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jueves, 14 de noviembre de 2013

"Canis" y conciencia de clase

   El sentido del humor es un reflejo del ingenio y la capacidad intelectual tanto de las sociedades como de los individuos que las forman, pero también puede reflejar sus prejuicios y estereotipos más arraigados. Analizando sobre qué se hacen más habitualmente chistes en cada época o población podemos obtener una nítida radiografía de cuáles son sus colectivos discriminados o peor vistos socialmente. El repertorio ha sido (y es) amplio a lo largo de la historia: chistes de negros, de judíos, de mujeres, de leprosos, de gitanos, de gente de Lepe o de andaluces en general, de gallegos, catalanes y vascos, de homosexuales... En España, un nuevo colectivo ha subido en los últimos años al primer puesto de la lista de chistes recurrentes: los "canis" y "chonis" en cualquiera de sus denominaciones (si los esquimales son conocidos en el mundo entero por los múltiples nombres que tienen para la nieve, los españoles quizá pasemos a la posteridad por la cantidad de nombres que tenemos para referirnos a lo que entendemos por "cani": poqueros, poligoneros, malotes, gañanes... Aquellos que queráis ampliar vuestro vocabulario podéis dirigiros a la mayor fuente de "sabiduría" popular, La Frikipedia, para buscar sinónimos  de "cani" y para encontrar todas las connotaciones peyorativas que conlleva esta palabra ).


   Como comentaba, cada corriente de chistes de estereotipos corresponde a un tipo de odio, fobia o discriminación social: machismo / misoginia, xenofobia y homofobia son las tres principales fuentes de las que beben sus autores (la mayoría anónimos). Entonces, los chistes de "canis" no parecen encajar en este esquema, os diréis a vosotros mismos. Sin embargo, yo creo que sí. Pueden englobarse perfectamente dentro de lo que entendemos por clasismo ("actitud de los que defienden la discriminación por motivos de pertenencia a otra clase social", según la RAE) o prejuicios de clase. Qué tendrán que ver los chascarrillos sobre los "canis" con las clases sociales, si también nos metemos con otras tribus urbanas (góticos y "emos", "hipsters", "indies" o modernos; "heavies", "punks", "rockeros" o "rastafaris"...), si para todas tenemos al menos un par de buenos chistes, os preguntaréis. Pues bien, las diferencias están claras. La calificación de "cani" no se limita a la estética de la persona y al estilo de música que prefiere. Responde, nos guste admitirlo o no, a una pertenencia a determinado sector de la población y a una determinada clase. Por supuesto, lo primero que llama la atención es la superficie (las marcas de ropa que escogen, los grupos musicales que escuchan, los complementos que utilizan, los tipos de coche o mascotas que se compran...). Pero si ahora os preguntase en qué zonas viven o dónde soléis encontraros a los "canis" cerca de vuestro lugar de residencia, me señalaríais sin dudar barrios enteros concretos. Y esto es porque aquellos a los que calificáis de "cani" son en su inmensa mayoría (por no decir su totalidad) de origen humilde, vienen de familias obreras, o lo que es lo mismo que decir la clase trabajadora o proletaria. Si hay algún "cani" burgués (véase Cristiano Ronaldo o David Bisbal), es porque se ha convertido en uno con el tiempo, haciendo fortuna debido a algún tipo de talento (artístico, deportivo...) o a su trabajo. Eso que llamamos "nuevos ricos". Pero su origen sigue siendo el mismo. Obrero. Y los obreros suelen vivir, valga la redundancia, en barrios obreros, que conocemos como periféricos o el extrarradio, sin más. El resto de las tribus urbanas pueden pertenecer a cualquier clase social y vivir en cualquier barrio. 

   Por otra parte, al "cani" se le presupone una forma de ser que no se le supone al resto de tribus urbanas. Cuando decís "cani" también queréis decir persona con poca o ninguna cultura general, en ocasiones incluso analfabeta, que ha experimentado el fracaso escolar y que además no muestra interés en trabajar, es vaga en sí misma. No sabemos si los góticos o los "hipsters" son muy trabajadores o poco, ni conocemos su nivel medio de formación. Pero en cuanto a los "canis" lo tenemos clarísimo. Son parásitos, chusma inactiva. Lo que hemos dado en llamar "Ni-Nis" (ni estudian, ni trabajan). Ojo, no todos los "Ni-Nis" son "canis", cualquier joven de cualquier procedencia puede haber abandonado sus estudios y no estar buscando un empleo, pero en nuestra concepción general, TODOS los "canis" son "Ni-Nis". Y si no lo son, tienen un trabajo de "cani". Con esto nos referimos a trabajos poco cualificados: camareros, peluqueras, reponedores o cajeras de supermercado... Ojo otra vez, no consideramos "canis" a todos los que desempeñan este tipo de labores, pero no se nos pasa por la cabeza que un "cani" pueda querer acceder siquiera a otra clase de profesión. ¿Un abogado con peinado "cenicero"? ¿Un médico con chandal y "oros"? ¡Ni de coña! 

   No hay duda de que la palabra es de por sí despectiva. Y es que los "canis" no le gustan a nadie, por lo visto. Ninguna otra tribu urbana despierta un odio tan unánime y pasional, excepto los "perroflautas" entre las personas mayores y conservadoras, y resulta que estos también son en su mayoría pobres. Pero de los de pedir, y esto, claro está, resulta mucho más molesto. Puede que nos riamos de los pijos por sus mocasines de colores y sus jerseys por los hombros (está quizá sea la tribu que después de "canis" y "perroflautas" despierta más resquemores, y justamente es por otro enfrentamiento de clase, ya que los "pijos" suelen ser todos de clase "media-alta", pues para pagar los "cocodrilos" y los "jugadores de polo a caballo" hace falta "parné"), o de los "emos" por su tendencia a dramatizar, o del "postureo" de los hipsters; pero si hay un colectivo que TODOS rechazamos de antemano, independientemente de nuestro origen, gustos o estética, son los "canis". Una buena forma de comprobar si estoy en lo cierto o no, es echar un vistazo a las redes sociales. Me he permitido buscar en Twitter palabras como "cani", "choni" y "poquero" y mirad lo que me he encontrado. 



    Una elocuente muestra de que sí, se les asocia a barrios concretos, se hace incluso distinción entre ellos y las personas normales, se les considera "vagos y maleantes" (sacando a relucir la ley franquista) y maleducados (no saben hablar ni escribir con corrección) y se llega a desear su muerte o exterminio (aludiendo a la selección natural cuál brillantes darwinistas sociales en la línea del nazismo). No sólo son las prendas que se ponen o los géneros musicales que escuchan aquello de lo que hacemos burla. Porque hay que dejar claro que todo esto se suele decir en broma, ¿o no?

   Pero no he venido aquí hoy a redactar un J'acusse en defensa de los "canis" como hizo Zola en su día en defensa de los judíos. No se encarcela a nadie por ser "cani". Lo que quiero es determinar la causa de esta estigmatización y a qué se debe este creciente rechazo y focalización de la mofa y befa de nuestro país en este grupo social.


   Si echamos un vistazo a la televisión, podemos encontrar este estereotipo copando gran parte de la programación de los canales generalistas. Lo primero que se nos viene a la cabeza son los reality shows, desde los clásicos como Gran Hermano hasta los híbridos más modernos como Mujeres, Hombres y Viceversa; Hermano Mayor o Gandía Shore. Están plagados de "canis", y no sabemos si es porque son ellos los que más se presentan como participantes o porque es un requisito de selección. Pero en los magacines y programas de reportajes también encontramos nuestra buena dosis de "canis": Belén Esteban, "la princesa del pueblo", en Sálvame, es su máximo exponente; junto a los retratos esperpénticos de barriadas y polígonos con los que les gusta regalarnos a los de Callejeros. La ficción tampoco está exenta de su ración de "canismo": la Juani de Médico de Familia fue la precursora de Manos a la obra (¡Manolo y Benito Corporeison!), Los Serrano, Yo soy Bea, Aquí no hay quien viva / La que se avecina... pero, sin duda, la joya de la corona es Aída. Lo tiene todo. Cualquier estereotipo peyorativo sobre la clase trabajadora de los barrios periféricos (representados por este Macondo de viviendas sociales conocido como Esperanza Sur) lo encontraréis en esta serie de televisión. Cualquiera. A saber:


- Aída: Madre divorciada y desdoblada entre las labores del hogar y las labores de los hogares de los demás, porque, como no podía ser de otra manera, trabaja como limpiadora (como "chacha", si nos atenemos a la nomenclatura despectiva que se exhibe en la serie). Para más inri es inculta y simplona y siempre está en celo porque no encuentra varón para un "apaño".


- La Lore: hija adolescente "choni", ligera de cascos y muy corta de luces que abandona sus estudios para participar en Gran Hermano. Sólo piensa en sexo y diversión (sinónimo de discotecas, alcohol y...claro, sexo otra vez). 


- El Jonathan: El hijo delincuente juvenil/ pandillero. Lo que entendemos por gamberro.


- El Luisma: El hermano (ex)yonqui descerebrado y sus amigos (ex)yonquis descerebrados. No piensa buscarse un trabajo ni falta que le hace. Lo que entendemos por vividor. De poca monta, eso sí.


- La madre de Aída: ex-actriz de variedades, obesa por pura insatisfacción, comedora compulsiva que hace gala de una total falta de autocontrol y de un egoísmo y mezquindad sin límites.


- Paz: Una vecina prostituta.


- Macu: La paleta que llega del pueblo a vivir a la ciudad, por supuesto, "más bruta que un arado". Igual de "facilona" que la Lore.


- Mauricio: el dueño del bar más concurrido del barrio y "facha" mayor del reino (machista, racista, franquista...). También es lo más parecido a un capitalista que se puede encontrar en Esperanza Sur, porque tiene un mísero bar, lo que le faculta para considerarse "empresario" e intentar explotar y sacar beneficio de todo el que se le ponga por delante.


- Machupichu (¿alguien sabe como se llama?): el inmigrante sumiso.


- Fidel: el único personaje de Aída con inteligencia y amplia cultura general. Por eso mismo aparece estigmatizado como pedante, pomposo e insoportable. Querer saber en un barrio de clase baja es pecado. Además es gay, otro pecado. "Puritita" carne de "bullying".


- Aidita: nieta rechoncha y "chapona" de Aída. Otra "sabionda" como Fidel. Más carne de "bulliyng" para el asador.


  En general, lo que sacamos en conclusión de una de las series de mayor audiencia emitidas en España es que la clase trabajadora de los barrios humildes tiende a guiarse sólo por sus instintos, no sólo de supervivencia (llegar a fin de mes como sea, alimentar a su familia), sino también sexuales (no es casualidad que el único personaje femenino de la serie que no está "salido" se dedique precisamente a la prostitución) y otros vicios (gula, drogas...). El proletariado lleva asociándose así desde 2005 en el prime-time de los domingos directamente a la marginalidad y a la picaresca, cuando no a la delincuencia, y a la ausencia de formación y un empleo digno y de interés por los mismos. Lo que es lo mismo que decir que si no prosperan es porque o no están capacitados para ello, o no les da la gana. O lo que es lo mismo que decir que se aprovechan de los subsidios y la caridad y que no son en absoluto productivos para el Estado. Escoria, en una palabra. Lastre que soltar. Por algo "barriobajero" es un insulto.


   Claro que este cargar las tintas en las clases más bajas de la sociedad no es sólo cosa de los medios de comunicación y el "entertainment". Y no proviene de ellos. Preguntémonos a quién señalan los políticos y empresarios cuando dicen que hemos vivido por encima de "nuestras posibilidades", que el dinero de las pensiones y prestaciones sociales "se gastan en pantallas de plasma", que hay que recuperar la "cultura del esfuerzo", que debemos pensar más en nuestros deberes que en nuestros derechos y trabajar como "chinos en un bazar" si queremos salir de la crisis algún día. Se refieren a aquellos que con un trabajo de asalariados osaron viajar en sus vacaciones, comprarse casa y coche, disfrutar de la cultura y las nuevas tecnologías o conseguir que sus hijos accediesen a estudios universitarios. La percepción de que tenían más de lo que se merecían, acorde a su papel social, es la excusa perfecta para todos los recortes en servicios públicos y derechos del trabajador que permitan al sector privado campar a sus anchas. Su justificación sociopolítica e incluso moral: hay que frenar la plaga de parásitos irresponsables que nos ha llevado a la situación económica en la que nos encontramos.


   Este fenómeno lo describe de maravilla el que debería ser ya un libro de cabecera para todo el que quiera entender lo que está pasando: "Chavs, la demonización de la clase obrera", escrito por el británico Owen Jones y publicado en España por la editorial Capitán Swing. Para que os hagáis una idea, los "chavs" ("chavettes" en femenino) serían los "canis" en Gran Bretaña. Es la palabra que usan coloquialmente para referirse a los jóvenes de las viviendas de protección oficial, que tienen un acento y apariencia concretas. Como aquí, son objeto de escarnio en la televisión y en Internet, con el mismo estereotipo de desempleados y pensionistas crónicos, de baja catadura moral y también bajo coeficiente intelectual, potenciales delincuentes y adolescentes embarazadas que salen de familias desestructuradas y/o disfuncionales. Owen explica cómo "este concepto es en realidad una manera oblicua de definir al conjunto de la clase trabajadora y responsabilizar a los pobres de ser pobres". Como apuntábamos antes, en plena crisis económica mundial, la justificación cae del cielo. La pobreza no se debe a los problemas macroeconómicos y estructurales, a las limitaciones del "sacrosanto" libre mercado o a las decisiones y comportamientos de las clases poderosas, sino a los defectos de los ciudadanos que la sufren: a sus hogares dislocados, a su falta de ambición y sacrificio y a su escasa capacidad intelectual.  


   También nos cuenta cómo en Gran Bretaña el término “chavs” se aplica como si de un concepto sociológico se tratase, aunque que nadie puede decir con exactitud qué significa. El diccionario de Oxford por Internet define al “chav” como “un joven de clase baja, de conducta estridente que viste ropa de marca, auténtica o de imitación”. Otro diccionario de 2005 los define como “joven de clase trabajadora que se viste con ropa deportiva”. Extraoficialmente, a modo de chasquarrillo, se dice que es un acrónimo de “Council Housed and Violent” (Habitante de Casas Municipales y Violento). En un libro satírico que fue best-seller en el Reino Unido, "The Little book of Chavs", se llegan a identificar los que se consideran como típicos trabajos “chavs”. La “chavette” es una aprendiz de peluquería, limpiadora o camarera mientras que los hombres son guardias de seguridad o mecánicos. Según el libro, “chavs” de ambos sexos suelen ser cajeros en los supermercados o empleados de hamburgueserías. ¿Os suena de algo?


   Pero lo interesante del libro de Owen es que nos cuenta paso a paso cómo se ha llegado hasta aquí. La era del neoliberalismo, inaugurada por Margaret Thatcher con una drástica desindustrialización en los años 80, marcaron el triunfo de un individualismo que hundió el sistema de valores solidarios de la clase trabajadora. Los ataques de Thatcher a los sindicatos y a la industria asestaron un duro golpe a la vieja clase obrera industrial. Los trabajos bien pagados, seguros y cualificados de los que la gente estaba orgullosa, y que habían significado el eje identitario de la clase obrera, fueron erradicados. Apelando a la falacia de la responsabilidad individual como ascensor en la escala social, sentó las bases de la actual "ley del más fuerte". “El objetivo era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica en la sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que compiten entre sí por su propio interés”, escribe Jones. El libro analiza y muestra, de este modo, como el odio a los "chavs" no es un fenómeno aislado. Es, en gran parte, producto de una sociedad con profundas desigualdades.

   Owen pone de manifiesto cómo el estereotipo ha contribuído a justificar el ajuste fiscal de la coalición entre conservadores y liberales que lidera el primer ministro David Cameron, que en uno de sus discursos pronunció lo siguiente: “¿Por qué esta rota nuestra sociedad? Porque el Estado creció demasiado, hizo demasiado y minó la responsabilidad personal” (alumno aventajado del thatcherismo, "isn't it?"). Este tipo de cosmovisión ha servido de trampolín también para absurdas propuestas reaccionarias de limpieza social. En 2008, un concejal "torie", John Ward, propuso la esterilización obligatoria de las personas que tuvieran un segundo o tercer hijo mientras cobraban beneficios sociales, medida apoyada con entusiasmo por los lectores del periódico del ala derecha Daily Mail, horrorizados ante los "aprovechados y sinvergüenzas que están hundiendo el país”.

   Supongo que en estos momentos los chistes sobre "canis" o las series como Aída ya no os parecerán tan graciosos. Al menos a mí no me lo parecen. Y si antes me lo parecían es debido a otro de los mitos del capitalismo salvaje, ese del que tanto habéis oído hablar, el de que "todos somos clase media" (todos los que no llegamos a ser directores de una gran multinacional y a poseer un yate de más de ocho metros de eslora, pero que tampoco somos pobres de solemnidad). Es decir, desde profesores, enfermeros, funcionarios, periodistas, farmacéuticos, autónomos, taxistas... a las profesiones más propiamente asimiladas a la clase obrera (operarios, mineros, albañiles...). Precisamente, el hecho de que se asimile la clase más baja al grupo social de los "canis" y que nos riamos de ellos por verlos tan ajenos a nuestras circunstancias y comportamientos, contribuye a que nos traguemos el cuento de que somos clase media. ¡Cómo vamos a ser del proletariado, si vestimos con gusto y tenemos una gran sensibilidad cultural e incluso artística! Pues lo somos, porque el trabajo de las profesiones liberales y/o cualificado es hoy tan precario como el menos cualificado, lo somos porque casi todos tenemos contratos temporales con sueldos irrisorios, si tenemos alguno. Si un periodista o un comercial tiene las mismas condiciones laborales y productivas que un camarero o una peluquera, significa que pertenece a su mismo extracto social, es un obrero, un asalariado, clase trabajadora en definitiva, esté sentado frente a un ordenador Mac o lleve traje durante su jornada. 

   Cada vez que nos reímos de esos chistes o discurrimos otros nuevos, cada vez que caemos en el estereotipo de clase y utilizamos palabras como "verdulera" o expresiones como "es de pobres" para menospreciar, actuamos como cómplices de aquellos interesados en convertir el trabajo digno en esclavitud. Es este cinismo el que explica fenómenos como que las clases más pobres voten a la derecha. Que un hijo de obrero que ha estudiado ingeniería, que tú, o que yo, despreciemos y nos sintamos superiores a un albañil o a una peluquera, y que estos a su vez se quejen, por ejemplo, de que los barrenderos se hayan puesto en huelga o de que los funcionarios cobran demasiado para "lo poco que hacen" es la gran victoria del capitalismo: los trabajadores odiándose entre ellos y olvidando su trascendencia y poder social si se unen, es decir, el caldo de cultivo perfecto para reducirlos a simples instrumentos del capital sin ningún margen de acción reivindicativa. Porque si tenemos (o tuvimos) fines de semana, vacaciones, derecho a huelga, a organizarnos, a cobrar una baja si nos ponemos enfermos, días de asuntos propios, salarios, subsidio de desempleo y pensiones de jubilación, es porque esas personas con mono y carné de sindicato que ahora ninguneamos consiguieron todas esas cosas a base de protestar y resistir. Y si ahora las estamos perdiendo es en gran parte porque consideramos que la clase trabajadora no vale nada o que directamente está desapareciendo. Que hayamos perdido la conciencia de clase no significa que las clases ya no existan. Por algo fue el magnate norteamericano Warren Buffett el que dijo: "Por supuesto que existe la lucha de clases, y somos los ricos los que vamos ganando".

P.D.: Cuando estaba en primero de Bachillerato mi profesor de Historia del Mundo Contemporáneo, sorprendido por mi alto nivel de conocimientos históricos y por los libros que me veía leer, me preguntó a qué se dedicaban mis padres, esperando, supongo, que le dijese que eran profesores universitarios o algo por el estilo. Cuando le dije que mi padre era marinero y mi madre ama de casa, abrió mucho los ojos y sólo me dijo, "Pues vaya mérito tienes". Creo que fue ese día en el que empecé a rumiar todo esto que he escrito hoy.

domingo, 29 de septiembre de 2013

La espiral del honor perdido

   Heinrich Böll ya nos advirtió en 1974 desde su novela El honor perdido de Katharina Blum hasta qué punto podía ser peligroso el sensacionalismo periodístico para la vida de cualquier persona corriente. Una mañana te levantas y sales de casa y puedes volver convertido en estadística, gran titular en letras de molde, portada acusatoria, hazmerreír, héroe, víctima o villano, o leyenda urbana global. El sueño de la razón en el siglo de la "high tech" produce monstruos, o más bien esperpentos, como Belén Esteban y otros personajes del circo mediático cotidiano. No vivimos en la sociedad del conocimiento, sino en la sociedad del honor perdido (sea robado o cedido previo pago). Hoy atendemos embobados a toda Katharina Blum postmoderna y compulsiva que ofrezca su carne y su vida privada al mejor postor.
   
   Porque, eso sí, mientras que la heroína creada por el escritor (y Premio Nobel) alemán era una víctima indefensa y arrastrada a la fuerza al epicentro del mercadeo mediático, muchas y muchos de sus replicantes actuales de carne y hueso hacen lo que haga falta por conquistar su minuto de gloria warholiano. De mediocres con afán de protagonismo y sobre todo de dinero (la necesidad agudiza el ingenio y la telegenia) están los platós, las revistas y ahora la red, llenos.

   Pero sobre lo que yo me pregunto es por la responsabilidad del periodismo actual en el pérdida del honor de los protagonistas de sus titulares. En el libro estaba claro. Testigo del affaire que una joven anónima mantiene con un hombre que resulta ser un prófugo, un periodista sin escrúpulos difama a la mujer hasta dinamitar su reputación. El honor de K. Blum muere a manos de los redactores que aporreaban su vida en las máquinas de escribir de los periódicos. Después de hacer de su vida un infierno, el paparazzi morirá también a manos de su víctima mediática, incapaz de reconstruir una intimidad ultrajada y sobreexpuesta. Así de actual resulta este relato contado en los años setenta, que nos permite hablar de hoy a través de una historia del ayer.

   Y los trabajadores de los medios asisten al espectáculo, unos avergonzados y en silencio porque no les queda más remedio (no hace falta que nos extendamos ahora hablando de sueldos irrisorios, jornadas interminables, falta de recursos para completar las informaciones o plazos de publicación imposibles), otros como comparsa o palmeros, otros justificándolo, y los peores, cobrando más que controladores aéreos, tesoreros de partidos políticos o asesores de alcaldesas que no saben hablar inglés por chillar en un gallinero. 


   No hace falta irse a la todopoderosa y millonaria Oprah Winfrey para encontrar ejemplos representativos de ello. Si saliesen a la luz los emolumentos de la mayoría de presentadores, tertulianos y colaboradores de los magacines contenedores (o mejor vertedero, por aquello de la acumulación infinita de basura) que saborean la carroña como si fuese "chateaubriand" de buey, véase el de la santurrona Ana Rosa Quintana (ella jamás caería tan bajo como los del Sálvame, ¡oh, wait!... ¿quién descubrió el filón de Belén Esteban?), quizá empezaríamos a entender porqué a las cadenas no "les queda más remedio con la que está cayendo" que hacer ERES cada dos por tres y pagar sueldos indignos a redactores, cámaras, reporteros y otros trabajadores sobre explotados. Claro, se lo gastan todo en lo que nos encanta llamar estrellas de la televisión.


   No sé si alguna vez os habéis preguntado qué pasa con esas personas normales que, por circunstancias del destino, se ven inmersas en alguna situación comprometida que las convierte en el blanco de todas las informaciones periodísticas; una vez dejan de ser de interés para encabezar portadas y titulares. Y no me refiero precisamente a las ya mencionadas que frecuentan, voluntariamente o no, las revistas del corazón, aunque el ejemplo también es válido. El periodismo puede destruir la vida de una persona, sí. Por lo menos, habrá que pararse un segundo para ponerse en la piel del otro antes de dar el visto bueno a un artículo, porque una vez publicado, y por mucho que se rectifique (si se rectifica, porque es asombroso el poco uso que se hace en los medios españoles de este estupendo instrumento de higiene profesional) el daño ya está hecho. Si en un titular te tachan de asesino, violador o ladrón, te conviertes en ello sea cierto o no. Haced la prueba e intentad recordad quién mató a Rocío Wanninkhof.


   Quizá muchos todavía penséis que fue Dolores Vázquez, condenada por asesinato tanto por sentencia judicial como por la sentencia del juicio mediático paralelo que se montó alrededor del caso. Pero a pesar de todo lo que se dio por hecho (no señores, las hipótesis y especulaciones, por muy verosímiles que puedan parecer, no son sinómino de hecho) fue finalmente absuelta y en su lugar se declaró culpable a Tony Alexander King, que recordaréis también como el culpable de otro famoso asesinato, el de Sonia Carabantes. No trato de esclarecer quién cometió un crimen (no soy investigadora de la policía, ni fiscal, ni jueza, cosa que muchos periodistas parecen no tener clara), sólo de hacer ver que cuando a uno lo relacionan con un delito de tal magnitud, su identidad queda para siempre marcada por ello. Dolores Vázquez será para siempre ante la opinión pública general la bruja lesbiana que pudo haber matado a una chica inocente por el simple hecho de ser la hija de su pareja, según el retrato que se pintó en los medios, sobre todo en ciertos programas televisivos.


   No hace falta que nos remontemos en el tiempo (ni que nos vayamos a los magacines más amarillos) para encontrar ejemplos en los que se eleva a la categoría de noticia o hecho consumado una hipótesis, indicio o simple especulación. Todos estamos pensando ahora en el caso que ocupa estos días las páginas de sucesos de la prensa: el asesinato de la niña compostelana Asunta, ocurrido hace poco más de una semana, y del que su madre es a día de hoy la principal sospechosa. Esta misma mañana, se podían leer en las portadas de algunos periódicos titulares de este tipo: 


<Los padres de Asunta se confabularon para matarla> - ABC

<Asunta sobre su madre: "Sé que me engaña"> - LA RAZÓN
<Asunta pudo ser drogada el día de su muerte en una comida en casa de su padre> - LA VOZ DE GALICIA
   
   En el primer ejemplo se da por hecho que hubo un asesinato premeditado llevado a cabo por dos personas, cuando todavía no está claro a día de hoy cuál ha sido el papel de cada una de ellas en la muerte de la niña (ya no hablo de una sentencia en firme, sino de los cargos definitivos que le serán imputados a cada uno antes de que se celebre un juicio). 

   En el segundo ejemplo se entrecomilla directamente la frase de una fuente (la víctima) a la que jamás se pudo entrevistar porque precisamente está muerta. A menos que el titular haya sido redactado por Ann Germain u otro gurú capaz de comunicarse con los difuntos, esta forma de redactar un titular que además va en portada, no tiene sentido, ni ético ni de ningún tipo. Vayamos al texto de la noticia para saber a qué se refiere el titular (no encontraremos la referencia hasta nada menos que el sexto párrafo):

   "Según la directora y una de las profesoras de la escuela de música a la que asistía Asunta, el pasado mes de julio, la niña llegó a clase con la boca pastosa, los párpados caídos, con una enorme dificultad de movimientos. Llegó a confesarles que su madre le daba pastillas. «Sé que me engaña», les confesó. Ahora ambas se culpan, injustamente, de no haber presionado más a la niña para que hablara, para que les contara qué había ocurrido."

   Creo que queda claro que si algo había que entrecomillar, es la declaración de una de las profesoras, la que fuese que haya contado ese hecho. Algo así: <Una profesora de Asunta: "La niña nos confesó que su madre la engañaba para suministrarle pastillas">. 
   

   El tercer ejemplo lo he escogido simplemente porque algo que "pudo ser" no es lo mismo que algo que fue con certeza, y por lo tanto, no me parece digno de abrir la portada de un periódico. Aunque pueda parecer sólo una cuestión de estilo de redacción, sabemos que la forma de escribir afecta al fondo de lo que se escribe. Por eso existe ese documento engorroso que todos los periódicos deben tener, el Libro de Estilo.
   

   Lo que está en juego no es sólo el derecho a la presunción de inocencia de dichas personas (hay que tener en cuenta que la investigación avanza y cada vez son más las pruebas que las incriminan según las informaciones aportadas por la policía, y las decisiones del juez del caso apuntan también en esa dirección, ya que supongo que no se ordena prisión preventiva si no es por una buena razón), sino la credibilidad de los medios y de la labor periodística en general. Cada vez que se publica un dato antes de que sea confirmado oficialmente o que resulta ser erróneo o inexacto, se menoscaba todo el valor de esta profesión, cuya misión es aportar información veraz ante todo. Por muy ínfimo que sea ese dato. 

   Cualquiera ha podido leer esta semana en la prensa u oído en la radio o la TV que Asunta era la principal beneficiaria de la herencia de sus abuelos, cuando el único testamento del que se tiene conocimiento hasta el momento es uno redactado en 1975, muchos años antes de que la niña naciese. Todavía no se ha esclarecido si dicho testamento sufrió alguna modificación, aunque se ha sabido que la víctima recibió algunas donaciones en vida por parte de sus abuelos (lo que no es lo mismo, ni parecido, que ser su heredera universal, tal como se publicó en casi todos los medios). Este fallo puede parecer una tontería en medio de un crimen así, pero es clave para que el lector o espectador establezca si puede confiar o no en lo que le cuentan los medios y los profesionales de los mismos. 


   Parece mentira que en 2013 prevalezca todavía la lucha para ser el primero en publicar algo, y no por ser el que lo ha publicado con más calidad. Además, el valor de la dignidad humana va más allá de la obligación profesional de citar fuentes, poner comillas o anteponer el manido adjetivo "presunto/a". Se trata de una obligación intelectual, no una mera cuestión técnica. Cuando no se informa con el rigor debido, no son sólo las personas afectadas por la noticia las que pueden perder el honor. El honor que se destroza inmediatamente es el del periodismo en sí mismo.