jueves, 7 de diciembre de 2017

Y si era muy ligona, ¿¿qué??

¿Qué va a pensar mi madre? Esta es la duda que me atormenta mientras estoy intentando poner por escrito lo que quiero contaros. No puedo dejar de pensar en ella. En si le daré un gran disgusto. En si se enfadará mucho conmigo. En si voy a decepcionarla. Es curioso, me siento como una niña pequeña que haya roto o estropeado algo valioso, con miedo a ser descubierta. Pero necesito, no, más bien debo hacerlo, es el momento de hablar de esto.

El juicio de la violación múltiple de Sanfermines ha devuelto a la actualidad el caso de  Nagore Laffage, la chica que fue asesinada por Diego Yllanes hace nueve años durante las mismas fiestas, por resistirse y negarse claramente a tener sexo con él. Si no hubiese opuesto resistencia quizá hoy estuviese viva y “sólo” habría sido violada y humillada por la opinión pública y la defensa de su violador por no haber expresado su rechazo sin equívocos y haber subido con él voluntariamente hasta su casa de madrugada. Su familia tendría que soportar el sensacionalismo de los magacines televisivos, se realizarían encuestas en las redes sociales sobre si ella consintió o no, la llamarían “guarra” y “calienta braguetas” en las sobremesas de muchos hogares, se discutiría en muchos centros de trabajo sobre si esa fatídica noche le causó un auténtico trauma y probablemente un detective privado habría seguido sus pasos de cerca. Pero lo más seguro es que su cuerpo no hubiese acabado tirado dentro de una bolsa en un monte a las afueras de Pamplona.

Sin embargo, su no rotundo, su amenaza de denunciar a su agresor, no sirvió siquiera para librarla de las sospechas del jurado popular designado para su juicio: ¿”Nagore era muy ligona?” fue la única pregunta que se les ocurrió formular en todo el proceso. Una chica de veinte años asesinada de una brutal paliza, con un dedo amputado por un hombre que llamó a un amigo para pedirle que le ayudase a deshacerse del cadáver, y lo más importante siguió siendo a ojos del público la actitud previa de la víctima. Es esa pregunta la que no deja de retumbar en mi cabeza. Porque yo sí era muy “ligona”. ¿Quiere decir eso que si sufro una violación y la denunció mi agresor será absuelto? ¿Significa que lo habré merecido? 


Preguntaron "ligona" pero todas sabemos en qué palabra estaban pensando
   

Seré sincera, yo era más que “ligona”. Según los estándares de la rediviva inquisición sexual a la que nos siguen sometiendo a las mujeres, yo era una “zorra” en toda regla. Aunque no mantuve relaciones sexuales con nadie hasta que llegué a la universidad, me despaché a gusto durante mis años de carrera. Ni siquiera me acuerdo de con quién perdí ese invento llamado virginidad. A pesar de que había llegado a la facultad con un novio de los oficialísimos, mi primera vez fue con un desconocido un jueves de esos de obligatoria fiesta nocturna con borrachera. Un chico cualquiera de los que te encuentras en el pub de última hora y se ofrecen amablemente a acompañarte durante la larga caminata de vuelta a la “resi”. Ni siquiera me acuerdo de su nombre, aunque llevo más de una década intentando recordarlo. Lo siento, Comotellames.

Así que mi primera vez no fue una experiencia religiosa ya no con el hombre de mi vida, ni siquiera con alguien especial al que decidiese entregarle eso que se considera el mayor tesoro de una mujer. No me reservé para nadie. Mal empezamos. Lo que vino después puede resumirse en las siguientes cifras: dos relaciones estables, una de ellas con cero orgasmos, más infidelidades de las que me gustaría reconocer, innumerables gilipollas de una noche, contadísimas agradables sorpresas que me hubiera gustado repetir pero se quedaron en irrepetibles y un par de píldoras del día después. Ningún embarazo no deseado ni ETS reseñable si obviamos las malditas cistitis y alguna candidiasis. Pues tampoco es para tanto, ¿no?

Con ese “historial” que no se diferencia demasiado de cualquier estudiante corriente, el veredicto está claro: puta y reputa. Siendo tan casquivana y sobre todo, tan poco prudente, diréis que he tenido suerte de no haber sido violada o algo peor. Creedme, tal como están las cosas yo misma me digo a veces que de buena me libré. Que con los riesgos que tenemos que correr las mujeres no vale la pena ejercer la libertad sexual que en teoría nos pertenece. ¿En qué estaba pensado?

Tampoco creáis que me fui de rositas. Viví unas cuantas situaciones de acoso durante aquellos años de “inconsciencia”. Mi primer novio no se tomó bien que lo dejase y estuvo llamando a mis amigas y siguiéndome durante muchos meses. Uno de esos chicos de una noche se obsesionó conmigo y llegó a amenazarme abiertamente en varias ocasiones por no responder a sus mensajes. Una vez me llevé el susto de mi vida porque un chico con el que quedaba de vez en cuando me dejó tras una discusión encerrada con llave en su piso hasta que volvió de trabajar. También mantuve mucho sexo consentido pero no realmente deseado. Es el precio que todas tenemos que pagar por no comportarnos como lo que todavía demasiada gente llama “damas”. Sí, me gustaba tontear, me encantaba esa adrenalina de la seducción, me divertía conocer chicos diferentes, coquetear, interpretar distintas versiones de mí, sentirme deseada. Tanta frivolidad en una mujer no puede salir gratis, claro. Un chico en exactamente mi misma posición sería considerado un máquina. ¡Bien hecho, campeón, así es como se aprovechan los años de estudio! Yo, sin embargo, no soy más que un juguete roto. ¡Qué lástima de chica, vaya forma de echarse a perder…!        

Pero todavía no os he contado lo que realmente me quema por dentro, algo que todas estas semanas de juicio de “La Manada” me ha removido. Algo que había olvidado y hasta ahora me había parecido una anécdota más. Hubo una vez un chico con que el que quedaba a menudo pero que no pasaba de parecerme majo. No me atraía sexualmente en absoluto. Me caía muy bien, eso sí. Hablábamos sobre todo de cine, íbamos de vez en cuando a ver pelis juntos. Una tarde al salir de la redacción en la que estaba haciendo prácticas en aquel momento, me invitó a cenar. Dijo que quería enseñarme un sitio que creía que me iba a encantar. Casualmente ese restaurante estaba cerrado aquel día. Así que sugirió que fuéramos a su casa. ¡Venga, te debo esta cena, ya verás que bien cocino, vas a flipar!, me dijo. Yo estaba muerta de hambre después de todo el día y tras no haber comido más que un sándwich en el descanso del mediodía. Era mi colega, no pasaba nada. Nos montamos en su coche, pero de camino a su casa empecé a preocuparme porque el viaje se estaba haciendo demasiado largo, su casa era un chalet bastante apartado de la ciudad.

“No seas tonta, le conoces desde hace tiempo, no tiene sentido rayarse”, pensé. Así que una vez allí, volví a relajarme, mientras examinábamos su extensa colección de películas en el salón. No flipé con la comida, que no pasó de ser una tortilla de patatas pasable, y entre bromas y las lágrimas de la cebolla se me pasó la sensación inicial de desconfianza. Pero se hizo tarde y cuando pedí que me llevase a casa de vuelta, volvió el miedo. Su semblante cambió de forma apenas imperceptible, pero su mirada se transformó en un abrir y cerrar de ojos en hostil y amenazadora. “Yo pensaba que te gustaba…”, me dijo. Se hizo el silencio más incómodo de toda mi vida. “Puedes irte si quieres, pero yo no voy a llevarte a ningún sitio”. Literalmente me cagué de miedo. Le pregunté dónde estaba el baño y allí me encerré a evacuar y a repasar desesperadamente mi agenda del móvil. ¿A quién podía pedir que viniese a recogerme? A mi madre no podía llamarla sin preocuparla. Ninguna amiga que viviese medianamente cerca. Siento decepcionaros, no tenía novio oficialísimo en aquella época. Me acordé de que un chico con el que había salido hacía tiempo trabajaba en un bar que no estaba demasiado lejos de allí. Si con suerte hubiera acabado su turno no le llevaría más de media hora aparecer. Le escribí resumiendo apresurada mi comprometida situación y no tardó en responderme “Venga, pásame dirección”. Salí encogida del baño y mirando al suelo le dije a mi amigo que vendría alguien a buscarme en un rato. No me respondió. No volvió a hablar en todo el tiempo de esa espera que se me hizo interminable aunque, efectivamente, no duró más de media hora.

Sentí un alivio enorme cuando el coche arrancó y nos fuimos de allí. Pero no acaba aquí la historia. Tras contarle con detalle a este chico lo que me había pasado no tardó en empezar a insistir con sorna: “Así que me has utilizado para librarte de otro tío. ¿No te doy pena? Merezco una recompensa por haberte salvado, ¿no?”. Lo que comenzó como una especie de broma se convirtió en un chantaje emocional. Paró el coche, me agarró un brazo e intentó besarme. Me eché hacia atrás: “¿Qué haces, tío?”. “Anda, ¿ni un beso me he ganado?”. Recuerdo con exactitud lo que pensé antes de dejar que me besase y me metiese mano y lo que vino después en el asiento trasero: “al menos recordaré esta noche por un polvo olvidable más y no por una violación imposible de olvidar”. Y es que en el fondo yo también pensaba que le debía sexo a este chico por haberme sacado de una situación peligrosa, al fin y al cabo había recurrido a él porque sabía que le gustaba y que por ello era probable que me ayudase. Era justo que pagase el peaje sexual.

Con mi visión de hoy en día, después de mucho feminismo, sé que no le debía nada a ese chico. Sé que no me acosté con él porque quise, que no me merecía soportarlo por haber sido una “zorra”, que fue él el que se aprovechó de mi situación de vulnerabilidad y del miedo que acababa de pasar. Que no lo había utilizado, que lo llamé por pura supervivencia. Que aunque fuese sexo consentido, ese chico que me salvó de una posible violación era un violador. Sí, si me estás leyendo, eres un maldito violador.



Repasando todo esto me doy cuenta de que yo podría haber sido Nagore, pues he acompañado voluntariamente a más de un depredador a su cueva. También podría haber sido C., la chica violada por cinco “buenos hijos” en Sanfermines, pues he mantenido charlas etílicas con grupos de chicos desconocidos en más de una ocasión porque uno de ellos me hacía tilín. ¿Vosotras no? Sí, yo era muy “ligona”, y un poco “cabra loca” también, y lo grave de todo esto es que todo lo que acabo de confesaros sería considerado casi como antecedentes penales por mi parte si tuviera que enfrentarme a un juicio como víctima de violación. Si yo fuera realmente C., la defensa me hubiese destrozado si conociese mi “historial”, todo esto hubiera sido utilizado en mi contra y pesaría más que las conversaciones de whatsapp de “La Manada” hablando de violar y drogar chicas, sus verdaderos antecedentes penales de robos y agresiones, y que la otra violación múltiple que llevaron a cabo y también grabaron; pues todo eso según la jurisprudencia aplicada no tiene nada que ver con la violación que está siendo juzgada en concreto, pero los hábitos sexuales y sociales de la víctima sí tienen que ver. Kafkiano pero cierto.


No me siento orgullosa de haber sido “promiscua”, no he venido a alardear de liberación sexual (eso dentro del patriarcado es una pura entelequia para cualquier mujer), ni mucho menos. Pero me niego a avergonzarme, sentirme culpable o a pedir perdón por ello. He cometido errores, sí, sobre todo de cálculo. Sinceramente, “desfollaría” si pudiese al setenta por ciento de los tíos con los que he follado, pero no por una cuestión de moral, reputación o dignidad, pues me siento tan digna como la más “casta y pura”; sino por ellos, que eran casi todos unos “mierda” que no se merecían ni un milímetro de mi piel. La cuestión es que estoy harta de que tengamos que comportarnos como la idea hegemónica de “mujer respetable” para ser respetadas. Las mujeres merecemos ser tratadas con respeto y tenemos el básico derecho a no ser violentadas por el simple hecho de ser seres humanos. No puedo evitar que me siga preocupando lo que piense mi madre, pero lo que pudieran pensar los señores del jurado o los tertulianos me tira de un pie. Y creo que es precisamente eso lo que molesta tanto, una mujer completamente liberada de la necesidad de aprobación social, que ya no busca el sello de calidad y feminidad auténtica que los demás, sobre todo si son hombres, deben ponerle. Una mujer realmente independiente de la opinión ajena parece ser más perturbadora para nuestra democracia que la independencia de Cataluña. Sí, yo era “ligona”, muy mucho, y qué, ¿Y QUÉ?

martes, 28 de noviembre de 2017

El patrón patriarcal

"Las mujeres nacen con ese agujerito entre las piernas, donde todo hombre en el planeta quiere clavar algo. Ellas son más débiles que ellos, así que usan estrategias, usan la mente y el sexo y aprenden instintivamente a humillar". Intentad adivinar de dónde he sacado esta cita literal. Es un reto complicado, pues la triste experiencia nos dice que es plausible que pudiera haberla extraído de las conclusiones de un artículo publicado en una revista científica, de una columna dominguera de El País Semanal, de una tertulia de la televisión pública, del monólogo de un humorista, de un tuit viral o de una conversación en la barra de un bar. Sería verosímil cualquiera de las opciones planteadas, pero no es ninguna de ellas. Son las palabras pronunciadas por Ed Kemper, uno de los asesinos en serie que retrata la serie de David Fincher para Netflix "Mindhunter", que mató y descuartizó a una decena de mujeres, incluída su madre, a la que decapitó para después penetrarla por la boca y correrse en su garganta. Es escalofriante pensar que los razonamientos sobre las mujeres esgrimidos por un psicópata capaz de alcanzar el nivel más extremo de violencia y brutalidad sexual no difieren de los de cualquier hombre corriente emitidos en cualquier contexto cotidiano, ¿no?   

La premisa argumental de "Mindhunter" radica precisamente en sacar al exterior la lógica interna de los criminales más sanguinarios y peligrosos. Inspirada en el libro homónimo "Mindhunter: Inside FBI's Elite Serial Crime Unit", cuyo autor es un ex agente del FBI relata los primeros intentos de la agencia federal a finales de los años 70 de aplicar la investigación psicológica y conductual para identificar y clasificar los perfiles y patrones de comportamiento de los asesinos, con el objetivo tanto de ayudar en las pesquisas policiales de casos sin resolver como de adquirir conocimientos que permitiesen prevenir futuros crímenes. No hay rastro de morbo o sadismo en el guión de "Mindhunter", que huye de recrear escenas de crimen espectaculares y sangrientas y de la estetización de la violencia como recurso narrativo, de exhibir cuerpos mutilados y desnudos de mujeres; algo sin embargo tan recurrente en otros thrillers televisivos recientes muy aclamados por la crítica, como "True Detective" o "Hannibal". No interesa el sensacionalismo, la casquería, ni siquiera el suspense es lo primordial.  Rompe los moldes habituales del género policial sobre asesinos en serie centrándose en lo discursivo, en el análisis de las causas de la violencia extrema, que presenta como el problema social que es y no como el típico duelo descontextualizado entre el detective gato y el ratón criminal.

El joven e impaciente agente Holden Ford y el experimentado y lacónico agente Bill Tench deben recorrer juntos los módulos de máxima seguridad de las cárceles de EE.UU, para entrevistar a los asesinos más atroces, tanto en cantidad como en calidad. Así escrito el lector se imaginará un catálogo de impactantes monstruos, discursos trufados de aspiraciones megalómanas, referencias bíblicas y filosóficas, delirios paranoides y todo tipo de trastornos psicológicos. Sin embargo, el impacto se produce por el camino contrario: al descubrir que estamos ante tipos que son como otro cualquiera, de aspecto típico y razonamientos tópicos, hombres comunes cuyo pensamiento se basa en lugares comunes, sobre todo en lo que respecta a sus aspiraciones sociales y a sus relaciones con las mujeres y su opinión sobre las mismas.


El equipo de investigadores de "Mindhunter" está formado por dos agentes de FBI y la profesora universitaria Wendy Carr

"Ya sabe como son las mujeres, ¿no?", "No puedes vivir sin ellas...", "Tienes que hacerlo con coñitos jóvenes antes de que se conviertan en mamás", "Un campus universitario es como una tienda enorme de gominolas", "La mujeres siempre quieren saber, ¿verdad?", "A las mujeres les gusta la atención de los hombres", "Todas las mujeres quieren ser modelos", "Ya no podemos llamarlas damas...". ¿A cuántos hombres que conocéis les habéis escuchado decir cosas similares sino exactamente las mismas que estas? ¿Cuántas veces al día? ¿En cuántos contextos sociales distintos? Desde los "chascarrillos" de un grupo de whatsapp de adolescentes, sin necesidad de que estén organizando una violación en grupo, ni mucho menos; a un anciano quejándose de la mujer con la que lleva toda la vida casado. "Mindhunter" hace algo que parece obvio pero que hoy en día, en una sociedad en la que sigue primando el cuestionamiento del comportamiento de las víctimas y cuya idea de prevención se basa en el miedo y la inhibición de la población para que eviten exponerse a riesgos innecesarios, sigue resultando radical: poner el foco en la forma de pensar de los agresores, sus motivaciones, marcos mentales y escalas de valores. Parándonos un rato a escucharles la evidencia es aterradora: la lógica que utilizan no es una desviación de la lógica social en la que viven, sino una aplicación literal y extrema de la misma.

La culpa es de mamá

Todos los individuos entrevistados rehúsan admitir que la iniciativa criminal partió de ellos, todos sin excepción plantean los brutales asesinatos, torturas y violaciones cometidas contra una cantidad significativa de mujeres como una reacción a las provocaciones de ellas. En su imaginario, ellos son siempre las auténticas víctimas. La mayoría sitúan el origen de su agresividad y perversiones sexuales en la edad adulta en el trato recibido en la infancia por parte de sus madres. En su relato ellos son niños heridos e inocentes, y su madre es la auténtica villana sin escrúpulos. Así que no es sorprendente que llamemos "hijos de puta" a esta clase de criminales. 

"Mi madre me condicionó", sentenciaba Ed Kemper, "una madre jamás debería menospreciar a su hijo". Como su madre era muy autoritaria a su parecer, se escapó para vivir con su padre después de que se divorciasen, pero su padre no lo quiso en su casa. Notad que su padre lo rechazó, pero no señala el abandono por parte de su padre como un trauma. Se fija únicamente en la supuesta conducta exigente y "matriarcal" (lo dice exactamente con ese término) de su madre. Otro de los sujetos de la muestra, Monte Risell, que antes de cumplir la mayoría de edad había violado a diez mujeres y asesinado a cinco de ellas, también se apunta al mito de la madre castradora. "Si me hubieran dejado quedarme con mi padre, todo hubiera sido diferente". En su caso sus padres también se divorciaron a una edad temprana y él y sus hermanos se fueron a vivir otro Estado con su madre y su nuevo marido, sin que su padre biológico intentase nunca mantener el contacto con ellos. Se repite el mismo binomio: idealización del padre ausente, al que no se le reprocha el no haber mostrado interés por su prole una vez disuelto el matrimonio y odio profundo hacia la madre, a la que se le achaca ser demasiado exigente y dura con ellos.

La madre de Ed Kemper era una mujer independiente que jamás se volvió a casar y que trabajaba como administrativa en una universidad, cuya "posición acerca de los hombres era demasiado sincera y agresiva", según las propias palabras de él. La madre de Risell no dudó en denunciarle tras cometer varios robos y dos violaciones con 14 años, aunque eso supuso que lo internasen en una "institución juvenil". Los graves delitos cometidos por ellas: ser mujeres fuertes que ejercen su autoridad y que no muestran una actitud abnegada ante sus hijos. Es la ruptura de la supuesta incondicionalidad del amor materno la que ellos no pueden soportar. Que sus madres sean sujetos con criterio propio y capaces de tomar decisiones objetivas, en lugar de siervas sumisas.   

"Mi madre siempre quiso que yo fuera una niña, porque ya tenía a mi hermano mayor. Mi existencia era una decepción para ella", explica Jerome Brudos, un asesino fetichista que mutilaba los pechos y los pies de las mujeres que asesinaba y que coleccionaba cientos de zapatos de tacón. "Que trillado que siempre sea la madre", reponde Debbie, la novia del agente Ford, cuando él le cuenta su encuentro con el asesino. Pues sí, esa excusa freudiana de la madre dominante ya estaba trillada cuando Hitchcock estrenó "Psicosis" en 1960.

¿Derechos o privilegios?

Los hombres crecen en la sociedad patriarcal creyendo que les corresponde un lugar preeminente en la jerarquía social por el mero hecho de ser hombres. Deben alcanzar el éxito profesional, erigirse en cabezas de familia y líderes comunitarios, ser respetados y causar admiración allá por donde van. Como premio por ese esfuerzo competitivo, tendrán acceso más o menos ilimitado a los cuidados y atención femeninas, incluidos, cómo no, los sexuales. Realmente están convencidos de que esto forma parte de su carta de derechos civiles y humanos, porque así se lo ha transmitido la cultura en la que han sido correctamente socializados. Pero una cosa es la teoría, y otra la práctica. Todos los asesinos analizados tienen el mismo problema: no han sabido procesar el baño de realidad. La posibilidad de ser ignorados por las mujeres, de ser rechazados, de no conseguir un empleo de prestigio o ningún empleo en absoluto, que su novia los haya dejado o el simple hecho de que les digan un claro e inequívoco "NO", hace tambalearse la idea que tienen de su rol masculino y por lo tanto pone en entredicho su valía. Lo que no son más que experiencias normales que deberían asumir por entrar dentro del espectro de la libertad de decisión ajena, entre otras circunstancias incontrolables, lo toman como una afrenta directa que les genera una frustración insoportable. Lo consideran de verdad una injusticia que deben reparar. Por eso para ellos sus crímenes son un acto de reposición tanto de la justicia como del orden natural de la cosas, y cómo no, una forma de recuperar su masculinidad amenazada y el control/poder sobre las mujeres que les corresponde ejercer.

"Al principio, las mujeres me ignoraban. No les interesaba. En toda mi vida nadie quería interactuar conmigo, ni siquiera los gatos cuando era niño. La única forma en que podía tener a esas chicas era matarlas, y funcionó. Se convirtieron en mis esposas en espíritu, todavía están conmigo". Otra vez Ed Kemper no se corta en manifestar que como la sociedad no le proveyó de la cuota de mujeres que le pertenecía por derecho, se la procuró él mismo. Estuvo encerrado también en un reformatorio durante su adolescencia: mientras las mujeres vivían libremente su revolución sexual él no era más que un recluso virginal. En su plantemiento lógico, no le quedó más remedio que tomarse la justicia (venganza) por su mano. 

Otro de los sujetos entrevistados, Richard Speck, el más violento y malhablado en su forma de expresarse, es un claro ejemplo del extremo al que puede llevarles la necesidad de proyectar fortaleza y virilidad sin descanso. Era alcohólico y estaba en paro, tras el enésimo rechazo laboral entró a robar en un apartamento en el que vivían ocho enfermeras. Violó a una y las mató a todas. "Pude haberlas violado a todas", se siente en la obligación de remarcar. Tras la matanza intentó suicidarse, pero lo niega. Entra en cólera cuando le preguntan por si se sintió mal tras cometer semejante atrocidad. "Esas putas murieron porque no era su noche". El asesinato es su forma de autoconvencerse de que es un tipo duro, un macho capaz de lo que sea, a pesar de sentirse impotente e incapaz socialmente.

Ellas se lo buscaron

Un momento especialmente revelador es en el que el violador Monte Risell admite que la razón por la que mató a la primera chica después de violarla fue porque respondió con placer a su agresión sexual. "Quería violarla pero no paraba de decir Sí, sigue cariño, estoy muy caliente. Podría haber acabado de otra forma si ella no fuera una maldita puta". Al igual que odian a sus madres porque no pueden soportar a las mujeres en una posición de autoridad, odian a las mujeres que muestran deseo propio, que no cumplen el papel de virgen sacrificada o presa de caza que ellos les han reservado en su escena teatral del crimen. El mero hecho de que actúen como sujetos libres, que vivan sin estar pendientes de ellos, que hablen demasiado o que hagan preguntas incómodas... les ofende y les agrede, y por lo tanto ellas son en realidad las agresoras y ellos siempre están actuando en defensa propia. 

Brudos, el asesino fetichista, raptaba a las mujeres con la excusa de hacerles un reportaje fotográfico para que tuviesen material para presentar en agencias de modelos. "Se lo merecían por querer que las mirasen", suelta ni corto ni perezoso. Sorprende lo habituales que resultan este tipo de argumentos. Hemos podido comprobarlo estas semanas gracias al juicio de la violación grupal en Sanfermines, y no los hemos oído de depravados asesinos psicópatas: esa misoginia que culpabiliza a las mujeres de las reacciones violentas (sexuales o no) de los hombres está a la orden del día entre nuestros compañeros de trabajo, en las comidas familiares, en los programas de televisión. 

Cuestión de orden

Se suele decir que los psicópatas no sienten emociones, pero sí las sienten. El problema es que están convencidos de que los demás no pueden sentirlas, es decir, no consideran seres humanos al resto de las personas, sino que interactúan con ellos como si fuesen objetos e instrumentos que utilizar para la satisfacción de sus objetivos. Es decir, su ausencia de empatía radica en la cosificación del otro. ¿Os suena? Resulta que un comportamiento psicopático no está tan alejado del trato diario dispensado por los hombres a las mujeres dentro del patriarcado. Todos los asesinos entrevistados tratan de dignificar lo que hacen, de presentarlo como una vocación o incluso una virtud o habilidad que los hace excepcionales y les aleja de la vulgaridad, pero no es más que simple misoginia, la continuación al pie de la letra de la lógica machista y simplona de un hombre ordinario

Nuestra forma de organización social se basa en la dominación masculina y esta necesita una base ideológica que la legitime, por eso el papel cumplido por el sistema mediático y la industria cultural es clave en la construcción de la imagen hipersexualizada y cosificada de las mujeres. El cine, la publicidad, la pornografía... nos presentan como objetos al servicio de la satisfacción y la contemplación masculina. Que Ed Kemper coleccionase cabezas femeninas como trofeos o que Jerome Brudos jugase con las mujeres como si fuesen muñecas y las matase por detrás para no tener que admitir que eran personas a las que estaba torturando no es más que la hipérbole de esa cosificación de la mujer propugnada socialmente, que nos presenta como complementos y meros indicadores del éxito masculino. Suena chocante, pero llamamos depravados, aberrantes e inmorales a hombres que aplican (demasiado) al pie de la letra la moral imperante en el mundo en el que viven, lo suyo no es más que una interpretación exacta de la ideología patriarcal, y eso es lo que de verdad debería asustarnos. 

Al principio de la serie el agente del FBI Holden Ford se pregunta que si la mutación de los crímenes hacia una mayor brutalidad e irracionalidad es una "respuesta al caos". A medida que avanza su investigación nos vamos dando cuenta de que es al revés, es una respuesta al orden de las cosas. Los asesinatos de mujeres y la violencia contra elllas en general tienen su raíz en el patriarcado, son fruto directo del machismo sembrado. 

Esta misma mañana uno de los abogados de los cinco "chavales" que muy presuntamente  violaron a una chica de 18 años entre cinco en Pamplona durante San Fermín, los definía así: "No son modelo de nada, incluso pueden ser verdaderos imbéciles, con comportamientos patanes y primarios, pero también son buenos hijos, algunos tienen trabajo y están unidos a sus familias y amigos". Sin quererlo, ha dado en el clavo: la banalidad y cotidianeidad de esa misoginia que desencadena la crueldad contra las mujeres. Los asesinos y violadores no tienen que ser taimados estrategas o  "freaks" extraordinarios, son como cualquier otro hombre correctamente socializado. Lo ha dicho él, no nosotras, son los hijos sanos del patriarcado. Y eso es lo que nos sitúa a nosotras en una situación tan vulnerable y lo que convierte el machismo en un problema social de suma gravedad: que nos puede matar y violar cualquiera.

Perspectiva de género

La gran virtud de "Mindhunter" es su exploración de las posibilidades narrativas de aplicar la perspectiva de género al manido mundo ficcional del thriller policial, tal como ya hemos visto aflorar en otros destacables ejemplos, como la serie norirlandesa "The Fall", protagonizada por Gillian Anderson, o la británica "Liar". Parece mentira, pero resulta honesto presentar a hombres en pantalla hablando de forma directa del odio que sienten hacia las mujeres, exponer sus argumentos sin más, sin disfrazarlos de toda la mitología que rodea a las historias sobre asesinos en serie. De hecho, "Mindhunter" es una completa disección de los comportamientos masculinos y las motivaciones tras ellos, no sólo de los criminales incluidos en el estudio, también del resto de hombres que pasan por la historia, principalmente su protagonista, el agente Holden Ford. Su evolución a lo largo de la serie es uno de sus mayores logros, y evidencia a la perfección cómo tras un hombre que es todo ingenuidad, dulzura, amabilidad y curiosidad por aprender se puede encontrar el mismo machismo sin complejos que en un psicópata asesino.



¿Estás seguro de eso, querido Holden?


Por todo lo expuesto se podría deducir que "Mindhunter" es un campo de nabos en el que las mujeres sólo aparecen en las conversaciones entre hombres, sin embargo, la historia no sería la misma sin sus dos personajes femeninos principales, la novia del agente Holden Ford, Deborah Mitford, y la profesora Wendy Carr, que se une a la unidad de investigación del FBI sobre los perfiles criminales. Para empezar, son las dos personas más inteligentes de todas las que aparecen a lo largo de la serie, y con diferencia. Debbie es estudiante de sociología, y es de sus conversaciones con ella de las que Ford extrae las claves para sonsacar información de los delincuentes entrevistados, sobre cómo aplicar una aproximación emocional, cómo generar confianza y estimular que cuenten sin filtros su vida a perfectos desconocidos. Ella le sugiere que realice preguntas personales, que no pregunte directamente lo que quiere saber, que escuche atentamente y cuide su lenguaje corporal. Ella le ayuda a entender que no se trata sólo de la forma en que estos hombres ven el sexo, sino de cómo ven a las mujeres. 

Si de su novia extrae la forma de entrevistar, la doctora en psicología Wendy Carr le regala la formalización de un cuestionario tipo y la sistematización de los datos recogidos en clasificaciones y taxonomías, la idea de grabar las conversaciones y transcribirlas, e incluso es ella la que consigue financiación para su estudio y la que propone la publicación posterior de sus resultados. Es ella la que hace entender a sus compañeros que no se encuentran ante una cuestión de placer sexual, sino de poder y dominación. En definitiva, son las mujeres las que representan aquí el método científico, en contraste con la improvisación y la actitud impulsiva de los agentes masculinos.

Son estos dos excepcionales personajes femeninos los que sacan a los masculinos de su zona de confort y les ayudan a expandir sus horizontes mentales, los que plantean nuevas preguntas e incógnitas. Sin ellas, ni el estudio en cuestión ni la trama narrativa avanzaría del mismo modo. Holden, que se esfuerza en expresar que no se siente intimidado por vivir y trabajar con mujeres más inteligentes que él, y que incluso las adula y parece admirarlas, actúa como un simple vampiro con ellas, instrumentalizando sus aportaciones para conseguir sus metas pero demostrando durante el curso de la investigación que sus opiniones no le interesan cuando contradicen las suyas y que no está dispuesto a tolerar las críticas. En una escena catártica que rompe definitivamente la visión inofensiva y encantadora que el espectador podía tener de él, este ratifica el narcisismo y misoginia, que hasta ahora sólo se intuía, en una discusión con Debbie:

"- No siempre quiero tu opinión. ¿No puedes ser simplemente mi novia?
- ¿Quieres decir que me limite a callarme y adorarte?
- Al menos podrías intentarlo por una vez... "  

Holden es tan megalómano y misógino como los asesinos a los que estudia con auténtica fascinación, pero ellos simplemente se han despojado de su máscara social, se han liberado ya de su necesidad de encajar. "Mindhunter" vuelve a ahondar así en su desasosegante premisa, que no por obvia es menos cierta y molesta: que detrás de cualquier hombre puede haber un depredador que desea degradar a las mujeres, porque les han educado para ello. Y es que el patrón común a todos es lo bien que han interiorizado las enseñanzas del patriarcado.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Las mujeres de "The Deuce"

"¡ME LLAMO RUBY!". Estas son las últimas palabras pronunciadas por una de las prostitutas del barrio neoyorquino de "The Deuce" antes de ser asesinada por el último putero que la contrató, tras enfrentarse a él porque se negaba a pagarle. Harta de que él utilizase su pseudónimo con desprecio, le gritó su nombre en un impulso de rabia. Él le respondió empujándola sin miramientos por la ventana. Esta desgarradora escena define a la perfección la esencia de la serie que David Simon (The Wire/ Treme) ha escrito junto a George Pelecanos sobre el mundo de la prostitución y los inicios de la industria pornográfica en los años 70. Nos muestra que la deshumanización de las mujeres es el aceite que engrasa la maquinaria que estamos viendo funcionar, para escupirnos en la cara lo que hoy en día sigue pareciendo una idea revolucionaria: que las prostitutas, y las mujeres en general, son seres humanos, personas con identidad propia y una autonomía que pretende ser enterrada y disfrazada bajo un alias, un nombre falso, frívolo y alegre como Candy o Ginger, destinado a atraer y agradar a los "clientes".

Aunque más que ante una historia estamos ante el retrato de un sistema (como siempre en los trabajos de Simon, que es periodista antes que guionista), en esta ocasión el de la unión de patriarcado y capitalismo para convertir la explotación sexual de las mujeres en un suculento negocio, la narración avanza desde el plano general al primer plano de todas y cada una de esas mujeres que se encuentran tras él. Esa es la gran baza y valor de "The Deuce": sus personajes femeninos. Su construcción y tratamiento. 

A pesar de que se centra en un universo que encarna la cima del machismo y la cosificación de la mujer, las mujeres que nos presenta jamás son objetos en la narración ni conforman un arquetipo colectivo presentado como estereotipo de "mujer-víctima". Cada una de ellas, a pesar de vivir circunstancias y experiencias similares, de haber experimentado todas ellas la violencia y el abuso por parte de los hombres, tienen motivaciones y aspiraciones distintas, se mueven por caminos independientes entre sí, desde puntos de partida y hacia destinos diferentes. Precisamente, existe un contraste entre el empeño que ponen los personajes masculinos (proxenetas, mafiosos, puteros, policías...) en hablar de "las mujeres" o "las putas" como una masa homogénea e informe, y el esfuerzo del guión por mostrar lo equivocados que están. "The Deuce" nos presenta un amplio abanico de personajes femeninos tan interesantes como imprevisibles, desde la estudiante de sociología con conciencia feminista que abandona los estudios para trabajar como camarera en bañador, hasta la prostituta más supuestamente alienada y enamorada de su chulo, que al final se atreve a abandonarlo sin dar explicaciones ni mirar atrás. Sus cartas no están marcadas por moralinas ni moralejas, y el gran mérito de sus autores es que consiguen en todo momento desafiar los prejuicios e ideas preconcebidas por el público espectador.

Dentro de su hábil empleo de la perspectiva de género cabe destacar su representación del sexo totalmente libre de sexualización. Se muestran cuerpos desnudos, imágenes muy realistas y directas de los encuentros sexuales, de violencia sexual, de rodajes de películas porno, sin necesidad de instrumentalizar la sexualidad femenina para recreación de la audiencia masculina. A pesar de que se retrata con crudeza y sin filtros la explotación sexual de la mujer, tampoco se niega su faceta de sujetos con deseo sexual. Más allá de que se denuncia el imperio de la concepción patriarcal del sexo, en el que el hombre ocupa la posición de sujeto deseante y la mujer de objeto al servicio de su satisfacción, la serie se preocupa por mostrar mujeres que toman la iniciativa sexual, que tienen fantasías y deseos sexuales y que saben cómo satisfacerse a sí mismas. 


Las conversaciones entre mujeres sentadas frente a la barra de un bar son una seña de identidad de la primera temporada de The Deuce


A lo largo de toda esta primera temporada vemos cómo las mujeres son maltratadas por chulos y puteros, despreciadas y utilizadas por la autoridades que deberían protegerlas, cómo son violadas e incluso asesinadas. Sin embargo, todo ese sufrimiento expuesto de forma descarnada ante nuestros ojos no despoja de su dignidad en ningún momento a las mujeres representadas: el guión las trata con todo el respeto, empatía y comprensión que los hombres y el contexto en el que viven les niegan. 

No hay glamour en el Manhattan que nos enseña Simon, maestro en desmitificar todo los desmitificable. Un ejemplo perfecto es la desmitificación de lo que conocemos como prostitución de lujo. Eileen, el personaje interpretado por Maggie Gyllenhaal y del que sin duda más se hablará por ser uno de los más poliédricos y jugosos (se lo ha reservado para ella porque por algo es productora de la serie) y además mejor interpretados (todos los matices, desde la vulnerabilidad más descorazonadora hasta una determinación que roza la temeridad); tras iniciarse como actriz porno como vía desesperada de escape de las peligrosas calles de "The Deuce", es puesta en contacto por el director de las películas en las que participa con una "madame" de "escorts" que atienden a "clientes" de la alta sociedad en "suites" de hoteles de cinco estrellas. En una secuencia magistral, Simon evidencia la tortura emocional que supone tener que fingir una "cita romántica" con un hombre que ha pagado para simplemente penetrarte por detrás. La parafernalia de la falsa seducción y el oropel de una cena y conversación previa alarga el encuentro y por lo tanto el sufrimiento, te obliga a sonreír y a seguir un ritual absurdo al servicio del ego masculino, que pretende disfrazar de caballero seductor a un monstruo violador. Lo que empieza con vino "gourmet" acaba con él largándola a ella abruptamente de la habitación justo después de correrse. Cuando días después el director le pregunta a Eileen durante un rodaje cómo le está yendo ella contesta: "There's more of the bullshit people do before they fuck but, you know, it's still fucking". 

"The Deuce" también nos muestra la hipocresía de una sociedad que plantea la prostitución como un problema estético pero nunca ético. La policía se ve obligada a sacar la prostitución de las calles para que no moleste a los viandantes (la época de mayor intensificación de multas y arrestos coincide con las Navidades), y de ese modo acaban naciendo los prostíbulos, que no mejoran la seguridad ni el bienestar de las prostitutas, pero las ocultan convenientemente. Al contrario, funcionan como jaulas en las que están encerradas y que sólo aumentan el beneficio para los hombres que las explotan: dentro de ellos pueden controlar mejor la duración de los encuentros sexuales para que haya más rendimiento y productividad y las mujeres son escogidas por los clientes que las examinan en lugar de al menos poder decidir ellas si se suben o no al coche de un hombre, como ocurría fuera. Cambia el escenario (calle, prostíbulo, hotel de lujo), pero nunca cambia la escena de explotación sexual y el binomio de hombres-dinero al que se ven sometidas: puteros que regatean sin parar el precio y proxenetas que se llevan el 90% de él. Y es que aunque nos vendan que la prostitución o que incluso esta serie trata sobre sexo, sabemos que en realidad el tema es el negocio privado que hay tras ella y el poder patriarcal sobre el que se sostiene con la complicidad de las instituciones públicas.

No estamos ante una serie fácil de ver. Cada obra de Simon es un reto constante para el espectador tanto en la forma como en el fondo. No es placentero que nos obliguen a observar las injusticias tan de cerca y desde dentro. Pero tiene recompensa. En este caso, la oportunidad de conocer a Abby, a Lori, a Eileen, a Darlene, a Sandra, a Ruby... Si las conocéis no váis a poder evitar quererlas a todas. "The Deuce" es ante todo la prueba de que el retrato más certero de la misoginia puede ser a la vez una sincera declaración de amor a las mujeres y un efectivo alegato feminista.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Manual de la correcta violación


Laura está maquillándose frente al espejo. Está muy nerviosa, esta noche tiene una cita con un hombre por primera vez desde que rompió con Tom, su novio de toda la vida. Literalmente de toda la vida, lo conoce desde los 13 años. Se dice pronto… Por eso ha decidido tomarse una copita de vino antes de salir de casa, necesita relajarse. Tiene miedo de no saber hacer que la conversación fluya de forma natural, de no resultar interesante, de que se le quiebre la voz… ¿Será muy exagerado el maquillaje? ¿Mucho escote? ¿Pelo recogido o suelto? Mejor será apurar esa copa de un trago para dejar de pensar tanto. 

A la mañana siguiente Laura se despierta en su cama con un fuerte dolor de cabeza. Tiene un mensaje de Andrew en su móvil, el hombre con el que quedó anoche: “Ha sido una noche maravillosa”. Entonces, ¿por qué ella se siente como si hubiese sido la peor de su vida?

Andrew es un hombre gracioso y amable, de sonrisa tierna y condenadamente atractivo. Es médico, un cirujano brillante, respetado y admirado por sus colegas de profesión, algo envidiado porque todas las trabajadoras del hospital suspiran por él en cuanto se da la espalda. Es un padre soltero desde que enviudó hace años, se preocupa por estar siempre que su hijo adolescente le necesita y no perderse una sola reunión o tutoría del colegio a pesar de las largas operaciones y los turnos de noche en urgencias. Mala suerte, a Laura la ha violado el perfecto caballero, el soltero de oro, un profesional de éxito y ciudadano ejemplar, un prócer de la sociedad.

Sí, lo que comenzó como una cena romántica terminó en una violación. Pero claro, ¿cómo puede ser que te hayan violado si te has maquillado y vestido para agradar y atraer sexualmente a tu agresor, si le has sonreído y te has reído a carcajadas de sus chistes, si incluso le has contado algunas intimidades mientras saboreabais ricos platos a la luz de las velas, si estabas a gusto en su compañía y lo invitaste a tomarse la última en tu casa después de cenar, si no tienes moratones, si no gritaste ni intentaste huir, si fue en tu cama sobre tus sábanas recién cambiadas, si usó tu baño después?

Laura recuerda haber dicho claramente que no, pero bebió demasiado como para poder asegurarlo. Sabe que él la ha violado, su cuerpo lo sabe. Pero la agresión sexual que ha sufrido se rige por el manual de la perfecta violación imperfecta. Sólo tiene su palabra contra él, es casi imposible demostrarlo, pero decide denunciar porque es lo que debe hacer, y es ahí donde comienza su infierno.

Afortunadamente Laura no existe, es un personaje, y la violación que supuestamente ha sufrido es sólo el eje argumental de la serie británica “Liar” que HBO ha incluido recientemente en su catálogo. Desgraciadamente, existen miles de mujeres con el mismo problema que Laura en la vida real. 


 
Escenas del interrogatorio al que es sometida la protagonista de Liar tras denunciar que ha sufrido una violación


Este thriller trepidante muestra a la perfección el cuestionamiento constante al que se ve sometida una víctima de violación una vez decide contar que ha sido violada. Es el único tipo de crimen en la que la principal sospechosa es la denunciante en lugar del denunciado, en el que la víctima tiene que superar un tercer grado tanto o más duro que el presunto agresor, sobre todo si no encaja en el concepto socialmente arraigado de lo que entendemos como típica víctima de una violación típica. Es decir, una mujer con abrasiones genitales, ropa desgarrada y múltiples signos de violencia física que ha sido asaltada por un desconocido.

El quid de la cuestión es que la idea que tenemos de una violación habitual es la menos habitual de todas. Según la Federación de Asociaciones de Asistencia a Víctimas de Violencia Sexual y de Género sólo un 15% aproximadamente de las violaciones que se denuncian se producen por asalto. El perfil de agresor más habitual es un conocido de la víctima, normalmente de su círculo más cercano, sobre todo familiares directos, y, además, el 56% de las agresiones y abusos se producen de forma reiterada. Es este falso imaginario social el que sostiene la cultura de la violación y provoca que se criminalice a las (pocas) mujeres que se atreven a denunciar por no cumplir los estándares que se esperan de una víctima de violencia sexual. Seguramente sea ese el principal motivo por el que solamente llegan a denunciarse una de cada seis violaciones. La víctima desiste de denunciar porque cree que no la han forzado lo suficiente, que no le han pegado o humillado lo necesario, que no se ha resistido lo que debería. En definitiva, que no la han violado como es debido. 

Lo interesante de “Liar” es que pone sobre la mesa la culpabilización de las víctimas de violación y la sistemática puesta en duda de su credibilidad no sólo por parte de la sociedad, sino de las propias instituciones y las autoridades, del protocolo forense y policial en sí mismo que se sigue para abordar este tipo de delito. En gran parte de los casos no se hace otra cosa que revictimizar a las denunciantes, con reconocimientos médicos y exploraciones que ahondan en el trauma psicológico, múltiples interrogatorios demasiado extensos y repetitivos y en general una práctica de diligencias que lo último que tienen en cuenta es su dignidad e integridad. Acordaos de aquella jueza del Juzgado de Violencia de Género número 1 de Vitoria que le preguntó literalmente a una mujer que denunció repetidas violaciones por parte su agresor: “¿Cerró usted bien las piernas? ¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?”.  La realidad supera en este caso con mucho a la ficción.

Por favor, queridos agentes del orden, fiscales y jueces, editen de una vez el manual de la buena víctima para que sepamos de una vez por todas en qué ángulo tenemos que colocar las piernas y con cuánta fuerza tenemos que apretar el coño para conseguir que los violadores sean condenados. Ya procuramos no hablar con desconocidos ni salir solas de noche, pero a pesar de ello una mujer sigue siendo violada cada ocho horas en España. Quizá sea porque el Código Penal tipifica y persigue agresiones sexuales que se parecen más a unicornios rosas que a las violaciones que realmente sufrimos las mujeres.

miércoles, 18 de octubre de 2017

La chica especial

“Nunca he conocido a nadie con tu potencial, con la ayuda adecuada llegarás muy lejos.” “No me había pasado con nadie antes, pero no puedo evitar decirte que tu sonrisa me distrae de nuestro trabajo.” “Me encantaría dirigir tu tesis, tus argumentos son brillantes, casi tanto como tu mirada, no me lo tomes a mal, pero es irresistible.” “No te has dado cuenta de lo mucho que vales y de lo guapa que eres, no me malinterpretes, no intento ligar contigo, simplemente me sabe mal que tu autoestima no vaya acorde a ti.” “Es superior a mis fuerzas, pero además de lista eres preciosa, y lo sabes.” “No creas que les digo esto a otras, contigo es distinto.” “No les hagas caso a las demás, te tienen envidia.” "Tú eres especial, no eres como las demás".

¿Cuántas veces os han dicho frases como estas vuestros profesores, jefes, compañeros de trabajo, monitores, caseros, repartidores, camareros, señores que pasaban por allí? Todas hemos sido alguna vez la alumna favorita, la becaria brillante, la empleada del año, el descubrimiento del siglo, la “chica especial” de algún hombre con el que no manteníamos ningún tipo de relación más allá de la estrictamente profesional o la de haber coincidido en el espacio-tiempo.

Sin embargo, sí somos como todas las demás, no poseemos ningún don extraordinario, o superpoder que obligue a los hombres a olvidar el mínimo civismo y las leyes del decoro ante nuestra presencia, que les fuerce a sentir y expresar un deseo sexual irrefrenable hacia nosotras, a hacer proposiciones fuera de tono y lugar, a emitir comentarios sobre nuestro aspecto, a intentar que mantengamos relaciones sexuales con ellos o a dejarse llevar por el impulso de forzarnos. Somos una más, nada en nuestro físico o personalidad causa que acabemos siendo víctimas de acoso y abuso en nuestro entorno laboral, académico, lúdico, en casa o en el metro; aunque el “mito de la chica especial” sitúe convenientemente en nosotras la causa y de paso, la maldita culpa.

El mito de la "chica especial" sitúa la culpa del abuso en las mujeres víctimas


A pesar de ser personas corrientes, más tarde o más temprano llega siempre ese momento en la vida de toda mujer en la que tiene que pagar el peaje sexual. Es el precio que tenemos que pagar las mujeres por no quedarnos eternamente encerradas en casa, tener un trabajo e interacciones sociales. Lo que se entiende por una vida normal, vaya.  En mayor o menor medida, no hace falta haber sufrido abusos sexuales en la infancia por parte de un familiar o haber sido violada por un famoso productor de Hollywood, todas (sin excepción) hemos tenido como mínimo que sentirnos incómodas por comentarios lascivos que no venían a cuento o por toqueteos y besos abruptos e inesperados.

La cosa va más allá del jefe sátiro que babea tras los culos de sus empleadas o del director de casting que necesita ver más carne y “palpar el género” para seleccionar a la mejor para el papel, esos “bribones” a los que todas (y todos) tenemos identificados e intentamos evitar en la medida de lo posible, que forman parte del folclore y cubren el inevitable porcentaje impúdico y rijoso que se supone que tiene que haber porque en este mundo tiene que haber de todo. No, todo hombre, lo ejerza o no, posee una especie de derecho de pernada por el mero hecho de ser hombre, porque vivimos en un sistema basado en la dominación sexual del hombre sobre la mujer. Existe un orden sexual no escrito (o no escrito de forma explícita pero sí implícita en muchas leyes, normas, contratos…) que establece al hombre como sujeto de la sexualidad (y de lo que sea) y a la mujer como objeto, adorno, recipiente.

La violencia sexual en todas sus formas no consiste en actos criminales aislados, delitos execrables que todo ciudadano decente denunciaría. El problema es que la mayor parte del acoso, abuso y violencia sexual que sufren las mujeres no es visto ni entendido como tal. Que los hombres traten a las mujeres y su cuerpo como parte del patrimonio público, como si de mobiliario urbano se tratase, sometido siempre a su evaluación y sello de aprobación, por ejemplo, es una expresión más de ese impuesto sexual que recae sobre las mujeres. Que nuestros atributos físicos y atractivo sexual forme permanentemente parte del todo entendido como valía profesional, también, sea o no una profesión la que ejerzamos en la que la imagen tenga un componente social preeminente (actriz, modelo, azafata, presentadora…).

El entramado cultural, jurídico, sociopolítico, económico que conforma nuestra sociedad patriarcal y androcéntrica lleva incorporada de serie la violencia sexual como parte de un régimen de control de los hombres sobre las mujeres, o si resulta demasiado duro así expresado, un factor clave que determina las formas en que interactúan socialmente hombres y mujeres, y que también afecta al modo de desear y vivir la sexualidad masculina y femenina. No es la excepción, es la regla. El abuso no es una aberración del sistema, está institucionalizado y es una consecuencia lógica del mismo.

Portada de la revista TIME dedicada al productor Harvey Weinstein tras que se destapase su trayectoria de abuso sexual a actrices


Tras el caso de Harvey Weinstein, calificado en primera instancia de “escándalo sexual”, son muchas las voces que se han alzado para indicar acertadamente que no estamos ante un asunto de “sexo”, es un problema de abuso normalizado y generalizado, una costumbre de dominación masculina, es una cuestión de jerarquía social y de poder. Los hombres en posiciones de autoridad nos acosan o nos violan porque PUEDEN, simplemente, porque hay una ideología que deshumaniza y cosifica a las mujeres que acaba legitimando y justificando su actitud. Y lo peor es que en una parte significativa de los casos ni abusador ni abusada se están dando cuenta de que forman parte de un abuso. Lo consideran la realidad objetiva, si dentro de un sistema jerárquico es posible alguna objetividad. Hasta ese punto hemos aprendido a convivir con ello.

Aquí y ahora, tras esa denuncia casi unánime de la conducta abusiva de uno de los magnates de una de las industrias más poderosas del planeta, no se trata de condenar lo obvio, la comisión de delitos tipificados en el código penal, ni plantearlo como un problema de seguridad y protección de la integridad física de las mujeres. Se trata de aprovechar esta ola de denuncias para cuestionar todo el imaginario social que permite que se sigan reproduciendo en 2017 este tipo de situaciones que impregnan nuestra cotidianeidad, derrumbar los roles y estereotipos de género, negarnos a que nuestra conducta, nuestras decisiones, incluso nuestra personalidad se vea modelada y afectada por esa prerrogativa dominante concedida a los hombres.

El caso de Weinstein es paradigmático, porque no es sólo un hombre con poder, es uno de los hombres con EL PODER de controlar y reproducir el relato cultural misógino y machista. Las películas de Hollywood, la mayor maquinaria de propaganda del sistema dominante, son producidas y realizadas por hombres como él. La élite masculina de la industria cultural (majors, editoriales, medios de comunicación, sellos discográficos) decide cómo se representa públicamente a las mujeres y cómo la sociedad en general las percibe. ¿Cómo se va a representar a las mujeres sino como objetos sexuales con este tipo de depredadores al frente del relato cultural? ¿Y cómo nos van a tratar sino como objetos sexuales si nos representan como tales? Hay que romper la espiral, pinchar la burbuja desde todos los frentes, sin descanso, reclamar cada espacio vetado a las mujeres, contestar cada desprecio, frenar cada mano larga. Que se represente a las mujeres como seres humanos es condición necesaria para acabar con la misoginia y la cultura de la violación. Que nos llamen pesadas, quisquillosas, no dejemos de insistir en la perspectiva de género en todos los ámbitos, también en la crítica cinematográfica y cultural. Les guste o no, el arte es política. Ya no vamos a tragar más con que bajo la excusa de la libertad artística o de expresión se siga apuntalando el privilegio masculino.


Esto no es una caza de brujas, es una “guerra de posiciones”, la lucha política feminista contra las convenciones culturales machistas que sostienen todas y cada una de las injusticias patriarcales. No dejemos de señalar ni denunciar la menor “chorrada inofensiva”, ni una más para que no haya ni una mujer menos. Para que podamos vivir como personas corrientes, y no como “chicas especiales”. 

lunes, 7 de agosto de 2017

I love Dick me o la revolución del deseo



Creo que empecé a masturbarme con doce años, un poco antes de mi primera regla. Sin haber cumplido los once años ya tenía los pechos completamente desarrollados, casi los mismos que ahora (no exactamente porque la maternidad no ha pasado inadvertida por ellos) y mi mata de vello púbico ya había brotado en todo su esplendor. Fue la conciencia de los cambios de mi cuerpo lo que despertó en mí el deseo sexual. No podía dejar de mirar y tocar mis tetas ni de atusar la hermosa barba que me había crecido entre las piernas. Ansiaba que llegase el momento de ducharme para tener la coartada perfecta para desnudarme y frotarme todo el cuerpo sin remordimientos. 


Fue una noche como otra cualquiera antes de dormir cuando por fin me atreví a tocarme por primera vez bajo las mantas. Quería saber qué se sentía, pero no fui más allá de “reconocer el terreno”. Recuerdo que estuve meses simplemente hurgando entre mis labios vaginales antes de quedarme dormida, disfrutando de una sensación agradable, pero con miedo de ir más allá, de tocar una tecla que desatase algo irreversible o de mover una pieza que estropease todo mi engranaje genital. Me asustaba estar haciendo algo malo, ser una pervertida o una rara, y me asustaba todavía más hacerme daño. Tenía la firme convicción de que si se me iba la mano demasiado, acabaría provocándome a mí misma un dolor horrible. Pero finalmente llegó el día en que los dedos ganaron a “la razón”, y me corrí por primera vez casi por sorpresa. Yo había sido una niña muy miedosa, me aterraba la oscuridad, y había atesorado unos cuantos rituales maniáticos para tranquilizarme antes de irme a la cama. El orgasmo me liberó de todos ellos, podéis creerme.


No recuerdo en qué solía pensar cuando aquella nueva costumbre pasó a ser masturbación, pero no tenía fantasías sexuales. Por aquella época me “ponía” Vegeta de Dragon Ball, Jake el malote de California Dreams, el hoyuelo de la barbilla de Dany Zuco y de la de Pep Guardiola, el baile sucio de Patrick Swayze y el repetidor de turno de mi clase. Pero no me imaginaba ni por asomo teniendo sexo con ninguno de ellos. Ver y acariciar mi cuerpo, escuchar mis propios gemidos me bastaba. No se me pasaba por la cabeza ningún hombre ni ninguna otra persona. Mi deseo era sólo mío, era más bien autoexploración y autoconocimiento, una forma de cuidarme y regalarme placer y relajación al final del día. 


Mirando hacia atrás me doy cuenta de que la preadolescente que fui estaba más empoderada que las siguientes versiones de mí misma que la sucedieron. A partir del primer enamoramiento aquella autonomía sexual fue interrumpida y mi deseo empezó a situarse fuera de mí y a depender de ser deseada por otros. Cuando llegó el primer “novio” serio masturbarme se convirtió en una traición. ¿Acaso no te gusta cómo te lo hago yo? ¿Es que piensas en otro? ¿No ha sido suficiente? 


Tranquis, no he decidido escribir una autobiografía erótica, afortunadamente no soy Henry Miller y desafortunadamente no tengo el talento de Marguerite Duras. Esta regresión a mi primer contacto con mi sexualidad viene provocada por “I love Dick”, la nueva serie para Amazon de Jill Soloway, guionista y productora conocida por “Transparent”, serie con la que ya había apuntado la ruptura de los roles patriarcales de la ficción televisiva como declaración de intenciones. Esa intención se cumple con creces en esta nueva historia, que adapta la novela homónima de la escritora Chris Kraus. 


La protagonista es la propia Chris, una directora de cine independiente que acompaña a su marido a una comunidad de artistas en Texas, en la que está becado para escribir un ensayo de investigación sobre el Holocausto. Esa institución está dirigida por el Dick del título, un escultor y profesor de arte híbrido entre cowboy lacónico al más puro estilo de Clint Eastwood y artista posmoderno, que enseguida se convertirá en el oscuro objeto de deseo de Chris y destinatario de arrebatadas e incendiarias cartas que ella comienza a escribirle compulsivamente.

Katryn Hahn interpreta magistralmente a Chris Kraus, protagonista de "I love Dick"



La odisea epistolar de Chris Kraus se desata tras una cena junto a su marido y el susodicho Dick. Los tres comían conejo mientras respiraban la misoginia que Dick rezumaba por sus poros (Sí, Dick es un nombre descriptivo y literal, por algo significa “polla” e “imbécil” en inglés). Los dos hombres conversan sobre la mujer como si ella no estuviese presente. Esa cita a tres bandas acaba abruptamente, cuando Dick le espeta a Chris que si no ha tenido éxito como directora de cine es porque no lo desea realmente con convicción, y que por esa misma razón no existen directoras capaces de hacer buen cine. El suelo desaparece bajo los pies de ella en ese momento, y aunque acierta a citar a grandes directoras como Jane Campion a modo de réplica, acaba abandonando la mesa presa de la rabia. Pero el desprecio de ese cretino machista además de hacerle echar espumarajos por la boca también le ha hecho echarlos por el coño.  


Cuando vuelve a casa con su marido, esa misma noche se despierta con la necesidad imperiosa de escribir. Del insomnio surge la primera de un aluvión de cartas que, sin siquiera saberlo, se convierten en la venganza y refutación perfecta contra la falacia argumental de su némesis artística masculina. De un plumazo, o más bien de un tecleo, y sin más vehículo que ese deseo ferviente que Dick le había recriminado que le faltaba, lo convierte a él en musa de su obra maestra de arte. Quiera o no él funciona como su fetiche, el motor de su deseo y de su creación artística, el objeto que la convertirá en sujeto creador. Gracias a que él le negó la capacidad de la autoría, ella se lanzó febrilmente y sin complejos a atreverse a ser autora. 


Por eso esta serie es revolucionaria, como lo fue la novela publicada en los 90 en la que se basa, porque, además de subvertir el rol patriarcal de hombre-autor y mujer-musa, pone en primer plano el deseo de una mujer, no sólo como vía de autoafirmación sexual y personal, sino como fuente de creación artística. Retrata a una mujer como sujeto deseante y dueña absoluta de ese deseo, y no objeto deseado, como así ha sido mayoritariamente a lo largo de la historia de todas las representaciones artísticas, desde la primera mitología hasta la ficción audiovisual actual.


“Estoy en una misión, la de destruir los muros que rodean mi deseo”, escribe la autora. Esos muros se derrumban cuando hace públicas las cartas, que cuelga por todo el pueblo para que cualquier viandante pueda leerlas. Ahí es cuando Dick la acusa oficialmente de padecer un trastorno mental. Cómo no, una mujer que manifiesta su deseo sexual libre y públicamente tiene por fuerza que estar loca. Sólo ellos tienen legitimidad para hablar en voz alta de lo dura que se la pone una mujer, para pintar cuadros y esculpir desnudas a las beldades con las que mantienen relaciones sexuales, para dedicar epístolas y poemas con afán de conquista y cantar serenatas bajo nuestros balcones.


Es en ese momento en el que traspasa la barrera de la intimidad en el que ese deseo se convierte tanto en deseo puro como en obra de arte. Es un deseo independizado de la necesidad impuesta de agradar, al que no le importa la opinión ajena ni busca reciprocidad. A ella ya no le importa lo que él piense de ella, ni lo que puedan pensar los demás. Su deseo y su sexualidad han alcanzado la autodeterminación.


“I love Dick” roza la perfección en su capítulo cinco, una sucesión de “flashbacks” a la infancia y primera adolescencia de todos los personajes femeninos de la serie, en los que cada una cuenta cómo descubrió el deseo sexual, tal como yo os lo acabo de contar. Todas tenían ensoñaciones propias que nada tenían que ver con las relaciones sentimentales, los mitos del amor romántico o las representaciones normativas de la sexualidad. Todas tenían un deseo libre y subjetivo, que a medida que se iba amoldando a la socialización adulta, se iba convirtiendo en un deseo dependiente de la aprobación tanto masculina como social. Eso se refleja muy bien en la historia de la propia Chris, que cuando en la universidad comienza su primera relación con un chico (“por fin alguien a quien deseaba me deseaba a mí también”), pierde el estado salvaje y natural de su sexualidad, que pasa a tener el centro de rotación en el otro: “Yo quería saber qué partes de mí le parecían bonitas. Él decía: tus labios, tus ojos, tu pelo… Mientras le escuchaba enumerar, mi mente comenzaba a fijarse en las partes que no eran mencionadas: mi nariz, mi vello público, mis tetas…” ¿Os suena de algo?


Es la ideología patriarcal que nos niega como sujetos válidos en sí mismos y que nos supone complementos de la subjetividad masculina, esa que define a las mujeres como esencialmente altruistas, al servicio de los demás por naturaleza, la que nos niega una sexualidad propia e independiente del hombre. Nuestra misión es excitarles, agradarles y satisfacerles. Es ese mismo discurso el que celebra el deseo masculino y silencia el femenino, el que demoniza la masturbación y el autoplacer o la limita a un “consuelo” o sustitutivo en ausencia de un amante (no en vano se ha llamado coloquialmente “consoladores” a los vibradores y otros artilugios masturbatorios). El deseo y la masturbación masculina se sobrerrepresenta en la vida real y en la ficción (en el cine se ha hablado siempre abiertamente de pajas, también y sobre todo en las películas “generacionales” o para adolescentes), mientras que la femenina ha sido históricamente censurada y negada en mayor o menor medida (con extremos como la ablación) y actualmente sigue siendo infrarrepresentada e incluso tabú.


Citando a Mary Wollstonecraft, “yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”, precisamente porque lo que ha otorgado todo el poder público a los hombres es la ausencia de poder de la mujer sobre sí misma. No es una cuestión de placer privado, es una cuestión política. Ese negar la existencia de nuestro yo, ese invalidar nuestra autonomía desde el ámbito más íntimo y personal, es la “piedra rosetta” para negarnos la capacidad de proyección sociopolítica. Sin autonomía ni autosuficiencia sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestro placer, nuestro bienestar, nuestras decisiones vitales; no es posible que accedamos ni a la autoría ni a la autoridad. Tal como se pregunta la protagonista de “I love Dick”: “¿cómo va a haber buenas directoras de cine si hemos sido criadas para ser invisibles?”. Así es como se nos impide y dificulta el acceso a la creación y a la participación en el poder: si no somos sujetos, si sólo somos objetos que posan y sirven de inspiración, ¿cómo vamos a cumplir papeles que dependen de la subjetividad, como el de un artista o un líder?


Dando la vuelta a los roles tradicionalmente masculino y femenino esta serie también sirve como método de denuncia. El deseo masculino ha sido jaleado hasta la permisividad absoluta con el acoso y la violación, que forman parte de nuestro acervo cultural y lo impregnan todo. Al igual que Dick, puede que la mayoría de los espectadores hombres hayan podido experimentar y comprender qué se siente al ser utilizado como objeto fuente de creatividad, que entiendan de una vez por todas qué significa “cosificar” y “sexualizar”. Es triste que tenga que sufrirlo un hombre para apelar a su empatía, pero me temo que este es el método más eficaz. BIENVENIDOS A UN PORCENTAJE MÍNIMO DE LA HUMILLACIÓN DIARIA QUE NOS TOCA VIVIR A LAS MUJERES. 


Una de mis frases favoritas de las cartas de Chris de entre las muchas que se citan en la serie es en la que escribe “nací en un mundo que presume que hay algo grotesco e inefable en el deseo femenino. Pero ahora todo lo que quiero es ser indigna, degradarme. Quiero ser una mujer monstruo” (“I want to be a female monster”, no me digáis que no es una frase digna de elevarse a leiv motiv). Y es que “I love Dick” también es un manifiesto contra la mitifación y sacralización de la mujer como santa y víctima, pues esa ideología que nos sitúa supuestamente en un nivel místico y divino es la misma que se utiliza para discriminarnos y esclavizarnos. Es una pena que a estas alturas sea también revolucionario que se nos represente como personas con defectos, capaces de ser depredadoras y narcisistas, y no sólo como símbolos de una perfección dictada por el patriarcado.


En ese sentido “I love Dick” no está sóla en el panorama televisivo, y es un alivio. Creo que ya ha pasado el tiempo suficiente para que se pueda celebrar bien alto (y cruzo los dedos para que no se chafe) que una nueva ola de ficción feminista (en el sentido de ficción creada por mujeres y que nos representa de forma realista y equitativa, con tramas propias que parten de ellas y en las que no somos meros adornos o comparsa masculina) llena de antiheroínas (A.K.A. personajes femeninos realistas y verosímiles) ha llegado para quedarse. Desde que en 2009 comenzó a emitirse "Miranda", la comedia británica escrita y protagonizada por la cómica Miranda Hart, se abrió la espita. Sí, aunque parece que Lena Dunham con "Girls" fue la feminista pionera de la televisión posmoderna, es justo reconocer que unos cuantos años antes ya había sido estrenada con gran éxito una serie sobre la vida de una mujer con físico no normativo (una chica de 35 años que mide 1'85, miope, grandota, desgarbada, fea y agorafóbica) y que desafiaba los esquemas patriarcales del guión corriente. Como la propia Miranda Hart dijo, tuvo que escribir su propio “show” porque sabía que ningún productor la iba a llamar jamás para protagonizar alguno. 

Pero también es cierto que el éxito mundial de "Girls" ha contribuído a que las historias escritas y protagonizadas por mujeres con afán realista y desmitificador sean cada vez más: "Orange is the New Black", "My Mad Fat Diary", "Broad City", "Fleabag", "Better Things", "One Mississipi", "Insecure"… son sólo algunos ejemplos. En la pequeña pantalla se ha abierto un espacio más allá de mujeres jóvenes, delgadas, blancas y guapas, heterosexuales y de clase media-alta. Mujeres gordas, bajitas, narigonas, flacas, negras, latinas, calvas, pobres, de barrios marginales o con dificultades económicas y en riesgo de exclusión social; con trastornos mentales y otro tipo de enfermedades silenciadas, mujeres imperfectas, que cometen errores o delitos; también lesbianas, bisexuales o transgénero; mujeres que se masturban, mujeres que no buscan tener una relación en exclusividad y que no sueñan con un príncipe azul; mujeres de ambición desmesurada o que no quieren hacer más que la “o” con un canuto de marihuana. Así es como la degradación de la que hablaba Chris en sus cartas se convierte en un arma de emancipación y autodeterminación: es la idea radical de que las mujeres somos ni más ni menos que seres humanos, con todo lo que ello implica.


Hemos perdido el miedo a la imperfección, a ser retratadas con nuestros defectos y nuestros deseos y necesidades. Reivindicamos nuestro derecho a una porción de egoísmo, de escatología, a nuestra cuota de “slapstick”, de “superheroínas” y “supervillanas”. Si hemos aguantado durante siglos los chistes masculinos de “caca, culo, pedo, pis” de los hombres en “prime time”, que sus fantasías sexuales y delirios megalómanos se eleven a categoría de arte y filosofía universal; es hora de poner en el centro del relato todo lo que se ha invisibilizado de la mujer, sí, también la regla y los hongos vaginales, la cistitis y la menopausia, el cáncer de mama o nuestro despertar sexual, nuestros abortos, nuestras maternidades, nuestras frustraciones, nuestros oficios, nuestros fracasos y nuestras obsesiones. Lo que sea que queramos contar sobre nosotras mismas tiene valor artístico y es digno de ser publicado, así como lo han sido los voluminosos tomos de “En busca del tiempo perdido” en los que Marcel Proust nos contó su vida y sus atribulaciones existenciales o los más recientes del compendio autoficcional algo engreídamente titulado “Mi Lucha” de Karl Ove Knausgard; o en un ámbito más mundano los monólogos autobiográficos de cómicos como Louis C.K. 

Lo que admiramos en ellos no puede ser criticado en nosotras, pues de la cotidianidad y de la experiencia vital de las mujeres también se pueden extraer obras de arte, tanto con la finalidad del entretenimiento como de generar debate y reflexiones filosóficas y de categoría universal. Simple y llanamente porque, quieran o no, somos parte del universo y sujetos activos de la historia de la humanidad. No hay cosmovisión posible que no nos tenga en cuenta. Todo lo que se haga con pretensiones de universalidad dando por sentado que las mujeres no somos personas completas o sujetos autónomos no vale, es una mentira. Es, de hecho, la mentira más grande jamás contada y la prueba de que una repetida hasta la saciedad puede convertirse en la verdad más inamovible. 

Las transiciones con citas de las cartas de Chris Kraus en letra blanca sobre fondo rojo son una de las señas de identidad de esta serie

“Dear Dick: Every letter is a love letter”, dice la protagonista al principio de la serie, y, a pesar de su título, ese “amor” no va dirigido a otro, sino a sí misma. Con esas cartas esta directora frustrada vuelve a recuperar su autoestima pasados los 40 años, vuelve a desear, no a un hombre, si no a desear(se) salvaje y libre. Sí, autoestima es la palabra clave del resto de los "autos" que al contrario de lo que se suele creer, nos llevan a salir del ensimismamiento y de nosotras mismas para decidirnos a trascender públicamente y a dejar nuestra huella, por pequeña que sea, en el curso de la historia. Sin autoestima y autonomía no es posible ni la autoría ni la autoridad. Aprendamos a querernos, disfrutemos de y con nosotras mismas, démonos el valor que nos han quitado y que nos pertenece. Si tomamos el poder en nosotras mismas, nada estará fuera de nuestro alcance. Por eso la masturbación y la vanidad femeninas, que pensemos en satisfacer nuestro deseos y necesidades y no sólo en sacrificarnos por los de los demás, pueden ser revolucionarios. En 2017 nuestro cuerpo sigue siendo el campo de batalla feminista. Seguirán haciendo todo lo posible para que no lo conquistemos, pues si lo hacemos nada nos impedirá conquistar el mundo.