viernes, 1 de febrero de 2019

Hablemos (de verdad) de embarazo, trabajo y feminismo

Para muchas mujeres adultas profesionales ha sido posible experimentar durante una parte de su vida la fantasía de la igualdad. Una mujer con independencia económica y una carrera profesional consolidada puede llegar a sentirse lo bastante “empoderada” (el adjetivo favorito del feminismo liberal) como para creer que de verdad puede hacer todo lo que quiera y tomar decisiones con al menos la misma libertad que un hombre en sus mismas circunstancias. Esa realidad virtual sin discriminación de género (exceptuando ciertos obstáculos a los que una mujer autoconvencida de ser autosuficiente se acostumbra a restar importancia), se derrumba cual castillo de naipes una vez te quedas embarazada. Ser madre lo cambia todo.
Es un jarro de agua fría que sirve para recordar hasta a las que han aprendido a competir con ejecutivos agresivos cuál es su posición en una sociedad todavía patriarcal. A medida que tu barriga crece también aumenta la percepción de que todo lo que una mujer hace está impregnado por el rol femenino que le viene impuesto, y que esa libertad de moverse a sus anchas era falsa y termina donde comienza el cordón umbilical. Ese ser vivo desarrollándose en nuestra matriz nos desconecta de Matrix y nos despierta en el mundo real, en el que aún nos corresponde el deber de cuidar, mecer, consolar, amamantar, amar incondicionalmente. Ser madre se revela como nuestro primer y más importante oficio, cualquier otra tarea o cargo que ocupemos laboral o socialmente es subalterno con respecto a la maternidad. 
Los datos del Ministerio de Trabajo son tajantes: mientras que la tasa de ocupación fue casi idéntica en 2017 entre hombres y mujeres sin hijos de 25 a 49 años, cuando sí los tienen aparece una brecha de empleo de 19,3 puntos. Eso significa que tener hijos es para las mujeres una puerta de salida del mundo del trabajo si ya están dentro y una barrera de entrada al mismo si no lo están. A pesar de que nuestra legislación prohíbe formalmente la “discriminación por razón de sexo”, y entre esas razones contempla inequívocamente cualquier minusvaloración o perjuicio laboral causado por el embarazo y/o la sucesiva maternidad, el propio Tribunal Supremo reconoce en su jurisprudencia consolidada que “el riesgo de pérdida del empleo como consecuencia de quedarse embarazada constituye el problema más importante, junto a la desigualdad retributiva, con el que se enfrenta la efectividad del principio de igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito de las relaciones laborales”. 

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Artículo publicado el 31 de enero de 2018 en La Marea.com

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