lunes, 13 de noviembre de 2017

Las mujeres de "The Deuce"

"¡ME LLAMO RUBY!". Estas son las últimas palabras pronunciadas por una de las prostitutas del barrio neoyorquino de "The Deuce" antes de ser asesinada por el último putero que la contrató, tras enfrentarse a él porque se negaba a pagarle. Harta de que él utilizase su pseudónimo con desprecio, le gritó su nombre en un impulso de rabia. Él le respondió empujándola sin miramientos por la ventana. Esta desgarradora escena define a la perfección la esencia de la serie que David Simon (The Wire/ Treme) ha escrito junto a George Pelecanos sobre el mundo de la prostitución y los inicios de la industria pornográfica en los años 70. Nos muestra que la deshumanización de las mujeres es el aceite que engrasa la maquinaria que estamos viendo funcionar, para escupirnos en la cara lo que hoy en día sigue pareciendo una idea revolucionaria: que las prostitutas, y las mujeres en general, son seres humanos, personas con identidad propia y una autonomía que pretende ser enterrada y disfrazada bajo un alias, un nombre falso, frívolo y alegre como Candy o Ginger, destinado a atraer y agradar a los "clientes".

Aunque más que ante una historia estamos ante el retrato de un sistema (como siempre en los trabajos de Simon, que es periodista antes que guionista), en esta ocasión el de la unión de patriarcado y capitalismo para convertir la explotación sexual de las mujeres en un suculento negocio, la narración avanza desde el plano general al primer plano de todas y cada una de esas mujeres que se encuentran tras él. Esa es la gran baza y valor de "The Deuce": sus personajes femeninos. Su construcción y tratamiento. 

A pesar de que se centra en un universo que encarna la cima del machismo y la cosificación de la mujer, las mujeres que nos presenta jamás son objetos en la narración ni conforman un arquetipo colectivo presentado como estereotipo de "mujer-víctima". Cada una de ellas, a pesar de vivir circunstancias y experiencias similares, de haber experimentado todas ellas la violencia y el abuso por parte de los hombres, tienen motivaciones y aspiraciones distintas, se mueven por caminos independientes entre sí, desde puntos de partida y hacia destinos diferentes. Precisamente, existe un contraste entre el empeño que ponen los personajes masculinos (proxenetas, mafiosos, puteros, policías...) en hablar de "las mujeres" o "las putas" como una masa homogénea e informe, y el esfuerzo del guión por mostrar lo equivocados que están. "The Deuce" nos presenta un amplio abanico de personajes femeninos tan interesantes como imprevisibles, desde la estudiante de sociología con conciencia feminista que abandona los estudios para trabajar como camarera en bañador, hasta la prostituta más supuestamente alienada y enamorada de su chulo, que al final se atreve a abandonarlo sin dar explicaciones ni mirar atrás. Sus cartas no están marcadas por moralinas ni moralejas, y el gran mérito de sus autores es que consiguen en todo momento desafiar los prejuicios e ideas preconcebidas por el público espectador.

Dentro de su hábil empleo de la perspectiva de género cabe destacar su representación del sexo totalmente libre de sexualización. Se muestran cuerpos desnudos, imágenes muy realistas y directas de los encuentros sexuales, de violencia sexual, de rodajes de películas porno, sin necesidad de instrumentalizar la sexualidad femenina para recreación de la audiencia masculina. A pesar de que se retrata con crudeza y sin filtros la explotación sexual de la mujer, tampoco se niega su faceta de sujetos con deseo sexual. Más allá de que se denuncia el imperio de la concepción patriarcal del sexo, en el que el hombre ocupa la posición de sujeto deseante y la mujer de objeto al servicio de su satisfacción, la serie se preocupa por mostrar mujeres que toman la iniciativa sexual, que tienen fantasías y deseos sexuales y que saben cómo satisfacerse a sí mismas. 


Las conversaciones entre mujeres sentadas frente a la barra de un bar son una seña de identidad de la primera temporada de The Deuce


A lo largo de toda esta primera temporada vemos cómo las mujeres son maltratadas por chulos y puteros, despreciadas y utilizadas por la autoridades que deberían protegerlas, cómo son violadas e incluso asesinadas. Sin embargo, todo ese sufrimiento expuesto de forma descarnada ante nuestros ojos no despoja de su dignidad en ningún momento a las mujeres representadas: el guión las trata con todo el respeto, empatía y comprensión que los hombres y el contexto en el que viven les niegan. 

No hay glamour en el Manhattan que nos enseña Simon, maestro en desmitificar todo los desmitificable. Un ejemplo perfecto es la desmitificación de lo que conocemos como prostitución de lujo. Eileen, el personaje interpretado por Maggie Gyllenhaal y del que sin duda más se hablará por ser uno de los más poliédricos y jugosos (se lo ha reservado para ella porque por algo es productora de la serie) y además mejor interpretados (todos los matices, desde la vulnerabilidad más descorazonadora hasta una determinación que roza la temeridad); tras iniciarse como actriz porno como vía desesperada de escape de las peligrosas calles de "The Deuce", es puesta en contacto por el director de las películas en las que participa con una "madame" de "escorts" que atienden a "clientes" de la alta sociedad en "suites" de hoteles de cinco estrellas. En una secuencia magistral, Simon evidencia la tortura emocional que supone tener que fingir una "cita romántica" con un hombre que ha pagado para simplemente penetrarte por detrás. La parafernalia de la falsa seducción y el oropel de una cena y conversación previa alarga el encuentro y por lo tanto el sufrimiento, te obliga a sonreír y a seguir un ritual absurdo al servicio del ego masculino, que pretende disfrazar de caballero seductor a un monstruo violador. Lo que empieza con vino "gourmet" acaba con él largándola a ella abruptamente de la habitación justo después de correrse. Cuando días después el director le pregunta a Eileen durante un rodaje cómo le está yendo ella contesta: "There's more of the bullshit people do before they fuck but, you know, it's still fucking". 

"The Deuce" también nos muestra la hipocresía de una sociedad que plantea la prostitución como un problema estético pero nunca ético. La policía se ve obligada a sacar la prostitución de las calles para que no moleste a los viandantes (la época de mayor intensificación de multas y arrestos coincide con las Navidades), y de ese modo acaban naciendo los prostíbulos, que no mejoran la seguridad ni el bienestar de las prostitutas, pero las ocultan convenientemente. Al contrario, funcionan como jaulas en las que están encerradas y que sólo aumentan el beneficio para los hombres que las explotan: dentro de ellos pueden controlar mejor la duración de los encuentros sexuales para que haya más rendimiento y productividad y las mujeres son escogidas por los clientes que las examinan en lugar de al menos poder decidir ellas si se suben o no al coche de un hombre, como ocurría fuera. Cambia el escenario (calle, prostíbulo, hotel de lujo), pero nunca cambia la escena de explotación sexual y el binomio de hombres-dinero al que se ven sometidas: puteros que regatean sin parar el precio y proxenetas que se llevan el 90% de él. Y es que aunque nos vendan que la prostitución o que incluso esta serie trata sobre sexo, sabemos que en realidad el tema es el negocio privado que hay tras ella y el poder patriarcal sobre el que se sostiene con la complicidad de las instituciones públicas.

No estamos ante una serie fácil de ver. Cada obra de Simon es un reto constante para el espectador tanto en la forma como en el fondo. No es placentero que nos obliguen a observar las injusticias tan de cerca y desde dentro. Pero tiene recompensa. En este caso, la oportunidad de conocer a Abby, a Lori, a Eileen, a Darlene, a Sandra, a Ruby... Si las conocéis no váis a poder evitar quererlas a todas. "The Deuce" es ante todo la prueba de que el retrato más certero de la misoginia puede ser a la vez una sincera declaración de amor a las mujeres y un efectivo alegato feminista.

1 comentario:

  1. El feminismo pudre el cerebro. Parece que estoy leyendo una hoja parroquial. Dais pena.

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