martes, 29 de octubre de 2013

Ojos que no ven, explotación que no se siente

   Ayer murieron seis hombres a 694 metros de profundidad. Seis mineros que fueron arrasados por un escape devastador de gas grisú, conocido por eliminar el oxígeno a su paso. Seis familias que han visto hacerse realidad su peor pesadilla, el miedo con el que conviven cada día, que su padre, su marido, su hermano, su novio, su hijo, no vuelva a salir con vida del oscuro agujero en el que trabaja. Porque esta posibilidad es real, existe, palpita, no se puede ocultar bajo tierra. Por muy profundo que se excave.

   La tragedia de estos trabajadores y sus familiares ha despertado en mí viejas sensaciones. Mi padre es marinero de alta mar (tiene 57 años y está jubilado), y sé lo que es aprender a convivir con el miedo, al igual que la hija de un minero. Y es que veo muchas similitudes entre estas dos profesiones, que yo siento como hermanas. Porque son igual de peligrosas, el riesgo está siempre presente, a pesar de que a lo largo de los años haya mejorado la tecnología o las condiciones de seguridad (que en muchos casos nos sorprenderíamos de lo poco que se han aplicado estas mejoras, en realidad), y porque son dos profesiones que se llevan a cabo lejos de la vista de todos. Una a cientos de metros bajo la superficie, otra a miles de kilómetros de tierra. Y creo que está condición de "ocultas" es la que ha permitido que en muchos casos a muchos de estos trabajadores se les haya tratado como verdaderos esclavos. Sólo un marinero y su familia conocen la verdadera duración de las jornadas interminables, las temporadas eternas fuera de casa (conocidas en Galicia como "campañas" o "mareas", de entre 4 y 8 meses la mayoría), lo reducido que puede llegar a ser un camarote, lo resbaladiza que puede llegar a ser una cubierta de noche y en plena tormenta, lo asfixiante que puede llegar a ser la incertidumbre de no saber durante semanas si la persona a la que más quieres está bien.


    Por eso me gustaría contaros mi experiencia, y sobre todo la de mi madre, pues aunque mucha gente sabe que los marineros son héroes, se olvidan de que sus mujeres también lo son. Para que la gente que desprecia a los mineros por atreverse a reclamar sus derechos, para que la gente que considera que se jubilan demasiado pronto o que cobran demasiado (y digo gente porque dudo de su condición de personas) pueda imaginarse siquiera una ínfima parte de cómo es la vida cotidiana de una de estas familias.


   Desde pequeña, mi madre tenía muy claro que no quería casarse con un marinero. Nació en Aldán, una pequeña aldea marinera de la villa de Cangas do Morrazo (Pontevedra), y conocía muy bien los peligros y las ausencias prolongadas. Su propio padre hacía "mareas" de siete meses en Holanda. Estaba acostumbrada a la angustia de los ojos de su madre. Sin embargo, a los 17 años se enamoró de un marinero, mi padre, y a los 20 años se casó con él. Fue una boda modesta, y sin luna de miel, pues en pocos días mi padre tenía que embarcar de nuevo. El trabajo del mar no entiende de recién casados, tampoco de recién nacidos (mi padre no me conoció hasta que yo tenía ya dos semanas).


   La seguridad es una de las palabras que más obsesiona a la mujer de un marinero. Viento, lluvia, olas, temporal... las que más la asustan. El tiempo atmosférico deja de ser un tema anodino con el que rellenar conversaciones en un ascensor, para convertirse en el tema central de cada día si tu marido trabaja en Canadá, las Malvinas o el Gran Sol (caladero del Atlántico Norte, al oeste de las islas británicas). Mi padre, que sabía lo mucho que el tiempo le preocupaba a mi madre, siempre le decía que todo estaba tranquilo. Omitía las tormentas, y tampoco le contaba que hacía poco habían tenido que buscar infructuosamente el cuerpo de un compañero que se había caído al mar en una maniobra peligrosa, o que habían tenido que ayudar a buscar a los hombres desaparecidos de otros barcos. También omitía el frío, el dolor continuo de las manos y de todo el cuerpo, el cansancio de trabajar más de catorce horas seguidas, los golpes que se daba o las heridas que se hacía. Las pocas veces que podían hablar por teléfono, todo estaba bien, pero al llegar a casa las marcas del mar hablaban por sí solas. Las cicatrices de mi padre se grababan también en la memoria de mi madre, como si de piel se tratase. De este modo, el miedo se convierte en un miembro más de la familia.


   Pero la mujer de un marinero tiene demasiadas cosas de las que ocuparse como para dejarse vencer por el miedo. Si la mujer zozobra, la casa se hunde. Mi madre fue madre y padre a la vez, como se suele decir, de dos hijas. La administración doméstica estaba por completo a su cargo, por razones evidentes, y también tenía que trabajar fuera limpiando casas de otros y cuidando hijos ajenos, pues el sueldo de mi padre no era suficiente para pagar una hipoteca al 18% de interés (hoy en día impensable, imagináoslo. También es cierto que a día de hoy tampoco las conceden...). Mi madre llevaba el timón de la familia y gobernaba mejor que cualquier capitán de barco :).


   Mi madre lo decidía todo, lo que era más bien una desventaja que una ventaja, porque no tenía a nadie con quien sopesar sus decisiones. En qué colegio matricularnos, los problemas diarios en nuestra educación, a qué decirnos que no y qué permitirnos, las cosas necesarias para el hogar, los equilibrios para llegar a fin de mes, qué hacer cuando nos poníamos enfermas. Todas estas cosas que parecen triviales pueden ser pequeñas grandes odiseas cuando tienes que ocuparte de ellas estando sola la mayor parte del tiempo. A efectos cotidianos, eres madre soltera.


   Antes os hablé de lo que mi padre le ocultaba a mi madre para no preocuparla. Mi madre tampoco podía preocupar a mi padre, que arriesgaba su vida a diario, con las "tonterías" de casa. No le hablaba en sus cartas o llamadas ni de los problemas económicos ni de ninguna dificultad familiar que se presentase. Y cuando mi padre volvía del mar, todo estaba solucionado: la casa reluciente, cualquier avería que pudiese haber estaba arreglada, las posibles deudas pagadas o debidamente ocultadas, y mi madre recibía a mi padre con un peinado de peluquería y una amplia sonrisa. Sin ningún tipo de queja. Y es que sin saberlo los dos tenían la misma filosofía: evitar en lo posible hacerse daño mutuamente. La felicidad del otro por encima de cualquier obstáculo. Sin duda, su forma de quererse ha marcado mi educación sentimental, y la valentía de los dos será siempre su legado más valioso.


   (De hecho, uno de los recuerdos más bonitos que guardo de mi infancia es el de mi madre cantando por toda la casa durante toda la semana antes de que llegase mi padre. Es la otra cara de la moneda del recuerdo más triste que guardo, su silencio durante toda la semana posterior al día que se marchaba.)


   Mi madre tampoco podía compartir con mi padre gran parte de las cosas buenas que ocurrían. Como os comentaba, mi padre no estaba cuando nació su primogénita (que tengo el orgullo de ser yo), y la siguiente vez que le tocó volver a casa después de conocerme, ya me estaban saliendo los primeros dientes. No pudo escuchar mis primeras palabras, ni ver mis primeros pasos, ni llevarme de la mano el primer día de cole. Tuvo que perderse muchos de mis cumpleaños, muchas de las obras escolares de teatro en las que participé y casi todas las reuniones de mi madre con mis tutores. Por eso cuando estaba era tan especial. Por eso era tan importante para mí que viera mis notas, que escuchara de mi profesora lo buena alumna que era, ver los partidos del Barça con él (es un culé irredento) o que me llevase al parque. Esos días eran gloria para mí, porque casi siempre mi madre, mi hermana y yo soplábamos las velas, íbamos a bodas y bautizos y abríamos los regalos de Navidad sin él. Y no os hacéis una idea de lo que eso duele. Nunca te acostumbras del todo a tener que conformarte con tener que contar por teléfono los mejores momentos. Nuestra voz era lo que conectaba a mi padre con la vida de la familia, el ancla que lo mantenía agarrado a tierra firme.


   A lo largo de los casi treinta años que mi padre fue marinero, estuvo en veinte barcos diferentes, y tanto sus condiciones económicas como de trabajo nunca mejoraron de verdad. Siempre fue difícil , y lo más duro para nosotros era ser conscientes de que la mayoría de las veces estábamos viviendo injusticias (de repente le pagaban menos de lo que le correspondía, de repente no tenía vacaciones, de repente te encuentras conque no están cotizando por tu trabajo...). En la nómina de un marinero nunca se llega a reflejar todo el sufrimiento que ese trabajo provoca.


   Un accidente separó a mi padre de la vida del mar. En 2005 una red lo enganchó por un pie cuando el carretel (es un aparejo con forma de cilindro gigante) la estaba recogiendo. Llegó a introducirse en él hasta la cintura. El patrón de pesca, encargado único de detener las maniobras, tardó minutos en poder reaccionar, porque en el puente de mando no tenían la cámara necesaria para ver bien lo que pasa en cubierta. Ese barco tampoco tenía instalado el mecanismo de cubierta para que los propios marineros pudiesen interrumpir el funcionamiento del carretel en caso de emergencia. Fueron los gritos incesantes de sus compañeros y el casco que llevaba puesto los que lo salvaron de una muerte tan dolorosa como segura. El patrón los escuchó en el último momento y detuvo el aparejo, y mi padre cayó vivo al suelo.


   Lo llevaron al puerto más próximo, en Groenlandia. El barco se marchó para continuar con el trabajo en cuanto subieron a mi padre en la ambulancia. El patrón, el único que sabía inglés, ni siquiera esperó para explicarles a los médicos la gravedad del accidente. Al no conocer los hechos, sólo le hicieron una radiografía, y enseguida mandaron a mi padre a un hotel porque era capaz de caminar. Mientras, mi padre estaba completamente sólo con la clavícula fuera del esternón (por favor, intentad imaginar el dolor que esto le ocasionaba, no es una lesión nada habitual) y varias costillas rotas. Tuvo que quedarse allí durante una semana, esperando el vuelo que le llevase al continente (los vuelos a Dinamarca son escasos desde el pueblo groenlandés en el que se encontraba). Cuando llegó a casa supo que jamás recuperaría la fuerza en su brazo derecho necesaria para volver al trabajo. También se encontró con que la empresa armadora no admitía que tuviesen nada que ver con el accidente laboral, y que pretendían desentenderse de su suerte ahora que no podría volver a embarcar. No hubo más remedio que denunciarlos. Los inspectores confirmaron que el barco no cumplía los requisitos mínimos de seguridad y multaron a la armadora, que también ha sido obligada a pagar parte de la pensión de jubilación que cobraba mi padre por incapacidad y ahora por jubilación. El asunto se ha llevado varias veces a juicio, ya que la empresa no deja de recurrir, pero mis padres no están dispuestos a dejar de defender su dignidad, aunque tengan que seguir dejándose en abogados una parte importante de la pensión de mi padre.


   Las secuelas de este accidente no sólo fueron físicas y materiales. Tanto mi padre como mi madre han estado años sumidos en sendas depresiones. Pero no piensan rendirse. Por eso me recuerdan también a los mineros, que han tenido tanto que ver con la lucha obrera en este país, y de cuya labor reivindicativa podemos sentirnos orgullosos todos los trabajadores. Yo tengo mucho que agradecer al ejemplo de lucha que han sido mis padres para mí, y la sociedad española en general tiene mucho que agradecer al ejemplo de lucha que han sido los mineros, desde los tiempos más oscuros.


   Es cierto que aquel accidente pudo haberle costado la vida a mi padre, y que tuvo muchas consecuencias negativas que todavía estamos padeciendo. Pero en cierto sentido, valió la pena. Aprendí la lección más valiosa, sólo eres débil y esclavo si actúas como tal. En lo que le ocurrió a mi padre adquirí la pura y esencial conciencia de clase. Y no hemos tenido que volver a despedirlo desde un puerto, duerme en casa todos los días, y eso lo compensa todo. Y mi madre ya no está casada con un marinero, tal como ella quería de pequeña.



 

domingo, 27 de octubre de 2013

Las mujeres que no amaban a las mujeres

   Soy una mujer de 27 años. He podido estudiar una carrera universitaria. Elegir la carrera que he querido. Nunca he tenido un novio que me pegase. Tampoco me han violado. No me han lapidado en plena calle por adúltera. Ni quemado por bruja. No he tenido que conservar mi virginidad hasta el matrimonio ni casarme por la Iglesia. Mis padres me han educado para ser una persona independiente en todos los sentidos. Jamás he tenido que luchar con ellos para que me dejasen vestir a mi gusto. Mi madre no me ha preparado para ser una gran ama de casa, esposa amantísima y obediente y madre abnegada. Ni siquiera me compraron una Barbie siendo niña, ni me han regalado nunca por Navidad o mi cumpleaños algún juguete que sugiriese que mi lugar en la vida estaba entre fogones y fregonas. En mi casa me han enseñado a decir que no a todo lo que pudiese resultar un menoscabo de mi dignidad ya no sólo como mujer, sino como persona. Y, a pesar de todo, de que soy una mujer joven en pleno S.XXI, sé que el machismo existe todavía, y que ha llegado vivo hasta 2013 con la connivencia de las mujeres. Con la mía incluida, a pesar de considerarme absolutamente feminista y de izquierdas.

   Seamos conscientes o no, la mayor parte de las mujeres participamos o hemos participado alguna vez en la transmisión y el mantenimiento del patriarcado y la discriminación sexual. Desde las formas más evidentes y censurables, como las madres que educan a sus hijos de modo claramente distinto al de sus hijas (cuántas niñas les han tenido que hacer la cama a sus hermanos...) o las madames que se enriquecen en el negocio de la prostitución; hasta las más sutiles y casi invisibles, como cuando se finge un orgasmo para no herir la sensibilidad masculina o cuando dejamos que una revista nos dicte "qué pasos debes seguir para conseguir ser una diosa del sexo sin parecer demasiado zorrón". 

   En este fenómeno de contribución de la mujer a la perpetuación y transmisión de las actitudes machistas, la famosa rivalidad entre mujeres tiene un papel primordial. Todas sabéis a qué me refiero. Esas frases que habéis oído mil veces del estilo "las mujeres somos unas arpías entre nosotras"o "tengo más amigos que amigas porque ellos son más nobles, las mujeres son unas envidiosas". No podemos negar que esa competencia, a veces encarnizada, existe. Para comprobarlo, basta que nos respondamos a las siguientes preguntas:

¿Cómo soléis referiros a una chica más guapa o delgada que vosotras? Zorra, puta, guarra. ¿Y a una más gorda que vosotras? Pobrecita. ¿O a una mujer que ha llegado a lo más alto en su carrera profesional? Chupapollas. Trepa. Seguro que se ha acostado con el jefe. Zorra, puta, guarra. ¿Y a una mujer que se ha emparejado con un hombre maravilloso que la quiere y se preocupa por ella? Cornuda. Quizás también zorra, puta, guarra si ese hombre es justamente el que quisierais para vosotras. Y si en concreto vosotras jamás habéis utilizado alguno de estos calificativos (permitidme que lo dude), se lo habéis escuchado utilizar a alguna (y más de una) de las mujeres que conocéis.

   Después de reconocer la existencia de la rivalidad femenina, conviene hacer un alto en el camino para entender porqué existe. Por supuesto, no creo que exista por naturaleza. No creo que las mujeres sean unas brujas envidiosas desde que nacen, y, por supuesto, no creo que todas las mujeres odien (más o menos secretamente) al resto de las mujeres. Para empezar, tengo cinco amigas. Sí, sólo cinco, pero es que soy una firme defensora de la calidad frente a la cantidad. Y precisamente lo son, con todas sus diferencias entre ellas, por tener algo en común: me quieren tal como soy y desean lo mejor para mí, al igual que yo para ellas, incondicionalmente, sin considerarme una rival o alguien con el que compararse. He tenido "amigas" que se ha comportado conmigo como si mis logros fuesen en menoscabo de los suyos, o que han criticado sistemáticamente mi aspecto y mis decisiones por no comulgar con el suyo/las suyas, y tarde o temprano han dejado de serlo. Esas mujeres actúan como si la vida fuese un cásting o concurso de belleza continuo, pero no lo hacen porque lo lleven en su ADN, sino porque se lo han inculcado. Si la mujer se preocupa exageradamente por su aspecto físico, es porque este sigue siendo, nos guste admitirlo o no, el principal factor para ponderar su valía. Y si las mujeres siguen peleándose por un hombre con el que emparejarse es porque su consideración pública sigue dependiendo en gran parte de que lo consigan.

   Si en estos momentos estáis negando con la cabeza y diciendo que estoy exagerando, y que hoy en día una mujer puede estar perfectamente gorda o soltera sin que se la juzgue por el mero hecho de estar gorda o soltera, acordaos de los cientos de revistas y programas de televisión que dedican páginas y horas a criticar el aspecto físico de las mujeres y sus relaciones de pareja (sí, esas que muchas compráis - más o menos secretamente- y con las que os encanta reíros de las demás por el mero placer de ver que a Christina Aguilera le ha engordado el culo o que a Victoria Beckham o Sienna Miller sus maridos las engañan con la niñera). Listas de las peores vestidas, fotografías en las que a una famosa se le aprecia la celulitis o alguna zona de su cuerpo sin depilar, rumores de cuernos y rupturas... Hay toda una industria montada alrededor de fomentar que las mujeres se critiquen entre ellas por motivos de apariencia o de "mal de amores". El simple hecho de que le concedamos nosotras mismas tanta importancia a que a una cantante le sobren kilos o le falte un marido, habla de que el machismo no se ha superado. Porque a pesar de que Jennifer Aniston sea multimillonaria y tenga éxito como empresaria y actriz (nos gusten o no sus películas), siempre será la pobre chica a la que Brad Pitt abandonó. Y al revés, por muchos logros y dinero que acumule Angelina Jolie, aunque hubiese ganado un Oscar con apenas 25 años, su mayor éxito siempre habrá sido casarse con Brad Pitt y ser la madre de sus hijos (biológicos o no). 

   Si una mujer tiene éxito profesional pero no éxito en el amor, tendemos a sentir lástima por ella e incluso a despreciarla. Fijaos en que a los hombres se les suele llamar "señor" independientemente de si están casados o no, y una mujer sólo es "señora" si tiene un marido que lo refrende, si no sólo es "señorita". Este simple detalle evidencia ni más ni menos que nuestro estatus todavía depende de nuestro estado civil. Por algo un hombre sin pareja de más de 35 años es "un soltero de oro que quiere disfrutar de la vida" y una mujer en las mismas circunstancias es una "solterona que no encuentra quien la quiera y a la que se le está pasando el arroz". Igual de intransigentes nos mostramos con nuestro físico y el de las demás: está gorda, está anoréxica, es un palo, es amorfa, es peluda, es calva, tiene el pelo de estropajo, está operada, viste como una zorra, viste como una monja, es hortera, no tiene gusto...

   Ni que decir tiene que esta competencia está arraigada en siglos de dominancia patriarcal, y que no pertenece a ninguna forma de ser intrínsecamente femenina. Cuando la prosperidad e incluso la supervivencia dependían exclusivamente de conseguir un buen matrimonio, no quedaba más remedio que competir por él. Hoy en día, dicha rivalidad debería haber disminuido drásticamente o haber desaparecido sin más, si realmente el machismo y la supremacía del hombre sobre la mujer también lo hubiesen hecho, pero no es así. Y esa competencia es una prueba fehaciente de ello, así como el hecho de que la industria de la moda, cosmética, etcétera, beben directamente de la fuente de la rivalidad femenina y de nuestra lucha porque los hombres nos vean guapas y poder así seducirlos. Por ello dicha rivalidad y la cosificación sexual de la mujer se siguen fomentando desde la publicidad y la cultura popular en general (series y programas de televisión, pornografía, canciones y vídeos musicales...). 

   El capitalismo ha extendido la hipercompetitividad a todos los ámbitos: el modelo educativo, el modelo laboral... Todo es un concurso de méritos constante para poder sobrevivir dentro de la ley de la oferta y la demanda. Por supuesto, los hombres deben competir también entre ellos, pero la mujer lo tiene más difícil porque se sigue considerando que las cargas familiares le pertenecen en exclusiva. Por ello, se da otro fenómeno que contribuye a la perpetuación del machismo, llevado a cabo por las mujeres: las mujeres que en un mundo machista se sirven del machismo para medrar. Estas mujeres adoptan actitudes machistas, consideran que comportarse como hombres y menospreciar al resto de mujeres como si no fuesen una de ellas les dará más facilidades a la hora de conseguir sus objetivos. Muchas de estas mujeres renuncian a la conciliación familiar y a exigir sus derechos, y son las que suelen acusar a las mujeres que sí luchan por obtener la igualdad de exageradas, histéricas e incluso "feminazis". Son esas mujeres que niegan la existencia del machismo, pero que actúan de forma mimética a un hombre para que la traten como tal, aunque justo ese hecho evidencia que realmente no existe un trato igualitario entre hombres y mujeres. Acusan a las feministas de odiar a los hombres, inventándose incluso un término para ello (el manido y absurdo "hembrismo") y ellas se comportan como si efectivamente odiasen a las mujeres.

   Y es que yo estoy convencida de que la mejor forma de feminismo es quererse a una misma y al resto de mujeres tal como son. Ante el machismo cotidiano de la actualidad, más difícil de combatir por estar encubierto y precisamente por ser negada su existencia por muchas mujeres, lo mejor que podemos hacer para resistirnos a él es ser sinceras con nosotras mismas y entre nosotras. Salir del rebaño para decir bien alto: "No, no puedo andar ni bailar con tacones, son incómodos y me machacan los pies y la columna vertebral", "No, no pienso volver a dejar mi vagina totalmente desprotegida ante candidiasis y cistitis sólo porque a los tíos les gusten los "chochitos" sin pelo, porque además un coño imberbe es un coño de niña, no de mujer, malditos pedófilos", o "No, no tengo instinto maternal y no pienso ser madre sin desearlo, porque no hay peor cosa que se le pueda hacer a un niño indefenso que convertirlo en un hijo no deseado", o "No, no puedo permitirme bolsos de Louis Vuitton ni zapatos de Manolo Blahnik y, la verdad, tengo mejores cosas para las que ahorrar", o "No, no me he corrido, porque te has dedicado a follarme pensando sólo en tu pito y te has olvidado de estimular mi deseo, puto egoísta" o "Sí, ya no tengo 25 años, por eso no pienso ponerme morros ni estirarme el cuello, porque tengo derecho a envejecer sin que se me menosprecie por ello" o "Sí, me sobran kilos, pero también me gusta comer, de hecho disfruto tanto con un buen vino y un buen secreto ibérico que esta hermosa chicha me compensa". 

   Ser feminista consiste en primera instancia en dejar de complacer a los demás, no sólo a los hombres, sino a la sociedad en general, y dejar de tomar decisiones pensando en lo que "se espera" oficialmente de nosotras. Se trata de hacer lo que una quiera, basándose en lo que una necesita o en lo que es mejor para una. Y esto no significa dejarse llevar por el egoísmo, sino tomar las riendas de tu destino. Es absurdo y muy triste ver como muchas mujeres se pasan la vida siguiendo los consejos de las revistas que se hacen llamar a sí mismas "femeninas" o "para mujeres", buscando en una especie de modo "en espera" o actitud pasiva la dieta mágica que las convierta en la modelo de lencería que no son, un "look" y un perfume que defina su personalidad y consiga hacerlas irresistibles ante cualquiera, el príncipe azul que las rescate de su vida anodina para después planificar la boda que las convierta en "princesa por un día". Todo ello en lugar de simplemente aceptarse a sí mismas, desarrollar su personalidad propia, con la que intentar conseguir los objetivos vitales y profesionales que se propongan y casarse simplemente por amor si este surge o no casarse jamás si no les da la real gana.

   En resumen, el principal mandamiento de la ley del feminismo debe ser "Ámate a ti misma sobre todas las cosas y al resto de mujeres como a ti misma". Porque nuestra falta de autoestima es la que le acaba concediendo el poder por defecto al hombre y porque no, la culpa de todo no la tiene Yoko Ono.

martes, 8 de octubre de 2013

No pienses en una gaviota

No hay duda de que los eufemismos facilitan la vida cotidiana y las relaciones humanas en muchas ocasiones. Que levante la mano el que no tiene unos cuántos ex novios o ex novias por ahí todavía esperando a que termine de pasar ese "tiempo" que os ibais a dar; o aquel al que sus padres no le dijeron más de una tarde que se iban tomar la "siesta" (que no a dormir la siesta...). Sin eufemismos como la "gestión de residuos", Los Soprano jamás hubiesen existido. Su uso moderado es tan conveniente como necesario, pero su abuso nos conduce a la madre de todos los eufemismos, es decir, a FALTAR A LA VERDAD. Vamos, a mentir como bellacos.

De todos es conocida la neolengua de eufemismos que se ha sacado el Gobierno de la manga en los últimos años cual distopía orwelliana, para disfrazar la política de capitalismo salvaje (sí, salvaje, de salvaje oeste porque aquí se dispara antes de preguntar e impera la ley del más fuerte) que están llevando a cabo con la excusa de la crisis (porque a estas alturas del juego "crisis" ya no es la palabra maldita que hay que tapar con "desaceleraciones" o "crecimientos negativos", es un eufemismo más, utilizado como coartada para borrar los logros tras décadas y décadas de lucha por los derechos del trabajador).   


En ese mundo de color azul en el que el café tiene efectos relajantes y las pegatinas contra los desahucios son armas de terrorismo, la emigración forzosa no es más que "movilidad exterior" para aprender idiomas y ampliar las miras de la juventud, facilitar el despido es solamente "flexibilizar" el mercado laboral y cortar por lo sano los servicios públicos no son más que "reformas estructurales". La "austeridad" es la llave que abre las puertas de la privatización de educación y sanidad, así como los recortes de derechos y prestaciones sociales. Todo esto presentado como una obligación ante la cual no hay alternativa debido a la situación económica, con expresiones como "hacer los deberes". No hay que fijarse mucho para percatarse de que el Gobierno del PP ha adoptado la estrategia del maltratador: hacer ver a la víctima que no le queda más remedio que pegarle ("me duele más a mí que a ti") y, sobre todo, hacerle creer que es por su culpa ("hemos vivido por encima de nuestras posibilidades"). Y si no os creéis que estáis sufriendo un síndrome similar al de Estocolmo o al de una mujer maltratada, preguntaos cuántas veces os habéis dicho a vosotros mismos aquello de "soy un privilegiado porque tengo trabajo" o mi favorita (eufemismo de más odiada) "no nos podemos quejar con la que está cayendo". Nos han secuestrado y convertido en la "mayoría silenciosa" que otorga porque calla.


No penséis que se trata de una mera dulcificación para presentar medidas políticas impopulares. Esto es mucho más que simple vaselina para metérnosla doblada sin dolor. Está claro que todas estas expresiones responden a una estrategia premeditada, tanto comunicativa como política. Y es que el lenguaje no es más que la expresión del pensamiento, y manipular las palabras y su significado es la forma más eficaz de cambiar el pensamiento dominante. No hace falta buscar en literatura de ciencia fícción como 1984. En su cortito pero lúcido libro "No pienses en un elefante" el lingüista norteamericano George Lakoff explicaba como el partido republicano (conservador, cuyo emblema es un elefante, de ahí el título del libro) se apropió del marco político y moral de referencia a través de la apropiación del lenguaje. De este modo, instauró conceptos como PROVIDA para referirse a su lucha anti abortista (como si estar a favor del derecho de la mujer a decidir fuese sinónimo de muerte, pues lo contrario de provida es ANTIVIDA), GUERRA CONTRA EL TERROR para englobar todas las invasiones imperialistas americanas; o definieron la idea de FAMILIA y MATRIMONIO únicamente como la unión entre un hombre y una mujer para tener hijos juntos. De este modo, si el republicano es el partido a favor de la familia y en contra del terror, ¿qué será el partido demócrata sino el partido que está en contra de la familia y favor de los terroristas? Lakoff establecía que para que los demócratas pudiesen recuperar el espacio perdido, debían recuperar el lenguaje, crear su propio marco referencial de significados y revertir el bombardeo comunicativo (y no sólo comunicativo) que los republicanos habían llevado a cabo durante décadas. Es decir, dejar de pensar en los términos del elefante.


(Este libro se escribió antes de la victoria de Obama, y casi podría decirse que los expertos de la campaña electoral demócrata siguieron sus enseñanzas a pues juntillas, al renovar el concepto de familia equiparándolo al de la nación norteamericana y, por lo tanto, elevando a fraternidad las relaciones ciudadanas, y, de este modo, convirtiendo al propio Obama en el padre protector de esa gran familia. Padre que por cierto también utiliza eufemismos como "ataques quirúrgicos" o "intervenciones humanitarias" siempre que le convienen, para acabar haciendo lo mismo que sus contrincantes: bombardear).


Algo similar está pasando en España con el PP. Tanto es así, que la manipulación lingüística no se limita al ámbito socioeconómico. Más allá de los famosos "hilillosh de plastilina", los integrantes del Partido Popular se han acostumbrado a tapar con eufemismos y circunloquios sus negligencias e incluso su corrupción, con el NO ME CONSTA, los SOBRESUELDOS y la INDEMNIZACIÓN EN DIFERIDO a la cabeza. Es más, han llegando al nivel de utilizarlos para esconder la apología del fascismo y la violencia. Los actos de exaltación del fascismo, los ataques de grupos neonazis, los puños levantados cara el sol de alcaldes del PP o de miembros de Nuevas Generaciones no son más que "chiquilladas" o "incidentes aislados" según la versión oficial, y las banderas franquistas son ni más ni menos que banderas "preconstitucionales". No es inocente este calificativo, que equipara así a la bandera republicana (perteneciente a un sistema democrático y legal) con la del "aguilucho" (insignia de una dictadura genocida impuesta por golpistas sanguinarios), por ser ambas anteriores a la Constitución de 1978. ¿Cuáles podrían ser los "daños colaterales" de institucionalizar estos eufemismos? Pensad en ello, porque da miedo. Sólo tenéis que acordaros de que hace poco más de medio siglo en un lugar no muy lejano a los campos de exterminio se les llamaba CAMPOS DE TRABAJO y al genocidio de millones de personas se le dio el alegre y positivo nombre de SOLUCIÓN FINAL. 


Lo peor es que la mayoría de dichas expresiones han calado en nuestro lenguaje diario y en las redacciones de los medios, que con su afán de encontrar sinónimos para no repetirse adoptan el que sea de forma acrítica (cuando no de forma intencionada). Llamar a las cosas por su nombre es esencial para conocer la realidad y poder cambiarla. Es la forma básica de disidencia en un país en el que nos han robado hasta las palabras, que es lo mismo que decir que nos han robado nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos. No lo olvidéis, no penséis en una gaviota.