo una vez un chico con que el que quedaba a menudo pero que no pasaba de parecerme majo. No me atraía sexualmente en absoluto. Me caía muy bien, eso sí. Hablábamos sobre todo de cine, íbamos de vez en cuando a ver pelis juntos. Una tarde al salir de la redacción en la que estaba haciendo prácticas en aquel momento, me invitó a cenar. Dijo que quería enseñarme un sitio que creía que me iba a encantar. Casualmente ese restaurante estaba cerrado aquel día. Así que sugirió que fuéramos a su casa. ¡Venga, te debo esta cena, ya verás que bien cocino, vas a flipar!, me dijo. Yo estaba muerta de hambre después de todo el día y tras no haber comido más que un sándwich en el descanso del mediodía. Era mi colega, no pasaba nada. Nos montamos en su coche, pero de camino a su casa empecé a preocuparme porque el viaje se estaba haciendo demasiado largo, su casa era un chalet bastante apartado de la ciudad.

“No seas tonta, le conoces desde hace tiempo, no tiene sentido rayarse”, pensé. Así que una vez allí, volví a relajarme, mientras examinábamos su extensa colección de películas en el salón. No flipé con la comida, que no pasó de ser una tortilla de patatas pasable, y entre bromas y las lágrimas de la cebolla se me pasó la sensación inicial de desconfianza. Pero se hizo tarde y cuando pedí que me llevase a casa de vuelta, volvió el miedo. Su semblante cambió de forma apenas imperceptible, pero su mirada se transformó en un abrir y cerrar de ojos en hostil y amenazadora. “Yo pensaba que te gustaba…”, me dijo. Se hizo el silencio más incómodo de toda mi vida. “Puedes irte si quieres, pero yo no voy a llevarte a ningún sitio”. Literalmente me cagué de miedo. Le pregunté dónde estaba el baño y allí me encerré a evacuar y a repasar desesperadamente mi agenda del móvil. ¿A quién podía pedir que viniese a recogerme? A mi madre no podía llamarla sin preocuparla. Ninguna amiga que viviese medianamente cerca. Siento decepcionaros, no tenía novio oficialísimo en aquella época. Me acordé de que un chico con el que había salido hacía tiempo trabajaba en un bar que no estaba demasiado lejos de allí. Si con suerte hubiera acabado su turno no le llevaría más de media hora aparecer. Le escribí resumiendo apresurada mi comprometida situación y no tardó en responderme “Venga, pásame dirección”. Salí encogida del baño y mirando al suelo le dije a mi amigo que vendría alguien a buscarme en un rato. No me respondió. No volvió a hablar en todo el tiempo de esa espera que se me hizo interminable aunque, efectivamente, no duró más de media hora.

Sentí un alivio enorme cuando el coche arrancó y nos fuimos de allí. Pero no acaba aquí la historia. Tras contarle con detalle a este chico lo que me había pasado no tardó en empezar a insistir con sorna: “Así que me has utilizado para librarte de otro tío. ¿No te doy pena? Merezco una recompensa por haberte salvado, ¿no?”. Lo que comenzó como una especie de broma se convirtió en un chantaje emocional. Paró el coche, me agarró un brazo e intentó besarme. Me eché hacia atrás: “¿Qué haces, tío?”. “Anda, ¿ni un beso me he ganado?”. Recuerdo con exactitud lo que pensé antes de dejar que me besase y me metiese mano y lo que vino después en el asiento trasero: “al menos recordaré esta noche por un polvo olvidable más y no por una violación imposible de olvidar”. Y es que en el fondo yo también pensaba que le debía sexo a este chico por haberme sacado de una situación peligrosa, al fin y al cabo había recurrido a él porque sabía que le gustaba y que por ello era probable que me ayudase. Era justo que pagase el peaje sexual.

Con mi visión de hoy en día, después de mucho feminismo, sé que no le debía nada a ese chico. Sé que no me acosté con él porque quise, que no me merecía soportarlo por haber sido una “zorra”, que fue él el que se aprovechó de mi situación de vulnerabilidad y del miedo que acababa de pasar. Que no lo había utilizado, que lo llamé por pura supervivencia. Que aunque fuese sexo consentido, ese chico que me salvó de una posible violación era un violador. Sí, si me estás leyendo, eres un maldito violador.



Repasando todo esto me doy cuenta de que yo podría haber sido Nagore, pues he acompañado voluntariamente a más de un depredador a su cueva. También podría haber sido C., la chica violada por cinco “buenos hijos” en Sanfermines, pues he mantenido charlas etílicas con grupos de chicos desconocidos en más de una ocasión porque uno de ellos me hacía tilín. ¿Vosotras no? Sí, yo era muy “ligona”, y un poco “cabra loca” también, y lo grave de todo esto es que todo lo que acabo de confesaros sería considerado casi como antecedentes penales por mi parte si tuviera que enfrentarme a un juicio como víctima de violación. Si yo fuera realmente C., la defensa me hubiese destrozado si conociese mi “historial”, todo esto hubiera sido utilizado en mi contra y pesaría más que las conversaciones de whatsapp de “La Manada” hablando de violar y drogar chicas, sus verdaderos antecedentes penales de robos y agresiones, y que la otra violación múltiple que llevaron a cabo y también grabaron; pues todo eso según la jurisprudencia aplicada no tiene nada que ver con la violación que está siendo juzgada en concreto, pero los hábitos sexuales y sociales de la víctima sí tienen que ver. Kafkiano pero cierto.


No me siento orgullosa de haber sido “promiscua”, no he venido a alardear de liberación sexual (eso dentro del patriarcado es una pura entelequia para cualquier mujer), ni mucho menos. Pero me niego a avergonzarme, sentirme culpable o a pedir perdón por ello. He cometido errores, sí, sobre todo de cálculo. Sinceramente, “desfollaría” si pudiese al setenta por ciento de los tíos con los que he follado, pero no por una cuestión de moral, reputación o dignidad, pues me siento tan digna como la más “casta y pura”; sino por ellos, que eran casi todos unos “mierda” que no se merecían ni un milímetro de mi piel. La cuestión es que estoy harta de que tengamos que comportarnos como la idea hegemónica de “mujer respetable” para ser respetadas. Las mujeres merecemos ser tratadas con respeto y tenemos el básico derecho a no ser violentadas por el simple hecho de ser seres humanos. No puedo evitar que me siga preocupando lo que piense mi madre, pero lo que pudieran pensar los señores del jurado o los tertulianos me tira de un pie. Y creo que es precisamente eso lo que molesta tanto, una mujer completamente liberada de la necesidad de aprobación social, que ya no busca el sello de calidad y feminidad auténtica que los demás, sobre todo si son hombres, deben ponerle. Una mujer realmente independiente de la opinión ajena parece ser más perturbadora para nuestra democracia que la independencia de Cataluña. Sí, yo era “ligona”, muy mucho, y qué, ¿Y QUÉ?

martes, 28 de noviembre de 2017

El patrón patriarcal

"Las mujeres nacen con ese agujerito entre las piernas, donde todo hombre en el planeta quiere clavar algo. Ellas son más débiles que ellos, así que usan estrategias, usan la mente y el sexo y aprenden instintivamente a humillar". Intentad adivinar de dónde he sacado esta cita literal. Es un reto complicado, pues la triste experiencia nos dice que es plausible que pudiera haberla extraído de las conclusiones de un artículo publicado en una revista científica, de una columna dominguera de El País Semanal, de una tertulia de la televisión pública, del monólogo de un humorista, de un tuit viral o de una conversación en la barra de un bar. Sería verosímil cualquiera de las opciones planteadas, pero no es ninguna de ellas. Son las palabras pronunciadas por Ed Kemper, uno de los asesinos en serie que retrata la serie de David Fincher para Netflix "Mindhunter", que mató y descuartizó a una decena de mujeres, incluída su madre, a la que decapitó para después penetrarla por la boca y correrse en su garganta. Es escalofriante pensar que los razonamientos sobre las mujeres esgrimidos por un psicópata capaz de alcanzar el nivel más extremo de violencia y brutalidad sexual no difieren de los de cualquier hombre corriente emitidos en cualquier contexto cotidiano, ¿no?   

La premisa argumental de "Mindhunter" radica precisamente en sacar al exterior la lógica interna de los criminales más sanguinarios y peligrosos. Inspirada en el libro homónimo "Mindhunter: Inside FBI's Elite Serial Crime Unit", cuyo autor es un ex agente del FBI relata los primeros intentos de la agencia federal a finales de los años 70 de aplicar la investigación psicológica y conductual para identificar y clasificar los perfiles y patrones de comportamiento de los asesinos, con el objetivo tanto de ayudar en las pesquisas policiales de casos sin resolver como de adquirir conocimientos que permitiesen prevenir futuros crímenes. No hay rastro de morbo o sadismo en el guión de "Mindhunter", que huye de recrear escenas de crimen espectaculares y sangrientas y de la estetización de la violencia como recurso narrativo, de exhibir cuerpos mutilados y desnudos de mujeres; algo sin embargo tan recurrente en otros thrillers televisivos recientes muy aclamados por la crítica, como "True Detective" o "Hannibal". No interesa el sensacionalismo, la casquería, ni siquiera el suspense es lo primordial.  Rompe los moldes habituales del género policial sobre asesinos en serie centrándose en lo discursivo, en el análisis de las causas de la violencia extrema, que presenta como el problema social que es y no como el típico duelo descontextualizado entre el detective gato y el ratón criminal.

El joven e impaciente agente Holden Ford y el experimentado y lacónico agente Bill Tench deben recorrer juntos los módulos de máxima seguridad de las cárceles de EE.UU, para entrevistar a los asesinos más atroces, tanto en cantidad como en calidad. Así escrito el lector se imaginará un catálogo de impactantes monstruos, discursos trufados de aspiraciones megalómanas, referencias bíblicas y filosóficas, delirios paranoides y todo tipo de trastornos psicológicos. Sin embargo, el impacto se produce por el camino contrario: al descubrir que estamos ante tipos que son como otro cualquiera, de aspecto típico y razonamientos tópicos, hombres comunes cuyo pensamiento se basa en lugares comunes, sobre todo en lo que respecta a sus aspiraciones sociales y a sus relaciones con las mujeres y su opinión sobre las mismas.


El equipo de investigadores de "Mindhunter" está formado por dos agentes de FBI y la profesora universitaria Wendy Carr

"Ya sabe como son las mujeres, ¿no?", "No puedes vivir sin ellas...", "Tienes que hacerlo con coñitos jóvenes antes de que se conviertan en mamás", "Un campus universitario es como una tienda enorme de gominolas", "La mujeres siempre quieren saber, ¿verdad?", "A las mujeres les gusta la atención de los hombres", "Todas las mujeres quieren ser modelos", "Ya no podemos llamarlas damas...". ¿A cuántos hombres que conocéis les habéis escuchado decir cosas similares sino exactamente las mismas que estas? ¿Cuántas veces al día? ¿En cuántos contextos sociales distintos? Desde los "chascarrillos" de un grupo de whatsapp de adolescentes, sin necesidad de que estén organizando una violación en grupo, ni mucho menos; a un anciano quejándose de la mujer con la que lleva toda la vida casado. "Mindhunter" hace algo que parece obvio pero que hoy en día, en una sociedad en la que sigue primando el cuestionamiento del comportamiento de las víctimas y cuya idea de prevención se basa en el miedo y la inhibición de la población para que eviten exponerse a riesgos innecesarios, sigue resultando radical: poner el foco en la forma de pensar de los agresores, sus motivaciones, marcos mentales y escalas de valores. Parándonos un rato a escucharles la evidencia es aterradora: la lógica que utilizan no es una desviación de la lógica social en la que viven, sino una aplicación literal y extrema de la misma.

La culpa es de mamá

Todos los individuos entrevistados rehúsan admitir que la iniciativa criminal partió de ellos, todos sin excepción plantean los brutales asesinatos, torturas y violaciones cometidas contra una cantidad significativa de mujeres como una reacción a las provocaciones de ellas. En su imaginario, ellos son siempre las auténticas víctimas. La mayoría sitúan el origen de su agresividad y perversiones sexuales en la edad adulta en el trato recibido en la infancia por parte de sus madres. En su relato ellos son niños heridos e inocentes, y su madre es la auténtica villana sin escrúpulos. Así que no es sorprendente que llamemos "hijos de puta" a esta clase de criminales. 

"Mi madre me condicionó", sentenciaba Ed Kemper, "una madre jamás debería menospreciar a su hijo". Como su madre era muy autoritaria a su parecer, se escapó para vivir con su padre después de que se divorciasen, pero su padre no lo quiso en su casa. Notad que su padre lo rechazó, pero no señala el abandono por parte de su padre como un trauma. Se fija únicamente en la supuesta conducta exigente y "matriarcal" (lo dice exactamente con ese término) de su madre. Otro de los sujetos de la muestra, Monte Risell, que antes de cumplir la mayoría de edad había violado a diez mujeres y asesinado a cinco de ellas, también se apunta al mito de la madre castradora. "Si me hubieran dejado quedarme con mi padre, todo hubiera sido diferente". En su caso sus padres también se divorciaron a una edad temprana y él y sus hermanos se fueron a vivir otro Estado con su madre y su nuevo marido, sin que su padre biológico intentase nunca mantener el contacto con ellos. Se repite el mismo binomio: idealización del padre ausente, al que no se le reprocha el no haber mostrado interés por su prole una vez disuelto el matrimonio y odio profundo hacia la madre, a la que se le achaca ser demasiado exigente y dura con ellos.

La madre de Ed Kemper era una mujer independiente que jamás se volvió a casar y que trabajaba como administrativa en una universidad, cuya "posición acerca de los hombres era demasiado sincera y agresiva", según las propias palabras de él. La madre de Risell no dudó en denunciarle tras cometer varios robos y dos violaciones con 14 años, aunque eso supuso que lo internasen en una "institución juvenil". Los graves delitos cometidos por ellas: ser mujeres fuertes que ejercen su autoridad y que no muestran una actitud abnegada ante sus hijos. Es la ruptura de la supuesta incondicionalidad del amor materno la que ellos no pueden soportar. Que sus madres sean sujetos con criterio propio y capaces de tomar decisiones objetivas, en lugar de siervas sumisas.   

"Mi madre siempre quiso que yo fuera una niña, porque ya tenía a mi hermano mayor. Mi existencia era una decepción para ella", explica Jerome Brudos, un asesino fetichista que mutilaba los pechos y los pies de las mujeres que asesinaba y que coleccionaba cientos de zapatos de tacón. "Que trillado que siempre sea la madre", reponde Debbie, la novia del agente Ford, cuando él le cuenta su encuentro con el asesino. Pues sí, esa excusa freudiana de la madre dominante ya estaba trillada cuando Hitchcock estrenó "Psicosis" en 1960.

¿Derechos o privilegios?

Los hombres crecen en la sociedad patriarcal creyendo que les corresponde un lugar preeminente en la jerarquía social por el mero hecho de ser hombres. Deben alcanzar el éxito profesional, erigirse en cabezas de familia y líderes comunitarios, ser respetados y causar admiración allá por donde van. Como premio por ese esfuerzo competitivo, tendrán acceso más o menos ilimitado a los cuidados y atención femeninas, incluidos, cómo no, los sexuales. Realmente están convencidos de que esto forma parte de su carta de derechos civiles y humanos, porque así se lo ha transmitido la cultura en la que han sido correctamente socializados. Pero una cosa es la teoría, y otra la práctica. Todos los asesinos analizados tienen el mismo problema: no han sabido procesar el baño de realidad. La posibilidad de ser ignorados por las mujeres, de ser rechazados, de no conseguir un empleo de prestigio o ningún empleo en absoluto, que su novia los haya dejado o el simple hecho de que les digan un claro e inequívoco "NO", hace tambalearse la idea que tienen de su rol masculino y por lo tanto pone en entredicho su valía. Lo que no son más que experiencias normales que deberían asumir por entrar dentro del espectro de la libertad de decisión ajena, entre otras circunstancias incontrolables, lo toman como una afrenta directa que les genera una frustración insoportable. Lo consideran de verdad una injusticia que deben reparar. Por eso para ellos sus crímenes son un acto de reposición tanto de la justicia como del orden natural de la cosas, y cómo no, una forma de recuperar su masculinidad amenazada y el control/poder sobre las mujeres que les corresponde ejercer.

"Al principio, las mujeres me ignoraban. No les interesaba. En toda mi vida nadie quería interactuar conmigo, ni siquiera los gatos cuando era niño. La única forma en que podía tener a esas chicas era matarlas, y funcionó. Se convirtieron en mis esposas en espíritu, todavía están conmigo". Otra vez Ed Kemper no se corta en manifestar que como la sociedad no le proveyó de la cuota de mujeres que le pertenecía por derecho, se la procuró él mismo. Estuvo encerrado también en un reformatorio durante su adolescencia: mientras las mujeres vivían libremente su revolución sexual él no era más que un recluso virginal. En su plantemiento lógico, no le quedó más remedio que tomarse la justicia (venganza) por su mano. 

Otro de los sujetos entrevistados, Richard Speck, el más violento y malhablado en su forma de expresarse, es un claro ejemplo del extremo al que puede llevarles la necesidad de proyectar fortaleza y virilidad sin descanso. Era alcohólico y estaba en paro, tras el enésimo rechazo laboral entró a robar en un apartamento en el que vivían ocho enfermeras. Violó a una y las mató a todas. "Pude haberlas violado a todas", se siente en la obligación de remarcar. Tras la matanza intentó suicidarse, pero lo niega. Entra en cólera cuando le preguntan por si se sintió mal tras cometer semejante atrocidad. "Esas putas murieron porque no era su noche". El asesinato es su forma de autoconvencerse de que es un tipo duro, un macho capaz de lo que sea, a pesar de sentirse impotente e incapaz socialmente.

Ellas se lo buscaron

Un momento especialmente revelador es en el que el violador Monte Risell admite que la razón por la que mató a la primera chica después de violarla fue porque respondió con placer a su agresión sexual. "Quería violarla pero no paraba de decir Sí, sigue cariño, estoy muy caliente. Podría haber acabado de otra forma si ella no fuera una maldita puta". Al igual que odian a sus madres porque no pueden soportar a las mujeres en una posición de autoridad, odian a las mujeres que muestran deseo propio, que no cumplen el papel de virgen sacrificada o presa de caza que ellos les han reservado en su escena teatral del crimen. El mero hecho de que actúen como sujetos libres, que vivan sin estar pendientes de ellos, que hablen demasiado o que hagan preguntas incómodas... les ofende y les agrede, y por lo tanto ellas son en realidad las agresoras y ellos siempre están actuando en defensa propia. 

Brudos, el asesino fetichista, raptaba a las mujeres con la excusa de hacerles un reportaje fotográfico para que tuviesen material para presentar en agencias de modelos. "Se lo merecían por querer que las mirasen", suelta ni corto ni perezoso. Sorprende lo habituales que resultan este tipo de argumentos. Hemos podido comprobarlo estas semanas gracias al juicio de la violación grupal en Sanfermines, y no los hemos oído de depravados asesinos psicópatas: esa misoginia que culpabiliza a las mujeres de las reacciones violentas (sexuales o no) de los hombres está a la orden del día entre nuestros compañeros de trabajo, en las comidas familiares, en los programas de televisión. 

Cuestión de orden

Se suele decir que los psicópatas no sienten emociones, pero sí las sienten. El problema es que están convencidos de que los demás no pueden sentirlas, es decir, no consideran seres humanos al resto de las personas, sino que interactúan con ellos como si fuesen objetos e instrumentos que utilizar para la satisfacción de sus objetivos. Es decir, su ausencia de empatía radica en la cosificación del otro. ¿Os suena? Resulta que un comportamiento psicopático no está tan alejado del trato diario dispensado por los hombres a las mujeres dentro del patriarcado. Todos los asesinos entrevistados tratan de dignificar lo que hacen, de presentarlo como una vocación o incluso una virtud o habilidad que los hace excepcionales y les aleja de la vulgaridad, pero no es más que simple misoginia, la continuación al pie de la letra de la lógica machista y simplona de un hombre ordinario

Nuestra forma de organización social se basa en la dominación masculina y esta necesita una base ideológica que la legitime, por eso el papel cumplido por el sistema mediático y la industria cultural es clave en la construcción de la imagen hipersexualizada y cosificada de las mujeres. El cine, la publicidad, la pornografía... nos presentan como objetos al servicio de la satisfacción y la contemplación masculina. Que Ed Kemper coleccionase cabezas femeninas como trofeos o que Jerome Brudos jugase con las mujeres como si fuesen muñecas y las matase por detrás para no tener que admitir que eran personas a las que estaba torturando no es más que la hipérbole de esa cosificación de la mujer propugnada socialmente, que nos presenta como complementos y meros indicadores del éxito masculino. Suena chocante, pero llamamos depravados, aberrantes e inmorales a hombres que aplican (demasiado) al pie de la letra la moral imperante en el mundo en el que viven, lo suyo no es más que una interpretación exacta de la ideología patriarcal, y eso es lo que de verdad debería asustarnos. 

Al principio de la serie el agente del FBI Holden Ford se pregunta que si la mutación de los crímenes hacia una mayor brutalidad e irracionalidad es una "respuesta al caos". A medida que avanza su investigación nos vamos dando cuenta de que es al revés, es una respuesta al orden de las cosas. Los asesinatos de mujeres y la violencia contra elllas en general tienen su raíz en el patriarcado, son fruto directo del machismo sembrado. 

Esta misma mañana uno de los abogados de los cinco "chavales" que muy presuntamente  violaron a una chica de 18 años entre cinco en Pamplona durante San Fermín, los definía así: "No son modelo de nada, incluso pueden ser verdaderos imbéciles, con comportamientos patanes y primarios, pero también son buenos hijos, algunos tienen trabajo y están unidos a sus familias y amigos". Sin quererlo, ha dado en el clavo: la banalidad y cotidianeidad de esa misoginia que desencadena la crueldad contra las mujeres. Los asesinos y violadores no tienen que ser taimados estrategas o  "freaks" extraordinarios, son como cualquier otro hombre correctamente socializado. Lo ha dicho él, no nosotras, son los hijos sanos del patriarcado. Y eso es lo que nos sitúa a nosotras en una situación tan vulnerable y lo que convierte el machismo en un problema social de suma gravedad: que nos puede matar y violar cualquiera.

Perspectiva de género

La gran virtud de "Mindhunter" es su exploración de las posibilidades narrativas de aplicar la perspectiva de género al manido mundo ficcional del thriller policial, tal como ya hemos visto aflorar en otros destacables ejemplos, como la serie norirlandesa "The Fall", protagonizada por Gillian Anderson, o la británica "Liar". Parece mentira, pero resulta honesto presentar a hombres en pantalla hablando de forma directa del odio que sienten hacia las mujeres, exponer sus argumentos sin más, sin disfrazarlos de toda la mitología que rodea a las historias sobre asesinos en serie. De hecho, "Mindhunter" es una completa disección de los comportamientos masculinos y las motivaciones tras ellos, no sólo de los criminales incluidos en el estudio, también del resto de hombres que pasan por la historia, principalmente su protagonista, el agente Holden Ford. Su evolución a lo largo de la serie es uno de sus mayores logros, y evidencia a la perfección cómo tras un hombre que es todo ingenuidad, dulzura, amabilidad y curiosidad por aprender se puede encontrar el mismo machismo sin complejos que en un psicópata asesino.



¿Estás seguro de eso, querido Holden?


Por todo lo expuesto se podría deducir que "Mindhunter" es un campo de nabos en el que las mujeres sólo aparecen en las conversaciones entre hombres, sin embargo, la historia no sería la misma sin sus dos personajes femeninos principales, la novia del agente Holden Ford, Deborah Mitford, y la profesora Wendy Carr, que se une a la unidad de investigación del FBI sobre los perfiles criminales. Para empezar, son las dos personas más inteligentes de todas las que aparecen a lo largo de la serie, y con diferencia. Debbie es estudiante de sociología, y es de sus conversaciones con ella de las que Ford extrae las claves para sonsacar información de los delincuentes entrevistados, sobre cómo aplicar una aproximación emocional, cómo generar confianza y estimular que cuenten sin filtros su vida a perfectos desconocidos. Ella le sugiere que realice preguntas personales, que no pregunte directamente lo que quiere saber, que escuche atentamente y cuide su lenguaje corporal. Ella le ayuda a entender que no se trata sólo de la forma en que estos hombres ven el sexo, sino de cómo ven a las mujeres. 

Si de su novia extrae la forma de entrevistar, la doctora en psicología Wendy Carr le regala la formalización de un cuestionario tipo y la sistematización de los datos recogidos en clasificaciones y taxonomías, la idea de grabar las conversaciones y transcribirlas, e incluso es ella la que consigue financiación para su estudio y la que propone la publicación posterior de sus resultados. Es ella la que hace entender a sus compañeros que no se encuentran ante una cuestión de placer sexual, sino de poder y dominación. En definitiva, son las mujeres las que representan aquí el método científico, en contraste con la improvisación y la actitud impulsiva de los agentes masculinos.

Son estos dos excepcionales personajes femeninos los que sacan a los masculinos de su zona de confort y les ayudan a expandir sus horizontes mentales, los que plantean nuevas preguntas e incógnitas. Sin ellas, ni el estudio en cuestión ni la trama narrativa avanzaría del mismo modo. Holden, que se esfuerza en expresar que no se siente intimidado por vivir y trabajar con mujeres más inteligentes que él, y que incluso las adula y parece admirarlas, actúa como un simple vampiro con ellas, instrumentalizando sus aportaciones para conseguir sus metas pero demostrando durante el curso de la investigación que sus opiniones no le interesan cuando contradicen las suyas y que no está dispuesto a tolerar las críticas. En una escena catártica que rompe definitivamente la visión inofensiva y encantadora que el espectador podía tener de él, este ratifica el narcisismo y misoginia, que hasta ahora sólo se intuía, en una discusión con Debbie:

"- No siempre quiero tu opinión. ¿No puedes ser simplemente mi novia?
- ¿Quieres decir que me limite a callarme y adorarte?
- Al menos podrías intentarlo por una vez... "  

Holden es tan megalómano y misógino como los asesinos a los que estudia con auténtica fascinación, pero ellos simplemente se han despojado de su máscara social, se han liberado ya de su necesidad de encajar. "Mindhunter" vuelve a ahondar así en su desasosegante premisa, que no por obvia es menos cierta y molesta: que detrás de cualquier hombre puede haber un depredador que desea degradar a las mujeres, porque les han educado para ello. Y es que el patrón común a todos es lo bien que han interiorizado las enseñanzas del patriarcado.


lunes, 27 de febrero de 2017

Zonas grises (aka American Bitch)

Este domingo se ha emitido el que para mí es ya el mejor capítulo de Girls, la serie de Lena Dunham para la HBO. Se llama elocuentemente "American Bitch", y en él Hannah, la protagonista de esta serie coral de mujeres jóvenes, visita en su casa a uno de sus escritores más admirados porque él la ha citado para discutir sobre un artículo que ella ha escrito sobre él, en el cual lo critica por haber usado su posición de éxito social y autoridad académica para aprovecharse sexualmente de sus alumnas universitarias. La conversación entre los dos ocupa casi todo el metraje del capítulo, y el momento que motiva este texto es cuando él insiste en que "el sexo es una zona gris" (entendiendo como "zona gris" un ámbito o una situación ambigua en el que las normas no están claras o bien definidas) y ella le responde exasperada "¡Estoy harta de zonas grises!". En ese momento yo grité por dentro lo mismo que ella: ¡A la mierda las zonas grises! Esa zona de color gris con el que se quiere pintar el tema del consentimiento en las relaciones sexuales es por la que nos cuelan la mayoría de violaciones o agresiones sexuales como "malentendidos". Es la neblina grisácea la que convierte al violador en la víctima de la falta de claridad.

"American Bitch" es el brillante tercer episodio de la sexta temporada de Girls.

En un delito en el que para ser condenado la intención es literalmente lo único que cuenta (no el resultado: UNA PERSONA VIOLADA, ni el hecho en sí mismo: VIOLAR, SÍ, VIOLAR), en el que además de tener que demostrar que el violador te ha violado tienes que demostrar que REALMENTE QUERÍA VIOLARTE; el gris favorece a los agresores porque nos hace creer que es casi imposible diferenciar el sí (blanco) del no (negro),y eso nos lleva a que la mayoría de las violaciones sean vistas como errores que se han cometido sin querer y por lo tanto, a la absolución masiva de violadores. Eso si llegan a ser denunciados, pues por culpa de ese enfermizo concepto de "la zona gris" gran parte de las mujeres que se han sentido violadas o acosadas, o no se atreven a denunciar por considerarlo inútil, o ni si quiera son capaces de dirimir si realmente han sido violadas, llegando a creerse en demasiadas ocasiones que son imaginaciones suyas o culpables de haber provocado esa situación indeseada. Por haches o por bes llegamos siempre a la misma absurda conclusión: POBRECILLO VIOLADOR, NO SABÍA QUE ME ESTABA VIOLANDO.

De ahí que me parezca tan brillante el título del capítulo- también título no oficial de una novela de Philip Roth -: American Bitch. La zorra siempre es ella, la que seduce y tiende su tela de araña en la que cae atrapado el hombre, la que calienta cruelmente para luego retirarse, la que denuncia en falso. Él es siempre el cordero. Esa "American Bitch" bien podría ser Dylan Farrow, que acusó al talentoso Woody Allen de abusar de ella cuando era niña, poniendo en peligro su brillante carrera con esos maliciosos rumores imposibles de demostrar. Así es como la zona gris le jodió la infancia y la vida a la desafortunadamente hija adoptiva de un director de cine aplaudido en todo el mundo (bueno, qué digo, fue él el cabrón que más que presuntamente se la jodió). Que la realidad no nos estropee una impecable filmografía ni el estreno anual de Woody Allen, ¿no?

A lo que iba. La zona gris es un mito. Para empezar, en el mito de la zona gris es el hombre el guardián y dueño del consentimiento femenino. Se le otorga al hombre la tarea (y por lo tanto, el poder) de decidir si la mujer desea o no desea mantener relaciones sexuales con él. Son ellos lo que deben interpretar un código que ellos mismos se han inventado. Si lleva escote o minifalda, es que quiere follar. Si te dirige la palabra, te saluda amablemente o mantiene una conversación contigo, es que quiere follar. Si establece contacto visual, quiere follar. Si acepta una cita contigo, obviamente también quiere follar. Si se ha casado contigo o tiene una relación estable contigo, por supuesto quiere (y debe) follar contigo todos los días de su vida hasta que la muerte os separe. Si te admira profesionalmente no solo quiere follar contigo, también quiere chuparte la polla en agradecimiento. Si ha salido de noche a la calle o ha bebido demasiado, quiera o no, tengo derecho a follármela. En resumen, si no huyes despavorida ante su sola presencia, lo más probable es que el hombre en cuestión interprete que deseas acostarte con él. Y todo ello es porque en el tema sexual nosotras somos entendidas como un objeto pasivo, no un sujeto con voluntad activa que toma decisiones propias. En el mito de la zona gris no hay lugar para que el consentimiento sea activo. Todo vale, sobre todo eso de "no me ha dicho expresamente que NO QUERÍA". Entonces, tampoco te ha dicho expresamente que quería, pero, que más da, estamos en una zona gris. Así es como la confusión, la ausencia de límites definidos, SIEMPRE SIEMPRE beneficia al depredador. Sin el mito de la zona gris, toda relación sexual en la que una de las dos personas no ha expresado clara e inequívocamente su consentimiento sería (ES) una violación. Qué rollo, ¿no? La ética y el respeto mutuo darían al traste con toda la industria del porno, gran parte del cine comercial, una inmensa cantidad de obras literarias consideradas obras maestras donde lo que realmente se están relatando son asquerosos abusos de poder, y con la diversión sexual eminentemente masculina de los sábados noche, entre otros pilares de la cultura patriarcal. El sexo libre (¿para quién?) es un derecho humano. No nos los jodáis con exageraciones, puritanismo y puntillosidad, PESADAS.

La actitud de la actriz que entrega el Oscar a un actor acusado de acoso sexual por compañeras ha ocupado más espacio en medios que las propias denuncias en su momento


Lo más perturbador de todo el asunto de la zona gris es el hecho de que el estereotipo del depredador sexual sea habitualmente un hombre de éxito. El capitán del equipo, el periodista socialmente comprometido, el amantísimo padre de familia, el profesor enrollado, el escritor experimentado, el director de culto, un truhán y un señor algo bohemio y soñador... En definitiva, hombres que pueden echar mano de su influencia o poder no solo para acceder a la carta al sexo femenino y abusar de su posición privilegiada, sino que además esa posición les hace impunes, también gracias al mito de la zona gris que convierte en injusta caza de brujas cualquier acusación. Sí, ellos se erigen en las auténticas brujas de Salem (como hace el protagonista de este capítulo de Girls), por encima de las mujeres quemadas. Nadie quiere ser el que tire la primera piedra, si a la que se lapida no es a una mujer adúltera, claro. Esa zona gris es la que permite que Casey Affleck gane un Oscar habiendo acosado sexualmente a compañeras de profesión, y que se señale más a la actriz Brie Larson por no aplaudir cuando ha tenido que entregarle el premio. Otra vez la zorra se come al cordero. Y mientras, lo que el lobo feroz hace en el bosque, allí se queda, en la zona gris que hay entre los árboles.

lunes, 5 de mayo de 2014

Comer plátanos, pinchar condones, camelar pardillas y pegar a tu mujer sin matarla

Detrás de este título ecléctico y pintoresco se encuentra nada más y nada menos que un resumen sucinto de la misoginia de la semana en España (de la última semana, porque cada semana se nos nutre altruista y prolíficamente de nuevos ejemplos).

La verdad, todo hay que decirlo, es que la semana pasada no empezó mal en cuanto a lo que concierne a la lucha contra prejuicios retrógrados y milenarios. El anterior domingo, un iluminado tuvo la gran idea de lanzar un plátano al futbolista brasileño Dani Alves cuando este se disponía a lanzar un córner durante el partido Villarreal-Barcelona, como “sutil” insinuación de que estaba ante un mono en un zoológico. Pero el jugador estuvo rápido de reflejos, y convirtió la intencionada humillación xenófoba en un acto simbólico de denuncia del absurdo racismo que campa a sus anchas en las gradas de muchos estadios de fútbol, al coger el plátano del suelo, pelarlo y comérselo. Gracias a esta ocurrencia de Alves, surgió una campaña contra la xenofobia, después de que Neymar, otro futbolista brasileño que juega en el Barça, colgase una fotografía suya con un plátano en Twitter con el hashtag #TodosSomosMacacos (Todos Somos Monos), en claro signo de apoyo a su compañero de equipo. La red se inundó de fotografías similares de celebridades y anónimos, y para mí, a pesar de que haya trascendido que la idea del lema y de la foto de Neymar fuese de una agencia publicitaria (hay que aplaudir cuando una campaña sirve para agitar conciencias además de para vender un producto) todo hubiera quedado en una anécdota con final feliz (si es que el racismo en deportes como el fútbol se puede considerar anecdótico cuando se oyen insultos peores que “mono” todos los fines de semana en los campos y muchos clubes toleran la existencia de agrupaciones de aficionados con idearios fascistas) si no fuera por la avalancha de chistes generados acerca del concepto de “comer plátanos”, que reveló una vez más la cantidad de prejuicios machistas profundamente arraigados en la ciudadanía española.

Mariló Montero, presentadora de Las Mañanas de La 1, fue uno de los personajes famosos que se comió un plátano contra el racismo. Y lo hizo en directo, ni corta ni perezosa. No seré yo quien salga a defender el de sobra conocido cutremesianismo demagógico de media mañana de esta señora a la que le gusta “toda la gente” (menos Anne Igartiburu, claro) pero no todos los animales (véanse los toros torturados en el Toro de la Vega de Tordesillas), que cree que el alma puede transmitirse con el trasplante de órganos y que confunde el Miño con el Nilo y normalmente, churras con merinas. Pero desde luego, muchos de los comentarios jocosos realizados tras su muestra de apoyo a Dani Alves, fueron tan bochornosos y dignos de ser criticados como el peor de los absurdos comentarios pontificadores de Mariló Montero.

No tardó Twitter en anegarse de perlas machistas trayendo a colación el manido símil sexual y, cómo no, deduciendo que la habilidad profesional con la que esta presentadora ha conseguido su puesto no es precisamente la periodística. Ilustraos:

Mariló Montero comiéndose un plátano? y qué? cada uno busca el éxito con las herramientas de las que dispone.

“Si Mariló Montero se come un plátano en directo, a saber lo que se come detrás de las cámaras.

“Mariló Montero se come un plátano en directo para rememorar el día que fue contratada por TVE.

“Mariló Montero se ha comido un plátano en directo porque se lo ha confundido con una polla.

“Marilo escupió el plátano antes de comérselo delante de toda España. Ya sabemos cómo llegó a donde está.

“Mariló Montero haciendo un Mariló Montero, ahora viendo la destreza comiéndose un plátano entendemos por qué sigue en su puesto de trabajo.”

“No sé de qué os sorprende el arte con el que Mariló Montero se come un plátano, ¿cómo os creéis que ha llegado hasta ahí?

“No me hace falta ver a Mariló Montero comiendo un plátano para saber cómo ha llegado a ser presentadora de TVE. Se intuía ya.

No es necesario que remarque que lo más probable es que todo hubieran sido aplausos y loas si, en lugar de una presentadora de más de cuarenta años de físico llamativo y cuya ropa interior entrevista en directo ya fue Trending Topic, el plátano se lo hubiera comido, por ejemplo, un presentador de informativos en “prime time”. Y es que lo que me molesta no es que se metan con Mariló por sus gazapos y salidas de tono, sino, en este caso, simplemente por ser mujer. Bueno no, no sólo por ser mujer, sino por ser una mujer con éxito profesional, que es lo que evidentemente molesta a los próceres del patriarcado. Y eso que Mariló se pone cada mañana el delantal para trabajar…

Pues sí, la semana empezó calentita, y entró en combustión con el nuevo anuncio de la marca de ropa (por decir algo) barcelonesa Desigual, que bajo el lema “Tú decides” y “La vida es chula”, y coincidiendo con la cercanía de la festividad del Día de la Madre, muestra a una chica probándose ante el espejo un vestido de premamá con un cojín debajo, simulando estar embarazada, previamente a sacar en pantalla un alfiler y unos condones para pincharlos, y supuestamente, conseguir que su deseo de ser madre se haga realidad.  Este despropósito de anuncio se une a los anteriores en la misma línea sexista de esta marca que paradójicamente pretende vender sus prendas a las mujeres a base de ofender su inteligencia (por si sus horribles diseños fueran poco insulto a la inteligencia de cualquiera que no sea daltónico).  Si atendemos a los últimos mensajes de Desigual, los planes de éxito vital de las mujeres pasan por cosas como pinchar condones para quedarse embarazadas o tirarse a su jefe. Exactamente igual que el éxito de Mariló, si atendemos a los comentarios de Twitter. Una mujer no puede conseguir nada sin mantener relaciones sexuales con el sexo opuesto, por lo visto. (Por cierto, la publicidad de Desigual sería perfectamente PROVIDA si no fuera por el hecho insignificante de que si empezamos a pinchar condones en masa, quizá un porcentaje importante de la población acabe muriendo de SIDA, sífilis o gonorrea, ¿no?).

Y es que parece que nos lo buscamos. Si no, que se lo pregunten a Alfonso Rojo (sí, el energúmeno que le dijo a Ada Colau que estaba demasiado gorda para defender los derechos de personas que se han quedado sin hogar), director del diario online Periodista Digital, que esta misma semana publicaba una noticia titulada "Un falso novio de postín camela a una pardilla en Barcelona y se la lleva de esclava a Rumanía" ilustrada con una fotografía de una chica amordazada digna de cualquier página web de pornografía. No es que la mujer haya sido violada, y vejada, es que se ha dejado… engañar, claro. Al igual que todas esas mujeres que en lugar de ser asesinadas por sus novios o maridos mueren a manos de sus presuntas parejas. Que vamos provocando, oiga.

Captura de la noticia de Periodista Digital, cuyo titular y fotografía fueron "corregidos" al poco rato de ser publicada


Eso nos pasa por reclamar cosas tan peregrinas como libertad de decisión y actuación o la igualdad de derechos. Hace años, cuando nuestros maridos nos mantenían a raya dentro de casa y éramos sumisas cuando nos casábamos, esto no pasaba. O así lo cree el cura de Canena, cuyo sermón durante una comunión consistió en lo que sigue: “Hace tres décadas a lo mejor un hombre se emborrachaba y llegaba a su casa y le pegaba a la mujer, pero no la mataba como hoy. Hoy es que la mata. O él a ella o ella a él. ¿Por qué? Porque antes había un sentido moral y hoy no lo hay. Antes había unos principios cristianos y antes había unos valores. Y antes se vivía los mandamientos y una persona tenía una formación cristiana, y aunque se emborrachara, sabía que había un quinto mandamiento que decía no matarás”. Pues eso, que no podía faltar el día santo para culminar la semana misógina. Como dice el refrán, a Dios rezando y con el mazo dando.

miércoles, 22 de enero de 2014

Machismo alfa en fase beta


Venimos de un "annus horribilis" para los objetivos de la lucha feminista en España. En un solo año hemos retrocedido décadas en la percepción social de la mujer y sus derechos como tal. 2013 empezó arrastrando importantes reducciones en las partidas presupuestarias destinadas a la persecución de la violencia machista (a finales de 2012 habían disminuido un 28% desde 2010), y la puesta en marcha de las tasas judiciales, que sumadas a la crisis económica dificultan aún más el inicio de cualquier acción legal por parte de la mujer (reclamaciones en el divorcio, denuncias por acoso o cualquier tipo de discriminación, etc.). La mala prensa de la Ley de Tasas Judiciales, que hubo que revisar, no detuvo el afán "reformador" del Ministro de Justicia, Ruiz Gallardón, que presentó un proyecto de reforma absolutamente reaccionaria del Código Penal (aprobado el pasado septiembre en Consejo de Ministros), que si finalmente entra en vigor, tendrá también graves consecuencias para las mujeres. Sobre todo, porque introduce cambios que van en detrimento de la Ley de Protección Contra la Violencia de Género aprobada en 2004, como el hecho de que directamente se elimine el concepto de violencia de género, de que agredir a la mujer delante de los hijos deje de ser considerado un agravante, o de que se contemplen como atenuantes el consumo de alcohol y drogas o el ir a entregarse a la Guardia Civil tras cometer el delito, u otros oprobios como que las lesiones pasen a ser ¡"faltas leves de ámbito privado"! (o lo que es lo mismo: lo que pasa en casa se queda en casa, donde se lavan en secreto los trapos sucios al más puro estilo franquista...). Gallardón nos tenía preparado además un regalo sorpresa de Navidad, el ya archiconocido Anteproyecto de Ley de Protección de la Vida del Concebido, que básicamente vuelve a considerar el aborto como un delito despenalizado en ciertos supuestos (cada vez menos, ni siquiera las malformaciones fetales graves) y no como un derecho de la mujer.

Posiblemente todavía os estéis preguntando no solo cómo es posible que este tipo de leyes tan retrógradas se hayan abierto camino en pleno 2013, sino cómo es posible que el PP siquiera se haya atrevido a proponerlas ante la ciudadanía. Lo que yo me pregunto es lo contrario. Cómo no van a ser posibles este tipo de retrocesos en un país en el que miembros de los partidos de la oposición son igual de machistas que la más extrema derecha. En el mismo 2013, un concejal del Bloque Nacionalista Galego se refirió a la vicepresidenta del Gobierno como "chochito de oro", un diputado innombrable del Congreso por UPyD aseguró que la mayoría de las denuncias por violencia machista son falsas, otro diputado, en este caso socialista, bromeó sobre hacerle "escrache" a una famosa actriz para "ver si la convencemos de que aunque no se quiera, sí se puede" (vamos, una broma sobre violaciones, por si no queda suficientemente claro).


O cómo no va a ser posible en un país en el que hasta encontramos machistas entre las autoridades encargadas de proteger a las mujeres contra las agresiones. Aunque parezca mentira, también en 2013 un policía de Huelva que trabajaba con víctimas de la violencia de género escribió lo siguiente en su cuenta de Twitter: "El truco está en escucharlas como psicólogo y follártelas como si te estuviesen pagando"


Y cómo no va a ser posible el mismo año en el que el ignominioso libro "Cásate y sé sumisa", editado por el Arzobispado de Granada, llegó a ser el más vendido en España tan sólo a dos semanas de su publicación aquí. El mismo año en que vimos un horda de manos anónimas sobarle sin pudor las tetas a una chica en las fiestas de San Fermín, y el mismito en el que descubrimos el aumento de la violencia de género entre los menores de edad (sólo en el primer semestre de 2013 fueron encausados 85 menores por machismo violento).

Sin embargo, ¿cuántas veces has escuchado el año pasado o este que acabamos de estrenar comentarios como "no seas exagerada, estamos en pleno S.XXI, el machismo ya está erradicado" en respuesta a cualquier queja que hayas expresado ante una actitud machista que hayas detectado (en las políticas públicas, en el trabajo, en tu pareja, en un amigo/a... donde sea)? Seguramente muchas más veces que una. Y probablemente esas frases hayan venido de personas que suelen repetir a menudo a las mujeres que dan a entender su descontento ante algún tipo de agravio, frases como las siguientes:

"Seguro que estás con la regla"
"Estás desquiciada/ amargada/ malfollada / de los nervios"
"Relájate, no es para tanto"
"Existen problemas y debates más graves" (claro que sí, no hay nada que supere el número de niños por segundo que mueren de hambre en el Tercer Mundo, es mejor que no nos quejemos de nada más...)
"Te lo tomas todo demasiado a pecho"
"Eres demasiado sensible/ quisquillosa/ picajosa/ dramática"
"¿Seguro que lo tuyo no es algo hormonal?"
"Era sólo una broma. No tienes sentido del humor"
"Estás histérica/ desquiciada/ neurótica/ desequilibrada"

Y mi favorita, por ser la más repetida: "No es lo que parece, ¡estás loca!". Esta viene con mutación moderna incluida: "loca del coño". Que se lo pregunten a los dos periodistas que este lunes 20 de enero publicaron un elocuente artículo titulado "Cómo reconocer a una loca del coño" en el blog que mantiene uno de ellos para una revista de tirada nacional.

Y es que no os lo perdáis, el machismo de este vanguardista y progresista S.XXI en el que vivimos viene disfrazado de buen rollo, de ironía "cool", de consejos de estilo de vida, de referencias de la cultura pop y listas, muchas listas (y es que parece que los artículos periodísticos divididos en párrafos han sido definitivamente sustituidos por sucesiones de listas), como la de "Tipos de mujeres poco recomendables" que se ha ido publicando periódicamente en ese mismo blog. Atención a su clasificación de mujeres de las que hay que huir, porque no tiene desperdicio. Estos son solo algunos de los tipos de mujeres sobre los que advierte: 


Esta última entrada va en total consonancia con la entrega más reciente, la de la "loca del coño", y empieza de una forma que ilustra perfectamente ese fenómeno inseparable del machismo que busca la desacreditación de la mujer acusándola de inestabilidad mental: 


"Sé lo que están pensando. ¿Qué hace este fulano dedicando una categoría a La Histérica cuando histéricas son todas? " 
No entro a valorar los citados escritos. Si tenéis a bien leerlos, sacad vuestras propias conclusiones. 
Pues eso, el machismo del S.XXI va mucho más allá de agresiones sexuales, violencia "doméstica", piropos obscenos, acoso sexual en el trabajo, trata de blancas, moralismo católico, leyes reaccionarias, discriminación laboral y otras formas fácilmente reconocibles de opresión y explotación de la mujer. En el S.XXI hay demasiadas actitudes machistas y demasiados machistas que no identificamos como tales, y que quizá ni siquiera ellos mismos sepan que lo están siendo. El machista posmoderno es un machista de baja intensidad o como a mí me gusta llamarlo, de liberación lenta, como los antibióticos, pues va actuando poco a poco sin que lo percibamos. La mayoría de las veces nos reímos incluso de sus chistes. Son graciosos. Y los disculpamos diciéndonos a nosotras mismas: "seguro que no lo dice en serio". Cómo va a ser en serio, si lo ha aclarado con un emoticono ("Como te vayas con otro te mato, so zorrón :P").

No importa cuál sea el insulto machista. Si puta, o guarrilla, o frígida, o estrecha, o calientapollas, o arpía, o bruja, o marimacho, o pirada. Si se profiere en un contexto de humor y se le aplica una pátina de sarcasmo, todo vale. No es machismo.


Cómo se juzga a las mujeres por su vestimenta. Foto de Rosea Lake

Y precisamente lo que hace este tipo de machismo el más peligroso, a pesar de que como se encargan de remarcar los machistas "light" no mata ni viola a nadie, es el hecho de que sea tan difícil de reconocer. Que se considere que no existe. Estoy convencida de que es precisamente la relajación en los últimos años en la vigilancia y reprobación pública de este tipo de actitudes pasivo-agresivas la que ha permitido el rebrote del MACHISMO OFICIAL Y CON MAYÚSCULAS encarnado en las nuevas las leyes de Gallardón (que no olvidemos que pertenece a un partido que gobierna porque lo han votado nada menos que 11 millones de españoles). Que sigamos poniendo nosotros la lavadora porque el no entiende cómo funciona, que sigamos siendo nosotras las que por defecto dejamos de trabajar en caso de que tengamos un hijo con nuestra pareja, que se minimice y ridiculice el movimiento feminista a diario en las redes sociales con calificaciones como bolleras, feminazis o hembristas; que permitamos que nos traten con paternalismo y condescendencia, que abusen de nuestra confianza... todo eso es machismo, sin más. Micromachismo, si preferís un término "ad hoc" y más riguroso. Pero machismo al fin y al cabo.

Y los machistas ya no son sólo los clásicos albañiles que te gritan improperios en la calle o los cincuentones que babean frente al escote de las jovencitas. Hay muchos machistas con carreras universitarias, considerados incluso intelectuales y que tienen profesiones de prestigio (como esos políticos, ese policía o esos periodistas nombrados a lo largo de este artículo), incluso con gustos refinados (distinguen varios tipos de tintos y le echan muchos condimentos al gin-tonic), que se preocupan por combinar las prendas que se ponen y no se rascan los huevos en público. Vamos, que no son el típico macho alfa, al que se le ve venir de lejos. Es un macho en fase beta, por así decirlo, cuyo machismo es mayoritariamente latente, y que incluso puede decir defender las mismas causas feministas que tú. Pero eso sí, después de todas las causas habidas y por haber, desde la liberación del Tíbet hasta la lucha contra el cambio climático. Cuando estén resueltos todos los graves problemas que acucian al Planeta Tierra y a todos los seres unicelulares que lo habitan podremos ocuparnos de los derechos de la mujer.

Muchos de ellos son lo que podemos calificar de "solteros exigentes", que bien es cierto que no quieren encontrar a una mujer que sólo esté buena (que también), sino que sea lo suficientemente inteligente para admirarlo pero no lo demasiado como para hacerle sombra, que pille las referencias culturales rebuscadas de sus chistes para que pueda reírse con ellos a carcajadas y alimentar así su ego, que lea los mismos libros y escuche los mismos discos que él para que pueda alabar su buen gusto, que vista de forma elegante pero sexy, que tenga un trabajo para que no tenga que mantenerla (machismo sí, pero que no les afecte al bolsillo) pero que tampoco gane más que él (uno tiene su caché), que no se acueste con otros pero que no se ponga estricta con lo del compromiso (AKA que ellos sí puedan acostarse con otras y puedan así estirar al máximo su peterpanismo), que no tenga celulitis pero que no diga ni mu de su barriga cervecera y lo más importante, que la chupe, pero que no pida que se lo coman (sobre todo si no le huele a lo mismo que huelen las nubes). Por algo están solteros.

Lo más grave es que cuando reconocemos a uno de ellos y le señalamos su error, normalmente le quita hierro, y por una suerte de sortilegio de manipulación emocional consigue darle la vuelta al asunto y hacernos sentir culpables a nosotras por hacernos la víctima o reaccionar exageradamente. "La mujer siempre es víctima", decía Gallardón. Como las cosas sigan este camino, al final va a ser cierto. 


No podemos quejarnos... Magistral viñeta de La Pulga Snob (Argentina)